A lo largo de la historia de la humanidad, existen nombres que quedan grabados a fuego no solo en los libros de ciencia, sino en la memoria colectiva y en los corazones de las personas. Paradójicamente, el hombre que le enseñó al mundo entero cómo reparar y otorgarle una segunda oportunidad a un corazón humano fallido, terminó perdiendo la batalla contra la inmensa angustia que habitaba en el suyo. El doctor René Favaloro, un titán de la medicina cardiovascular y el indiscutible creador de la revolucionaria técnica del bypass coronario, protagonizó una de las historias más brillantes, pero a su vez más dolorosas y trágicas de la época contemporánea. Su final, envuelto en una profunda depresión y desencadenado por la desidia de un sistema sociopolítico que lo abandonó, sigue siendo una herida abierta en la conciencia social. Para comprender la magnitud de su pérdida, es necesario recorrer el extraordinario camino que lo llevó desde ser un modesto médico rural hasta convertirse en una eminencia mundial, para finalmente sucumbir ante la indiferencia de un país que amaba profundamente.
El 28 de junio del año 2000 parecía ser un día como cualquier otro en la ajetreada y absorbente vida del brillante cirujano. Con una serenidad pasmosa que ocultaba magistralmente la abrumadora oscuridad que lo consumía por dentro, Favaloro llevó a cabo sus actividades rutinarias con total normalidad. Nadie en su entorno más cercano podía prever el desenlace que se avecinaba. Incluso, en un acto que hoy se lee como una dolorosa cortina de humo, se encargó de compartir buenas noticias con algunos de sus familiares, asegurándoles que tenía todo planeado para contraer matrimonio a mediados del mes siguiente con su novia, Diana. Esa misma tarde, fiel a su inquebrantable compromiso ético y profesional, operó con éxito a un paciente en las instalaciones de la mismísima fundación que llevaba su apellido, un santuario de la medicina que él mismo había levantado con sus propias manos y su prestigio intachable.
Al caer la noche, compró comida y compartió una cena tranquila en la calidez de su hogar junto a su prometida. Sin embargo, detrás de esa fachada de normalidad doméstica, Diana conocía la cruel verdad que atormentaba al genio. Favaloro había perdido la capacidad de dormir. Las madrugadas se habían convertido en un infierno de ansiedad y desesperación. Las cuentas de su amada fundación simplemente no cerraban, ahogadas por un déficit asfixiante y deudas millonarias con proveedores y personal. La angustia se multiplicaba al ver que, a pesar de su estatus como héroe nacional, no recibía ninguna clase de auxilio por parte del Estado ni de las entidades correspondientes. La crudeza de la situación era tal que el doctor le había mostrado a su pareja una sombría lista con los nombres del personal que, inevitablemente, tendría que ser despedido en las próximas semanas. Lo que más le desgarraba el alma era que la inmensa mayoría de esos nombres pertenecían a amigos entrañables, colegas y trabajadores leales que lo habían acompañado desde los inicios de su titánica aventura médica.
La situación era tan límite que Diana, intentando quitarle un peso de encima en medio del caos, le sugirió suspender los preparativos de la boda. Pero René, en un intento por sostener la poca normalidad que le quedaba, se negó rotundamente. Al día siguiente, en la fría mañana de invierno, el cirujano regresó a los pasillos de su fundación a las ocho en punto. Varias personas que se cruzaron con él lo notaron particularmente taciturno y callado, aunque esto no encendió alarmas de inmediato, pues la reflexión silenciosa y la seriedad solían ser rasgos comunes en su personalidad concentrada. Hacia el mediodía, el médico ya se encontraba de regreso en la privacidad de su departamento. Almorzó junto a Diana y, al momento de despedirse, le dedicó una excusa impecable: le dijo que más tarde emprendería un viaje hacia La Plata, su querida ciudad natal. Fue una mentira piadosa, el último acto de amor para evitar que ella sospechara lo que ocurriría a continuación.
Una vez que la puerta se cerró y quedó completamente solo, Favaloro puso en marcha el plan que había estado diseñando de manera meticulosa en su mente. Dejó la llave puesta del lado de adentro de la cerradura, se dio un baño, se afeitó con cuidado y se vistió con su pijama, como si se preparara para un descanso definitivo. Luego, se sentó a la mesa del comedor y se dedicó a organizar sus últimas palabras. Escribió algunas cartas y sacó otras que ya tenía redactadas y guardadas en el cajón de su dormitorio. Sus palabras eran un testimonio desgarrador de su estado mental: “A mi familia en particular, a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco”, dictaba una de las misivas. Pero fue otra de las cartas la que pasó a la historia como una radiografía de su dolor: “Estoy cansado de luchar y luchar, remando contra la corriente en un país que está corrompido hasta el tuétano”.
Con el peso de esas palabras sobre la mesa, se dirigió al baño. Allí, repasando mentalmente durante unos segundos todos los conocimientos anatómicos y cardiológicos que había acumulado a lo largo de décadas de estudio y práctica, se paró estoicamente frente al espejo. Lamentablemente, en esta trágica ocasión, sus talentosas manos no empuñarían el bisturí curativo que había salvado miles de vidas. Tenía en sus manos un arma de fuego. Segundos después, la vida de uno de los hombres más extraordinarios del siglo XX llegaba a su fin.
Para entender cómo un ser humano con semejante capacidad para hacer el bien fue empujado hacia un abismo tan oscuro, es vital regresar al principio de su historia. René Jerónimo Favaloro nació en la vibrante ciudad de La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, un 14 de julio de 1923. Desde sus primeros años de vida, estuvo rodeado de un entorno que fomentaba el respeto y la curiosidad. Su abuela materna jugó un rol fundamental, transmitiéndole a muy temprana edad un profundo amor por la naturaleza, la tierra y el conocimiento. El destino le hizo un guiño cuando apenas tenía cuatro años; un hermano médico de su padre comenzó a llevarlo como acompañante en sus visitas domiciliarias a los pacientes. Marcado de por vida por el impacto emocional de aquellas jornadas, el pequeño René comenzó a asegurar con convicción que cuando fuera grande sería doctor. Esa promesa infantil se transformaría en una vocación inquebrantable.
Su formación académica comenzó en una institución modesta y humilde, la escuela número 45 de su ciudad natal. A base de esfuerzo y una inteligencia evidente, en 1946 ingresó para cursar sus estudios secundarios en el prestigioso Colegio Nacional de La Plata. Una vez finalizado este ciclo formativo, la vocación lo llamó irremediablemente hacia la facultad de medicina. Para cuando llegó a su tercer año de carrera, ya había iniciado sus prácticas en el Hospital Policlínico, un centro de salud neurálgico que recibía los casos más difíciles, complejos y desesperados de toda la provincia de Buenos Aires. Durante su exigente residencia, Favaloro prácticamente vivió dentro del hospital, obteniendo allí su primer y definitivo contacto con pacientes reales, la gran mayoría de ellos sumidos en situaciones de extrema vulnerabilidad social y económica.
Fue en estos pasillos fríos y abarrotados donde dejó entrever por primera vez su genuina naturaleza humanitaria. A pesar de que el programa académico no se lo exigía de ninguna manera, René tenía la costumbre de retornar al establecimiento en sus horarios de descanso o durante la madrugada, simplemente para sentarse a conversar con los enfermos, escuchar sus miedos y controlar personalmente sus evoluciones clínicas. Este fue el verdadero inicio del vínculo estrecho, cálido y profundamente empático que buscaría cultivar durante el resto de su carrera profesional, una cualidad humana que lo distinguiría por encima de cualquier logro técnico. Al mismo tiempo, su sed de conocimiento lo empujaba a observar meticulosamente a los alumnos de sexto año, a los profesores titulares de clínica médica y a asistir religiosamente a las cirugías realizadas por los doctores José María Magnetti y Federico Eve Crizman. Fueron ellos quienes le transmitieron las invaluables técnicas de simplificación y estandarización quirúrgica que resultarían absolutamente cruciales en su posterior aprendizaje y éxito internacional.
Se graduó en 1949 a la edad de 25 años, lleno de energía y con el ferviente deseo de integrarse rápidamente al sistema de salud. De inmediato, quiso aprovechar una vacante reciente para el puesto de médico auxiliar. Finalmente logró acceder a ella, aunque de manera interina y temporal, con la esperanza de que su impecable desempeño le asegurara un nombramiento permanente. Demostrando una capacidad de trabajo sobrehumana, René permanecía en el hospital realizando guardias maratónicas de hasta 72 horas seguidas sin descanso. A los pocos meses, parecía que su gran oportunidad finalmente se materializaba: lo llamaron de la dirección para confirmarlo oficialmente en el cargo. Sin embargo, al recibir los documentos, se topó con un obstáculo insalvable que ponía en jaque toda su estructura moral. Al pedirle que completara la planilla de inscripción, encontró en el último renglón un requisito que amenazaba directamente sus principios democráticos: debía firmar una declaración jurada en la que aceptaba y respaldaba la doctrina política del gobierno de turno.
Favaloro, quien desde su juventud había militado por una Argentina genuinamente democrática, libre de ataduras autoritarias y basada en la justicia social y el libre pensamiento, encontró este requisito burocrático como algo profundamente humillante y ofensivo. Fiel a sus convicciones éticas, lo rechazó de inmediato, sabiendo perfectamente que esta decisión significaba perder de tajo la oportunidad de ocupar el puesto por el que tanto se había sacrificado. Parecía un revés devastador, pero el destino le tenía preparado un camino mucho más acorde a sus irrompibles valores morales.
Ese mismo año, el joven doctor recibió una carta que alteraría drásticamente la trayectoria de su vida. El remitente era su tío, Don Manolo, residente de un minúsculo pueblo de apenas 3500 habitantes llamado Jacinto Arauz, ubicado en las áridas y polvorientas llanuras de la provincia de La Pampa. En la misiva, su tío le explicaba con angustia que el doctor Dardo Rachou Vega, el único médico disponible para todo el pueblo, había sido diagnosticado con un agresivo cáncer de pulmón y necesitaba viajar de urgencia a la capital para recibir tratamiento. Don Manolo le rogaba encarecidamente a su sobrino que viajara para reemplazarlo, aunque fuera por un periodo corto de dos o tres meses, con el objetivo de no dejar la salud y la vida de los pobladores a la deriva. Luego de meditarlo profundamente y de llegar a la conclusión de que ausentarse unos meses de la ciudad no afectaría significativamente su incipiente carrera, Favaloro empacó sus cosas y en 1950 emprendió un largo viaje en ferrocarril hacia la aislada localidad pampeana, ignorando por completo que esa decisión marcaría el inicio de una leyenda.
Al llegar y establecerse en la humilde casa de su tío, el choque con la realidad fue brutal. Comenzó a trabajar codo a codo con el convaleciente doctor Vega y descubrió de primera mano la absoluta precariedad, la falta de recursos y el abandono estatal en el que los médicos rurales debían ejercer su noble profesión. No solo el instrumental clínico y quirúrgico era lastimosamente limitado e insuficiente, sino que la atención médica recaía íntegramente sobre sus hombros para abarcar a una población de más de 20.000 habitantes, considerando las numerosas colonias agrícolas y poblaciones aledañas que dependían exclusivamente del centro de salud de Jacinto Arauz. Lejos de acobardarse o buscar una excusa para regresar a la comodidad de la ciudad, René se abocó a su labor con una firmeza y determinación que rayaban en lo heroico.
Durante años, su rutina en La Pampa consistió en atender emergencias a cualquier hora del día o de la noche en la misma puerta de su residencia. A menudo, se trasladaba en su vehículo personal hacia los rincones más recónditos de la provincia, transitando por los caminos de tierra más desafiantes y en mal estado. En múltiples ocasiones, las fuertes tormentas y lluvias convertían las sinuosas rutas en trampas de barro sumamente peligrosas, transformando cada visita domiciliaria en una auténtica travesía interminable de supervivencia. Pero ni el cansancio, ni el frío, ni el barro lograron detener la voluntad de hierro de este médico excepcional que entendió que su deber moral estaba junto a los que menos tenían.
Con el paso de los años, su inquietud profesional lo llevó a Estados Unidos, a la prestigiosa Cleveland Clinic, donde cambiaría la historia de la cardiología para siempre. Allí desarrolló e implementó con éxito la técnica del bypass aortocoronario, un procedimiento quirúrgico revolucionario que permitió sortear las obstrucciones en las arterias del corazón utilizando injertos de venas del propio paciente. Este invento no patentado —porque Favaloro creía firmemente que los avances médicos debían ser patrimonio de la humanidad y no herramientas para el enriquecimiento personal— representó la salvación automática e inmediata para millones de personas alrededor del globo terráqueo. Tal es la magnitud de su genialidad que la plataforma cultural de Google catalogó en 2019 al bypass coronario como uno de los 400 inventos más importantes de toda la historia de la humanidad, siendo la única aportación de América Latina en figurar en esa prestigiosa y exclusiva lista.
La gloria internacional y el reconocimiento unánime de la comunidad científica no lograron cambiar un ápice la esencia humilde del doctor Favaloro. Una de las anécdotas más reveladoras y enternecedoras la relata Dora Calo, una de las enfermeras que trabajó junto a él en la humilde clínica de Jacinto Arauz. Ella lo recuerda como un hombre sumamente sentimental, profundamente respetuoso y responsable hasta la obsesión con sus enfermos. Asegura que jamás dejó a una sola persona sin atender por falta de dinero y que le era completamente imposible hacer diferencias entre ricos y pobres. Operaba con la misma dedicación absoluta, el mismo amor y el mismo nivel de excelencia científica tanto a un indigente que no tenía con qué pagar, como al legendario y reconocido campeón mundial de Fórmula 1, el argentino Juan Manuel Fangio, a quien el cirujano le practicó exitosamente cinco bypasses para salvarle la vida. Favaloro era conocido por tener una memoria prodigiosa; recordaba sin consultar los apuntes la historia clínica detallada de la inmensa mayoría de sus pacientes. Además, mantenía un estilo de vida que chocaba de frente con el estereotipo del cirujano exitoso: mientras sus colegas se paseaban por las calles conduciendo autos de alta gama, importados y ostentosos, él se desplazaba tranquilamente para realizar su incansable labor a bordo de un modesto y fiel Peugeot 504.
Sin embargo, a pesar de sus invaluables aportes y su intachable moralidad, sus últimos años en Argentina fueron un calvario de decepciones. Tras haber fundado el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular (la Fundación Favaloro) con el noble propósito de ofrecer medicina de excelencia, formar profesionales y fomentar la investigación en su propio país, se topó de frente con una burocracia estatal viciada, deudas del sistema de obras sociales gubernamentales (especialmente el PAMI) y una falta total de solidaridad por parte del empresariado y el poder político. Pasó los últimos meses de su vida en una cruzada desesperada, enviando cartas y pidiendo ayuda a gritos a funcionarios, empresarios e incluso a artistas famosos del momento, buscando el financiamiento mínimo necesario para salvar la institución. Sus pedidos cayeron sistemáticamente en saco roto. La apatía de un sistema mercantilista y sordo fue la estocada final para un hombre que siempre creyó en la solidaridad y la justicia social.
Afortunadamente, tras la trágica muerte de Favaloro, el clamor popular y el sacrificio de quienes creían en él evitaron que su obra desapareciera. Aunque la fundación llegó a deber meses enteros de salarios a sus médicos y enfermeros en el periodo inmediatamente posterior a su suicidio, el esfuerzo conjunto logró que, al cabo de unos cinco años, la institución lograra recomponerse financieramente. En la actualidad, continúa operando a pleno rendimiento y manteniendo los altísimos estándares de calidad que su fundador soñó. Diana, su última novia, sigue honrando su memoria trabajando activamente en el área de marketing y comunicación de la institución. Por su parte, la doctora Liliana Favaloro, sobrina del legendario cirujano y actual presidenta de la fundación, afirma categóricamente que el mayor y más duradero legado que dejó su tío no es una técnica quirúrgica, sino una filosofía de vida basada en la honestidad innegociable, la solidaridad sin miramientos y la lucha frontal por la dignidad del ser humano.