En el vasto, complejo y siempre cambiante firmamento de Hollywood, los romances entre celebridades suelen ser observados bajo una lupa implacable. Sin embargo, muy pocos lograron capturar la fascinación, la confusión y el asombro del público de la misma manera que lo hizo la relación entre Selena Gomez y The Weeknd (cuyo nombre real es Abel Tesfaye) a lo largo del año 2017. Fue una unión que ardió con la intensidad de una estrella fugaz: brillante, espectacular, profundamente mediática, pero destinada a desvanecerse en un corto período de diez meses. A primera vista, todo parecía un idilio sacado de un guion cinematográfico, repleto de viajes por el mundo, apariciones estelares y lujos exorbitantes. Pero detrás de los flashes de los paparazzi, los yates en California y las alfombras rojas de la Met Gala, se ocultaba una narrativa mucho más oscura, una dinámica de toxicidad emocional, y un choque de pasados que terminaría dejando cicatrices permanentes en ambos artistas.
Para comprender la magnitud de este romance, es fundamental retroceder al año 2015, momento en el que ambos cruzaron caminos por primera vez de manera pública. El escenario fue el opulento desfile de Victoria’s Secret, donde tanto Selena como The Weeknd participaron como artistas invitados. En aquel momento, sus vidas amorosas caminaban por senderos muy distintos. Abel mantenía una relación sumamente apasionada y publicitada con la supermodelo Bella Hadid, mientras que Selena experimentaba las habituales y dolorosas reconciliaciones intermitentes con el ídolo canadiense Justin Bieber. Las dinámicas de poder, los celos y los vínculos rotos apenas comenzaban a sembrar las semillas de lo que explotaría un par de años más tarde.
La verdadera sorpresa, el momento en que el mundo del entretenimiento se detuvo por un segundo, llegó el 10 de enero de 2017. Sin previo aviso, las cámaras captaron a Selena y The Weeknd disfrutando de una cita romántica y sumamente afectuosa en Santa Mónica, California. El impacto mediá
tico fue absoluto, principalmente porque esta aparición ocurrió a escasas semanas de que Abel diera por terminada su relación con Bella Hadid, presuntamente debido a las “apretadas agendas” de ambos. La reacción en el entorno digital no se hizo esperar. Bella Hadid, visiblemente herida y traicionada por la rapidez con la que su ex pareja había encontrado refugio en los brazos de otra superestrella, dejó de seguir a Selena en todas sus redes sociales de forma fulminante. Una simple acción en Instagram encendió la mecha de uno de los triángulos amorosos más comentados de la década.
A partir de esa primera cita en Santa Mónica, la relación de Selena y The Weeknd pisó el acelerador a fondo. Lejos de ocultarse o de intentar mantener su romance en la privacidad —una táctica que Selena había intentado adoptar y defender en años anteriores para proteger su salud mental—, la pareja decidió exhibirse de manera descarada y constante. A los pocos días volaron a Florencia, Italia, donde caminaron tomados de la mano, admirando obras de arte como El Nacimiento de Venus. The Weeknd, que hasta entonces mantenía una imagen de artista hermético y misterioso, no dudó en subir fotos de Selena a sus historias de Instagram, confirmando de manera oficial la relación ante los millones de ojos que escrutaban cada uno de sus movimientos.
Las extravagancias se convirtieron en la norma. Según reportes de diversas fuentes, Selena llegó a desembolsar más de treinta mil dólares para alquilar un exclusivo restaurante en Los Ángeles con el único fin de celebrar el cumpleaños de Abel, rodeados de sus amigos más cercanos y de la élite de Hollywood. La devoción mutua parecía inquebrantable. Selena abandonó temporalmente sus propios proyectos para acompañar a The Weeknd a lo largo de su gira mundial, viajando por Brasil, Argentina, Colombia y gran parte de Europa. Se convirtió en su fanática número uno, observándolo desde las zonas VIP y compartiendo imágenes de sus conciertos con un orgullo indisimulable. El clímax de esta exposición se vivió durante el festival de Coachella y, posteriormente, en la alfombra roja de la Met Gala de 2017. En aquel evento de la alta moda en Nueva York, hicieron su debut oficial como pareja, protagonizando momentos de extrema intimidad frente a las cámaras, besándose y susurrándose declaraciones de amor, justo minutos antes de que la propia madre y el hermano de Bella Hadid pisaran la misma alfombra. Era una declaración de poder, pero también una sobreexposición que rozaba lo peligroso.
Mientras la relación avanzaba a pasos agigantados y llegaban a compartir un lujoso apartamento en Nueva York, la vida profesional de Selena Gomez experimentaba una transformación radical. Se adentró en una nueva era musical y estética, mucho más madura, oscura e introspectiva, liderada por temas como “Fetish” y “Bad Liar”. El sonido y la imagen de Selena cambiaron tan drásticamente que tanto la crítica como el público comenzaron a especular sobre la innegable influencia que The Weeknd estaba ejerciendo sobre ella. Abel es conocido por inyectar sus demonios personales, sus excesos y sus fetiches en su música, y de repente, la ex chica Disney parecía estar absorbiendo esa misma energía melancólica y seductora. Cuando los medios la interrogaron al respecto, Selena se mostró a la defensiva, afirmando de forma contundente que todo lo que hacía era por y para ella misma, asegurando que si permitía ser influenciada por alguien más, su arte simplemente no funcionaría. Era un intento desesperado por reclamar su autonomía en una relación que, para muchos, parecía estar absorbiendo su identidad.
Sin embargo, el destino tenía preparado un giro dramático que pondría a prueba la fortaleza de la pareja. En el verano de 2017, Selena enfrentó uno de los momentos más críticos y aterradores de su vida: debido a las severas complicaciones derivadas del lupus que padecía, tuvo que someterse de urgencia a un trasplante de riñón. Fue un proceso de vida o muerte. Ante la gravedad de la situación, The Weeknd ajustó las fechas de su gira mundial para poder estar a su lado, demostrando un apoyo que, en aquel instante, parecía genuino y profundo. Pero la enfermedad de Selena trajo consigo a un fantasma del pasado. Enterado de la frágil condición de salud de la cantante, Justin Bieber volvió a entrar en escena. Preocupado por la mujer con la que había compartido tantos años, Bieber comenzó a acercarse a Selena. Aunque en un principio se reportó que The Weeknd era comprensivo y aceptaba esta amistad debido al difícil momento médico que atravesaba su novia, la constante presencia de Bieber terminó abriendo grietas irremediables en los cimientos de su relación.
En octubre de 2017, la ilusión se desmoronó por completo. Tras diez intensos meses de vivir juntos, de viajes extravagantes y declaraciones de amor público, Selena Gomez y The Weeknd anunciaron su separación. Como es costumbre en el mundo del espectáculo, los comunicados oficiales culparon a la falta de tiempo y a los compromisos laborales. No obstante, las imágenes hablaban por sí solas: tan solo días antes de confirmarse la ruptura, Selena ya había sido fotografiada paseando en bicicleta y desayunando felizmente junto a Justin Bieber. La transición fue tan rápida y brutal como el inicio de su relación con Abel. The Weeknd, sintiéndose humillado y traicionado, procedió a borrar cualquier rastro de Selena de su vida digital, eliminando fotos, dejando de seguir a sus amigos y cortando todo vínculo con el círculo íntimo de la cantante.
Pero en Hollywood, el dolor y la traición rara vez se quedan en el ámbito privado; rápidamente se convierten en material discográfico. Semanas después de la separación, The Weeknd lanzó su melancólico EP “My Dear Melancholy,”, en el cual desahogó toda la frustración de la ruptura. La canción “Call Out My Name” se convirtió en el himno de los corazones rotos, con letras donde Abel insinuaba haber estado dispuesto a “cortar una parte de sí mismo” para salvarle la vida, en una clara alusión al trasplante de riñón de Selena. Esta narrativa lo posicionó como la víctima dispuesta al sacrificio máximo que terminó siendo desechada por un antiguo amor. Tiempo después, allegados revelarían que él jamás fue compatible como donante y que la idea nunca fue una posibilidad real, sugiriendo que la letra fue una brillante, aunque manipuladora, estrategia lírica para capturar la simpatía del público y pintar a Selena como la villana de la historia.
El caos emocional no se detuvo ahí. Apenas unas semanas después de terminar con Selena, The Weeknd fue visto saliendo del apartamento de Bella Hadid. En cuestión de meses, Abel y Bella retomaron su relación oficialmente, sellando su reconciliación con besos en el festival de Coachella de 2018. Las líneas de tiempo se entrelazaron en una danza de celos, venganzas y corazones reciclados. La tensión se trasladó a las redes sociales, donde Selena y Bella protagonizaron episodios de seguimientos y eliminaciones de comentarios que mantuvieron a los fanáticos al borde de sus asientos durante años. Canciones posteriores de The Weeknd, como “Save Your Tears”, continuaron alimentando el fuego, con referencias visuales y líricas que los seguidores interpretaron como dardos envenenados dirigidos a la actriz.
El capítulo más perturbador de esta historia llegó varios años después con el estreno de la serie de HBO “The Idol”, co-creada y protagonizada por el propio The Weeknd. La serie seguía la vida de una joven y vulnerable estrella pop (interpretada por Lily-Rose Depp) que cae en las redes de un líder de culto manipulador. Las similitudes entre el personaje principal y la vida de Selena Gomez durante su era de 2017 fueron tantas y tan específicas que el público y la crítica no pudieron evitar notar la conexión. Desde la cancelación de giras por problemas de salud mental hasta la estética fotográfica y musical de los videoclips, gran parte de la trama parecía ser un eco retorcido de la vida de Selena. Fuentes cercanas a la cantante afirmaron que ella se sintió profundamente incómoda e invadida al ver cómo sus vulnerabilidades y traumas más íntimos habían sido mercantilizados y convertidos en un espectáculo televisivo por el hombre al que alguna vez llamó su mejor amigo.
Al observar la historia en retrospectiva, resulta casi imposible determinar si el romance entre Selena Gomez y The Weeknd fue fruto de una pasión genuina que simplemente colapsó bajo el peso de sus complejas realidades, o si fue una grandiosa puesta en escena impulsada por la soledad, el deseo de causar celos a sus ex parejas y la necesidad de relevancia mediática. Ambos se utilizaron mutuamente como curitas emocionales, intentando sanar heridas profundas que requerían mucho más que viajes en jet privado y fiestas ostentosas. Lo único indudable es que aquellos diez meses dejaron un legado imborrable en la cultura pop contemporánea. Transformó la música de Abel, empujó a Selena a enfrentarse a sus fantasmas del pasado y nos regaló una de las narrativas más tóxicas, fascinantes y dolorosamente humanas de la industria del entretenimiento. Al final, en este intrincado juego de espejos y fama, no hubo ganadores, solo corazones heridos, discos de platino y una lección magistral sobre el peligro de mezclar la vulnerabilidad con el implacable escrutinio público.