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“Don’t look for me. Wait”: The final message from the Titicaca diver

El 14 de marzo de 2022, Marco Espinoza amarró su embarcación en el sector noreste del lago Titicaca. Revisó su equipo de buceo, encendió su cámara subacuática y se tiró al agua. Era su segunda inmersión del día. Su familia esperaba que regresara al día siguiente. No regresó. Dos días después, una embarcación de la Armada Boliviana encontró la lancha de Marco a la deriva a 4 km de donde la había dejado.

El motor estaba apagado, las provisiones intactas, su ropa seca doblada sobre el asiento y en el fondo de la embarcación, todavía grabando, la cámara subacuática. La memoria tenía 47 minutos de footage. Los primeros 36 minutos muestran a Marco buceando normalmente. Los últimos 11 minutos muestran algo que los investigadores no han podido explicar.

Y en el minuto 43, 4 minutos antes de que la grabación termine, Marco hace algo que ningún buso, ningún psicólogo, ningún investigador ha sabido interpretar. Mira directamente a la cámara. y se despide. Cuando los busos de la armada llegaron a las coordenadas exactas donde fue filmado ese foage, no encontraron nada de lo que aparecía en la grabación.

La pared del fondo era lisa, como si nunca hubiera existido lo que Marco filmó. El lago Titicaca tiene 3,810 m de altitud, 281 m de profundidad máxima y no tiene salida al océano. Lo que entra en él debería en algún momento volver. Marco Espinoza lleva dos años sin volver y yo necesito entender por qué fue exactamente a ese punto del lago.

Porque cuando lo investigué encontré algo que me incomodó profundamente. Marco no eligió esas coordenadas al azar. Alguien las había marcado antes que él. Marco Espinoza tenía 38 años cuando desapareció. Había trabajado como técnico de buceo para la Armada Boliviana entre 2008 y 2017. Participó en seis expediciones científicas en el lago.

Conocía el titicaca mejor que la mayoría. No era un aventurero impulsivo. Era alguien que llevaba años preparando algo específico. Para entender que estaba buscando Marco, tengo que contarte algo que ocurrió 19 años antes de su desaparición. En 2003, un equipo de la Universidad Mayor de San Andrés realizaba mediciones batimétricas en el sector central del lago.

Trabajo rutinario, mapeo de profundidades. En un punto del sector noreste, la sonda acústica registró una anomalía, no una profundidad inusual, algo diferente, una reflexión de sonido que no correspondía a ninguna superficie natural conocida, como si hubiera algo en el fondo que devolvía el sonido de manera diferente al sedimento, diferente a la roca.

Los investigadores marcaron las coordenadas, repitieron la medición, mismo resultado. Solicitaron financiamiento para una expedición de seguimiento. No lo consiguieron. El informe quedó archivado. Marco Espinoza, mientras trabajaba en la Armada, tuvo acceso a ese informe. Lo sé porque su hermana, Daniela Espinosa, me envió una copia del cuaderno de notas que Marco dejó en su departamento de la paz.

Un cuaderno que la armada no incluyó en su investigación oficial porque según el informe no contenía información relevante para determinar las causas del accidente. El cuaderno tiene 94 páginas, 81 de ellas están dedicadas al titiaka. Y en la página 34, Marco copió a mano las coordenadas exactas de la anomalía batimétrica de 2003.

Con una anotación al margen, el mismo punto, siempre el mismo punto. Tardé tres semanas en entender a qué se refería con siempre. Cuando lo entendí, tuve que releer el cuaderno desde el principio. Marco había pasado años cruzando datos de desapariciones en el lago con registros geográficos. reportes de pescadores, informes navales, testimonios recopilados de comunidades aimaras en la Ribera Norte y había encontrado algo que nadie había conectado antes, un porcentaje desproporcionado de los incidentes lacustres sin resolución en

los últimos 50 años. Embarcaciones desaparecidas,  cuerpos no recuperados, testimonios de desorientación extrema. se concentraba en un radio de 2 km alrededor de un punto específico del sector noreste, el mismo punto de la anomalía de 2003. Pero eso no era lo que más me perturbó del cuaderno.

Lo que más me perturbó estaba en la página 61. Una sola línea subrayada dos veces. Los aimaras llevan siglos sabiendo que no hay que cruzar ese punto. La pregunta no es qué hay ahí. La pregunta es, ¿qué fue lo que vieron para aprenderlo? Marco llevaba años estudiando el concepto aimara de Halsuma, no como folklore, como evidencia. Halsuma significa en Aimara, agua que convoca.

No es una metáfora poética, es una categoría geográfica, una advertencia específica sobre zonas del lago donde algo en el agua altera la percepción y la voluntad de quien entra en contacto con ella. Los pescadores aimaras no evitan esas zonas por superstición  general, las evitan por coordenadas, por nombres específicos, por una memoria colectiva de lo que ocurrió cuando alguien no las respetó.

Y una de esas zonas, la que tiene nombre propio en las comunidades de la Ribera Norte, coincide exactamente con el punto que Marco había marcado en su cuaderno. Cuando le pregunté a Daniela si Marco sabía todo esto antes de ir, tardó en responder. Después me dijo, “Lo sabía, por eso fue.” La cámara que Marco llevó era una GoPro de uso profesional adaptada para inversiones hasta 60 m.

Batería para 3 horas de grabación. La activó antes de entrar al agua. Voy a describir lo que muestra el footage, no porque quiera crear suspenso, sino porque cada detalle importa para entender lo que pasó después. Marco desciende. El agua del Titicaca a esa profundidad tiene visibilidad limitada, entre 3 y 5 m, dependiendo de la turbidez.

La cámara muestra exactamente lo que cualquier buso experimentado mostraría. Descenso controlado. Revisión de equipos.  Orientación por brújula. A los 8 minutos toca el fondo. Profundidad 22 m. El sedimento es oscuro. La roca circundante es pizarra y cuarcita típica del lago. Nada inusual. Marco comienza a moverse lateralmente siguiendo lo que parece ser un plan previo.

No explora al azar, se mueve con dirección. Consulta algo fuera de campo. Probablemente el cuaderno impermeable que llevaba sujeto al traje. Durante estos 20 minutos, el fondo del lago es completamente ordinario. Y esto es importante porque significa que lo que encontró no estaba distribuido por el área, estaba en un punto exacto.

Marco se detiene, la cámara apunta al frente y ahí está una pared de roca, pero en la base de esa pared, a nivel del sedimento, hay una abertura, no una grieta natural, no una erosión irregular, un umbral rectangular, bordes trabajados, ángulos rectos. La piedra alrededor de la abertura tiene marcas que no son geológicas.

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