Para una inmensa porción de personas alrededor de todo el planeta, él fue simplemente “Starman”, el inconfundible Rey de los Goblins, el extravagante Ziggy Stardust o el siempre elegante y enigmático Duque Blanco. Resulta prácticamente imposible y hasta injusto intentar resumir en unas cuantas líneas o con palabras terrenales lo que significó, lo que fue y lo que sigue siendo el inmenso fenómeno de David Bowie. Mucho más allá de ser un prolífico músico, un talentoso compositor, un brillante actor de cine y teatro, un visionario productor discográfico y hasta un vanguardista diseñador gráfico, Bowie fue una verdadera eminencia cultural que logró mezclar con maestría la densidad de la psicodelia con la rebeldía del punk, entre otros géneros, para destacarse rotundamente en la bulliciosa década de los años 70. Su aspecto andrógino altamente provocativo, sumado a sus composiciones profundamente innovadoras y a unas puestas en escena que dejaban sin aliento a los espectadores, hicieron que Bowie pareciera, literalmente, un ser que había descendido de otra dimensión galáctica para enseñarnos a ser libres. La prensa mundial y sus fanáticos lo bautizaron rápidamente como el “camaleón musical” porque poseía una habilidad asombrosa para cambiar de piel, mutar y adaptarse sin ningún esfuerzo aparente a los diferentes géneros, a las décadas que transitaba y al concepto mismo del arte, siendo siempre él quien marcaba las tendencias de la moda y no al revés.
Bowie se erigió como uno de los mayores influyentes de la moda contemporánea y de la cultura pop mundial, ubicándose en el mismo pedestal de grandes ídolos históricos como Madonna o Michael Jackson. Además de su abultada discografía, fue un creador incansable de personajes memorables. El lenguaje marcadamente sexual y transgresor que destilaba en cada segundo de sus conciertos volvió completamente locas a las multitudes, que siempre anhelaban saber más sobre los enigmas de su vida privada. Aunque nunca participó de manera directa y activa en las barricadas de protesta, su mera existencia y su estética representaron un estandarte fundamental para múltiples movimientos sociales, como la liberación y visibilidad gay de la época. A lo largo de su trayectoria inventó nuevos géneros musicales, creó un paradigma inédito de la moda en el mundo del rock y diseñó espectáculos escénicos que sentaron las bases para los conciertos masivos que todavía presenciamos hoy en día. Ganó innumerables premios de la industria, tanto en su faceta musical como en su sólida carrera actoral, pero su más grande, hermosa y definitiva consagración fue su propia forma de vivir. Siempre fue un artista y un señor con todas las letras, un creador que nunca se aferró al confort de un éxito pasajero, apostando en cada etapa por ir decididamente un paso por delante de todos sus colegas. Él mismo, con una humildad mezclada con ironía, llegó a definirse afirmando: “Soy un ladrón de buen gusto. El único arte que voy a estudiar es el que puedo robar de manera inteligente”. Con esta potente frase se refería a la constante e inagotable inspiración que absorbía como una esponja desde que era muy pequeño. Inspiración que bebía ansiosamente de sus grandes héroes personales, figuras de la talla de Syd Barrett, Bob Dylan, Andy Warhol, la genialidad de Los Beatles, la mirada cinematográfica de Stanley Kubrick y el ocultismo de Aleister Crowley, entre cientos de referencias más. David Bowie fue, en esencia, un artista gloriosamente desfasado en el tiempo, un ser extraordinario que vivió adelantado a su época. En cada uno de sus discos existió una profunda búsqueda existencial, manteniéndose siempre a prudente distancia del terreno seguro de lo comercial y sin sentir el más mínimo miedo de transitar caminos inexplorados, por más oscuros que parecieran. Es por todo este legado colosal que hoy resulta imprescindible recordar en detalle todo lo que sucedió en su vida hasta llegar a aquel doloroso 10 de enero de 2016, el funesto día en el que el mundo se detuvo para llorar la sorpresiva muerte del genio.
David Robert Jones, quien luego conquistaría al mundo como David Bowie, abrió los ojos por primera vez en la fría ciudad de Londres el 8 de enero de 1947. Su entorno familiar era de clase trabajadora: su madre, Margaret Mary Peggy, una mujer de orgullosa ascendencia irlandesa, se ganaba la vida trabajando como acomodadora en un cine local, mientras que su padre, Haywood Stenton John Jones, se desempeñaba en el competitivo ámbito publicitario. La modesta familia de tres convivía en el número 40 de Stansfield Road, ubicada cerca de los característicos barrios del sur de la capital británica. El pequeño David asistió a la escuela infantil Stockwell, donde muy pronto, gracias a sus habilidades excepcionales, se ganó la envidiable reputación de ser un niño superdotado y brillante. Sin embargo, por encima de su gran intelecto, destacaba por ser un chico tremendamente decidido, valiente y de carácter fuerte, que nunca tuvo miedo de exhibir su temprana rebeldía, llegando a pelearse a puñetazos incluso con sus amigos más cercanos si la situación lo ameritaba. Desde muy corta edad, sus ojos y sus oídos se sentían fuertemente atraídos por las bandas emergentes y por aquellos músicos atrevidos que lograban un gran despliegue visual y escénico. Todo lo que contuviera un elemento de show lo deleitaba profundamente. Cuando apenas tenía seis años, la familia tomó la decisión de mudarse a Bromley. Allí transcurrió un tiempo hasta que, en el año 1955, el inquieto David inició sus clases en la escuela primaria Burnt Ash Junior School. Fue precisamente en los pasillos de esa estricta institución educativa donde sus maestros notaron algo especial y le sugirieron que su inusual tono de voz era el adecuado para integrar el coro de la escuela. A la par de sus responsabilidades corales, el niño se destacaba rápidamente tocando la flauta, sobresaliendo de forma evidente por encima de todos sus demás compañeros de clase. A la temprana edad de nueve años, su singular forma de bailar ya resultaba ser increíblemente imaginativa, rítmica y extraña para su entorno, un talento natural para la expresión corporal que muchísimos años después se vería espectacularmente reflejado en el icónico y contagioso video musical del tema “Dancing in the Street”, grabado a dúo con el líder de los Rolling Stones, Mick Jagger. Un video que, como dato curioso para la generación actual, se convirtió no hace mucho tiempo en un divertido meme viral de internet luego de que creativos usuarios le quitaran la pista musical original y añadieran ruidos de ambiente simulados (conocidos como sonidos Foley), demostrando que la excentricidad de Bowie sigue vigente en la era digital.
Volviendo a los años de su infancia, los profesores quedaban maravillados y encantados con sus vistosas y teatrales interpretaciones infantiles. Fue en esa misma época clave cuando su padre le obsequió una nutrida colección de discos de vinilo que cambiaría su vida para siempre, abarcando a colosos estadounidenses como The Platters, el rey Elvis Presley y el explosivo Little Richard, entre otros pioneros del rock. Para cuando cumplió los 10 años, el joven prodigio ya dominaba el ukelele y un rústico instrumento conocido como el bajo de cofre (un bajo rudimentario fabricado artesanalmente con una sola cuerda y una caja de té para la resonancia). A todo este arsenal de habilidades musicales pronto se le sumó el virtuosismo en el piano, instrumento en el cual practicaba incansablemente mientras se divertía imitando los legendarios movimientos de pelvis de Elvis y los salvajes riffs de guitarra de Chuck Berry. En aquellos años también formó parte activa del grupo local de Boy Scouts, y una de las mayores atracciones de los campamentos era tener el privilegio de sentarse alrededor del fuego para verlo cantar, actuar y liderar las funciones. Más adelante, la futura e imparable estrella internacional se matriculó en el Ravens Wood School, una escuela pedagógicamente inusual y muy progresista para la época, donde por medio de un estricto pero efectivo sistema de premios y castigos, los tutores se dedicaban a potenciar al máximo el arte y la creatividad de los niños que ellos catalogaban bajo la estricta etiqueta de “superdotados”. En aquel fértil entorno académico, David profundizó sus estudios de arte visual, música avanzada y diseño, sumando también valiosos conocimientos técnicos sobre trazado arquitectónico y composición tipográfica. Cuando comenzó a transitar los tumultuosos años de su adolescencia, decidió sumergirse de lleno en el estudio del saxofón. Una vez que dominó con soltura el instrumento de viento, procedió a formar varios y fugaces grupos musicales con adolescentes de su misma edad. Cada uno de estos primitivos y experimentales proyectos duró sumamente poco tiempo en pie, pero todos fueron absolutamente necesarios como parte de una sólida y constante exploración para definir la id
entidad sonora y estética que luego lo consagraría como artista en solitario.
Fue exactamente a la edad de 15 años cuando ocurrió un incidente físico que marcaría su apariencia de manera permanente e inconfundible. David se enfrascó en una dura e intensa disputa con su mejor amigo, el temperamental George Underwood. El motivo, como es clásico en la juventud, fue una chica que les gustaba a ambos simultáneamente. La acalorada discusión verbal escaló velozmente y terminó a los golpes en el patio. En medio del forcejeo, el frágil David recibió un fuerte puñetazo directo al rostro propinado por Underwood. El impacto seco dio de lleno y con tremenda violencia en su ojo izquierdo. En esa fatídica ocasión, el mayor y más duradero daño físico se lo llevó él, viéndose en la aterradora necesidad de tener que pasar por varias y delicadas intervenciones quirúrgicas de emergencia para intentar no perder definitivamente la vista. El resultado irreversible del trauma fue que su pupila izquierda quedó en un estado de dilatación crónica, produciendo de manera permanente el fascinante y misterioso efecto visual de que sus ojos tenían un color diferente (una condición conocida médicamente como anisocoria). Esta peculiaridad en su mirada se convertiría con el tiempo en una de sus señas físicas de identidad más famosas, imitadas y particulares del mundo del espectáculo. Resulta reconfortante saber que, a pesar de la gravedad de sus problemas médicos, ambos jóvenes siguieron siendo grandes amigos en el futuro, a tal punto que el propio Underwood llegó a ser el talentoso diseñador gráfico encargado de ilustrar las icónicas portadas de los primeros discos profesionales de Bowie. En el año 1964, el incansable joven dejó de lado su antiguo saxofón de plástico de juguete, lo cambió por uno real de bronce y formó su primera banda seria llamada Konrads. Al año siguiente, completamente embriagado y absorbido por la incipiente escena musical londinense, tomó la radical decisión de abandonar por completo la educación formal en la escuela. Les comunicó a sus padres su firme e inamovible intención de convertirse a como diera lugar en una estrella gigante de la música pop. Pero, muy lejos de apoyar este arriesgado sueño bohemio, su pragmática madre le consiguió rápidamente un rutinario y aburrido empleo como ayudante de electricista en la ciudad. Sin embargo, nadie en su entorno era capaz de seguir el ritmo frenético de su intensidad artística. Lleno de profunda frustración por el poco compromiso de sus compañeros, abandonó a los Konrads para dar forma a una nueva banda bautizada como King Bees. Como siempre fue un joven audaz que nunca frenaba ante la burocracia, le escribió impulsivamente una osada y altanera carta al poderoso empresario musical del momento, John Bloom, en la cual le pedía sin rodeos: “Haz por nosotros exactamente lo mismo que el gran Brian Epstein ha hecho por los Beatles, y de paso, hasta un millón de libras más”. Esa monumental caradurez y desfachatez juvenil fue lo que finalmente lo acercó hasta Leslie Conn, quien, impresionado por el arrojo del chico, se convirtió de inmediato en su primer mánager oficial. Conn comenzó rápidamente a promocionar al joven David, pero después de lanzar varios sencillos comerciales al mercado y no lograr el éxito masivo esperado, el impaciente cantante abandonó la banda, transitó velozmente por varias formaciones más de la movida local y, fiel a su estilo de renovación constante, también cambió de representante.
A mediados de la vibrante y revolucionaria década de los 60, David tomó una decisión fundamental para su marca personal: decidió cambiar legalmente su nombre artístico de David Jones a “David Bowie”. Esta brillante elección fue realizada en directo honor al famoso pionero estadounidense Jim Bowie y al enorme cuchillo de supervivencia que este popularizó en la historia. Con este nombre afilado, contundente y lleno de resonancia, nacía definitivamente una leyenda. En 1967, el flamante artista lanzó al mercado discográfico su anhelado álbum debut bajo el simple título de “David Bowie”. El material era una curiosa e interesante mezcla de pop tradicional británico con nacientes elementos del rock psicodélico de la época. Sin embargo, el disco corrió con exactamente la misma suerte estática y el estrepitoso fracaso en ventas que sus aventuras musicales anteriores. Este duro golpe a su ego lo paralizó, y durante los siguientes dos años de su vida, Bowie no lanzó nada más a la industria, sumergiéndose en un profundo período de reinvención artística. Fue en esta etapa de silencio musical cuando Bowie, un hombre que siempre amó profundamente todo lo bizarro, teatral y extravagante, encontró un catalizador vital al conocer al brillante y excéntrico bailarín y mimo Lindsay Kemp. Kemp relataría años después sobre su célebre pupilo: “Yo no le enseñé realmente a ser un artista del mimo de manera técnica, sino que lo ayudé a exteriorizarse a sí mismo, a rasgar sus ataduras. Yo le permití liberar por completo sus ángeles más hermosos y sus demonios más oscuros”. De esa fructífera e íntima relación de aprendizaje, comenzaron sus profundos estudios de arte dramático y expresión corporal pura. Junto a Kemp, Bowie descubrió cómo potenciar y dar forma física a todos los intrincados personajes que habitaban únicamente en su imaginación, reproduciéndolos en incontables y dramáticas situaciones teatrales para luego lograr el impacto visual avasallador que tanto esperaba conseguir sobre los escenarios. Además, fue gracias a su vínculo con la academia de Kemp que Bowie conoció a la fascinante Hermione Farthingale, con quien rápidamente se pusieron a salir románticamente. Al poco tiempo, la intensa y artística pareja se mudó junta a un pequeño y bohemio apartamento en Londres, donde incluso llegaron a formar una fugaz banda musical que se mantuvo en pie hasta principios de 1969, año en que la volátil relación amorosa entre Bowie y Farthingale se rompió definitivamente, dejándolo con un profundo desamor que canalizaría en sus letras.
El cierre de esa década marcó un verdadero punto de quiebre en su vida, ya que finalmente llegó el lanzamiento de su segundo disco. La propuesta sonora de este álbum era radicalmente distinta a todo lo anterior. Bowie buscaba desesperadamente trazar un rumbo inexplorado y novedoso. Para ese crucial momento de su carrera, él ya había comprendido a la perfección que el éxito masivo no se trataba únicamente de afinar acordes y tocar buenas notas musicales, por lo que decidió sumarle de forma agresiva todo tipo de artes complementarias. Absolutamente todo lo que había absorbido meticulosamente del teatro de vanguardia, el maquillaje, la mímica y la danza, se fusionó con su música para ofrecer una propuesta conceptual más que cautivadora e interesante. Este fundamental segundo disco catapultó al tenaz David hacia su primer e innegable gran éxito mundial. El magistral y espacial tema “Space Oddity” fue lanzado oficialmente en julio de 1969, exactamente cinco días antes de que la humanidad presenciara el histórico y televisado alunizaje del Apolo 11 en la Luna. Sin embargo, en contra de la creencia popular de muchos de sus fans, la melancólica y reflexiva canción no estaba pensada como una alegre y triunfalista celebración de la hazaña tecnológica de la NASA ni tenía ninguna intención patriótica de fondo. El genio creativo de Bowie no se inspiró en los heroicos astronautas como Neil Armstrong, sino que su mente voló gracias al impacto visual y filosófico que le produjo ver la obra maestra del cine “2001: Odisea del Espacio” del aclamado director Stanley Kubrick. A pesar de este oscuro y denso origen fílmico, la poderosa y atmosférica canción se convirtió en la banda sonora oficial elegida por la prestigiosa cadena BBC para acompañar la cobertura periodística en vivo de la llegada del hombre a la superficie lunar, disparando de inmediato la fama del cantante a la estratósfera. La profunda y onírica letra del tema nos narra la poética tragedia del Mayor Tom, un astronauta solitario que, desencantado, decide cortar las comunicaciones y abandonar para siempre el tóxico mundo material para iniciar su propio e infinito viaje de deriva hacia las estrellas. Una hermosa y triste alegoría que, irremediablemente, años más adelante los críticos enlazarían como un crudo y exacto reflejo del mismísimo estado mental y emocional del propio David Bowie. Este atrapante y querido personaje ficticio, el Mayor Tom, no desapareció en el espacio, sino que reaparecería a lo largo de los años figurando como protagonista en al menos tres gigantescos éxitos del artista: la propia “Space Oddity”, la confesional “Ashes to Ashes” en los años 80, y la moderna “Hallo Spaceboy” en los 90.
Esa misma asombrosa y recurrente capacidad visionaria de adelantarse estrepitosamente en el tiempo se materializó poco tiempo después, trayendo consigo otros inmensos discos de culto y varios himnos atemporales que definieron a toda una generación, destacándose piezas maestras como “The Man Who Sold the World”, “Changes” y la épica y operística “Life on Mars?”. A principios de los 70, la subcultura del glam rock emergía y era toda una revolución estética. Las andróginas vestimentas ajustadas, el deslumbrante exceso de brillo, la purpurina, los cabellos teñidos y el maquillaje excesivo y teatral pasaron a adornar visualmente unas canciones de rock tremendamente pegadizas y potentes. Fue en ese brillante contexto cultural cuando, con apenas 21 años, Bowie fundó su propia compañía vanguardista de mimo, experiencia que le sirvió de incubadora y perfecta inspiración para la gestación de su alter ego más influyente y famoso. Siendo un hombre que, por su propia naturaleza nerviosa y creativa, no podía quedarse quieto un solo instante, le inyectó vida y sangre a Ziggy Stardust. Este icónico personaje se erigió como el protagonista absoluto de una compleja obra conceptual cargada de guitarras distorsionadas y magistrales canciones, presentándose al mundo entero como un profeta extraterrestre andrógino, bisexual y liberador, sumamente difícil de encuadrar dentro de los pacatos moldes tradicionales de la sociedad de la época. A través de este personaje, David Bowie mostraba sin censura alguna su tremenda audacia provocadora. Así como triunfaba con el escandaloso Ziggy Stardust, en su etapa previa con el denso disco “The Man Who Sold the World”, el artista había generado una enorme controversia al posar altivamente en la portada principal luciendo una frondosa melena y vistiendo un sensual y fluido vestido femenino mientras reposaba con elegancia sobre un sillón antiguo. Como se ha mencionado, él disfrutaba de desafiar agresivamente las reglas del tiempo, de la moral conservadora y del rígido binarismo de género. Sus propuestas visuales eran jugadas maestras de provocación constante dentro de un contexto social y político global que aún seguía siendo peligroso, machista y un tanto cerrado de mente. La brillante estrategia radicaba en que nadie, ni siquiera la feroz prensa sensacionalista británica, se animaba con éxito a intentar encasillarlo en una sola categoría. A pesar de sus diversas, ambiguas y muy contradictorias declaraciones periodísticas sobre sus preferencias y su sexualidad real, muchos sectores conservadores lo acusaban escandalizados de ser homosexual, otros afirmaban con total seguridad que era abiertamente bisexual y él, como un maestro del ajedrez mediático, manejaba todo el tenso asunto de la mejor manera posible, siempre a favor del misterio. Los intensos rumores sobre su vida en la alcoba eran extremadamente variados, coloridos y salvajes, pero realmente nadie lograba confirmar nada de manera concluyente. Por un lado, era totalmente válido y humano su derecho a mantener el secreto de su verdadera vida íntima, pero lo que era absolutamente cierto e innegable es que Bowie había entendido a la perfección que su constante indefinición sexual pública y su estética ambigua le jugaban totalmente a favor en el terreno del marketing y en el impacto de su arte en las nuevas generaciones. Con el furor de Ziggy Stardust, el cantante destapó de forma violenta y liberadora la pesada olla a presión de los prejuicios sociales arraigados. Sin embargo, esa atractiva criatura andrógina, que en ocasiones podía tornarse algo violenta, sumamente inquietante en sus shows y recargada de evidentes tintes alienígenas, no duró eternamente. La creación fue por demás exitosa, pero de manera sorpresiva y rompiendo el corazón de millones de adolescentes, apenas 12 meses exactos después de la arrolladora salida triunfal del disco en vivo, el creador anunció sin contemplaciones en el escenario la “muerte” definitiva de la criatura. Él lo tenía muy claro: la plácida e inactiva comodidad de la fama masiva lograda a través de un solo personaje, se la dejaba con gusto a otros músicos más mediocres y perezosos. Bowie era un hombre que necesitaba imperiosamente avanzar a cada segundo, crear desde cero, vivir al límite, destruir su propia imagen y modificar de forma constante su entorno sonoro para volver a la casilla de salida y avanzar nuevamente. Quedarse anclado por años en la brillante pero limitante estética del glam rock, exprimirlo comercialmente hasta agotarlo y vivir para siempre recostado en la seguridad económica y la comodidad de un solo éxito masivo, no era, bajo ninguna circunstancia, algo que le interesara en lo más mínimo al genio londinense.
En el ámbito personal, cuando David rondaba los 23 años de edad, contrajo matrimonio con la modelo, actriz y socialité estadounidense Angela Barnett, mejor conocida internacionalmente como Angie Bowie, su primera y explosiva mujer. Se dice repetidamente en las biografías musicales que la salvaje y tumultuosa relación que ambos mantuvieron fue la profunda inspiración directa detrás de la creación de algunas de las canciones más grandes, intensas y viscerales de David en los años siguientes, piezas crudas como “The Prettiest Star”, “Cracked Actor” y la inolvidable “Golden Years”. De esa apasionada, libre pero problemática relación matrimonial nació su amado primer hijo, Zowie Bowie. Afortunadamente, Zowie logró alejarse a tiempo de la tóxica y destructiva sombra del escándalo público que rodeaba a sus célebres padres y, tras cambiar su nombre y buscar su propio destino, inició una sumamente destacada, respetada e independiente carrera profesional como director de cine en Hollywood operando bajo el nombre de Duncan Jones. Demostrando que a pesar de sus excentricidades artísticas existía un profundo vínculo paterno, su famoso padre lo ayudó activamente en el año 2009 durante la compleja etapa de producción para poder filmar y grabar su brillante e inquietante película debut de ciencia ficción, titulada “Moon”, una joya visual que logró ser aclamada unánimemente y multipremiada por la crítica especializada en prestigiosos festivales de cine de todo el mundo. Durante aquellos locos y desenfrenados años de apogeo descontrolado en los años 70, la prensa devoraba historias sobre el cantante; se decía y publicaba sin censura que la pareja organizaba de forma regular monumentales orgías en su mansión. Además, existían perturbadores testimonios de allegados que afirmaban con horror que, durante su oscuro período de residencia en los decadentes años en la ciudad de Los Ángeles, el artista había desarrollado una adicción monstruosa a las drogas duras, consumiendo una alarmante y casi mortal cantidad de hasta 7 gramos de cocaína por día. La terrible y directa consecuencia física de este desorden químico, mezclado con su régimen laboral obsesivo, una estricta dieta compuesta casi exclusivamente de leche y pimientos rojos, y su insomnio crónico, provocó que llegara a pesar unos fantasmagóricos, cadavéricos y alarmantes 43 kilos, viéndose como un esqueleto ambulante ante las cámaras. Como dato interesante y revelador de sus propios miedos psicológicos, a pesar de sus gigantescos y muy publicitados excesos con la cocaína en los años 70, él siempre trató de evitar a toda costa experimentar con potentes drogas psicodélicas y alucinógenas, todo motivado por un pánico profundo y visceral a terminar desarrollando la enfermedad de la esquizofrenia. Este miedo no era irracional, ya que era una cruel enfermedad psiquiátrica grave que lamentablemente afectaba de manera directa, dolorosa e internaba en hospitales de salud mental a gran parte de su rama familiar más cercana, incluyendo a su querido medio hermano Terry. Sin embargo, gracias a su férrea fuerza de voluntad interna y su mudanza a Europa, el camaleón nunca se desbarrancó por completo en el oscuro abismo de la autodestrucción total; finalmente logró rehabilitarse, sanar, limpiarse y encontrar el ansiado equilibrio vital, madurez y paz mental. Unos cuantos años más tarde de su etapa más salvaje, lograría consolidar definitivamente esa estabilidad emocional cuando conoció perdidamente enamorado a la mujer definitiva de su vida, la inigualable y deslumbrante supermodelo internacional Iman. Pero, para no perder el complejo y rico hilo cronológico de su carrera artística, no nos adelantemos demasiado en el relato.
Retomando la desbordante y mágica creatividad de sus icónicos alter egos escénicos, luego de la sorpresiva “muerte” de Ziggy Stardust, de las cenizas espaciales surgió rápidamente “Aladdin Sane”. Para bautizar con fuerza a este nuevo, complejo e icónico personaje del rock, la siempre brillante mente de Bowie jugó inteligentemente de manera fonética en inglés con la reveladora frase “A lad insane”, que traducida al español vendría a significar algo parecido a “un tipo totalmente loco”. Y fue precisamente a partir de la gestación de este oscuro y perturbado personaje que comenzó oficialmente el período artísticamente más rico, prolífico, arriesgado y abrumadoramente productivo de toda la carrera del británico. David Bowie describió a los medios a este nuevo personaje como una innegable progresión lógica, americana y callejera, mucho más cruda, cínica, pesimista y decadente del extraterrestre anterior. Pero, más allá de la brillante fachada teatral, el inconfundible maquillaje cruzado por el rayo en el rostro y la agresividad del álbum, este complejo disco era, en su esencia más íntima y secreta, un profundo, silencioso y doloroso homenaje a su amado medio hermano Terry, quien en ese mismo instante de gloria de la estrella, padecía en la sombra los oscuros laberintos mentales de la esquizofrenia severa. “Aladdin Sane” se convirtió de forma arrolladora en el sexto álbum de estudio publicado por el artista en la lejana primavera de 1973. Una vez más, reafirmando su obsesión con el tiempo, su música miró valientemente hacia el incierto futuro con letras post-apocalípticas y, en el medio de todo este abrumador torbellino mediático, comercial y creativo, el cantante tuvo la audacia extrema de hacer exactamente lo que ningún otro rockero arrogante e intocable de su estatus hacía jamás en la cúspide misma del éxito: grabar un disco íntegro de versiones cover. De esta forma nació el sorprendente disco “Pin Ups”, que incluía fascinantes reinterpretaciones de viejas canciones oscuras de sus ídolos predecesores y de agrupaciones contemporáneas de rock, entregando interpretaciones frescas, sumamente creativas y totalmente sorpresivas para la crítica.
Posteriormente, habiendo superado los estragos de sus 29 años, en un claro e inteligente intento por desintoxicarse de la opresiva y tóxica industria musical de Los Ángeles, emergió magistralmente la gélida y aristocrática figura del “Duque Blanco” (The Thin White Duke). Este personaje nació para crear tanto arte puro de alta factura musical como para sembrar una fuerte y ruidosa discordia ética y política en los titulares de los siempre ávidos medios amarillistas internacionales. Ataviado meticulosamente con un elegante, impecable y entallado vestuario sastre que constaba de camisa blanca impoluta, pantalón de pinzas y un peinado rubio engominado hacia atrás digno de la realeza europea, este altivo y distante personaje nació en medio de las densas tinieblas de los oscuros años en que David Bowie huyó del sol californiano y estuvo viviendo en un exilio creativo voluntario en la fría, histórica y culturalmente vibrante ciudad de Berlín Occidental. Sin embargo, su nueva personalidad no estuvo exenta de duras polémicas mundiales. En parte debido a sus controversiales declaraciones dadas a la prensa bajo los fuertes y destructivos efectos de sustancias estupefacientes, y también por su deliberado aspecto gélido, autoritario y ario, el Duque Blanco fue injusta pero fuertemente ligado por la crítica musical a cierta estética y simpatía por los regímenes fascistas y el nazismo europeo. Aunque en realidad, mientras su alter ego destilaba frialdad en Europa, musicalmente él se dedicaba con pasión y respeto a cantar sublimes y complejos temas repletos de profundas influencias de la música negra americana. Esta ambigua figura era una compleja e incomprendida representación escénica del concepto de “Superhombre” filosófico descrito por Nietzsche. El cantante creó, moldeó y perfeccionó minuciosamente a este personaje de manera paralela tras el exitoso lanzamiento comercial de su bailable álbum en suelo norteamericano “Young Americans”. Su nuevo y pulcro personaje se vestía de manera sobria y elegante, mostrando en sus shows notables acercamientos estéticos a la atmósfera decadente y sombría de los oscuros cabarets alemanes de la convulsa década de los años 30. Con este nuevo álter ego liderando su estética, el mundo frío, mecánico, paranormal y existencial de la aclamada “Trilogía de Berlín” (conformada por los revolucionarios álbumes “Low”, “Heroes” y “Lodger”) estaba un paso más cerca de cambiar para siempre la historia y la manera de componer música electrónica moderna.
A finales de la colorida e influyente década de los 70, la fábrica creativa del artista no detuvo sus enormes motores, siguieron llegando más discos experimentales fundamentales a las tiendas y la imparable maquinaria conceptual del Duque Blanco no echó el freno de mano. Ya completamente recuperado de sus adicciones y viviendo una nueva etapa, David Bowie hizo una entrada triunfal en la vibrante e iluminada década de los revolucionarios años 80 convertido en una auténtica y gigantesca mega estrella del pop global de estadios. Su envidiable y magistral capacidad de constante reinvención personal, abarcando desde las guitarras del rock pesado, las purpurinas del glam y una infinidad de exóticos e improbables estilos musicales que influyeron drásticamente en su vasta obra y en la de sus contemporáneos, lo encumbró de manera absoluta e innegable al codiciado y envidiado trono como el rey indiscutible de la nueva movida del New Wave. Con los sintetizadores y ritmos de sus nuevos éxitos orientados a la pista de baile dominando las radios y las discotecas de todo el mundo, encontró el momento y el espacio perfecto para colaborar en el estudio de grabación, mano a mano, con la poderosa e icónica banda Queen y su líder, el legendario Freddie Mercury, en la creación y grabación del poderoso y mítico sencillo “Under Pressure”. Como era de esperarse tras unir a dos talentos tan monstruosos de la música en una sola cabina de grabación, rápidamente, de manera explosiva y casi orgánica, este brillante himno atemporal se convirtió en el indiscutido éxito número uno en las listas de popularidad de todo el Reino Unido, además de colarse con gran facilidad y fuerza imparable en las exclusivas listas de los sencillos más vendidos y escuchados de más de diez países alrededor del planeta. En esa etapa comercial tan expansiva y prolífica, no se conformó y también compartió magistrales, divertidos y exitosos duetos y colaboraciones en video y música, por nombrar a algunos grandes de la época, con el genio ex Beatle John Lennon en el tema “Fame”, el incombustible Mick Jagger y la indiscutible, salvaje y talentosa reina del rock, Tina Turner.
En aquella nueva y próspera época de esplendor comercial, el rey absoluto y el mayor dictador de tendencias en la naciente industria musical internacional era indudablemente la gigantesca cadena televisiva de videos MTV. En ese preciso, visual y altamente estético marco artístico, el multifacético y apuesto Bowie, con su incuestionable atractivo físico, encajaba de absolutas maravillas, como un engranaje perfectamente aceitado en una máquina de hacer dinero. Su profundo dominio histórico de todo el aspecto teatral y puramente visual, su exagerada teatralidad innata y su inmensa y riquísima imaginería conceptual para los videoclips estaban inequívocamente destinados a triunfar en la floreciente era dorada de los videos musicales de alto presupuesto. Con su masivo y rítmico álbum “Let’s Dance”, Bowie brilló deslumbrantemente en la cultura del pop bailable más accesible y comercial, amasando gigantescas sumas de dinero, pero también tuvo que enfrentar la decepción y el consecuente enojo de sus fieles e históricos fanáticos más ortodoxos, puristas e intensos de los años 70, quienes, sintiéndose en parte abandonados por su héroe experimental, le bajaron el pulgar públicamente al considerar que esta nueva y brillante etapa de superestrella internacional era una venta comercial e indigna de su inmenso intelecto musical original. A pesar de estas puntuales e inevitables críticas de la vieja escuela, los discos, giras mundiales multitudinarias y videoclips no pararon jamás de llegar al mercado a un ritmo vertiginoso, y su consolidada e intocable carrera comenzó a abrirse, sin pausas, diferentes e interesantes caminos hacia nuevos destinos artísticos y formatos. El imparable David se dedicó de lleno a llevar por todo el mundo la intensa mística del teatro contemporáneo y la fascinante creación de densos personajes a sus elaboradas y multimillonarias giras musicales.
La extensa y prolífica trayectoria mediática de David Bowie también estuvo profundamente marcada de manera indeleble por la enorme cantidad de papeles dramáticos y participaciones estelares que realizó en superproducciones cinematográficas internacionales. En el implacable mundo del cine de Hollywood, el respeto no se compra con discos de platino, pero el séptimo arte siempre lo había tratado de manera justa y considerada. Por un lado, le había rendido inmensos beneficios, aplausos del público y satisfacciones personales a lo largo de los años; y por el otro, su enorme y sólido prestigio ganado a pulso como actor de carácter serio en teatro, películas independientes y grandes presupuestos, se mantenía completamente incólume, inquebrantable e intacto. Todo este tremendo abanico de talentos diversos, sumado a sus ingresos y a su gran atractivo de taquilla, lo llevaría a vivir una vida de comodidades soñada e inalcanzable para muchos otros mortales. Tal y como relatamos al principio de esta profunda retrospectiva de su vida, su inicial y desconocida carrera como joven actor sobre los escenarios de los barrios pobres de Londres fue bastante anterior a que el destello enceguecedor de su gigantesca fama mundial como ídolo de la música pop lo arropara. Todo el conocimiento y bagaje cultural que le otorgaron el teatro vanguardista independiente y el expresivo arte del mimo europeo, lo llevaron con extrema facilidad a conseguir y actuar con enorme destreza en varios papeles fundamentales durante su trayectoria. Actuó inicialmente en el curioso, artístico y perturbador cortometraje mudo y rodado íntegramente en blanco y negro titulado “The Image”, donde, con apenas su expresivo rostro, encarnó magistralmente la inquietante figura de un silencioso niño fantasma que misteriosamente lograba emerger del lienzo de un cuadro recién pintado por el pincel de un oscuro artista sumamente
atormentado, con el único y retorcido propósito de aterrorizarlo, enloquecerlo y embrujarlo en su estudio de arte. Fue recién en el importante año 1976 cuando Bowie ganó un respetable y genuino prestigio ante los escépticos críticos del cine convencional de Hollywood, gracias a su magistral desempeño actoral y protagónico al encarnar al inescrutable visitante alienígena Thomas Jerome Newton en la aclamada e icónica película de ciencia ficción de culto “El hombre que cayó a la Tierra” (“The Man Who Fell to Earth”). En esta cinta de aire melancólico y existencialista, él realizaba de manera paradójica, asombrosa y autobiográfica el desafiante y silencioso papel, justamente, de un ser extraterrestre perdido y sediento que intentaba adaptarse dolorosamente a la banal y caótica vida humana en nuestro planeta Tierra. Además de esta actuación deslumbrante en el cine, y demostrando que no le temía absolutamente a nada, el valiente y disciplinado Bowie también fue contratado para trabajar duramente de manera profesional y rigurosa en el sagrado y competitivo escenario de Broadway, Nueva York, siendo el aplaudido protagonista durante una larga, ovacionada y agotadora temporada en la aclamada, difícil y exigente obra de teatro del circuito clásico neoyorquino “El Hombre Elefante” a inicios de los vigorosos años 80. Su magistral capacidad para interpretar, sin el uso de pesados ni engorrosos maquillajes protésicos modernos, sino valiédose única y exclusivamente del torcido lenguaje corporal, los angustiantes jadeos guturales y la difícil contorsión muscular, la desgarradora historia de deformidad y tragedia de John Merrick, dejó perplejos a los más exigentes e implacables y severos críticos teatrales del Times.
En 1986, justo después de participar con rotundo éxito en un extravagante y brillante musical cinematográfico de aire vintage sobre los oscuros años de la posguerra británica, se consagró para toda una nueva generación de público adolescente al actuar co-protagonizando magistralmente el clásico inmortal y oscuro cuento de hadas cinematográfico de los creadores de los Muppets, la fantasía épica “Laberinto”. En esta maravillosa, compleja e inquietante cinta, él se calzó de forma inconfundible e irrepetible el carismático, magnético y perturbador manto visual en el recordado rol protagónico del temible, poderoso y seductor Jareth, el gran Rey de los Goblins. Este mágico e hipnótico filme de aventuras y ritos de paso adolescente cuenta también, como gran aliciente emocional y gancho comercial en su maravillosa e impecable banda sonora original, con hermosas e inolvidables canciones escritas y magistralmente cantadas en exclusiva por el propio Bowie para acompañar visualmente la película, destacándose entre ellas a los oídos de todos sus jóvenes fanáticos el grandioso, oscuro y misterioso sencillo promocional que fue rápidamente lanzado a las radios internacionales y al incipiente MTV bajo el nombre de “Underground”. Millones de niños asombrados de la época, y varias de las generaciones que crecieron viéndolo sin descanso en la pantalla grande de los cines mundiales y en el añorado y nostálgico formato de videocasetes caseros Betamax y VHS de alquiler de los años dorados de la década de los ochenta, aún lo veneran, adoran en secreto y lo recuerdan nostálgicamente con un afecto muy especial y profundo única y exclusivamente por su gran desempeño interpretativo, su impactante e inconfundible peinado estilo glam ochentero voluminoso, su maquillaje y, sobre todo, por la enigmática aura de misteriosa atracción y temor que proyectaba hábilmente con sus ojos rasgados y diferentes en ese inolvidable y extraño papel mágico y hechicero. Aparte de este inolvidable hito mundial en el popular y masivo cine familiar, el camaleón del pop también incursionó a lo largo de las posteriores décadas en una asombrosa e inagotable lista de colaboraciones actorales secundarias sumamente respetadas para un artista proveniente del rock. Trabajó con inmensa humildad, profesionalismo y asombroso talento acatando órdenes del perfeccionista y legendario director martin scorsese, entregando una recordada, impecable e inolvidable caracterización como el polémico, atormentado y crucificado Poncio Pilato en la brillante y extremadamente controvertida “La última tentación de Cristo”. Además, sorprendió interpretando de manera excelente a un peculiar, estoico y excéntrico agente federal de campo del fbi en la oscura e intrincada película de suspenso y terror psicológico “Twin Peaks: Fire Walk with Me”, dirigida por el retorcido, onírico y genial maestro david lynch, asombrando a los fanáticos del thriller sobrenatural. Demostrando su infinita admiración por los íconos excéntricos del mundo de las galerías neoyorkinas, encarnó a la mismísima perfección física a la gran leyenda y artista visual andy warhol; se puso en los sensibles zapatos actorales para interpretar con enorme profundidad emotiva al misterioso e incomprendido vecino solitario de un tierno niño de 12 años con una grave enfermedad terminal en otro importante film; y en un maravilloso alarde de asombrosa auto parodia y humor negro sobre su propio ego que muy pocos de los artistas y estrellas de su estratosférico nivel de fama y éxito se habrían atrevido a aceptar sin reparos, se interpretó ridículamente y en clave de comedia irónica a sí mismo en un brillante y descacharrante cameo sirviendo como el hilarante y estricto juez de pasarela imparcial en la taquillera y alocada película “Zoolander”. Bueno, frente a esta abrumadora hoja de vida profesional e impecable filmografía de éxitos, es totalmente inevitable preguntarse si al increíble genio David Robert Jones le quedó verdaderamente algún oscuro e inexplorado desafío artístico suelto, algún loco personaje pendiente por cumplir o alguna gran disciplina escénica que probar en este mundo terrenal. Bueno, en honor a la pura verdad y a la historia, la rotunda respuesta es que en efecto, aún tuvo muchísimo más para dar y nos demostró su infinita valía: asombró de maravilla interpretando nada más y nada menos que al silencioso, revolucionario y mágico genio histórico inventor y excéntrico de la electricidad moderna y libre, el brillante y trágico físico nikola tesla, en un fascinante e hipnótico e inolvidable rol secundario compartiendo grandes e intensas escenas cumbre junto a titanes del cine de la talla de los laureados christian bale y hugh jackman en la excepcional y premiada obra maestra del cine de magia y engaño del visionario y taquillero Christopher Nolan, titulada con enorme éxito en la cartelera mundial “The Prestige”, coronando así su prolífica lista y largo currículo vital de asombrosos logros como histrión al realizar muchísimos personajes exóticos, inmortales actuaciones dramáticas y docenas de impactantes y geniales roles menores más que sería materialmente y físicamente imposible y sumamente agotador de enumerar por completo aquí mismo. De más de una veintena asombrosa y gigantesca de entrañables, breves pero memorables y muy divertidos cameos espontáneos grabados a lo largo de los fértiles años y lustros pasados.
El cálido y maravilloso 24 de abril de 1992 en la memoria y vida de la superestrella londinense y de su fiel fanaticada representó indiscutible y definitivamente un luminoso e innegable punto y aparte. El indomable, solitario e inquieto david bowie, aquel extraterrestre que alguna vez vagó totalmente desconectado emocionalmente y absolutamente sumido en abismos de cocaína y paranoias en las peligrosas carreteras perdidas existenciales y fiestas VIP de la ciudad estadounidense de los ángeles, finalmente experimentó en carne y hueso la paz espiritual, encontró y sintió en sus profundas entrañas que había vuelto a su refugio afectivo y volvió verdaderamente, luego de innumerables y eternas idas y venidas tormentosas con la soledad y romances vacíos, a sentir lo hermoso que era sentirse en su dulce hogar, en calma, en paz absoluta y por fin sin máscaras ni los pesados alter egos teatrales o vestimentas llamativas que solía usar para protegerse de las inseguridades. Pero de manera milagrosa, esta maravillosa e inmensa vez en su madura, plácida y ordenada vida lo hizo maravillosamente e intensamente acompañado amorosa y espiritualmente de forma legal y divina de la despampanante y majestuosa Iman, su gran último y definitivo amor. Ella es una brillante figura de la pasarela y exitosa empresaria modelo mundial nacida orgullosamente en el exótico territorio y caluroso país africano de somalia que, con una enorme entereza, paciencia ilimitada, madurez inmensa y profundo carácter de comprensión afectiva, logró calmar el alma inquieta del legendario y siempre atormentado creador musical. Durante la primera e intensa etapa evolutiva de experimentación musical que vivió de manera cruda en los primeros años comerciales y masivos de la saturada y colorida década de los turbulentos y ruidosos 90, en otra sorpresiva y audaz maniobra completamente suicida desde el punto estricto y conservador del negocio lucrativo de la industria fonográfica, que todos desaconsejaron con gritos pero a él jamás le importó escuchar, abandonó abruptamente, por completo y por decisión unilateral su súper consagrada, exitosa, billonaria y sumamente codiciada carrera solista comercial masiva para refugiarse bajo el anónimo paraguas protector sonoro de la pesada agrupación de puro rock áspero llamada y formada junto a grandes músicos bautizada como “tin machine”, con tal de experimentar en bares llenos de humo, sentir sudor fresco en su cara siendo solo el cantante más, huir aterrado de los odiosos e impersonales grandes estadios al aire libre repletos de la era comercial pop para poder ser por fin sencillamente el oscuro, anónimo y ruidoso vocalista de una pequeña y cruda banda garajera de rock underground al nivel de los mortales. Pero tras la ruidosa y caótica separación de este proyecto alternativo, en 1993, david bowie reapareció brillante y en solitario. La electrónica cruda y los viejos trucos quedaron rápidamente atrás. El viejo zorro de la industria abrazó maravillosamente de nuevo sus verdaderos y puros orígenes musicales amando en secreto al maravilloso y eterno jazz, abrazando fuertemente el intenso estilo del rhythm and soul clásico originario, todo transformado inteligentemente en una exquisita y refinada propuesta con elegantes toques puros de brillante e innovador y lujoso neoclasicismo sónico, demostrando por enésima y majestuosa vez al asombrado mundo musical su infinito poder de cambio de forma artística con enormes arreglos y metales orquestales de altísima calidad artística en escena. Fue allí que apareció Bowienet, el duque blanco utilizó el internet desde el primerísimo y lejano minuto para comunicarse masivamente y construir su imperio digital; fue el verdadero pionero que entendió profundamente que crear comunidades interactivas y fuertes lazos cibernéticos de fans era esencial en el siglo venidero mucho antes de facebook y redes. Su genial y visionario proveedor Bowienet nació el 1 de septiembre de 1998 para chatear con fans (bajo su alias de saylor). En 2000 nació alexis, su hija, llevando vida familiar plena, silenciosa y en paz; se retiró temporalmente triunfando mundialmente en 2013 con “The Next Day” de aclamación masiva y regresando para asombro del globo entero a los escenarios musicales que lideraban las altas ventas; pero la trágica noticia final caería pronto y en forma letal.
Solo pasaron 3 años y descubrió un temible e imparable cáncer de hígado final; rodó heroicamente y vendado el desgarrador y oscuro y denso e intenso vídeo “lazarus” con plena y cruda y amarga conciencia médica de que el duro tratamiento fracasó en su intento por mantenerlo. La oscuridad de la letra anunciando la muerte se hizo viral luego en su momento final para sorpresa del globo. El legendario David murió estoicamente rodeado amorosamente de Iman y Duncan el fúnebre 10 de enero de 2016 a los 69 gloriosos años con profundo secretismo; la leyenda brillante nos dejó, a todos, su última obra cumbre, su amargo testamento y obra de arte negra llamada magistralmente y musicalmente inmensa: “Blackstar”, justo 2 tristes días antes de decir adiós; y siendo siempre único se negó rotundamente a los falsos y ruidosos o grandes funerales, él solo fue, como siempre planeó en secreto su obra e imagen intachable hasta en el obituario, silenciosamente incinerado lejos de todo asedio mortal y llanto en la eterna tranquilidad infinita que otorga su propio viaje espacial desde que su brillo sigue hasta el gran apagón cosmos y final.