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Granjero viudo encuentra mujer EMBARAZADA expulsada con una vaca… y cambia su vida…

Venía por el camino montado en mi caballo cuando vi una escena que me hizo frenar en seco. Una mujer embarazada caminando sola, descalza, jalando una vaca flaca detrás de ella. El sol ya se estaba metiendo y ella apenas y podía mantenerse en pie. En ese momento lo entendí. Aquello no era solo cansancio, la habían abandonado.

Esa mañana me desperté antes que el sol, como siempre. El gallo cantó por ahí de las 4:30, pero yo ya tenía el ojo abierto desde las 4. Así es cada día. El cuerpo se acostumbró a la hora sin importar el sueño. Me levanté despacio con los huesos protestando, como suelen hacerlo en un hombre de 53 años que trabajó la vida entera sin descanso.

 Fui hasta la cocina descalzo sintiendo el suelo de cemento frío bajo los pies y encendí el fogón de leña que usaba conchita. Todavía uso su fogón. Pude haber comprado uno de gas. Tenía con qué, pero no quise. Es una tontería, lo sé, pero es la única forma que encontré de sentir que ella todavía está aquí de alguna manera, en el olor del humo, en el crujir de la leña, al arder, en el calor que sube lento. Hice café de olla.

Me lo tomé de pie mirando por la ventana de la cocina. El cielo tenía ese color que solo existe en las tierras altas de San Luis. Ese púrpura oscuro volviéndose naranja en la línea del horizonte con las estrellas todavía prendidas en lo alto. Un cielo inmenso, sin edificios, sin postes de luz, sin nada que interrumpiera la inmensidad.

 Demasiado bonito para quien tiene con quien compartirlo. Demasiado pesado para quien está solo. Me tomé el café, me comí dos gorditas de horno que habían sobrado del día anterior y me fui al corral. El Canelo me esperaba. El Canelo es mi caballo. Tiene 12 años. Pelaje alá con el lucero blanco en la frente y un modo manso que engaña a quien no lo conoce.

Porque cuando hace falta correr, corre de verdad. Me lo regaló un vecino que iba a venderlo porque le había dado una patada a un peón. Pero yo entendía el porqué del golpe. El peón le pegaba con una vara fina en las patas. Desde que llegó aquí, el Canelo nunca más dio un problema.

 Al animal se le trata como él te trata a ti, a la gente también. Le di agua, le pasé el cepillo, acomodé la silla con cuidado. Tenía cosas que hacer en el lado norte del rancho, una cerca que el ganado había empujado abriendo paso. Necesitaba arreglarla antes de que algún se saliera al camino y causara un accidente. Ese era mi día. cerca, ganado, silencio.

 Igual al anterior, igual al que vendría después. O eso pensaba yo. Salí montado en el Canelo como a las 6 de la mañana, cuando el sol ya iba subiendo y pintando el matorral de dorado. Esa es la hora más chula del día en el campo. El calor todavía no aprieta. El aire tiene una frescura que desaparece a las 8 y los pájaros están en pleno canto.

 Sensonles, palomas, correcaminos y de vez en cuando el grito distante de una aguililla cortando el aire como un cuchillo. Pasé por el potrero principal. Conté las cabezas de ganado a ojo, como hago diario, 23 reces, todas completas. Seguí por el camino de tierra que cruza el rancho por en medio, rodeado deaches y mequites.

 El suelo estaba seco, el polvo se levantaba bajo los cascos del canelo y se quedaba suspendido en el aire un rato antes de asentarse de nuevo. Trabajé toda la mañana en la cerca. Alambre de púas, grapas, martillo, postes de madera, trabajo de ese que te hace sangrar las manos si no te fijas. Y aún con cuidado, me rasguñé dos dedos y le menté la madre al viento, que no me respondió.

 Al mediodía paré debajo de un mezquite y comí lo que traía en un pañuelo, gorditas de nuevo, un pedazo de queso de rancho y agua del tecomate que ya estaba tibia de tanto sol. Comí mirando a la nada, pensando en nada o intentándolo, porque hay días que la ausencia de Conchita llega sin avisar. llega en medio de cualquier faena, en un gesto simple, en ese queso que ella sazonaba distinto a como lo hago yo, en ese viento que a ella le gustaba sentir en el porche por la tarde.

 Llega y aprieta el pecho y yo me aguanto, porque al hombre criado en el campo no se le enseñó a dejar que el sentimiento se desborde. Pero aguantarse no es lo mismo que sanar. Eso lo aprendí demasiado tarde. Terminé la cerca por ahí de las 3 de la tarde. El sol estaba en lo más recio del castigo.

 Esa hora en la que el aire vibra sobre la tierra y la sombra parece mentira. Guardé las herramientas en las alforjas. Le di agua al canelo en un bebedero que yo mismo cabé en medio del potrero y emprendí el regreso. Fue ahí cuando decidí pasar por el camino de tierra que colinda con el límite sur del rancho.

 No tenía un motivo especial, solo quería dar una vuelta distinta, salirme de la ruta de siempre. A veces el destino usa esas pequeñas decisiones sin sentido para que pase lo que tiene que pasar. Cuando llegué a la orilla del camino y miré hacia el lado derecho por donde se va hacia el municipio vecino, vi algo en el horizonte, una figura pequeña por la distancia, moviéndose demasiado despacio. Me quedé quieto.

Miré con los ojos entrecerrados contra el sol. Había alguien en el camino, alguien caminando y detrás de esa persona, un animal, una vaca jalada por una soga. Fruncí el ce seño. Con todo ese calor, a esa hora del día, en ese camino por donde no pasa casi alma viviente, alguien venía a pie con una vaca, demasiado lento, demasiado pesado.

 Le dio un toque suave con los talones al flanco del Canelo y él avanzó hacia la figura. Y mientras me acercaba, fui entendiendo poco a poco lo que estaba viendo. La figura era una mujer y su vientre, grande y redondo, bajo el vestido descolorido, decía todo lo que yo necesitaba saber sobre el peso que cargaba. Paré al caballo a unos 20 m.

 Me quedé observando unos segundos, como hago con un animal asustado antes de acercarme. Ella no me miraba, no miraba a nada, solo caminaba como si estuviera huyendo o intentando desaparecer. Yo tenía 53 años. Había perdido a mi mujer. Había aprendido a vivir sin esperar nada de la vida.

 Pero algo dentro de mí en ese momento despertó y me dijo que esa mujer no iba a llegar al final de ese camino, no en las condiciones en las que iba. El encuentro en el límite. Me bajé del Canelo despacio. No quería espantarla. Hay un modo correcto de acercarse a un animal herido. No corres, no gritas, no haces movimientos bruscos. Llegas lento, con el cuerpo relajado, sin amenazas, y dejas que el decida si confía o no.

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