Volver al Futuro (1985) es considerada, de manera casi unánime por la crítica y el público, como una de las películas más perfectas, memorables e influyentes en la historia del séptimo arte. La aventura de ciencia ficción dirigida por Robert Zemeckis y producida por Steven Spielberg ha trascendido generaciones gracias a su guion milimétrico, sus entrañables personajes y una banda sonora indeleble. Sin embargo, detrás de la impecable fachada de este clásico ochentero se esconde una bitácora de producción caótica, repleta de despidos multimillonarios, jornadas de trabajo inhumanas, rechazos masivos de la industria y automóviles defectuosos que rozaron el desastre físico y financiero. Los secretos de su filmación demuestran que el camino hacia la inmortalidad cinematográfica estuvo plagado de obstáculos casi insuperables.
El primer gran tropiezo de la producción ocurrió con la elección del protagonista. Aunque Michael J. Fox siempre fue la primera opción del director, sus compromisos con la exitosa serie de televisión lazos familiares le impedían inicialmente aceptar el papel. Ante esta negativa, el estudio contrató a Eric Stoltz para interpretar a Marty McFly. Stoltz, un actor de método sumamente comprometido, filmó durante cinco semanas completas antes de que Zemeckis tomara una decisión draconiana: despedirlo de forma fulminante. El problema radicaba en que Stoltz interpretaba al personaje con una seriedad excesiva y un tono dramático que dinamitaba el humor ligero y el espíritu de comedia que la cinta requería desesperadamente. Aunque el realizador esperó pacientemente a que la interpretación mejorara, el tono resultaba cada vez más equivocado. Este despido significó tirar millones de dólares directamente a la basura, obligando al equipo a reiniciar el rodaje desde cero.
Cuando Michael J. Fox finalmente asumió el rol, la producción entró en una dinámica demencial para poder cumplir con los tiempos. El actor se vio atrapado en una rutina que puso en grave riesgo su salud: grabab
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a lazos familiares durante el día por unas diez horas y, de inmediato, se trasladaba al set de Volver al Futuro para filmar otras doce horas durante toda la noche. Esta agenda extrema provocó que Fox durmiera apenas dos horas diarias durante meses. El agotamiento físico era de tal magnitud que el protagonista colapsó múltiples veces en ambos sets, requiriendo atención constante por parte de los paramédicos y recurriendo al consumo peligroso de café y bebidas energéticas. Décadas más tarde, el propio actor confesaría que aquel rodaje casi lo mata, calificándolo como el desafío físico más destructivo de su carrera profesional.
A los problemas del elenco se sumaba el verdadero dolor de cabeza de la filmación: el icónico DeLorean DMC-12. Aunque hoy es un símbolo de culto de la cultura pop, en el set de rodaje era considerado una auténtica chatarra que fallaba de manera constante. El motor del vehículo se sobrecalentaba de forma sistemática cada treinta minutos, obligando a detener la producción durante horas para que se enfriara. Además, sus famosas puertas de ala de gaviota se atascaban con regularidad, dejando a los actores atrapados en su interior en plena toma. El automóvil era tan lento y mecánicamente deficiente que resultaba incapaz de alcanzar las ochenta y ocho millas por hora requeridas por el guion en la vida real, obligando al director a recurrir a trucos de cámara y edición. Irónicamente, mientras el auto encontraba la inmortalidad en el cine, el creador de la empresa, John DeLorean, se encontraba tras las rejas por cargos de tráfico de cocaína.
El destino de la película fue incierto desde su concepción. Los creadores Bob Gale y Robert Zemeckis presentaron el guion a todos los estudios importantes de Hollywood, recibiendo más de cuarenta rechazos consecutivos. Compañías como Disney descartaron el proyecto de manera tajante por considerarlo “incestuoso y repugnante”, debido a la trama en la que la madre se enamora de su propio hijo en el pasado, llegando a calificar la historia como pornografía velada. Universal Pictures también rechazó el libreto en cuatro ocasiones distintas argumentando que carecía de drama real y que era una propuesta demasiado ligera. Solo tras el éxito de Zemeckis con Tras el corazón verde, Steven Spielberg logró ejercer su influencia para que Universal finalmente diera luz verde al proyecto, convirtiendo un guion aparentemente imposible de vender en la película más taquillera de 1985.
El rodaje también estuvo marcado por las tensiones provocadas por Crispin Glover, quien dio vida a George McFly. Glover, conocido por su personalidad excéntrica y difícil, cuestionaba constantemente el mensaje final de la película, argumentando de manera abierta en el set que la obra promovía un materialismo corrupto. Estas diferencias ideológicas y económicas provocaron que se negara a regresar para las secuelas al exigir un salario idéntico al de Michael J. Fox. Ante su negativa, Universal decidió utilizar metraje antiguo de la primera entrega y contratar a un doble utilizando prótesis faciales modeladas a partir del rostro de Glover sin su autorización. El actor demandó al estudio por el uso ilegal de su imagen y ganó una indemnización millonaria, un caso histórico que cambió de forma permanente las leyes de propiedad intelectual y derechos de imagen para los actores en Hollywood.
Incluso los momentos musicales de la cinta encierran particularidades desconocidas. En la emblemática escena del baile escolar donde Marty interpreta el clásico de rock and roll Johnny B. Goode, la guitarra eléctrica que sostenía Fox no estaba enchufada a ningún amplificador. Aunque el actor había tomado lecciones intensivas durante meses para que los movimientos de sus manos fueran auténticos y sincronizados, el instrumento no emitía sonido alguno durante la filmación. Toda la música fue añadida en postproducción por el guitarrista profesional Mark Campbell, mientras que los extras que bailaban en la escena lo hacían en absoluto silencio, siguiendo únicamente el ritmo de las indicaciones que un miembro de la producción gritaba fuera de cámara.
El clímax de la historia, centrado en la secuencia del rayo que golpea la torre del reloj, se convirtió en una carrera contra el tiempo en la vida real. El equipo de producción obtuvo el permiso para cerrar la locación durante una única noche frenética. Si algo salía mal, no existía presupuesto ni tiempo para un segundo intento. Para complicar las cosas, la intensa lluvia que se observa en pantalla no fue recreada de forma artificial; una tormenta real azotó el set, empapando al equipo técnico y poniendo en peligro los equipos eléctricos de alta tensión y los explosivos reales utilizados para simular el impacto del rayo. A pesar del peligro inminente de accidente, la toma se logró a la perfección en el primer intento.
La caracterización de los personajes también demandó sacrificios físicos notables. La actriz Lea Thompson, quien interpretaba a Lorraine Baines, tenía apenas veintitrés años durante la filmación. Para encarnar a la versión envejecida de su personaje en las escenas ambientadas en 1985, Thompson debía someterse diariamente a tres extenuantes horas de maquillaje para simular el paso de cuarenta y siete años. El peso y la rigidez de las prótesis le provocaron severas erupciones y reacciones alérgicas debido al pegamento utilizado en su piel. En contraste, para las secuencias del pasado en 1955, su edad real le permitía actuar prácticamente sin caracterización adicional.
El impacto cultural de la película llegó a las esferas más altas de la política mundial. El entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, quedó tan fascinado con el largometraje que decidió citar la icónica frase final del Doc Brown durante su discurso oficial sobre el Estado de la Unión ante el Congreso, provocando las risas de la audiencia. Esta sorpresiva validación presidencial disparó de inmediato las ventas del filme en formato de video casero. La situación rozó lo surrealista cuando Reagan invitó formalmente a Michael J. Fox a la Casa Blanca, una invitación que el actor, de origen canadiense, aceptó sintiendo que toda la escena era un absoluto absurdo político.
Las escenas de acción también demandaron un alto grado de riesgo. La famosa persecución en monopatín por las calles de Hill Valley fue ejecutada en gran parte por el propio Michael J. Fox, quien entrenó durante semanas con patinadores profesionales. Los automóviles involucrados en la escena se desplazaban a velocidades reales muy peligrosas, lo que expuso al actor a sufrir un accidente fatal. De hecho, en una de las tomas, un vehículo frenó tarde y pasó a escasos centímetros de atropellarlo por completo. A pesar de los ruegos de los coordinadores de acrobacias para utilizar dobles de riesgo, Fox insistió en rodar las escenas él mismo en busca de una autenticidad total en la pantalla.
Por otra parte, el elenco sufrió modificaciones drásticas debido a tragedias familiares de índole personal. Claudia Wells, la actriz original que interpretó a Jennifer Parker, la novia de Marty, se vio obligada a abandonar por completo el proyecto de las secuelas debido a que su madre fue diagnosticada con un cáncer en fase terminal. Wells prefirió priorizar el cuidado de su madre en sus últimos meses de vida sobre las luces de Hollywood, siendo reemplazada posteriormente por Elisabeth Shue. La producción se vio en la obligación de refilmar de manera idéntica la escena final de la primera película con la nueva actriz para dar continuidad a la secuela.
Finalmente, el aspecto financiero y técnico de la cinta estuvo marcado por la austeridad creativa. Con un presupuesto modesto de apenas diecinueve millones de dólares, Robert Zemeckis tuvo que exprimir al máximo sus recursos económicos, especialmente después del enorme gasto imprevisto que significó desechar el material filmado por Eric Stoltz. Ante la crisis financiera de la producción, el propio Steven Spielberg optó por renunciar por completo a su salario como productor para salvar el rodaje. De igual manera, el compositor Alan Silvestri se vio obligado a escribir la icónica banda sonora en un tiempo récord de cinco semanas tras el despido del compositor original, logrando componer el legendario tema principal en tan solo dos días de trabajo febril de dieciocho horas diarias. A pesar de todas las adversidades, Volver al Futuro recaudó trescientos ochenta y un millones de dólares a nivel mundial, consagrándose como una franquicia millonaria e imprevista, cuyo final original nunca contempló la existencia de secuelas, manteniéndose hasta el día de hoy como una obra de arte cinematográfica verdaderamente inigualable.