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El Día que la Estrella Regresó al Espacio: La Vida, los Múltiples Alter Egos y la Trágica Muerte Oculta de David Bowie

Para una inmensa porción de personas alrededor de todo el planeta, él fue simplemente “Starman”, el inconfundible Rey de los Goblins, el extravagante Ziggy Stardust o el siempre elegante y enigmático Duque Blanco. Resulta prácticamente imposible y hasta injusto intentar resumir en unas cuantas líneas o con palabras terrenales lo que significó, lo que fue y lo que sigue siendo el inmenso fenómeno de David Bowie. Mucho más allá de ser un prolífico músico, un talentoso compositor, un brillante actor de cine y teatro, un visionario productor discográfico y hasta un vanguardista diseñador gráfico, Bowie fue una verdadera eminencia cultural que logró mezclar con maestría la densidad de la psicodelia con la rebeldía del punk, entre otros géneros, para destacarse rotundamente en la bulliciosa década de los años 70. Su aspecto andrógino altamente provocativo, sumado a sus composiciones profundamente innovadoras y a unas puestas en escena que dejaban sin aliento a los espectadores, hicieron que Bowie pareciera, literalmente, un ser que había descendido de otra dimensión galáctica para enseñarnos a ser libres. La prensa mundial y sus fanáticos lo bautizaron rápidamente como el “camaleón musical” porque poseía una habilidad asombrosa para cambiar de piel, mutar y adaptarse sin ningún esfuerzo aparente a los diferentes géneros, a las décadas que transitaba y al concepto mismo del arte, siendo siempre él quien marcaba las tendencias de la moda y no al revés.

Bowie se erigió como uno de los mayores influyentes de la moda contemporánea y de la cultura pop mundial, ubicándose en el mismo pedestal de grandes ídolos históricos como Madonna o Michael Jackson. Además de su abultada discografía, fue un creador incansable de personajes memorables. El lenguaje marcadamente sexual y transgresor que destilaba en cada segundo de sus conciertos volvió completamente locas a las multitudes, que siempre anhelaban saber más sobre los enigmas de su vida privada. Aunque nunca participó de manera directa y activa en las barricadas de protesta, su mera existencia y su estética representaron un estandarte fundamental para múltiples movimientos sociales, como la liberación y visibilidad gay de la época. A lo largo de su trayectoria inventó nuevos géneros musicales, creó un paradigma inédito de la moda en el mundo del rock y diseñó espectáculos escénicos que sentaron las bases para los conciertos masivos que todavía presenciamos hoy en día. Ganó innumerables premios de la industria, tanto en su faceta musical como en su sólida carrera actoral, pero su más grande, hermosa y definitiva consagración fue su propia forma de vivir. Siempre fue un artista y un señor con todas las letras, un creador que nunca se aferró al confort de un éxito pasajero, apostando en cada etapa por ir decididamente un paso por delante de todos sus colegas. Él mismo, con una humildad mezclada con ironía, llegó a definirse afirmando: “Soy un ladrón de buen gusto. El único arte que voy a estudiar es el que puedo robar de manera inteligente”. Con esta potente frase se refería a la constante e inagotable inspiración que absorbía como una esponja desde que era muy pequeño. Inspiración que bebía ansiosamente de sus grandes héroes personales, figuras de la talla de Syd Barrett, Bob Dylan, Andy Warhol, la genialidad de Los Beatles, la mirada cinematográfica de Stanley Kubrick y el ocultismo de Aleister Crowley, entre cientos de referencias más. David Bowie fue, en esencia, un artista gloriosamente desfasado en el tiempo, un ser extraordinario que vivió adelantado a su época. En cada uno de sus discos existió una profunda búsqueda existencial, manteniéndose siempre a prudente distancia del terreno seguro de lo comercial y sin sentir el más mínimo miedo de transitar caminos inexplorados, por más oscuros que parecieran. Es por todo este legado colosal que hoy resulta imprescindible recordar en detalle todo lo que sucedió en su vida hasta llegar a aquel doloroso 10 de enero de 2016, el funesto día en el que el mundo se detuvo para llorar la sorpresiva muerte del genio.

David Robert Jones, quien luego conquistaría al mundo como David Bowie, abrió los ojos por primera vez en la fría ciudad de Londres el 8 de enero de 1947. Su entorno familiar era de clase trabajadora: su madre, Margaret Mary Peggy, una mujer de orgullosa ascendencia irlandesa, se ganaba la vida trabajando como acomodadora en un cine local, mientras que su padre, Haywood Stenton John Jones, se desempeñaba en el competitivo ámbito publicitario. La modesta familia de tres convivía en el número 40 de Stansfield Road, ubicada cerca de los característicos barrios del sur de la capital británica. El pequeño David asistió a la escuela infantil Stockwell, donde muy pronto, gracias a sus habilidades excepcionales, se ganó la envidiable reputación de ser un niño superdotado y brillante. Sin embargo, por encima de su gran intelecto, destacaba por ser un chico tremendamente decidido, valiente y de carácter fuerte, que nunca tuvo miedo de exhibir su temprana rebeldía, llegando a pelearse a puñetazos incluso con sus amigos más cercanos si la situación lo ameritaba. Desde muy corta edad, sus ojos y sus oídos se sentían fuertemente atraídos por las bandas emergentes y por aquellos músicos atrevidos que lograban un gran despliegue visual y escénico. Todo lo que contuviera un elemento de show lo deleitaba profundamente. Cuando apenas tenía seis años, la familia tomó la decisión de mudarse a Bromley. Allí transcurrió un tiempo hasta que, en el año 1955, el inquieto David inició sus clases en la escuela primaria Burnt Ash Junior School. Fue precisamente en los pasillos de esa estricta institución educativa donde sus maestros notaron algo especial y le sugirieron que su inusual tono de voz era el adecuado para integrar el coro de la escuela. A la par de sus responsabilidades corales, el niño se destacaba rápidamente tocando la flauta, sobresaliendo de forma evidente por encima de todos sus demás compañeros de clase. A la temprana edad de nueve años, su singular forma de bailar ya resultaba ser increíblemente imaginativa, rítmica y extraña para su entorno, un talento natural para la expresión corporal que muchísimos años después se vería espectacularmente reflejado en el icónico y contagioso video musical del tema “Dancing in the Street”, grabado a dúo con el líder de los Rolling Stones, Mick Jagger. Un video que, como dato curioso para la generación actual, se convirtió no hace mucho tiempo en un divertido meme viral de internet luego de que creativos usuarios le quitaran la pista musical original y añadieran ruidos de ambiente simulados (conocidos como sonidos Foley), demostrando que la excentricidad de Bowie sigue vigente en la era digital.

Volviendo a los años de su infancia, los profesores quedaban maravillados y encantados con sus vistosas y teatrales interpretaciones infantiles. Fue en esa misma época clave cuando su padre le obsequió una nutrida colección de discos de vinilo que cambiaría su vida para siempre, abarcando a colosos estadounidenses como The Platters, el rey Elvis Presley y el explosivo Little Richard, entre otros pioneros del rock. Para cuando cumplió los 10 años, el joven prodigio ya dominaba el ukelele y un rústico instrumento conocido como el bajo de cofre (un bajo rudimentario fabricado artesanalmente con una sola cuerda y una caja de té para la resonancia). A todo este arsenal de habilidades musicales pronto se le sumó el virtuosismo en el piano, instrumento en el cual practicaba incansablemente mientras se divertía imitando los legendarios movimientos de pelvis de Elvis y los salvajes riffs de guitarra de Chuck Berry. En aquellos años también formó parte activa del grupo local de Boy Scouts, y una de las mayores atracciones de los campamentos era tener el privilegio de sentarse alrededor del fuego para verlo cantar, actuar y liderar las funciones. Más adelante, la futura e imparable estrella internacional se matriculó en el Ravens Wood School, una escuela pedagógicamente inusual y muy progresista para la época, donde por medio de un estricto pero efectivo sistema de premios y castigos, los tutores se dedicaban a potenciar al máximo el arte y la creatividad de los niños que ellos catalogaban bajo la estricta etiqueta de “superdotados”. En aquel fértil entorno académico, David profundizó sus estudios de arte visual, música avanzada y diseño, sumando también valiosos conocimientos técnicos sobre trazado arquitectónico y composición tipográfica. Cuando comenzó a transitar los tumultuosos años de su adolescencia, decidió sumergirse de lleno en el estudio del saxofón. Una vez que dominó con soltura el instrumento de viento, procedió a formar varios y fugaces grupos musicales con adolescentes de su misma edad. Cada uno de estos primitivos y experimentales proyectos duró sumamente poco tiempo en pie, pero todos fueron absolutamente necesarios como parte de una sólida y constante exploración para definir la id

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