La época dorada de Hollywood suele recordarse a través de un filtro de nostalgia brillante. Evocamos imágenes de alfombras rojas, vestidos deslumbrantes, peinados impecables y sonrisas perfectas que prometían una vida de ensueño. Sin embargo, detrás de esa fachada de celuloide meticulosamente construida por los grandes estudios cinematográficos, se escondía una realidad mucho más compleja, dura y, en muchas ocasiones, desgarradora. El sistema de estrellas de las décadas de 1940 y 1950 era una maquinaria implacable que fabricaba ídolos con la misma rapidez con la que explotaba sus vulnerabilidades más profundas. En el centro de este torbellino mediático se encontraban dos de las mujeres más icónicas de la historia del cine: Jane Russell y Marilyn Monroe. Ambas compartieron el protagonismo en la legendaria película de 1953, “Los caballeros las prefieren rubias” (Gentlemen Prefer Blondes), regalándole al mundo una comedia musical inolvidable. Pero lo que las cámaras no captaron fue la profunda relación humana que se forjó entre ellas, una camaradería que sirvió como salvavidas en medio del caos, y que le otorgó a Russell una visión privilegiada y dolorosa sobre la trágica existencia de la mujer más deseada del planeta.
Para entender la dinámica entre estas dos leyendas, es fundamental comprender de dónde venían y en qué punto de sus carreras se encontraban cuando sus caminos colisionaron. Jane Russell no era una novata. En 1953, ya llevaba una década siendo una estrella consolidada de Hollywood. Su ascenso a la prominencia fue tan meteórico como controversial, catapultada a la fama cuando el excéntrico magnate y director Howard Hughes la eligió para protagonizar el western de 1943, “El forajido” (The Outlaw). Jane, que tenía apenas 19 años en ese entonces, fue el centro de una campaña publicitaria sin precedentes que se enfocó descaradamente en su figura curvilínea. Hughes, obsesionado con la anatomía de la actriz, llegó al extremo de aplicar sus conocimientos de ingeniería aeronáutica para diseñar un sujetador especial sin costuras, con el único propósito de resaltar el busto de Russell en la pantalla. La censura de la época, encarnada en el estricto Código de Producción Cinematográfica, se negó inicialmente a aprobar la cinta por considerarla indecente. Lejos de hundir la película, esta prohibición solo sirvió para avivar la curiosidad y el morbo del público. Tras una serie de batallas legales y relanzamientos independientes, “El forajido” se estrenó masivamente en 1946, convirtiendo a Jane Russell en un símbolo sexual y en una actriz de renombre que continuaría protagonizando éxitos junto a figuras de la talla de Robert Mitchum, Frank Sinatra y Groucho Marx.
Por otro lado, la trayectoria de Marilyn Monroe era una historia de supervivencia y lucha constante. Hoy en día, la fama de Marilyn ha trascendido el tiempo, eclipsando a casi todas sus contemporáneas, pero en 1946, mientras Jane disfrutaba del éxito, Marilyn (entonces conocida como Norma Jeane) era apenas una joven modelo tratando de encontrar su lugar en el mundo. Acababa de firmar su primer contrato con la 20th Century Fox, enfrentándose a un sistema que no sabía qué hacer con ella. Tras una serie de papeles menores irrelevantes que la obligaron a regresar temporalmente al modelaje, Monroe comenzó a ganar tracción gracias, en gran parte, a su innegable atractivo físico. Sin embargo, su ambición y su deseo de ser tomada en serio la impulsaron a seguir adelante. A principios de la década de 1950, tras apariciones breves pero absolutamente magnéticas en obras maestras como “La jungla de asfalto” y “Eva al desnudo”, el público comenzó a idolatrarla. Películas posteriores como “Niágara” la encumbraron definitivamente como una “diosa del amor”, allanando el camino para su estatus como el símbolo sexual definitivo del siglo XX.
El encuentro entre Jane y Marilyn no ocurrió bajo las luces de los reflectores, sino a través de una curiosa coincidencia del destino. Jane Russell había asistido a la escuela secundaria junto a James Dougherty, quien se convertiría en el primer esposo de Marilyn en 1942. Según los recuerdos de Jane, un día Dougherty se acercó a ella con entusiasmo para presentarle a su joven esposa. En aquel entonces, Marilyn todavía era una muchacha morena, tímida y de belleza dulce, que respondía al nombre de Norma Jeane. Nadie podría haber imaginado que, años más tarde, aquella chica bonita se transformaría en el huracán rubio que compartiría cartelera con la experimentada Jane.
Cuando la 20th Century Fox decidió unirlas para la adaptación cinematográfica del éxito de Broadway “Los caballeros las prefieren rubias”, la prensa de espectáculos se frotó las manos anticipando un desastre. La industria de Hollywood tenía la tóxica costumbre de enfrentar a las mujeres, alimentando narrativas de celos, envidia y rivalidades feroces para vender revistas. Se esperaba que el choque de egos entre la voluptuosa morena y la explosiva rubia generara titulares escandalosos. Sin embargo, la realidad fue todo lo contrario. Lejos de competir, Jane y Marilyn desarrollaron una amistad cálida, solidaria y profundamente respetuosa.
En la película, interpretan a dos coristas que son mejores amigas pero con visiones del mundo diametralmente opuestas. Marilyn encarnó a la icónica Lorelei Lee, una rubia platinada con voz infantil, aparentemente ingenua pero calculadora, cuya máxima aspiración es casarse con un millonario. Su interpretación del número musical “Diamonds Are a Girl’s Best Friend” sigue siendo un hito indiscutible en la cultura pop, imitado hasta el cansancio por artistas como Madonna. Por su parte, Jane dio vida a Dorothy Shaw, una morena ingeniosa, sarcástica y leal, con una peligrosa debilidad por los hombres atractivos y sin dinero. Curiosamente, la dinámica protectora de sus personajes en la ficción se trasladó de manera natural a la vida real durante el rodaje.
A pesar de compartir el éxito de la cinta, existía una desigualdad indignante que reflejaba la jerarquía de los estudios. Jane Russell, siendo la estrella establecida, cobró la impresionante suma de 100,000 dólares por su participación en la película. Marilyn Monroe, a pesar de estar en la cúspide de su popularidad y ser el principal atractivo para una gran parte de la audiencia, recibía un humilde salario de apenas 500 dólares a la semana bajo su antiguo contrato. Cuando los ejecutivos del estudio intentaron humillarla negándole un camerino privado con el argumento de que ella “no era una estrella”, Marilyn demostró una lucidez y una audacia que pocos le reconocían. Su respuesta fue legendaria y tajante: “Bueno, sea lo que sea, yo soy la rubia, y esto es ‘Los caballeros las prefieren rubias'”. Inmediatamente después, obtuvo su camerino.
La ética de trabajo de ambas era impecable, pero sus procesos eran muy distintos. El coreógrafo de la película, el exigente Jack Cole, era plenamente consciente de que ninguna de las dos actrices era bailarina profesional, por lo que adaptó minuciosamente las complejas rutinas a sus capacidades. Jane Russell recordó en varias ocasiones lo impresionada que estaba con la dedicación casi obsesiva de Marilyn. Mientras Jane terminaba su jornada y se iba a casa a descansar con su familia, Marilyn, consumida por sus inseguridades y su afán de perfeccionismo, se quedaba hasta altas horas de la noche en los estudios vacíos, ensayando los pasos de baile una y otra vez hasta el agotamiento.
Jane asumió rápidamente un rol maternal y protector, convirtiéndose en una especie de hermana mayor para su compañera. La llamaba cariñosamente “Baby Doll” o “Blondie”. Detrás de la deslumbrante fachada de Marilyn, Jane descubrió a una mujer aterrorizada. Para Monroe, este era apenas su segundo papel verdaderamente protagónico, y el peso de las expectativas la aplastaba. Sufría de un pánico escénico tan severo que, en numerosas ocasiones, se quedaba paralizada y temblando de miedo dentro de su camerino, incapaz de salir a enfrentar a las cámaras. Fue en esos momentos de vulnerabilidad extrema donde la amistad de Jane fue crucial. Al notar que Marilyn llegaba tarde al set debido a sus crisis de ansiedad, Jane adquirió el hábito diario de caminar hasta su puerta, golpear suavemente y decirle con tono tranquilizador: “Vamos, baby, vamos”. Juntas, caminaban de la mano hacia el set, disipando el miedo.
A pesar de los intentos desesperados de los columnistas de chismes por inventar una rivalidad, ambas actrices se encargaron de desmentir los rumores públicamente. Se apoyaban mutuamente, cerrando filas contra una prensa hostil que no concebía la idea de dos mujeres hermosas cooperando en lugar de destruirse. El estreno de la película en julio de 1953 fue un éxito arrollador e inmediato. Los críticos de la época se rindieron ante el innegable encanto de ambas, afirmando que eran “simplemente sensacionales”. Esta obra maestra le otorgó finalmente a Marilyn el reconocimiento global y el estatus de superestrella que tanto había anhelado. Como ella misma reflexionaría con amargura años más tarde: “La gente me hizo una estrella. Ningún estudio, ninguna persona decidió eso, sino la gente”.
Años después, en su conmovedora autobiografía de 1985 titulada “My Path and My Detours”, Jane Russell dedicó páginas llenas de ternura y dolor para hablar de Marilyn. Jane compartía una profunda empatía por el turbulento pasado de su amiga. Entendía que la inestabilidad emocional de Marilyn no era un capricho de diva, sino la cicatriz abierta de una infancia marcada por el trauma. Norma Jeane nunca conoció la identidad de su padre biológico, su madre pasó la mayor parte de su vida internada en un hospital psiquiátrico debido a una esquizofrenia severa, y la niña fue arrojada a la frialdad del sistema de hogares de acogida, sufriendo abusos y negligencia. Estas heridas primarias formaron el núcleo del sufrimiento de Marilyn Monroe.
Durante el rodaje, las diferencias en sus visiones del mundo también dieron pie a anécdotas fascinantes. Jane, una mujer de profunda fe cristiana, intentó en una ocasión llevar a Marilyn a un grupo de estudio bíblico, esperando brindarle un poco de paz espiritual. Marilyn, siempre buscando respuestas en el psicoanálisis y el intelecto, bromeó tiempo después sobre el incidente diciendo: “Jane intentó convertirme, y yo intenté presentarle a Sigmund Freud”. Aunque sus filosofías diferían, el respeto mutuo jamás se desvaneció.
Trágicamente, la vida personal de Marilyn se convirtió en un espiral de desolación. Uno de sus anhelos más profundos, y quizás el más doloroso por su imposibilidad, era el deseo de convertirse en madre y formar la familia normal que ella nunca tuvo. Durante su matrimonio con el célebre dramaturgo Arthur Miller, este sueño se hizo trizas de manera repetida. La historia clínica de Monroe revela que padeció de endometriosis aguda, un trastorno uterino crónico y extremadamente doloroso que complicaba severamente la concepción. A pesar de lograr mantener sus embarazos ocultos de la voraz prensa sensacionalista, el desenlace siempre fue devastador. Sufrió su primer aborto espontáneo en septiembre de 1956, seguido de la pérdida de un embarazo ectópico un año después, y un tercer aborto en diciembre de 1958.
El peso de estas pérdidas gestacionales destruyó la psique de la actriz. Se culpaba a sí misma por su incapacidad para llevar un hijo a término. El dolor emocional, sumado a la presión insostenible de mantener su imagen pública, la empujó hacia un abismo de autodestrucción. Intentando adormecer el sufrimiento, Marilyn desarrolló una severa adicción a los barbitúricos y al alcohol. Las tensiones derivadas de sus problemas de salud y sus adicciones fueron, en gran medida, los detonantes que resquebrajaron su matrimonio con Arthur Miller hasta llevarlo al divorcio.
Pero el tormento de Marilyn iba mucho más allá de la adicción. A lo largo de su vida, luchó desesperadamente contra graves desafíos de salud mental. Investigaciones posteriores y testimonios de allegados sugieren que la actriz pudo haber padecido un trastorno bipolar no diagnosticado adecuadamente. Desafortunadamente, Marilyn vivió en una época oscura de la psiquiatría, donde los recursos para tratar los trastornos del estado de ánimo eran limitados, experimentales y, a menudo, brutales. La industria de Hollywood, interesada únicamente en su rentabilidad en taquilla, explotaba constantemente sus vulnerabilidades emocionales sin ofrecerle una red de apoyo genuina.
El punto más bajo y escalofriante de su deterioro emocional ocurrió tras su tercer divorcio. En 1961, presa de una inestabilidad creciente, agotamiento y depresión profunda, Marilyn fue ingresada de manera involuntaria en el ala psiquiátrica del Hospital Payne Whitney en Nueva York. Lo que debía ser un lugar de descanso y recuperación se convirtió en una cámara de tortura. Según los relatos posteriores, la actriz fue tratada como una prisionera de alta peligrosidad. Fue sometida a abusos físicos por parte del personal del hospital y, ante sus crisis de angustia, fue amenazada cruelmente con ser atada a una camisa de fuerza si no obedecía las órdenes. Angustiada, aterrorizada y expresando claros pensamientos de autolesión, Marilyn logró contactar a su exmarido, el legendario jugador de béisbol Joe DiMaggio. A pesar de estar divorciados, DiMaggio seguía amándola profundamente. Sin dudarlo un segundo, voló a Nueva York, se presentó en el hospital y, amenazando con desmantelar el lugar pieza por pieza si era necesario, exigió y logró la liberación inmediata de Marilyn, rescatándola de aquel infierno institucional.
A pesar del apoyo incondicional de DiMaggio, los demonios de la adicción ya habían echado raíces muy profundas. En 1962, Marilyn Monroe comenzó a rodar la que sería su última película, la comedia “Something’s Got to Give”, compartiendo créditos con el carismático Dean Martin. Para este punto, su dependencia a las pastillas y al alcohol era tan severa que afectó catastróficamente la producción. Sus ausencias en el set eran constantes, justificadas repetidamente con dudosas notas médicas que alegaban diversas enfermedades respiratorias o fatiga crónica. Cuando lograba presentarse en el estudio, la situación no mejoraba; luchaba inmensamente para recordar sus líneas más simples, su concentración era nula y había perdido una cantidad de peso que alarmó a todo el equipo de producción.
El terror a las cámaras, aquel miedo paralizante que Jane Russell había logrado calmar años atrás con una simple sonrisa en la puerta de su camerino, ahora la dominaba por completo. Marilyn se escondía durante horas en su remolque, negándose a salir. En uno de los episodios más oscuros del rodaje, el productor de la película irrumpió en su camerino y la encontró inconsciente, sumida en un coma inducido por una sobredosis de barbitúricos. La frustración del estudio llegó a su límite, y un alto ejecutivo llegó a calificar a la estrella de ser completamente “autodestructiva” y una pérdida de dinero para la compañía.