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La Llamada Mortal y la Matriarca Siniestra: El Desgarrador Caso de Rosana Galliano que Indignó a Toda Argentina

El verdadero terror no siempre se esconde en callejones oscuros o bajo el amparo de la noche. Muchas veces, duerme en la misma cama, camuflado tras la fachada de un matrimonio acomodado y una vida de supuesta estabilidad. La historia de Rosana Edith Galliano es uno de esos relatos que te hielan la sangre, no solo por la crueldad con la que le arrebataron la vida, sino por la aterradora red de manipulación, violencia de género y fallas sistemáticas que permitieron a sus verdugos salirse con la suya durante años. Este caso, que sacudió los cimientos de la sociedad argentina a finales de la década de los dos mil, sigue siendo un doloroso recordatorio de cómo el poder económico y el control psicológico pueden destruir a una familia entera.

Los orígenes de Rosana eran humildes y llenos de calor de hogar. Nacida a finales de los años setenta en la provincia de Buenos Aires, fue la cuarta y última hija del matrimonio conformado por Reinaldo Galliano y Graciela Noemí Rodríguez. Creció en un ambiente de clase trabajadora, rodeada del cariño de sus hermanos Mónica, Oscar y Gustavo. A finales de la década de los noventa, la joven Rosana había terminado la escuela secundaria y se encontraba en una etapa de transición, desempleada y buscando su camino en la vida, con la típica timidez y reserva que la caracterizaban.

El destino, en su forma más perversa, intervino a principios del año dos mil uno. Reinaldo, su padre, trabajaba como mecánico en un taller local. Fue allí donde apareció un cliente que cambiaría la vida de la familia para siempre: José Jacinto Arce. Nacido en mil novecientos cuarenta y ocho en Tucumán, José era un hombre que arrastraba consigo un pasado denso y oscuro. Había vivido durante más de treinta años en el extranjero, repartiendo su tiempo entre Grecia y los Estados Unidos. Su estancia en territorio estadounidense no fue precisamente un viaje de turismo; José había pasado cuatro años en una prisión federal condenado por tráfico de drogas. Tras ser deportado, regresó a Argentina en mil novecientos noventa y seis, presentándose como un supuesto ingeniero y dueño de ocho propiedades en la exclusiva zona de Barrio Norte, en la Capital Federal.

Cuando José llevó su automóvil clásico al taller de Reinaldo para unas reparaciones, su mirada se cruzó con la de Rosana. La diferencia de edad era monumental e innegable: él tenía cincuenta y dos años y ella, apenas veintidós. Tres décadas exactas los separaban. Sin embargo, José, amparado en su aparente solvencia económica y en un discurso encantador, comenzó a cortejar a la joven. En realidad, la riqueza de José no provenía enteramente de su trabajo en una distribuidora avícola, sino de las inyecciones de dinero que su madre, Elsa Timotea Aguilar, le enviaba constantemente desde los Estados Unidos.

El cortejo fue meteórico. Tras apenas siete meses de noviazgo, José se presentó ante los padres de Rosana para pedir su mano. La madre de la joven, Graciela, con esa intuición protectora que rara vez falla, le cuestionó abiertamente sobre la enorme brecha generacional. Con palabras adornadas, José le aseguró que el amor no entendía de números. Cuando Graciela buscó la mirada de su hija en busca de una certeza, Rosana, con un hilo de voz y sin demasiada firmeza, asintió. La noche del diecisiete de noviembre de dos mil uno, contrajeron matrimonio. José alardeaba ante sus conocidos de haber conquistado a una mujer jovial, moderna e inteligente, pero lo que realmente buscaba no era una compañera de vida, sino una posesión más.

El descenso a los infiernos comenzó poco después del nacimiento de su primer hijo, un niño al que llamaron Jerónimo. Las máscaras cayeron estrepitosamente. José reveló su verdadera naturaleza: un hombre celoso, controlador, posesivo y profundamente violento. Quería saber exactamente qué hacía Rosana cada minuto del día, limitaba sus salidas y comenzó a manifestar un desprecio abierto y humillante tanto hacia ella como hacia su familia. Como ocurre tristemente en el ciclo del abuso, la violencia psicológica no tardó en escalar al plano físico.

Rosana vivía paralizada. El miedo se convirtió en su estado natural, una sombra que la acompañaba desde el amanecer hasta el anochecer. José, plenamente consciente del terror que infundía, se encargaba de alimentarlo. Ostentaba armas de fuego en el hogar con total impunidad, exhibiéndolas ante las visitas o llevándolas consigo, en una clara y silenciosa amenaza hacia su esposa. La violencia era palpable. En una ocasión, el hermano de Rosana, Oscar, quien se encontraba realizando trabajos de pintura en la casa del matrimonio, presenció cómo José mandaba a callar a su hermana para luego golpearla brutalmente. En otro episodio desgarrador, Reinaldo descubrió un enorme raspón en la espalda de su hija; ella, resignada y rota, le confesó que su esposo la había arrastrado por el áspero asfalto.

A pesar de vivir en una jaula de cristal llena de espinas, Rosana intentó por todos los medios que el matrimonio funcionara, impulsada por la llegada de su segundo hijo, Nehuén. Su mayor anhelo era ofrecerles a sus pequeños un hogar sólido y estable, un sacrificio que, lamentablemente, se estrellaba de frente contra el carácter iracundo de su marido. Para empeorar la situación, el hogar no era gobernado por José, sino por una figura que operaba desde las sombras con mano de hierro: su madre, Elsa. Aunque residía en Estados Unidos, la matriarca visitaba Argentina periódicamente, estancias en las que dictaba, ordenaba y deshacía a su antojo. Elsa era la verdadera jefa de la casa, una dinámica enfermiza que José aprobaba y acataba sin reparos, relegando a Rosana a una posición de absoluta sumisión y nulidad.

Pero el instinto de supervivencia humano tiene un límite, y el de Rosana se rompió en el año dos mil seis. Habiendo soportado lo indecible, encontró finalmente el valor para acudir a las autoridades y denunciar a su esposo por violencia familiar. Fueron los primeros pasos hacia su liberación, pero también los que sellarían su trágico destino. Para ese momento, Rosana solo se sentía segura cuando abrazaba a sus hijos Jerónimo y Nehuén. Su familia, que hasta entonces había recibido la información a cuentagotas debido a la vergüenza y el miedo que ella sentía, comenzó a entender la magnitud del horror.

Una segunda denuncia, que incluyó una revisión médico-legal por lesiones, marcó el inicio del fin. Rosana ya no podía seguir guardando silencio. Se abrió por completo con su hermana Mónica, forjando un pacto inquebrantable: ante la menor amenaza, Rosana la llamaría. Mónica se transformó en su refugio, su escudo y su sostén emocional. Las visitas al departamento de Mónica en Ituzaingó se volvieron frecuentes, pero siempre estaban empañadas por las llamadas de José, quien imponía la hora exacta de regreso bajo crueles amenazas de muerte. La insultaba por teléfono, la llamaba inútil y denigraba su labor como madre. Finalmente, Rosana tomó a sus hijos y se mudó con Mónica, exigiendo formalmente el divorcio e interponiendo una orden de alejamiento contra su abusador.

José se refugió en una de sus propiedades, la finca “La Dulzura” en Pilar, acompañado por dos empleados: los hermanos Paulo y Gabriel Leguizamón. Obligados a cumplir con el régimen de visitas de los niños dictado por el juez, Rosana y José se encontraban periódicamente en una propiedad neutral ubicada en el exclusivo barrio privado “El Remanso”, en Exaltación de la Cruz. Fue en esta etapa cuando Rosana comenzó a experimentar un renacer emocional. A mediados de dos mil siete, durante una cena con amigas en una pizzería, el destino la cruzó con Oscar Lugo.

Oscar era un joven trabajador, amable, un caballero a la antigua que, a diferencia de José, sabía escucharla y respetarla. A sus veintinueve años, y tras una década de tormentos, Rosana volvió a sonreír. El flechazo fue inmediato. Oscar notó las secuelas del miedo en ella, esa falta de carácter producto del abuso prolongado, y se dedicó a devolverle la confianza. Pasaron juntos las fiestas navideñas de dos mil siete, donde él incluso se disfrazó de Papá Noel para alegrar a los pequeños Jerónimo y Nehuén.

Sin embargo, José, obsesionado con la idea de perder el control sobre “su” mujer, mantenía a Rosana vigilada de cerca. Al enterarse del nuevo romance y enfrentando la realidad de un divorcio que lo obligaría a dividir su cuantiosa fortuna, la desesperación lo invadió. En un último y patético intento de manipulación, llamó a Rosana ofreciéndole regalarle una lujosa camioneta si terminaba su relación con Oscar. Ella se negó categóricamente. La presión fue tanta que Rosana sufrió una severa crisis nerviosa, requiriendo atención psiquiátrica.

Agotadas sus tácticas de manipulación psicológica y económica, José y su madre, Elsa, orquestaron un plan macabro y cobarde. Elsa asumió el rol de financista, inyectando el dinero necesario para contratar a un sicario profesional. Al día de hoy, la identidad de este asesino a sueldo sigue siendo uno de los mayores y más frustrantes misterios sin resolver en la historia judicial de Argentina.

La noche del dieciséis de enero de dos mil ocho fue diseñada meticulosamente. Rosana llegó a la casa de “El Remanso” acompañada de su hermana Mónica, con la única intención de recoger a sus hijos, de apenas cuatro y tres años de edad. José, utilizando a los niños como una carnada perversa, retrasó la entrega con excusas banales. A las nueve y cuarto de la noche, el celular de Rosana sonó. Era José, informando fríamente que Jerónimo tenía fiebre y que él mismo se encargaría de llevarlo al hospital, posponiendo la entrega para el día siguiente. Rosana, con su instinto maternal en alerta, insistió en tenerlos consigo esa misma noche. La conversación fue breve, apenas un minuto.

Tras enviar un mensaje casual a su novio Oscar, Rosana se dispuso a cenar en la sala junto a Mónica. Eran exactamente las veintidós con cincuenta minutos cuando su teléfono celular volvió a sonar. Del otro lado de la línea, aguardaba la trampa final. Como era bien sabido por cualquier persona que frecuentara esa casa, la señal de telefonía móvil en el interior era pésima. Para poder escuchar a José, Rosana se vio obligada a salir al jardín, caminando directamente hacia su perdición.

En medio de la oscuridad de la noche, oculto tras la espesa arboleda del jardín, una sombra se materializó. El sicario, empuñando un arma calibre punto cuarenta y cinco, ejecutó su macabro encargo sin dudar. Cuatro disparos ensordecedores rasgaron el silencio de la noche, impactando brutalmente en el cuerpo de Rosana. Mónica, al escuchar las detonaciones, dejó escapar un grito desgarrador mientras veía a su hermana desplomarse sin vida sobre el césped.

El pánico se apoderó del lugar. Mónica corrió frenéticamente en busca de su teléfono, marcando al servicio de emergencias y contactando al novio de Rosana para pedir auxilio. Las pericias posteriores determinarían que el tirador ingresó por un terreno baldío adyacente y huyó a través de un hueco en la reja perimetral de la urbanización. La policía encontró los casquillos del arma a escasos tres metros del cuerpo, un testimonio mudo de la ejecución a quemarropa.

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