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Sasha Montenegro: El Infierno Silencioso Detrás del Poder Presidencial y la Guerra Familiar que la Destruyó

A Sasha Montenegro la llamaron de muchas maneras a lo largo de su vida. La llamaron oportunista, la llamaron vedette sin talento, la etiquetaron como la amante, la intrusa, la traidora. Durante años, la sociedad y los medios de comunicación la señalaron implacablemente como la mujer que tuvo la audacia de entrar en la cama del poder político y romper en pedazos una familia presidencial. Sin embargo, casi nadie quiso mirar el último cuarto de esa fascinante y dolorosa historia. Ese rincón oscuro, el más frío, el más incómodo, el que jamás aparece en las deslumbrantes portadas de las revistas donde solo se habla de lujo, de deseo desenfrenado y de escándalos de alcoba.

El 14 de febrero de 2024, mientras México entero celebraba con rosas y chocolates el Día del Amor, una mujer de 78 años agonizaba en un hospital de Cuernavaca, Morelos. Se marchaba lejos de los reflectores que alguna vez la cegaron, lejos de los sets de cine que la inmortalizaron, y muy lejos de aquella colosal mansión donde alguna vez se mezclaron, de forma tóxica y letal, el poder, el deseo, el dinero y el odio familiar más profundo. Su nombre real era Alexandra Achimovic Popovic, pero un país entero se rindió a sus pies conociéndola como Sasha Montenegro. La rutilante vedette que conquistó la pantalla grande de los años setenta y ochenta terminó sus días convertida en la viuda más incómoda, juzgada y perseguida de un expresidente mexicano.

Los partes médicos dictaron que falleció a causa de un derrame cerebral, una consecuencia fulminante del cáncer de pulmón que llevaba padeciendo en absoluto silencio. Pero esta crónica no trata sobre cómo la muerte vino a buscarla. Esta es la historia de cómo una mujer que llegó a México en 1969, armada únicamente con una maleta llena de incertidumbres y un rostro capaz de incendiar cualquier sala de cine, acabó atrapada irremediablemente en la guerra más oscura, cruel y despiadada de la familia López Portillo. Fue una guerra feroz donde el amor se transformó rápidamente en un expediente judicial, la herencia en un arma de destrucción masiva, y una casa de 122,000 metros cuadrados dejó de ser un palacio de ensueño para convertirse en la trampa más asfixiante de su vida.

Para entender verdaderamente a Sasha Montenegro, hay que viajar hacia atrás en el tiempo, mucho antes de las marquesinas iluminadas, los cabarets repletos de humo y los periódicos sensacionalistas que, décadas después, la convertirían en el pecado público de una nación entera. Todo comenzó muy lejos de México. Bari, Italia. 20 de enero de 1946. El continente europeo acababa de salir arrastrándose de la Segunda Guerra Mundial, como quien logra escapar de un incendio dantesco con la ropa todavía oliendo a carne quemada y pólvora. Las ciudades mostraban edificios partidos por la mitad, las familias estaban dolorosamente incompletas, los nombres de los desaparecidos eran borrados de las mesas familiares, y habitaban silencios pesados que nadie sabía cómo explicar a los más pequeños.

En medio de ese continente herido, sangrante y traumatizado, nació una niña llamada Alexandra. Todavía no era la inalcanzable Sasha Montenegro. Todavía no era la figura que México miraría con una mezcla febril de deseo incontrolable y desprecio moral. Todavía no era la mujer que un expresidente escondería entre las sombras, amaría con locura, protegería con su influencia y que, eventualmente, dejaría abandonada en el centro de una encarnizada batalla familiar. Era tan solo una niña nacida en el seno de una familia que ya cargaba sobre sus hombros demasiados fantasmas.

Su padre, Siboin Achimovic, y su madre, Silvia Popovic, formaban una familia de origen yugoslavo profundamente marcada por la geografía de Montenegro, por el dolor de la migración forzada y por una historia europea que no se relataba con orgullo patrio, sino con pánico. Porque mucho antes de que Sasha aprendiera a posar frente a una cámara fotográfica, mucho antes de que aprendiera a esbozar una sonrisa de acero cuando la prensa la juzgaba sin piedad, su sangre ya venía atravesada transversalmente por la tragedia. Según los escasos relatos familiares que sobrevivieron, parte de sus parientes habían sido perseguidos, acorralados y silenciados durante la guerra. Era una familia golpeada sistemáticamente por la violencia, por la pérdida irreparable, por esa clase de terror psicológico que no concluye cuando se firman los tratados de paz, sino que se queda a vivir para siempre dentro de los hijos de los sobrevivientes.

Piensa en eso por un momento. Una niña que nace justo después del desastre mundial, pero que crece respirando las cenizas y las consecuencias de este. En las casas de los sobrevivientes de la guerra, nadie necesita explicar demasiado los horrores. Los adultos hablan en voz baja, cambian bruscamente de tema cuando los niños entran a la habitación, y guardan las fotografías antiguas como si fueran heridas abiertas que aún sangran. Hay nombres que simplemente no se pronuncian. Hay historias que se cuentan una sola vez, en susurros, y después se entierran en el olvido para siempre. Alexandra creció inmersa dentro de ese mundo fragmentado, un mundo donde la seguridad y la estabilidad no eran un derecho humano, sino un auténtico milagro que podía desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos.

Quizá por esa profunda cicatriz invisible, desde muy joven, Sasha desarrolló una idea fija e inquebrantable en su mente: no quería casarse, no quería tener hijos, no quería traer nuevas vidas a un mundo tan inestable que era capaz de destruir familias enteras sin siquiera pedir permiso. No era una postura de frialdad emocional, era puro miedo heredado. Era la memoria viva de una generación que había sido testigo de cómo la vida podía romperse en mil pedazos de un día para otro. Mientras otras niñas de su edad soñaban despiertas con vestidos blancos, anillos de diamantes y altares, ella miraba el matrimonio como una promesa sumamente peligrosa. Mientras otras imaginaban una casa llena de hijos riendo en el jardín, ella solo podía pensar en todo lo que era susceptible de perderse.

Pero la vida, con su ironía característica, nunca le preguntó qué era lo que realmente quería. Cuando Alexandra era apenas una bebé de brazos, su familia cruzó el vasto océano buscando un rincón del planeta menos roto. Llegaron a Sudamérica; Mendoza primero, Buenos Aires después. Argentina le proporcionó otro idioma, otra luz, otra forma de mirar el mundo, pero no le otorgó una raíz definitiva. Sasha creció como crecen todos los hijos del exilio: aprendiendo a la fuerza que uno puede vivir décadas en un país y seguir sintiéndose un completo extranjero, que uno puede habitar una casa y aún así no pertenecer del todo a ninguna parte. Luego, sobrevino otra ausencia devastadora que marcaría su destino. Su padre murió cuando ella todavía era muy joven, y ahí, en su pecho, se abrió un hueco oscuro que nunca logró cerrar completamente. La muerte de un padre no solo deja una silla vacía en el comedor; deja una pregunta aterradora flotando en el aire: ¿Quién te protege ahora? ¿Quién se queda de pie a tu lado cuando el mundo vuelve a ponerse peligroso e impredecible?

Esa punzante pregunta la seguiría como una sombra durante años, incluso cuando su rostro adornaba todas las carteleras, incluso cuando los hombres más poderosos la aplaudían de pie, incluso cuando México entero creyó ingenuamente que Sasha Montenegro era una diosa invencible que no necesitaba a absolutamente nadie.

En 1969, a la edad de 23 años, Alexandra llegó a México atraída por una invitación para trabajar en la industria del cine. Era una joven extranjera, deslumbrantemente hermosa, con un rostro magnético que la lente de la cámara simplemente no podía ignorar, y con una historia personal que nadie se molestó en conocer. México la recibió de la misma forma en que recibe a muchas mujeres hermosas: primero con una fascinación hipnótica y, casi de inmediato, con un juicio moral implacable. Le cambiaron el nombre, le cambiaron el destino, y Alexandra empezó a desaparecer lentamente para que pudiera nacer el mito de Sasha Montenegro.

Y cuando Sasha apareció en escena, el país entero volteó a verla, paralizado. Los años setenta y ochenta fueron su territorio indiscutible. El cine mexicano estaba atravesando una mutación profunda. Ya no era solo la industria de las grandes divas solemnes de la Época de Oro, ni de los galanes impecables a caballo. Era una industria muchísimo más atrevida, más popular, más urbana y nocturna. El cine de ficheras. Salas de cine abarrotadas, carteles provocadores, productores buscando incansablemente mujeres que no pidieran permiso para existir y desbordar sensualidad frente a la cámara. Sasha entró de lleno en ese mundo y lo dominó por completo. Bellas de noche (1975), Muñecas de medianoche (1979), Pedro Navaja (1984). Película tras película, su nombre se volvió el sinónimo absoluto de deseo desbordado, taquillas millonarias y escándalo constante.

Pero aquí yace la verdad que casi nadie quiso mirar de frente. Mientras el público mexicano veía en ella únicamente un cuerpo espectacular para ser consumido visualmente, en su interior, Sasha seguía buscando desesperadamente algo mucho más antiguo y primario: protección. Buscaba un lugar seguro, una figura de autoridad capaz de levantar un muro inexpugnable contra el desprecio social, contra la soledad que la carcomía, contra esa sensación perpetua de no pertenecer a ninguna parte. Tenía una fama desmedida, tenía cuentas bancarias llenas, tenía una belleza que paralizaba el tráfico, pero carecía de paz. Y esa hambre insaciable de protección absoluta fue el primer paso que la condujo directamente hacia el hombre que cambiaría, y eventualmente destruiría, su vida.

El secreto de su ruina comenzó a gestarse lejos de las fronteras mexicanas, en la romántica ciudad de Sevilla, España, en el año 1984. Fue allí donde Sasha Montenegro conoció a José López Portillo, un hombre 24 años mayor que ella. López Portillo era un hombre que, aunque ya había terminado su mandato como presidente de México, seguía profundamente marcado por la embriaguez del poder absoluto. Aún estaba unido a una familia poderosa, conservadora y arraigada en las élites del país, una familia que jamás, bajo ninguna circunstancia, aceptaría a una actriz de cine de ficheras en su círculo íntimo.

El romance floreció en las sombras, alimentado por la pasión y la promesa de seguridad. Para Sasha, López Portillo representaba esa figura paterna, protectora y omnipotente que tanto había anhelado desde su exilio. Para el expresidente, Sasha era el trofeo máximo de la vitalidad, un escape de la rigidez de su vida política y conyugal. Se casaron, primero por lo civil y años más tarde por la iglesia, tras el divorcio de López Portillo de Carmen Romano. Sin embargo, lo que parecía ser el final feliz de un cuento de hadas retorcido, fue en realidad la firma de su sentencia a un infierno en vida.

El escenario principal de esta tragedia fue la infame “Colina del Perro”, una mansión ostentosa e inabarcable ubicada en Cuajimalpa. Con cuatro inmensas residencias conectadas, una biblioteca personal que albergaba más de 30,000 volúmenes de incalculable valor, observatorios y lujos desmedidos, la propiedad era un símbolo arquitectónico de la corrupción y el exceso del sexenio lopezportillista. Cuando Sasha entró por las puertas de esa propiedad de 122,000 metros cuadrados, creyó haber encontrado finalmente su fortaleza inexpugnable. No sabía que estaba cruzando el umbral de su propia jaula dorada.

Ese valor monumental despertó demasiadas ambiciones y envidias. La familia de López Portillo, encabezada por sus hijos del primer matrimonio y sus hermanas, desató una campaña brutal y despiadada contra la vedette. No estaban dispuestos a permitir que una extranjera, a la que consideraban de baja moral, se quedara con el legado y la fortuna del patriarca. Los últimos años de vida del expresidente estuvieron marcados por la decadencia física y mental, convirtiendo la mansión en un campo de batalla. Hubo acusaciones cruzadas de maltrato, de secuestro emocional, juicios interminables por la administración de los bienes, libros valiosísimos que desaparecían misteriosamente en la noche, disputas por un lujoso rancho en Valle de Bravo, y una maquinaria mediática orquestada para destruir sistemáticamente el nombre y la reputación de Sasha.

La confesión más amarga de Sasha Montenegro llegó años después, cuando el polvo de la guerra apenas comenzaba a asentarse. Según sus propias palabras, llenas de un profundo desencanto, el expresidente no le dejó una inmensa fortuna que disfrutar, sino una montaña de problemas legales, demandas asfixiantes y una familia política dispuesta a recurrir a las tácticas más viles para borrarla de la faz de la tierra. No salvó al expresidente de morir amargado, rodeado de pleitos miserables por dinero. No salvó a la propia Sasha de la humillación pública diaria en los juzgados y las portadas de revistas de chismes. Y, lo más trágico, no salvó a Nabila y Alexander, los dos hijos producto de su matrimonio, de crecer asustados bajo la sombra gigantesca de un apellido que pesaba como una lápida.

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