El brillo deslumbrante de los años ochenta, con sus vibrantes luces de neón, su frenética música sintetizada y su explosión de moda extravagante, a menudo ocultaba las sombras más profundas y dolorosas de quienes se encontraban bailando en el centro del escenario. Entre las figuras más enigmáticas, magnéticas y, en última instancia, profundamente trágicas de esta era dorada de la cultura pop, se encuentra el inolvidable Pete Burns. Conocido a nivel mundial como el carismático, polémico y revolucionario vocalista de la banda Dead or Alive, Burns no solo dejó una marca indeleble en la industria musical con himnos generacionales que aún hoy hacen temblar las pistas de baile, sino que también protagonizó una de las historias de vida más complejas, dolorosas y estremecedoras que el despiadado mundo del espectáculo haya presenciado jamás. Su existencia fue un torbellino constante de creatividad desbordante, luchas internas aplastantes, traumas históricos heredados y una búsqueda incesante de una identidad que parecía escurrírsele entre los dedos, llevándolo a extremos físicos y emocionales verdaderamente inimaginables. Esta es la crónica detallada y humana de un ícono cultural que voló demasiado cerca del sol, consumiéndose lentamente en el fuego de su propia necesidad de transformación.
Para comprender a fondo la psique fragmentada y la incesante, casi compulsiva, necesidad de alteración física de Pete Burns, es imperativo retroceder a sus raíces, a un hogar donde el sufrimiento y la angustia eran residentes permanentes. Nacido el 5 de agosto de 1959 en Port Sunlight, un pequeño y pintoresco pueblo situado a las afueras de la musical ciudad de Liverpool, Inglaterra, Peter Jozzeppi Burns vino al mundo en un entorno profundamente marcado por el trauma tanto histórico como personal. Su madre, Eva, no era una mujer común lidiando con los problemas rutinarios de la maternidad; era una valiente pero profundamente dañada superviviente del Holocausto. Las cicatrices invisibles, pero desgarradoras, que Eva trajo consigo desde uno de los capítulos más oscuros y crueles de la historia de la humanidad se manifestaron de maneras emocionalmente devastadoras a lo largo de su vida. Luchó de manera incesante y agotadora contra demonios internos que tomaron la implacable forma de enfermedades mentales graves, un abuso debilitante de sustancias nocivas y episodios crónicos, aterradores, de autolesiones.
El joven Pete creció respirando este ambiente denso y cargado, donde la línea que separaba el amor maternal incondicional y la tragedia diaria era confusa y dolorosamente borrosa. Él era agudamente consciente de los abismos emocionales en los que caía su madre día tras día. En confesiones posteriores que logran helar la sangre de quien las escucha, Burns admitió haber encontrado a su propia madre en estado crítico y sangrante después de que ella misma se hubiera autolesionado en momentos de profunda crisis psicológica. El impacto emocional de presenciar de primera mano tal nivel de desesperación y dolor físico en la persona que le dio la vida fue colosal e imborrable. El artista admitió sentirse absolutamente devastado y aterrorizado por el deterioro progresivo e imparable de la salud mental de Eva. Sin embargo, en un giro sorprendente de resiliencia emocional infantil, el joven Pete encontró una fuente de luz brillante e inspiración inagotable en medio de la asfixiante confusión familiar.
Lejos de guardar rencor o resentir a su madre por el indudable caos que rodeaba su crianza y su hogar, Burns forjó un vínculo de acero, casi inquebrantable, con ella. A lo largo de su vida adulta, la describió repetidamente no solo como su figura materna, sino como la mejor amiga y cómplice que jamás podría haber deseado tener en este mundo. Eva, a pesar de sus inmensos, profundos e insondables sufrimientos, le otorgó a su hijo un regalo invaluable y salvador: el poder absoluto y sanador de la imaginación. Pete le atribuyó enteramente a ella el haberle enseñado a soñar sin límites y, lo que es mucho más importante para su supervivencia, a utilizar su mente prodigiosa como una herramienta de escape vital, una nave personal para viajar a otros lugares mágicos y seguros, muy lejos de la cruda, opresiva y dolorosa realidad de su entorno cotidiano. Esta extraordinaria capacidad de evasión mental sentó las bases sólidas para el artista visionario y sin tapujos en el que se convertiría, utilizando la creatividad visual y musical como un escudo protector indestructible contra los embates del mundo exterior.
A medida que Pete Burns crecía y se adentraba en la adolescencia, ese mundo exterior se revelaba cada vez más como un lugar hostil, cruel y sumamente poco acogedor. La escuela, que para la mayoría de los niños es un refugio seguro de aprendizaje, descubrimiento y socialización, fue para él un verdadero e insufrible campo de batalla psicológico. Los graves problemas de interacción social lo aislaron rápidamente de sus compañeros, pero este aislamiento, en parte voluntario y en parte impuesto por el rechazo de sus pares, lo empujó directamente hacia los brazos acogedores y libres del arte y la expresión creativa personal. El dibujo, la pintura y el diseño se convirtieron en sus primeros lenguajes verdaderos, medios tangibles a través de los cuales podía exteriorizar el turbulento océano de emociones y conflictos que albergaba en su interior.
Pero pintar sobre un lienzo pronto dejó de ser suficiente para saciar su necesidad de expresión. Pete comenzó a utilizar su propio cuerpo como su obra de arte más importante, audaz y transgresora. Empezó a experimentar de manera frenética, sin temor al ridículo, con su propia apariencia física. El maquillaje recargado y teatral, los agresivos tintes de cabello de colores vibrantes y antinaturales, la joyería desmesuradamente extravagante y la ropa que desafiaba y se burlaba de cualquier convención tradicional de género se convirtieron en su inquebrantable armadura diaria. Esta visible y provocativa expresión externa de su intrincada identidad interna no pasó desapercibida bajo ningún concepto, atrayendo a partes iguales tanto la fascinación hipnótica como la crueldad más descarnada de quienes lo rodeaban.
El tormento escolar se vio trágicamente agravado por una barrera cultural y lingüística sumamente inusual en su entorno. Habiendo crecido en Gran Bretaña hablando fluido alemán en casa, al ser la lengua materna de su atormentada y refugiada madre, Pete era visto frecuentemente con recelo, como un forastero extraño en su propia tierra natal. La crueldad infantil y la tremenda ignorancia vecinal alcanzaron niveles alarmantes e imperdonables. Los niños del vecindario, al percibir claramente su diferencia estética y conocer sus raíces germánicas, se congregaban maliciosamente frente a la casa de la familia Burns para hostigarlo, gritando dolorosas consignas nazis y profiriendo a todo pulmón el atroz saludo “Heil Hitler” como una forma de burla racista. Este abuso verbal constante, sumado a las agresiones físicas veladas, empujó a Pete al límite absoluto de su resistencia emocional. Finalmente, tomó una decisión radical, valiente y necesaria para proteger su propia salud mental y su integridad física. A la tierna y vulnerable edad de catorce años, abandonó definitivamente el sistema educativo formal. Como él mismo explicó años más tarde con una claridad y crudeza sobrecogedoras: “Dejé la escuela porque llegó a ser algo demasiado peligroso para alguien que se veía un poco diferente”. El severo rechazo de la sociedad convencional fue el empujón definitivo que lo lanzó al abismo liberador del mundo de la música underground, el único ecosistema donde los inadaptados, los freaks y los soñadores como él podían encontrar un hogar y una familia elegida.
Tras su abrupta y temprana salida de la escuela, el joven adolescente necesitaba encontrar rápidamente su lugar en el mundo adulto. La efervescente ciudad de Liverpool, con su riquísima e histórica herencia musical, le ofreció el refugio perfecto. Pete consiguió un vital empleo en una emblemática, oscura y bulliciosa tienda de discos local llamada Probe Records. Este establecimiento no era bajo ningún concepto solo un lugar transaccional de comercio musical; era el epicentro cultural absoluto, el punto de encuentro sagrado e inevitable para músicos emergentes, artistas incomprendidos, bohemios y pensadores con ideas afines que buscaban activamente revolucionar la conservadora escena artística local. Rodeado constantemente de vinilos importados y melodías estridentes, Pete absorbió todo ese conocimiento como una esponja insaciable, conectando íntimamente con figuras clave que compartirían y potenciarían su visión subversiva del mundo.
Su incursión directa en la creación musical activa comenzó en el año 1977 cuando, impulsado por sus amistades, se unió a una banda local llamada Mystery Girls. Aunque esta inicial agrupación fue tristemente efímera, logrando realizar a duras penas un único espectáculo en vivo antes de disolverse, encendió en él una chispa creativa y escénica que ya nunca más se apagaría. Dos años después de este experimento, en 1979, su desmedida ambición lo llevó a unirse a otra banda, curiosamente bautizada bajo el nombre de Nightmares in Wax. Este proyecto musical más consolidado sería la verdadera incubadora de lo que pronto explotaría a un nivel global incalculable, evolucionando sonora y visualmente hasta convertirse en la legendaria banda pop Dead or Alive.
Con Dead or Alive, Pete Burns encontró finalmente la enorme plataforma masiva que tanto necesitaba para proyectar su visión artística al mundo entero. La banda lideró una revolución sónica, lanzando una serie de exitosos álbumes que capturaron milimétricamente la esencia frenética, sintética y bailable de la década de los ochenta, incluyendo trabajos discográficos notables y aclamados como “Sophisticated Boom Boom”, “Youthquake”, y “Mad, Bad, and Dangerous to Know”. Sin embargo, el estallido planetario definitivo, el momento exacto en que Pete Burns mutó de ser un respetado ícono del underground británico a una luminosa superestrella internacional, llegó con la publicación de un sencillo que definió sonoramente a toda una generación. “You Spin Me Round (Like a Record)” se convirtió de la noche a la mañana en un himno ineludible, una verdadera obra maestra del dance-pop que dominó con puño de hierro las listas de éxitos, reventó los altavoces de las discotecas y monopolizó las ondas de radio en todos y cada uno de los rincones del planeta tierra. Su potente voz barítona e inconfundible, dramáticamente combinada con ritmos electrónicos súper acelerados y una estética visual en video completamente abrumadora, lo catapultó directamente al panteón reservado para los grandes de la historia de la música.
Durante su apogeo de fama, Pete se rehusó a limitarse exclusivamente a su exitoso trabajo con la banda matriz; exploró de manera voraz su creatividad a través de múltiples lanzamientos de sencillos en solitario y colaboraciones estelares con numerosas agrupaciones, cimentando su sólido estatus como un innovador musical incansable y multifacético. Además, su apabullante e hipnótico magnetismo trascendió muy pronto los límites de la industria de la música, llevándolo a convertirse de manera natural en una magnética personalidad habitual de la televisión contemporánea. Participó activamente en populares, y a veces controversiales, programas de telerrealidad como “Wife Swap” y la versión británica de “Celebrity Big Brother”, donde su lengua afilada como un cuchillo, sus comentarios mordaces y su actitud soberbia y sin complejos lo mantuvieron perpetuamente en el centro hirviente de la atención mediática.
Mientras su ascendente carrera musical alcanzaba alturas vertiginosas que pocos logran experimentar, la verdadera y profunda fascinación del público, de la implacable prensa sensacionalista y de sus millones de seguidores globales se centraba casi obstinadamente en un aspecto muy particular y llamativo: su apariencia visual cambiante y su indefinida identidad. Pete Burns fue, sin lugar a dudas, un pionero absoluto de la androginia visual masiva, atreviéndose a romper barreras mucho antes de que la sociedad occidental estuviera mínimamente preparada para tener conversaciones maduras y abiertas sobre la fluidez de género. Su cuidada imagen era un desafío frontal, directo y agresivo a las anticuadas normas patriarcales y tradicionales. Acostumbraba usar ajustados corsés, maquillaje pesado, denso y dramático, extensiones de cabello kilométricas y llamativos parches en los ojos, creando pacientemente una figura escénica que resultaba ser al mismo tiempo hermosamente femenina y agresivamente masculina.
Esta disruptiva presentación visual desató, como era de esperarse, un huracán mediático interminable de insistentes rumores, ridículas especulaciones y chismes malintencionados que llenaban portadas sobre su verdadera orientación sexual y su identidad de género íntima. Curiosamente, en medio de esta inmensa y ruidosa ambigüedad que volvía completamente locos a los tabloides, Pete contrajo matrimonio legal con su estilista personal y amiga más cercana, Lynne Corlett, en el año 1978. Este inesperado matrimonio, que contra todo pronóstico duraría casi tres sólidas décadas, no hizo más que añadir otra fascinante y desconcertante capa de misterio a su ya de por sí enigmática figura pública.
A Pete Burns le enfurecía profunda y visceralmente la tonta necesidad de la sociedad moderna de clasificarlo, etiquetarlo y meterlo en un cajón sociológico. Rechazaba de manera vehemente y casi violenta cualquier pequeña caja en la que intentaran forzarlo a encajar. Su postura pública respecto a este tema era de una claridad apabullante y, al mismo tiempo, profundamente vanguardista y liberadora para la época que le tocó vivir. En una declaración pública que resume a la perfección y con brillantez su filosofía de vida personal, expresó tajantemente: “La gente siempre quiere saber si soy gay, si soy trans o qué es lo que soy. Yo les digo que se olviden de todo eso. Tiene que haber una terminología totalmente diferente y francamente no sé si ya se ha inventado. Solo soy Pete”. Con estas contundentes palabras, el artista reclamaba ferozmente su derecho absoluto, básico e innegociable a existir simplemente como un individuo único e irrepetible, sin sentir jamás la más mínima obligación de encajar en las estrechas y aburridas categorías preconcebidas de la sociedad intolerante.
Detrás del cegador glamour de las cámaras, las luces estroboscópicas de los clubes y el éxito financiero abrumador, se estaba gestando lentamente una tragedia íntima, dolorosa y silenciosa. Pete Burns, muy a pesar de su característica actitud desafiante y su confianza aparentemente a prueba de balas sobre el escenario, albergaba en lo más recóndito de su ser inseguridades físicas profundas que terminarían por consumirlo como un fuego lento. El letal detonante de su mortal obsesión comenzó con un detalle corporal aparentemente minúsculo e insignificante. Durante una sesión de fotos profesional de rutina, un fotógrafo imprudente hizo un comentario casual señalando un pequeño bulto en la nariz de Pete. Esta ligera imperfección, que era simple y llanamente el remanente óseo inofensivo de una fractura sufrida violentamente en el pasado, se convirtió de inmediato en una fijación venenosa y corrosiva en la mente hipercrítica del cantante. Sintió, con un pánico irrazonable, que ese ínfimo bulto arruinaba por completo la imagen pulida, perfecta y artificial que estaba tratando de proyectar al mundo entero.
Fue exactamente en ese momento de extrema vulnerabilidad cuando tomó la decisión fatídica de recurrir a la magia de la cirugía plástica para “corregir” de una vez por todas el percibido defecto. Lo que médicamente debía ser un procedimiento cosmético de rutina, rápido y sencillo para mejorar levemente su aspecto estético, se transformó rápidamente en el horroroso comienzo de un calvario digno de la peor película de pesadilla. La intervención salió, en términos clínicos, terriblemente mal. El daño quirúrgico provocado en su rostro fue tan severo y desfigurante que Pete se vio físicamente incapacitado, debido al dolor y la hinchazón, incluso para usar unas simples gafas de sol, las cuales eran un accesorio absolutamente fundamental en su icónica imagen pública. Lejos de asustarse, recapacitar y detenerse tras el susto, este brutal fracaso lo impulsó peligrosamente hacia adelante. Se vio obligado a someterse a una segunda intervención quirúrgica de carácter urgente, ya no por motivos de estética o vanidad, sino para intentar desesperadamente reparar y salvar los daños catastróficos ocasionados por la primera operación fallida.
Este traumático evento fue el verdadero punto de inflexión donde se rompió para siempre la represa de su autocontrol. Pete Burns cruzó una oscura línea sin posibilidad de retorno y se sumergió de lleno en una vorágine y espiral de obsesión quirúrgica que desafía cualquier tipo de comprensión médica o racional. Con el doloroso paso de los años, el propio cantante, en un ejercicio de cruda y descarnada honestidad, admitió sin tapujos frente a las cámaras haberse sometido a la asombrosa y aterradora cifra de casi trescientos procedimientos estéticos diferentes. Su propio rostro se convirtió literalmente en un campo de experimentación médica constante y macabra. La lista oficial de intervenciones registradas es sencillamente escalofriante: se contabilizan al menos cuatro cirugías reconstructivas mayores y altamente invasivas de nariz, dos dolorosos juegos completos de implantes sólidos de pómulos destinados a alterar drásticamente la estructura ósea fundamental de su cara, y una incontable, interminable y monstruosa serie de aumentos de labios con diversos materiales que terminarían transformando su boca en una caricatura grotesca y deformada de sus intenciones estéticas originales.
El asombroso cuerpo humano, por muy fuerte y resistente que sea, posee límites fisiológicos inquebrantables, y Pete Burns se encargó de forzarlos diaria y brutalmente hasta lograr su destrucción absoluta. Someter su sistema inmunológico y celular a cientos de traumas quirúrgicos repetidos, incontables anestesias generales y alteraciones físicas invasivas tuvo consecuencias sanitarias verdaderamente catastróficas que amenazaron con arrebatarle la vida en múltiples, angustiantes y documentadas ocasiones. Las severas secuelas de su obsesión no fueron únicamente estéticas; fueron fallos sistémicos, profundos y potencialmente mortales.
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Las infecciones faciales purulentas y severas se volvieron una constante dolorosa y macabra en su vida diaria. En confesiones televisivas desgarradoras que revelan el nivel de horror corporal que el cantante vivía en la estricta intimidad, Pete relató con lujo de detalles cómo su propia piel, su tejido vivo, comenzó a necrosarse y desintegrarse por completo. En una entrevista particularmente perturbadora, pintó una imagen francamente nauseabunda y trágica de su realidad cotidiana: “Empecé a tener enormes agujeros en la piel y, si me tocaba la cara, se escuchaba un perturbador sonido siseante y de inmediato salía a borbotones un líquido amarillo infeccioso”. Su propio rostro, que alguna vez fue el hermoso lienzo de su identidad rebelde, se estaba pudriendo de forma literal desde adentro hacia afuera, requiriendo repetidamente aún más dolorosas cirugías de emergencia para intentar raspar y limpiar el tejido muerto con la vana esperanza de salvar su vida y evitar la temida septicemia.
Pero la severa y triste desfiguración facial era, trágicamente, solo la punta del iceberg de sus inmensos problemas médicos. Los agresivos medicamentos, extremadamente fuertes y tóxicos, que se vio completamente obligado a consumir en altísimas dosis para combatir las infecciones bacterianas recurrentes y paliar el inmenso dolor crónico que padecía, tuvieron efectos secundarios devastadores e irreversibles en todo su frágil organismo. Burns desarrolló peligrosos y enormes coágulos de sangre masivos que se alojaron subrepticiamente en su corazón, en las venas profundas de sus piernas y directamente en sus delicados pulmones, creando una silenciosa pero letal bomba de tiempo en todo su sistema circulatorio. En una ocasión médica particular, estuvo a escasos y angustiantes centímetros de la muerte súbita debido a complejas complicaciones sistémicas derivadas de manera directa de uno de sus muchísimos y negligentes procedimientos de aumento de labios.
Sobrevivir a estas abrumadoras crisis de salud requirió estancias hospitalarias agonizantes y prolongadas, incluyendo un aterrador episodio donde pasó diez largos días internado en la unidad de cuidados intensivos, luchando minuto a minuto por su vida contra un colapso inminente. Para evitar de urgencia que los trombos y coágulos lo mataran en el acto, los médicos tratantes le prescribieron fuertes dosis diarias de anticoagulantes. Sin embargo, la medicina que a duras penas salvaba su vida cardiovascular destruía impiadosamente otra parte vital de ella: los químicos de estos potentes medicamentos erosionaron hasta la raíz y destruyeron por completo toda su dentadura natural original, obligándolo a someterse valientemente a nuevas cirugías reconstructivas orales, sumamente invasivas y dolorosas, simplemente para poder recuperar la capacidad humana básica de volver a hablar de forma inteligible y poder masticar sus alimentos.
A pesar de ser plenamente consciente en todo momento del gigantesco peligro inminente, constante y letal al que se exponía de forma voluntaria, Pete era un prisionero indefenso de sus propios y crueles demonios psicológicos. Él mismo reconoció sin ambages frente a sus entrevistadores que las implacables cirugías estaban arruinando aceleradamente su mermada salud y desfigurándolo de por vida, pero confesó sentirse emocional y psicológicamente incapacitado de detener la maquinaria que él mismo había puesto en marcha. En un raro instante de brutal, descarnada y triste honestidad introspectiva, logró destilar la verdadera y dolorosa esencia de su mortífera adicción, afirmando sin dudar que las modificaciones corporales llevadas al límite habían dejado de ser una simple cuestión de estética visual, belleza frívola o apariencia social; se habían transmutado en un desesperado mecanismo de pura supervivencia mental frente al horror de existir. “Se convirtió, te lo aseguro, en una cuestión de pura cordura mental, no de vanidad estética”, confesó con la mirada perdida. El frío quirófano era, de manera profundamente paradójica, el único refugio silencioso donde, gracias a la bendita anestesia general, podía silenciar por fin el ruido ensordecedor de su propio e insufrible sufrimiento interno y la pesada carga de sus memorias dolorosas.
La destrucción física autoinfligida de su cuerpo corría de manera trágica y constante en estricto paralelo con un colapso psicológico interior totalmente implacable. Pete Burns libró en secreto una batalla titánica y de por vida contra los oscuros nubarrones de la depresión clínica profunda. La pesada oscuridad mental lo consumía con tal fiereza despiadada que, a lo largo de su accidentada existencia, fue empujado por la desesperación a realizar, y afortunadamente fallar, en varios intentos trágicos de suicidio. El inmenso dolor agudo de existir, cruelmente combinado con el persistente rechazo social, las punzantes secuelas imborrables de su terrible trauma infantil originado en el hogar, y la severa dismorfia corporal que padecía, creaban un infierno mental del que verdaderamente sentía que no tenía manera humana de escapar. Sin embargo, e increíblemente, en medio de toda esta densa desesperación persistente, el cantante mostró emocionantes y valientes destellos de esperanza humana y una voluntad inquebrantable de luchar por su recuperación integral. Admitió públicamente, y con suma valentía, sus duras luchas psiquiátricas continuas y celebró con auténtica alegría haber encontrado por fin a un terapeuta psiquiátrico fantástico y empático que lo tomó de la mano y lo ayudó a transitar esa profunda oscuridad, logrando, después de mucho esfuerzo y dedicación conjunta, hallar finalmente un complejo pero efectivo régimen de medicación psiquiátrica que le ofreció, aunque fuera temporalmente, ciertos periodos de ansiada estabilidad y paz mental.
El tenso panorama emocional general de su agitada vida amorosa fue igualmente turbulento, dramático y complejo hasta el agotamiento. Su duradero y leal matrimonio de más de veintiocho años de duración con su compañera Lynne Corlett sirvió como un faro de inestimable estabilidad amorosa en medio de todo el destructivo caos que lo rodeaba, pero irremediablemente, los fuertes cimientos comenzaron a ceder bajo la tremenda presión de su inestable vida. Aproximadamente un largo año antes de que la icónica pareja finalmente decidiera formalizar de manera legal su doloroso pero amistoso divorcio, Pete comenzó a verse románticamente involucrado con un hombre llamado Michael Simpson. Para sofocar de raíz cualquier tipo de narrativa falsa, dañina o malintencionada emanada por parte de la implacable y hambrienta prensa sensacionalista británica, Lynne Corlett, demostrando una clase inmensa, salió públicamente en férrea defensa de su esposo Pete, declarando en voz alta que él siempre, sin excepción, había sido brutalmente honesto y sincero con ella sobre todos sus verdaderos deseos y sus cambiantes relaciones sentimentales. Ella aclaró enfática y contundentemente que la difícil decisión del divorcio no fue jamás provocada por una infidelidad sorpresiva de él ni por la publicitada relación romántica con Simpson, revelando a los atónitos medios que la madura pareja ya llevaba pacíficamente más de un año separada de hecho, viviendo bajo techos separados, mucho antes de tomar los diferentes caminos legales definitivos. El profundo amor puro, la genuina admiración y el respeto mutuo inquebrantable entre ambos seres humanos sobrevivió brillantemente al final romántico del matrimonio, y la propia Lynne destacó siempre orgullosamente, en cada oportunidad que tenía, que ambos, contra viento y marea, siguieron siendo grandes amigos íntimos e inseparables a pesar del firme dictamen de los papeles de divorcio.
Con el complejo camino sentimental ya despejado y sin impedimentos legales, Pete Burns y el joven Michael Simpson anunciaron oficialmente, con gran fanfarria, su emocionante compromiso matrimonial a principios del año 2006, realizando el revelador anuncio durante una aclamada y muy vista aparición en un popular programa nacional de televisión y entrevistas británico, sellando finalmente su polémico y apasionado amor en una emotiva y documentada ceremonia de unión civil oficial el 6 de julio de ese mismo año. Sin embargo, y para lamento de todos los involucrados, la intensa llama de la pasión se transformó rápidamente, casi sin previo aviso, en una asfixiante oscuridad de celos y toxicidad desmedida. La mediática relación estuvo dolorosamente plagada, desde sus inicios, de drama excesivo, discusiones acaloradas y conflictos interpersonales sumamente intensos y desgastantes. En el tenso transcurso del año 2009, la olla de presión emocional de la pareja finalmente estalló de la peor manera posible cuando el frágil Burns fue detenido intempestivamente por la policía de la ciudad de Londres bajo graves sospechas de cometer agresiones físicas severas en el interior de su lujosa residencia ubicada en el exclusivo barrio de Notting Hill. Los detallados y vergonzosos reportes de la prensa local indicaron sin filtros que el atormentado Pete había agredido de manera violenta y física a Simpson tras haberlo descubierto supuestamente in fraganti, de manera humillante, en un abarrotado bar local, mostrándose demasiado cariñoso y acompañado muy de cerca por otro apuesto hombre que él no conocía.
Esta precipitada, violenta y frágil unión civil oficial se desmoronó muy rápidamente y de forma muy dolorosa, durando apenas unos tensos, agotadores y verdaderamente turbulentos diez meses en total antes de que ocurriera la irremediable e inevitable separación formal entre ambos amantes ofendidos. En posteriores y desgarradoras entrevistas concedidas a los fríos medios de comunicación, Pete expresó abiertamente, y con inmenso dolor, las incalculables profundidades del desgarro interno causado por la cruel traición sentimental, admitiendo frente a todos haber sido absolutamente destruido a nivel anímico por la demostrada infidelidad de Simpson, un ser humano en quien él ingenuamente había depositado todo su amor, su confianza más absoluta y un optimismo existencial enorme y ciego. Empleando sin reservas su característico y afilado humor negro defensivo y proyectando abiertamente su adquirida y pesimista visión cínica, sombría e implacable del amor romántico, el artista sugirió con inmenso dolor que la verdadera naturaleza básica e intrínseca de los hombres en general dificultaba, si es que no imposibilitaba, seriamente la añorada monogamia, describiéndolos tajantemente a todos como meros “depredadores naturales incansables” en el terreno sexual y comparando públicamente las volátiles relaciones homosexuales modernas, de manera frívola y decepcionada, con “una molesta e insignificante pausa comercial de televisión, no con la duradera película principal”.
A medida que la siempre frágil e inestable salud física general del atormentado Pete Burns se deterioraba a pasos agigantados, alarmantes e irreversibles, de manera idéntica y paralela, también lo hacía inexorable, humillante y dramáticamente la salud de su alguna vez sólido y vasto imperio financiero construido a lo largo de décadas. A pesar del inmenso y abrumador éxito económico global que logró amasar en el pináculo de su prolífica y muy fructífera carrera en la lucrativa década de los inolvidables años ochenta, acumulando enormes sumas provenientes de las valiosas regalías generadas y las eternas reproducciones constantes de sus inmortales éxitos, los sumamente dolorosos últimos y trágicos años de su intensa vida estuvieron amargamente marcados por una aguda ruina económica profundamente desesperante y muy humillante a nivel público. Sus constantes e incesantes exigencias de operaciones y cirugías plásticas extremas no solo desfiguraron su antes reconocible rostro dejándolo casi irreconocible para el gran público, sino que también, de manera imperdonable, vaciaron por completo la totalidad de sus millonarias cuentas bancarias internacionales. Los peritos contables han logrado estimar que el atribulado artista gastó de manera casi compulsiva muchos cientos de miles, sino decididamente asombrosos millones, de libras esterlinas y dólares, financiando sin ningún tipo de límite razonable su monstruosa y letal obsesión quirúrgica facial, viéndose obligado a pagar enormes fortunas en efectivo no solamente por costear los extravagantes e iniciales procedimientos estéticos cosméticos en clínicas privadas, sino también asumiendo el astronómico costo posterior de las incontables y críticas operaciones médicas de verdadera emergencia urgentes y necesarias para poder, apenas, lograr salvarle su propia y agonizante vida.
En un último, manotazo y desesperado intento judicial por recuperar urgentemente aunque fuera tan solo una pequeña parte de su masivo patrimonio monetario trágicamente dilapidado y cruelmente perdido debido claramente a la innegable negligencia médica ejercida por cirujanos poco éticos, Pete inició valientemente un arduo litigio civil por severos daños tras el desastroso procedimiento estético cosmético puntual realizado en sus maltratados labios que verdaderamente, y de milagro, no le costó la vida en ese preciso instante. La esquiva justicia londinense finalmente, tras largos y dolorosos procesos, falló rotundamente a su favor, dictaminando negligencia, y los medios de todo el mundo rápidamente reportaron con asombro que el artista había recibido un multimillonario acuerdo legal compensatorio que superaba enormemente y con holgura los asombrosos seiscientos mil dólares americanos como una justa y necesaria compensación monetaria debido al grave, irresponsable e invalidante error de mala praxis quirúrgico cometido por su médico. Sin embargo, para su gran infortunio, y debido a la abismal magnitud del hoyo negro de sus propias deudas acumuladas, esta aparente inyección masiva e inesperada de capital fresco operó apenas como una invisible gota de rocío en medio de un gigantesco y abrasador desierto. La enorme, insuperable e intimidante montaña de cuantiosas deudas financieras asfixiantes que él había ido acumulado desordenadamente durante un lapso de más de dos oscuras décadas debido a los repetitivos procedimientos médicos estéticos de alta gama, sumados a un altísimo estilo y ritmo de vida totalmente opulento y completamente insostenible que se negaba a abandonar, era simplemente insuperable y su suerte económica final ya estaba fatalmente echada.
La incesante caída libre financiera, en espiral y a un abismo aterrador, se hizo cruelmente pública y dolorosamente oficial en el crudo mes de diciembre de 2014, cuando el venerado artista internacional, esa magnética figura que alguna vez logró cautivar y dominar por completo al inmenso y lucrativo mundo del pop internacional, se vio finalmente arrinconado contra la pared y sin más remedio que tener que verse forzado a declararse legalmente en absoluta y vergonzosa bancarrota total frente a los tribunales pertinentes del Estado. Tristemente, y para aumentar aún más la crudeza de su infortunio final, la profunda humillación sufrida por esta inmensa y dolorosa caída económica de las alturas no se detuvo compasivamente allí en lo absoluto. Al doloroso año siguiente de la nefasta declaración formal, puntualmente en el año 2015, verdaderamente tocó un humillante y oscuro fondo personal que jamás imaginó cuando, frente a los reporteros atónitos, fue finalmente, y por orden directa de un juez británico, desalojado de manera contundente y por la sola fuerza de su propio, lujoso y céntrico apartamento de residencia habitual. Los meticulosos y dolorosos informes administrativos emitidos a la prensa detallaron escrupulosamente, exhibiendo sus carencias al público general, que Pete lastimosamente había dejado completamente de pagar la costosa cuota de su alquiler privado mensual durante un largo y sostenido periodo temporal ininterrumpido, acumulando una agobiante deuda residencial de atrasos que claramente ya superaba con creces y holgura la alarmante e impagable suma de más de cuarenta y cinco mil dólares norteamericanos al momento crítico de verse en la penosa obligación legal de ejecutarse la dura orden oficial de su desalojo inminente de la propiedad alquilada. De esta dramática y vergonzosa forma impensada, se encontró de un solo golpe, repentinamente, tirado literalmente en el medio de la ruidosa y fría calle, trágicamente despojado por completo de su añorado y reconfortante dulce hogar protector, de todos sus valiosos bienes que adornaban la mansión, y sobre todo, sin acceso al último centavo de sus alguna vez vastos ahorros bancarios conseguidos durante años, convertido de la noche a la mañana, frente a toda la sociedad que lo idolatró, en una dolorosa e irreconocible sombra desgarrada y arruinada de la rutilante superestrella del estrellato juvenil que brillante, rebelde y alguna vez, fue. Curiosa, e irónicamente para su suerte particular, justo en medio mismo de todo este panorama financiero sumamente desolador y absolutamente trágico que enfrentaba Pete, el tan mencionado Michael Simpson inesperadamente regresó arrepentido de lleno a su vida cotidiana. Muy a pesar del pesado fardo emotivo con el turbulento y violento pasado vivido en conjunto por la ex-pareja, y pasando de largo en absoluto el doloroso hecho contundente de tener entre ellos una conflictiva separación dictaminada por lo legal en vigencia, de un modo emotivo, la lastimada pareja finalmente resolvió reunirse y volver a convivir en total e incondicional apoyo el uno del otro, y de una forma notable y compasiva, el propio Simpson incondicionalmente permaneció con firmeza apoyado incólume al lado mismo del mermado cuerpo y alma de Pete en cada instante. Michael decidió dedicar todo su enorme esfuerzo acompañándolo y velando pacientemente por él en el hogar, ciertamente, mientras que de fondo el deteriorado cantante agónicamente en silencio y resignado y pacientemente atravesaba solitario sus peores horas y sus mayores, críticas y penosas penurias insalvables de tipo tanto puramente personales, como inevitablemente físicas, e irremediablemente, económicas en todos y cada uno de los crudos y finales duros últimos instantes mortales de la cuenta regresiva en el trágico final preanunciado.
El muy castigado y delicado cuerpo físico real de Pete Burns en esos momentos precisos se asemejaba inevitable y lastimosamente a un hermoso y muy viejo e imponente edificio frágil de época, al inminente y temido borde irreversible del definitivo y desastroso colapso estructural. Ese desastre anatómico inevitable e implacable se materializó trágica y repentinamente en la amarga mañana del domingo 23 del frío mes de octubre del fatídico y no tan lejano año 2016, instante certero en que, lamentablemente para los anales de la prolífica historia de la dorada música y arte sonoro contemporáneo, la cansada, adolorida, desgastada y muy frágil estructura de su debilitado corazón sencillamente humano, tristemente cedió y falló y finalmente dejó de batir de manera definitiva para siempre. Murió muy temprana e inoportunamente a la relativamente baja edad promedio de tan solo 57 truncados cortos años terrenales de innegable talento y música para ofrecer, el brillante brillo vital de ese rebelde pionero incombustible, así como la espectacular e inolvidable vibrante, ruda, andrógina y muy masculina voz tan hermosa, sonora y profunda y rica que sin ayuda de computadoras ni de artificios de inteligencia moderna, hizo de modo frenético, girar bailando alegremente al asombroso e ingrato inmenso mundo que de fondo y oculto, finalmente se apagó silenciando en el silencio eterno. La abrupta e impactante triste noticia del adiós prematuro golpeó fuerte y sacudió a lo profundo de la cúpula de la adinerada, sorda y glamurosa y tan criticada industria del negocio musical, afectando y enlutando grandemente de forma real a su gran público de admiradores siempre incondicionales, asiduos oyentes de base que fielmente corearon e inspiraron las ropas en honor de Pete toda su larga y fiel trayectoria, de verdad lloraron con suma desconsolación tan dolorosa partida tan absurda. No obstante lo trágico del muy fuerte shock emocional, aquellos especialistas, colegas allegados e íntimos, doctores privados médicos de planta permanente y tratantes principales cercanos del dolor de la familia, realmente sabían qué decían o a qué jugaban ya que los mismos entendían, conocían bien con certeza médica irrebatible del abultadísimo historial y riesgo que se corría, por ende ese inmenso último fatídico instante, de verdad ya sabían la muerte, y ciertamente no consideraron en modo de extrañeza el súbito deceso; fue realmente para el gremio y colegio médico general, simplemente el triste, crudo, cruel, predecible y dolorosísimo esperado y sombrío corolario totalmente ineludible, médico previsible debido ciertamente a décadas, incontables, locas largas del más crudo de todo, flagrante y continuado abuso letal en extremo en formato adicción estricta a intervenciones mayores sumamente riesgosas hacia su castigado organismo con el terrible agravante fatal en base físico sistémico severo sobre los ya desgastados por completo todos los dañados irremediablemente nobles órganos internos en él alojados sufriendo su condena interior impuesta.
Oficial, firme e irrefutablemente por autopsia certificada final en morgue forense dictada clara sobre papel bajo firma médica de perito, la dolorosa gran causa mayor clínica del fulminante apagón definitivo en fallecimiento de él dictado, se fue confirmada al instante declarada explícitamente en el legajo de caso médico central dictaminando el fallecimiento inmediato bajo concepto puro, y claro médico literal y conciso final de un grandísimo agudo e indetenible irreversible masivo fatal e indiscutible último ataque y fallo en corazón rotundo sin lograr salvar vida del mismo a pesar del heroico intento desesperado médico hecho. Evitando engañar por tapar dolor, ciertamente e incuestionable para la buena memoria fiel de todo hecho que ocurrió aquel duro día amargo, hay en cuenta considerar muy en serio siempre sin olvidar la raíz de hecho real que en verdad detonó tan fúnebre gran desenlace de fondo ya latente escondido, porque el verdadero, claro, y letal gran y cruel mortal culpable causante, la base de verdad raíz innegable cruda clínica, verdaderamente del porqué del inoportuno paro tan cruel mortal cardiaco originado ciertamente en aquel ya triste tan inolvidable y desgarrador octubre lluvioso del 2016 aquel, lamentablemente no se trató trágicamente bajo motivo biológico, y un previsible o sencillo solo biológico del corazón natural u otro factor puro ni natural esperado falla biológica humana natural, ni natural o simple falla propia humana al final natural esperada en fin del vivir ni un mero y común dolor humano por fallo sencillo que se sufre como todo al envejecer natural biológico de ser humano común; aquel duro crudo e inhumano instante fúnebre último y doloroso ataque masivo final doloroso trágico y final y cruel de vida verdaderamente se trató por el estricto simple fallo letal originado muy claro ineludible, triste producto directo del dolor y letal fatal del triste y cruel directo resultado efecto claro y simple y certero como de un lamentable producto biológico real y cruel y médico ineludible certero trágico cruel, fatal consecuencia implacable en absoluto letal del crudo dolor innegable triste corolario irrebatible, producto trágico letal médico muy cruel crudo claro crudo final e irremediable natural como en claro y estricto resultado debido al de dolor trágico de sus letales propias repetitivas muy peligrosas operaciones pasadas y adicciones en bisturí que sufrió de modo crónico y voluntario que destruyeron sus pulmones. Él sufrió una embolia brutal. En modo totalmente irónico amargo que la misma suerte dictó, exactamente en forma y tenor propio del puro mismo artista Pete cuando vivo y en el más grande trágico y oscuro sentido en predicciones amargas advirtió que sufriría de morir amargo en gran letal dolor advirtiendo muy serio trágico claro doloroso, asombroso premonitoriamente fúnebre muy frío oscuro al predecir a todos los medios lo profético duro proféticamente sin dudar advirtiendo duro antes en las previas a morir tan trágico sin querer sus crueles grandes y oscuras dolorosas predicciones trágicas letales, de todo el cuerpo sembrado interior trágico minado en miniatura dolor puro de muchas claras bombas silenciosas mortales esperando en de coágulos en su triste final finalizado en su propia tumba, demostrando la más clara tristeza del adiós final cerrando, la más triste gran pena para todo el legado pop actual, por siempre llorando en lágrimas inmenso en dolor recordando siempre como trágico al genial amargo doloroso pero grandísimo ídolo sin precedentes por final amargo el grandísimo triste Pete en memoria eterna inquebrantable del ayer de los 80 siempre vivo entre todo nostálgico eterno vivo recuerdo.