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Irán en Llamas: El Grito Desesperado de un Pueblo y la Indignante Hipocresía del Progresismo Occidental

El mundo actual parece estar dividido por una frontera invisible, no solo geográfica, sino profundamente moral y psicológica. De un lado, tenemos a un país que se desangra, una nación entera que lucha con uñas y dientes por escapar de las garras de un régimen teocrático que ha convertido su tierra en una prisión al aire libre. Del otro lado, observamos a un Occidente ensimismado, donde grupos autodenominados progresistas celebran las mismas ideologías que oprimen a millones, empaquetándolas bajo la atractiva pero engañosa etiqueta de la “diversidad” y la “inclusión”. Esta es la desgarradora paradoja de Irán, un país rico en cultura, historia y recursos, que hoy clama por ayuda mientras el mundo libre prefiere mirar hacia otro lado para no incomodar sus propias narrativas políticamente correctas.

Para comprender la magnitud de la tragedia iraní y la colosal desconexión de ciertos sectores occidentales, es absolutamente necesario viajar en el tiempo y observar lo que alguna vez fue esta nación. Antes del fatídico año de mil novecientos setenta y nueve, bajo el mandato del Shah Mohammad Reza Pahlaví, Irán era un país que, a pesar de sus complejidades políticas, caminaba a pasos agigantados hacia la modernidad y el secularismo. En aquel entonces, las mujeres gozaban de derechos que hoy parecen un sueño inalcanzable en la región. Desde el año mil novecientos sesenta y tres, las mujeres iraníes tenían el derecho a votar y a ser elegidas para ocupar cargos públicos. Podían acceder a la educación superior en universidades mixtas, trabajar libremente en puestos gubernamentales y solicitar el divorcio con una facilidad sin precedentes.

Las calles de las grandes ciudades como Teherán eran un reflejo vibrante de esta apertura. Era común ver a mujeres caminando sin el velo obligatorio, vistiendo minifaldas, asistiendo a conciertos y disfrutando de las playas. La economía, impulsada por el auge del petróleo, experimentaba un crecimiento sostenido que permitió la consolidación de una fuerte y educada clase media. Irán era una sociedad que se encaminaba, con sus propios matices, a parecerse cada vez más a las democracias occidentales. Sin embargo, este progreso se vio abruptamente truncado.

La Revolución Islámica de mil novecientos setenta y nueve no comenzó como un movimiento extremista religioso; fue, en sus inicios, una revuelta popular masiva contra el Shah, a quien muchos sectores de la sociedad percibían como un líder corrupto, demasiado dócil ante los intereses occidentales y represivo debido a las acciones de su temida policía secreta, la SAVAK. Las calles se llenaron de una amalgama de manifestantes que incluía a izquierdistas, estudiantes, nacionalistas y líderes religiosos. Todos unidos por un enemigo común, pero sin imaginar el monstruo que estaban a punto de entronizar. El líder que capitalizó este descontento y tomó el control absoluto fue el Ayatolá Ruhollah Jomeini, un clérigo radical exiliado que, a través de discursos grabados clandestinamente en casetes, prometió libertad, justicia y prosperidad para todos.

Una vez en el poder, la promesa de libertad se transformó rápidamente en una dictadura teocrática implacable. En marzo de mil novecientos setenta y nueve, el nuevo régimen organizó un referéndum sumamente hábil y engañoso. La pregunta era simple y directa: “¿Aprueba que el régimen anterior sea reemplazado por una República Islámica?”. El resultado oficial arrojó un aplastante noventa y ocho por ciento a favor. Pero este porcentaje abrumador escondía una trampa letal. Ese rotundo “sí” no significaba que la inmensa mayoría de los iraníes deseara el régimen teocrático y opresivo que se instaló después. La papeleta era vaga y no especificaba detalles aterradores como la imposición del velo obligatorio, el poder absoluto e incuestionable de los clérigos supremos o la creación de una brutal policía de la moral. Millones votaron a favor simplemente porque odiaban al Shah y ansiaban un cambio, ignorando por completo la represión extrema que Jomeini estaba a punto de desatar sobre ellos.

La nueva constitución promulgada por los ayatolás impuso la ley islámica, o Sharia, como la base absoluta de la sociedad. A partir de ese momento, las mujeres perdieron de un plumazo todos los derechos adquiridos durante décadas de lucha y progreso. Se instauró la segregación de género en espacios públicos, se hizo obligatorio cubrirse de pies a cabeza, y se comenzaron a aplicar ejecuciones públicas por los llamados “crímenes morales”. El control religioso del gobierno se volvió absoluto, asfixiando cualquier intento de disidencia o pensamiento libre. Aquella nación próspera y vibrante se transformó en un calabozo gigante donde el terror pasó a ser la herramienta principal de control estatal.

Hoy, más de cuatro décadas después de aquella traición histórica, el pueblo iraní ha dicho “basta”. Las protestas que sacuden al país actualmente son las más grandes, organizadas y violentas de su historia reciente. Las manifestaciones se han extendido a más de cien ciudades a lo largo y ancho del territorio. En las calles resuenan los cacerolazos, se organizan huelgas masivas y el grito de “¡Muerte al dictador!” hace temblar los cimientos del régimen. Lo más destacable de esta nueva ola de resistencia es que está liderada por la Generación Z y, de manera muy especial, por las mujeres. Ellas, cansadas de vivir una vida dictada por hombres ancianos y radicales, se han puesto al frente de la batalla, quemando sus velos en hogueras públicas y desafiando abiertamente a las fuerzas de seguridad.

La respuesta del gobierno dictatorial no ha sido otra que la barbarie absoluta. El régimen responde a las ansias de libertad con balas de plomo, ejecuciones sumarias, torturas sistemáticas y detenciones masivas en cárceles que son verdaderos mataderos humanos. Han implementado cortes masivos de internet y de líneas telefónicas para evitar que el mundo vea las masacres, llegando al extremo de racionar el agua en ciudades enteras como método de castigo colectivo. Mientras el pueblo se muere literalmente de hambre y sed, el líder supremo Alí Jamenei y su cúpula de clérigos viven rodeados de un lujo obsceno, gastando miles de millones en el desarrollo de armamento nuclear y financiando grupos terroristas en toda la región. Han convertido un país rico en recursos naturales en una pesadilla de miseria y sangre.

Es aquí donde la historia toma un giro que resulta profundamente indignante. Mientras millones de iraníes derraman su sangre luchando por quitarse el yugo del islamismo radical y claman por recuperar sus libertades más básicas, en Occidente, en países como Estados Unidos y en gran parte de Europa, una corriente de pensamiento ha decidido normalizar y hasta romantizar estas ideologías. Se ha instaurado una narrativa tóxica donde todo lo que provenga de culturas no occidentales es automáticamente categorizado como sagrado, respetable y un símbolo de “diversidad”.

Basta observar lo que sucede en ciudades supuestamente vanguardistas como Nueva York, donde figuras políticas han jurado sus cargos públicos utilizando el Corán, en actos que son aplaudidos a rabiar por los medios de comunicación como hitos de la inclusión y la tolerancia. Sin embargo, jurar lealtad sobre este texto implica, para muchos que viven bajo la tiranía teocrática, respaldar un conjunto de leyes que en su interpretación radical e impuesta justifican horrores inenarrables. Es fundamental recordar que el régimen iraní utiliza interpretaciones literales de textos religiosos para fundamentar la violencia machista. En Irán, la ley permite que una mujer sea golpeada si desobedece; las mujeres heredan la mitad que los hombres, lo que las condena a la dependencia económica y a la pobreza crónica; y la orden de cubrirse se traduce en el velo forzado, mantenido a costa de latigazos, torturas y asesinatos a manos de la temible policía moral.

El extremismo religioso que impera en estas naciones también utiliza su doctrina para justificar el odio, la discriminación y la violencia extrema contra todo aquel que sea considerado un “infiel”. Minorías religiosas como cristianos, judíos, personas ateas y, de manera particularmente brutal, la comunidad homosexual, enfrentan penas de muerte simplemente por existir. Es un hecho documentado por organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch que en lugares gobernados bajo la estricta ley Sharia, la homosexualidad se castiga con la ejecución pública.

Ante esta realidad abrumadora y sangrienta, surge una pregunta que clama al cielo: ¿Dónde están las feministas y los defensores de los derechos humanos occidentales cuando más se les necesita? La respuesta es tan dolorosa como desconcertante: muchos de ellos están ocupados aplaudiendo la supuesta diversidad de aquello que oprime a sus pares. En Europa, la falsa ilusión de inclusión está erosionando los valores de libertad e igualdad. En el Reino Unido se ha permitido la existencia de consejos de arbitraje basados en la Sharia para resolver divorcios, dejando a las mujeres en una situación de total vulnerabilidad legal. En países como Francia y Alemania, los debates sobre el uso del velo en las escuelas continúan mientras la violencia generada por el radicalismo sigue en alarmante aumento.

Esta ceguera voluntaria ha provocado que incluso miembros de la comunidad LGBT y mujeres progresistas comiencen a cuestionar y abandonar estos movimientos. Se han dado cuenta de que, bajo el amparo de la tolerancia desmedida hacia el radicalismo islámico, los crímenes de odio y la inseguridad para las minorías no han hecho más que multiplicarse en las ciudades occidentales. Todo esto ocurre bajo la mirada complaciente de lo que podríamos llamar “activistas de sofá”. Personas que, desde el inmenso privilegio de vivir en una democracia occidental donde no existe la policía moral ni las ejecuciones por apostasía, se dedican a defender ideologías letales. Viven en una burbuja de cristal, romantizando el uso del hiyab como si fuera un mero accesorio de moda o una audaz declaración de empoderamiento feminista, ignorando deliberadamente que en Irán y Afganistán las mujeres son masacradas por negarse a usarlo.

La raíz de esta profunda disonancia cognitiva parece radicar en una mentalidad política que ha establecido un dogma inquebrantable: “Occidente es malo por defecto”. Para esta facción de activistas modernos, todo lo occidental es sinónimo de colonialismo, capitalismo e imperialismo, mientras que cualquier postura antioccidental es automáticamente percibida como bondadosa, pura y víctima de la historia. Por lo tanto, cuando una valiente mujer iraní denuncia que el régimen teocrático la está matando, el cerebro de estos activistas sufre un cortocircuito. Su narrativa no les permite aceptar que una mujer perteneciente a una cultura “oprimida” critique sus propias estructuras tradicionales. En lugar de escucharla y apoyarla, prefieren asumir que está manipulada por intereses imperialistas o, sencillamente, optan por ignorarla y guardar silencio.

Este es exactamente el mismo patrón de comportamiento hipócrita que observamos con la grave crisis en Venezuela. Estos mismos sectores de la política y el activismo de sofá defienden a un dictador que ha forzado el éxodo de más de ocho millones de personas, simplemente porque su discurso se alinea con la retórica antiimperialista. Prefieren defender al opresor, siempre y cuando este encaje en su guion ideológico, antes que escuchar a las víctimas reales y tangibles que sufren las consecuencias de estas tiranías. Es una virtud performativa, vacía y carente de verdadera empatía. Quieren lucir la medalla de “aliados de las minorías” frente a sus seguidores en redes sociales, pero sin asumir el costo de confrontar verdades incómodas.

Apoyar genuinamente a las mujeres iraníes, a los homosexuales perseguidos en Medio Oriente y a los disidentes políticos en países bajo regímenes teocráticos, significaría para el progresismo occidental tener que admitir que su multiculturalismo ciego tiene consecuencias mortales y devastadoras. Es mucho más cómodo y seguro quedarse en la complacencia de frases vacías como “hay que respetar su cultura”, que tener la valentía de declarar que ciertas prácticas culturales, en su versión teocrática y extrema, son una absoluta y completa abominación para los derechos humanos elementales.

Esta empatía selectiva es, quizás, la muestra más grande de privilegio occidental contemporáneo. Desde la comodidad de un apartamento seguro, con acceso a internet ilimitado y plataformas de streaming, algunos se otorgan a sí mismos el derecho de decidir qué tipo de opresión es auténtica y cuál debe ser silenciada para no ofender sensibilidades religiosas de comunidades imaginarias. Priorizan no ofender a una ideología antes que salvar la vida de seres humanos reales que están siendo colgados de grúas en las plazas públicas de Teherán. Es una cobardía moral absoluta, torpemente disfrazada de progresismo.

Irán se encuentra en llamas. Su pueblo, cansado, herido pero increíblemente valiente, continúa enfrentando a las balas con el pecho descubierto. Ellos ya no piden permiso para ser libres, están tomando su libertad por la fuerza a un costo humano incalculable. Mientras tanto, en las cómodas tertulias occidentales se sigue debatiendo si criticar a un régimen islámico es un acto de racismo. Ya es hora de despertar de este letargo ideológico. La verdadera diversidad, aquella que vale la pena defender, debe estar inexorablemente ligada al respeto absoluto por los derechos humanos, la igualdad ante la ley y la libertad individual. Todo lo que atente contra estos principios, sin importar la religión, la cultura o el rincón del planeta de donde provenga, debe ser condenado con toda la fuerza y sin titubeos.

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