Posted in

Granjero viudo acoge a mujer rechazada por no poder embarazarse… la verdad llega tarde…

Nunca había visto a esa mujer antes. Frené al caballo solo porque vi a alguien llorando a la orilla del camino. Cuando le pregunté qué había pasado, me dijo que su marido había mandado al doctor a repetir en voz alta que ella jamás sería madre. Y luego la echó de su casa enfente de todo el mundo. Mi nombre es Jonás. Tengo 52 años.

Manos curtidas de quien trabaja la tierra desde niño y un corazón que aprendí a mantener callado. Vivo en un rancho pequeño, cerca de Tequila, Jalisco, donde la tierra es rojiza y el cielo parece no tener fin. Aquí el calor aprieta desde temprano. El viento levanta polvo en el camino de terracería y el silencio de la noche solo es quebrado por los grillos y el ladrido lejano de algún perro.

La casa es sencilla, tres cuartos, paredes de ladrillo visto, techo de teja que se calienta demasiado en verano. Tiene un porche al frente donde María solía sentarse al final de la tarde cuando el sol se ponía más débil. Llevaba la mecedora para allá y se quedaba mirando el camino, esperando mi regreso del campo, siempre con una sonrisa en el rostro, incluso en los días malos.

Después de que ella se fue, dejé de usar el porche. La mecedora sigue ahí, pegada a la pared, cubierta de polvo. No puedo sentarme en ella. No puedo mirar ese rincón sin sentir un pellizco en el pecho que parece no irse nunca. María murió de un mal que los doctores no supieron explicar bien.

Empezó con unos dolores, unos cansancios. Pensamos que era algo simple, que pasaría, pero no pasó. En tr meses se fue apagando, perdiendo las fuerzas, perdiendo el color. Cuando la llevé al hospital en Guadalajara, ya era muy tarde. Me dijeron que era algo en la sangre, una enfermedad que te come por dentro. Tenía 43 años, era fuerte, trabajadora, llena de vida.

El día que partió algo dentro de mí, se partió también. No fue solo el dolor de la pérdida, fue el arrepentimiento, porque pude haberla llevado antes al médico, pude haberle puesto más atención cuando se quejaba, pero yo siempre estaba ocupado con el trabajo, con el ganado, con el cultivo. Siempre había algo más urgente, o eso creía yo.

Después del entierro, regresé al rancho y me encerré en este silencio. Los vecinos venían a visitar al principio, traían comida, preguntaban si necesitaba ayuda, pero siempre les daba las gracias y cerraba la puerta. No quería compañía, no quería plática, solo quería estar solo con mi culpa. Pasaron los años, el rancho siguió funcionando porque necesitaba algo que hacer, si no la cabeza se enloquece.

Me levanto temprano, atiendo el ganado, reparo cercas, siembro lo que puedo sembrar, todo en automático. No siento placer, no siento tristeza, solo siento el peso de los días pasando. Mi único compañero verdadero es Trueno, un caballo castaño de casi 12 años que compré justo después de que María muriera.

Es un animal fuerte, acostumbrado a los caminos de tierra, al sol caliente y a las caminatas largas. Me conoce mejor que nadie. Sabe cuándo estoy inquieto. Sabe cuándo necesito andar sin rumbo, solo para cansar el cuerpo e intentar dormir en la noche. No tengo coche. Nunca he tenido. Siempre anduve a caballo. Es la forma que aprendí de mi padre, que aprendió de su padre.

Aquí en el rancho el caballo no es un lujo, es una necesidad. Es transporte, es herramienta, es amigo. Trueno me lleva a donde necesito ir, al pueblo a comprar víveres, a la ciudad cuando tengo que resolver algo, a las tierras de los vecinos cuando surge algún trabajo comunitario. Conoce cada vereda, cada atajo, cada piedra del camino.

La vida aquí es así, simple, dura y repetitiva. Me levanto con la salida del sol, tomo café negro como pan de ayer o un trozo de queso. Salgo al campo montado en trueno. Reviso el ganado. Miro las aguadas. Veo si hay alguna cerca rota. Regreso cuando el sol está alto, como algo rápido. Descanso un poco en la sombra.

Por la tarde vuelvo al campo o me quedo arreglando algo que se rompió. Cuando oscurece vuelvo a casa. Me doy un baño frío en la regadera del patio, ceno solo en la mesa de la cocina y me acuesto temprano. No tengo televisión. La radio se descompuso hace tiempo y nunca me di el trabajo de arreglarla. No leo el periódico, no sé quién gobierna, quién ganó la elección, qué está pasando en el mundo.

Aquí dentro del rancho, el mundo es solo esto, tierra, ganado, cielo abierto y silencio. Hay días que ni siquiera hablo. Paso el día entero sin abrir la boca, solo lo necesario para trueno. Anda, para, quieto, nada más. Y el animal parece entender, respeta mi silencio como si supiera que no hay nada más que decir.

Los vecinos me tienen por raro, saben que soy viudo, saben que vivo solo, saben que no me gustan las visitas. Me dejan en paz la mayor parte del tiempo. De vez en cuando alguien aparece pidiendo ayuda con algo, un toro fugado, una cerca que arreglar, un favor cualquiera y yo ayudo sin quejarme. Pero no me quedo a platicar, hago lo que se tiene que hacer y me voy.

Lo que nadie sabe es que por dentro todavía estoy preso en aquel día, el día que María cerró los ojos por última vez. Estaba en una cama de hospital delgada, pálida, casi sin fuerzas para respirar. Sostuvo mi mano y dijo con voz muy débil, “Vas a estar bien, Jonás. Prométeme que vas a estar bien.

” Le prometí, pero mentí porque yo no quedé bien. Quedé vacío. Quedé destrozado y aprendí que prometer algo que uno no sabe si podrá cumplir es una crueldad más. En aquella mañana de julio me levanté más temprano de lo normal. Había dormido mal, con sueños confusos que no recordaba bien. Me levanté aún a oscuras, tomé café y ensillé a Trueno.

Iría al pueblo de Santa Rosa, a unos 20 km de aquí, a buscar un medicamento antiparasitario para el ganado que había encargado la semana pasada. El camino hasta allá es casi todo de terracería con algunas partes de graba. pasa por dos ranchos vecinos, cruza un arroyo seco la mayor parte del año y atraviesa un pedazo de matorral, donde todavía hay árboles bajos y retorcidos.

Es un camino que conozco de memoria. He pasado por él cientos de veces. Salí con el sol a un débil, aquel resplandor anaranjado que promete otro día de calor. El cielo estaba limpio, sin nubes. Los pájaros cantaban en las cercas y el olor a tierra seca subía con el viento. Trueno seguía a su paso tranquilo, sin prisa. Yo no estaba pensando en nada, o mejor dicho, estaba intentando no pensar en nada. Así funciona.

Read More