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“¡Pensé que era un ladrón!” Golpeé al duque con una bandeja — despertó molesto y obsesionado

“¡Pensé que era un ladrón!” Golpeé al duque con una bandeja — despertó molesto y obsesionado

La primera vez que Mariana Valcárcel vio al duque de Alborada, lo dejó inconsciente con una bandeja de plata.

No fue una reverencia.
No fue una presentación elegante.
No fue una de esas escenas de salón donde una criada baja la mirada y el noble, por pura casualidad, descubre que sus ojos son distintos a los de las demás.

No.

Fue un golpe seco, brutal, en mitad de la noche, bajo una tormenta que hacía temblar los cristales del palacio.

Mariana estaba descalza en el pasillo norte, con el camisón cubierto por un chal viejo y una vela temblando en la mano. Había oído un ruido en la galería de los retratos: un roce, un susurro, después el crujido de una puerta prohibida. Nadie debía estar allí. Mucho menos a las tres de la madrugada, cuando todo el servicio dormía y los señores de la casa fingían no tener secretos.

El Palacio de Alborada no era una casa cualquiera. Era una mole de piedra levantada sobre un acantilado asturiano, con torres oscuras, pasillos demasiado largos y retratos de antepasados que miraban como si todavía mandaran. Se decía que en sus paredes había más secretos que habitaciones. Mariana, que limpiaba aquellas paredes desde hacía dos años, podía confirmarlo.

Aquel ruido no era normal.

Apretó la bandeja contra el pecho. La llevaba porque había subido manzanilla a la vieja duquesa viuda, enferma de los nervios y del orgullo. Cuando escuchó pasos, pensó en los rumores de la semana: joyas desaparecidas, una carta robada, un hombre visto en los jardines, sombras cerca de la biblioteca.

“Un ladrón”, pensó.

El corazón le golpeó tan fuerte que casi apagó la vela.

Entonces vio la silueta.

Un hombre alto, envuelto en una capa negra, salía de la sala de mapas con algo en la mano. No llevaba librea. No llevaba luz. Caminaba como quien conoce la casa y aun así no quiere ser visto.

Mariana no gritó.

Ese fue su segundo error.

El primero fue acercarse.

—¡Alto! —susurró, porque incluso el miedo le salía educado dentro de una casa noble.

El hombre se volvió.

La vela iluminó apenas una mandíbula firme, el brillo de unos ojos oscuros, una cicatriz leve junto a la ceja. Él dio un paso hacia ella.

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