El catorce de marzo de dos mil veinticuatro, el internet en México amaneció con una noticia que detuvo las risas de millones. Gilberto Salomón Vázquez, mejor conocido por el mundo entero como “La Gilbertona”, falleció a los ochenta y ocho años de edad. Con su partida, no solo se marchó una figura de las redes sociales, sino un ícono de la autenticidad, una voz que, sin filtros, se atrevió a ser ella misma en un entorno que rara vez perdonaba la diferencia. Su muerte, confirmada por su inseparable amigo y representante Pabel Moreno, marcó el final de una era para Culiacán y para el ciberespacio.
Nacida el once de enero de mil novecientos treinta y seis en Tierra Blanca, Culiacán, Sinaloa, la vida de Gilberto fue, en sus propias palabras, un testimonio de resiliencia y dureza. Mucho antes de que los algoritmos de las redes sociales la convirtieran en una celebridad viral, Gilberto enfrentó los retos de una época marcada por la homofobia y las carencias económicas. En confesiones realizadas en diversos podcasts, compartió pasajes de su juventud, reconociendo haber ejercido la prostitución en el norte del país, un mundo al que se refirió con la crudeza y sinceridad que la caracterizaban. Vivió experiencias intensas, desde una relación de pareja en Estados Unidos hasta la soledad que a menudo acompaña a quienes deciden vivir bajo sus propias reglas.
El ascenso de la Gilbertona a la fama fue un fenómeno accidental. No fue una búsqueda planificada de reflectores;
fue la espontaneidad de un hombre que, al ser grabado por amigos cercanos, cautivó a la audiencia con su ingenio, su léxico inconfundible y su capacidad para indignarse ante las situaciones más banales. Su “sinfilterismo” fue su marca registrada. En un mundo digital lleno de poses y perfeccionismo, ella se presentaba tal cual: sin miedo a decir una mala palabra, sin temor a mostrar sus enojos y, sobre todo, sin pretender ser alguien que no era. Ese carisma, que muchos catalogaban como rudo pero genuinamente humano, la convirtió en una figura pública que llegó a trascender las pantallas para realizar eventos, presentaciones y giras que fueron recibidas con fervor tanto en México como entre el pueblo inmigrante en Estados Unidos.
El estilo de vida de la Gilbertona era una contradicción fascinante. A pesar de haber confesado que su vida fue “bastante dura” y que no tuvo interés en la maternidad o en formar una familia tradicional, logró crear una comunidad que la adoptó como propia. Su casa en Culiacán se transformó en un destino turístico. Visitantes de todo el país viajaban para conocerla, buscando una foto o un saludo, y ella, a su manera, correspondía con esa personalidad que combinaba la irreverencia con una extraña calidez. Sus cumpleaños, eventos que se convirtieron en celebraciones icónicas, eran testimonios de su popularidad: música de banda, vestidos de gala al estilo de Lola Beltrán y el cariño de una multitud que la ovacionaba al ritmo de su propia cumbia.
Sin embargo, el último tramo de su vida no fue ajeno al dolor. En los meses previos a su deceso, los rumores sobre su salud inundaron las redes sociales. Vídeos donde se le observaba asistiendo al médico, la pérdida de audición y una notable inflamación en el cuello generaron una ola de especulaciones sobre un posible diagnóstico de cáncer. La Gilbertona, siempre fiel a su estilo, desmintió en repetidas ocasiones los falsos rumores de muerte que circularon en la red, enfrentando con humor y, en ocasiones, con irritación, la voracidad mediática. Pabel Moreno, quien se convirtió en su principal cuidador, fue quien mantuvo al público informado, hasta que la neumonía, diagnosticada finalmente, comenzó a cobrar factura en el debilitado cuerpo de Gilberto.
Los momentos finales de la Gilbertona, descritos por quienes estuvieron a su lado, poseen una carga melancólica y profundamente humana. Pabel compartió que, en los días previos a su partida, Gilberto hablaba cada vez menos, sumido en un sueño profundo. Sin embargo, lo que más conmovió a sus seguidores fueron las declaraciones sobre sus visiones. En una suerte de reconciliación final con la existencia, Gilberto comenzó a hablar con sus padres fallecidos. Aseguró que su madre había venido a visitarlo, que le había inyectado las piernas para aliviarle el dolor y que, finalmente, se sentía listo para estar “muy a gusto”. Esta revelación, lejos de ser vista con escepticismo, fue abrazada por sus seguidores como una señal de paz.
La muerte de la Gilbertona no ha sido solo el deceso de un influencer; ha sido una lección sobre la identidad. Su vida, marcada por una época de profunda intolerancia en México, sirve hoy como un recordatorio de la lucha de las personas transgénero y de género diverso que, a través de la visibilidad y el humor, lograron abrirse un hueco en la sociedad. Ella no buscó ser un ejemplo, ni pidió ser “monedita de oro” para caerle bien a nadie. Su honestidad brutal era, paradójicamente, lo que la hacía vulnerable y auténtica. Cuando decía que “la amistad es como las víboras”, no solo estaba siendo irónica; estaba destilando una sabiduría amarga, forjada en la experiencia de quien sabe que la cercanía a menudo trae consigo el escrutinio.
¿Qué queda ahora de la Gilbertona? Quedan cientos de horas de video, frases célebres convertidas en memes y una cumbia que relata su vida como si fuera una epopeya regional. Queda también la pregunta sobre cómo tratamos a nuestros personajes virales. ¿Los vemos como seres humanos con historias de dolor y supervivencia, o simplemente como contenido para el consumo pasajero? El adiós a Gilberto Salomón Vázquez ha dejado claro que detrás del personaje había un hombre que, al final, solo quería ser comprendido y atendido en sus últimos días. La lealtad de sus amigos, como Pabel Moreno, demostró que la fama no es el único vínculo que importa.
En la era del internet, la memoria es efímera, pero hay figuras que se niegan a ser olvidadas. La Gilbertona es una de ellas. Su legado es haber demostrado que, sin importar el origen, el pasado o las dificultades, es posible convertirse en un referente cultural. Ella, la mujer que trabajó en los burdeles del norte, que vivió entre el desprecio de algunos y el amor incondicional de miles, cerró el ciclo de su existencia bajo sus propios términos. Al partir, no dejó solo un hueco en los rankings de popularidad de las plataformas sociales; dejó un espacio en la cultura popular mexicana que será difícil de llenar.
El impacto de su fallecimiento ha sido global, resonando en las comunidades hispanas de los Estados Unidos, donde su carisma se sentía como un pedazo de hogar. “Vuela alto” y “Gracias por tantas risas” fueron los mensajes que dominaron las redes sociales tras el catorce de marzo. Estos mensajes no solo eran una despedida a una celebridad digital, sino un reconocimiento a una vida que, pese a sus claroscuros, se vivió con la intensidad necesaria para marcar a generaciones. La Gilbertona no solo nos entretuvo; nos obligó a mirar, de frente y sin filtro, la realidad de una persona que eligió vivir de forma auténtica, incluso cuando el mundo no estaba preparado para ello.
Hoy, mientras sus restos descansan, el eco de su voz sigue presente en cada comentario, en cada video compartido y en la memoria colectiva de un Culiacán que la adoptó como un símbolo. La Gilbertona nos enseñó que la risa puede ser el puente entre lo marginal y lo cotidiano, que la honestidad, por dura que sea, tiene un valor incalculable. Su partida nos deja con la lección de que, al final, lo único que queda es la forma en que tocamos la vida de los demás, ya sea a través de un consejo cargado de palabras altisonantes o de una sonrisa que iluminó la pantalla de un teléfono en un momento de soledad.
Descanse en paz, Gilberto Salomón Vázquez. Que su viaje hacia ese lugar donde, como ella decía, se sintió “muy a gusto”, sea tan ligero como el legado de risas que nos dejó. El internet seguirá girando, nuevos personajes vendrán y se irán, pero la huella de la Gilbertona es, sin duda, imborrable. Porque, como ella misma sabía, no se trata de ser perfecto, sino de ser real, y eso, al final del día, es lo que realmente importa cuando las luces del escenario digital finalmente se apagan. La leyenda de la Gilbertona seguirá viva en cada rincón de Culiacán y en el corazón de aquellos que, alguna vez, soltaron una carcajada frente a la honestidad brutal de una mujer que vivió como quiso.