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El Día que el Tiempo se Detuvo: La Trágica Lucha, el Genio Indomable y las Aterradoras Profecías de Stephen Hawking

El 14 de marzo de 2018, el mundo entero se detuvo por un instante. Los titulares de todos los rincones del planeta anunciaban una noticia que, aunque médicamente esperable desde hacía décadas, se sentía como un golpe devastador para la humanidad: había muerto Stephen Hawking. A pesar de las progresivas y brutales limitaciones impuestas por una condición degenerativa implacable, su vitalidad nunca se apagó. Se había convertido, sin lugar a dudas, en el físico teórico más conocido, respetado y admirado entre el gran público desde los tiempos del mismísimo Albert Einstein. Su vida no fue simplemente la de un investigador enclaustrado en un laboratorio; fue un testimonio viviente y palpitante de perseverancia humana. Luchó, con la misma ferocidad y tenacidad, contra el infortunio de un destino biológico que lo quería paralizado y contra los paradigmas científicos establecidos que dictaban cómo debíamos entender el cosmos.

Hawking habitó siempre en una fascinante frontera intelectual. Para los filósofos más puristas, era demasiado científico; sus ecuaciones y cálculos desarmaban las abstracciones etéreas de la metafísica. Sin embargo, para los científicos más ortodoxos, era quizás demasiado filósofo; su insistencia en buscar el “por qué” de nuestra existencia y el sentido último del universo incomodaba a quienes preferían quedarse solo con el “cómo”. Esta dualidad hizo que millones lo idolatraran, elevándolo a la categoría de icono cultural, mientras que otros tantos, en las sombras de la academia, intentaran desprestigiarlo. No obstante, con el paso del tiempo, quedó irrevocablemente comprobado su inmenso y transformador aporte al entendimiento que hoy tenemos de todo lo que nos rodea. Logró responder a preguntas de una complejidad técnica abrumadora, formuló interrogantes completamente nuevos y escribió ensayos que, si bien buscaban el rigor de las fórmulas matemáticas, dialogaban profundamente sobre el sentido mismo del existir.

Pero, ¿cómo llegó un científico confinado a una silla de ruedas a tal nivel de fama mundial? ¿Cómo fue su relación diaria y tortuosa con la enfermedad que le tocó atravesar? ¿Por qué, a pesar de que su pensamiento revolucionó por completo nuestra comprensión del mundo y de las estrellas, la academia sueca le negó sistemáticamente el codiciado Premio Nobel? Y quizás lo más intrigante: ¿cuáles fueron sus últimos pensamientos y advertencias antes de dejar este mundo? Para responder a estas preguntas, es necesario emprender un fascinante recorrido por el cosmos interior y exterior del hombre que, de algún modo milagroso, le ganó la batalla al tiempo.

El Nacimiento de un Genio y la Sombra de Galileo

El destino parece tener una forma poética de entrelazar a las grandes mentes de la historia. El trabajo de Galileo Galilei, que marcó la ruptura de las teorías físicas aristotélicas y cuyo enfrentamiento con la Inquisición de la Iglesia Católica definió el conflicto histórico entre religión y ciencia en Occidente, dejó una huella imborrable en la humanidad. Exactamente trescientos años después de la muerte de Galileo, un 8 de enero de 1942, nació Stephen Hawking en la ciudad de Oxford, Inglaterra. Su llegada al mundo no fue pacífica; ocurrió en medio de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Como tantas otras familias de clase media, los Hawking soportaban con entereza los rigores del conflicto bélico. Hacia el final de la contienda, un cohete V2 alemán cayó a escasas decenas de metros de su casa en el norte de Londres. Su madre, Isobel, se dio cuenta enseguida de que su hijo, un niño siempre inquieto, inmensamente curioso y desbordado por una energía intelectual inusual, no se iba a contentar jamás con lo puramente terrenal. Era, a todas luces, un chico destinado a mirar hacia las estrellas.

Tras cursar sus estudios secundarios con brillantez, Hawking ingresó en el University College de Oxford, donde se licenció en 1962, obteniendo los títulos de matemático y físico. En aquella época dorada de su juventud, Stephen era un chico que llevaba una vida absolutamente normal. Incluso formaba parte del equipo de remo de la universidad, una actividad física demandante que utilizaba para aliviar la profunda ansiedad que le producía su vida académica. Pero esta ansiedad no nacía de la dificultad de las materias, sino de todo lo contrario: Hawking se aburría soberanamente con el estudio convencional. El plan de estudios le resultaba lento, predecible y poco desafiante. En sus ratos libres, comenzó a profundizar en sus propios pensamientos y no tardó en esbozar las primeras ideas que, con el paso de los años y el rigor del método científico, resultarían ser reveladoras para la física moderna. Muchos de sus profesores, al leer sus primeros ensayos y escuchar sus incisivas preguntas, vieron en él a un genio inminente y pronosticaron para su vida un porvenir brillante. Y, por supuesto, tendrían razón. Pero ese porvenir brillante estaría intrínsecamente ligado a una tragedia personal de proporciones épicas.

El Diagnóstico que Detuvo el Reloj

El año 1963 marcaría un antes y un después en la biografía del joven genio. Durante una sesión de patinaje sobre hielo, el joven Stephen resbaló, cayó al suelo y descubrió, con un pánico creciente, que tenía serias dificultades para reincorporarse. Tenía tan solo 21 años y, en ese frío instante sobre el hielo, comenzaba la verdadera y aterradora odisea de su vida. Tras una serie de rigurosos y exhaustivos exámenes médicos, se le diagnosticó un trastorno degenerativo neuromuscular implacable: la Esclerosis Lateral Amiotrófica, conocida mundialmente por sus siglas, ELA.

La ELA es una enfermedad neurológica degenerativa de la que, hasta el día de hoy, se desconoce la causa exacta en la inmensa mayoría de los casos. Entre un 90 y un 95% de las veces, la ELA ataca de forma aleatoria, sin que exista un factor de riesgo genético evidente o un historial familiar que alerte al paciente. Es una lotería macabra. Los síntomas de esta cruel afección se manifiestan a través de la pérdida progresiva y despiadada de la fuerza de los músculos voluntarios de todo el cuerpo. Las personas con esta patología experimentan debilidad en las piernas, los brazos, las manos, y poco a poco pierden la capacidad motora básica, incluyendo la facultad de hablar y, eventualmente, la de tragar y respirar. Es una prisión de carne y hueso donde la mente se mantiene completamente intacta, lúcida y atrapada dentro de un cuerpo que se apaga lentamente.

El diagnóstico no suele ser sencillo. Entre la aparición de los primeros síntomas físicos y la confirmación oficial de la enfermedad puede transcurrir hasta un año y medio de angustia e incertidumbre. Para enfrentar esta condición, los pacientes requieren de un arsenal médico apabullante. Se utilizan antidepresivos para lidiar con el golpe psicológico, analgésicos para el dolor muscular derivado de la atrofia, mucolíticos, medicamentos para controlar el exceso de saliva provocado por la incapacidad de tragar, y somníferos para poder conciliar el sueño. Es estrictamente necesario el despliegue de un equipo multidisciplinario compuesto por nutricionistas, fonoaudiólogos, kinesiólogos, neumonólogos, gastroenterólogos y psiquiatras para poder abarcar las múltiples y devastadoras complicaciones que se presentan.

Cuando la enfermedad avanzó y le afectó severamente la capacidad de deglutir, provocando que se ahogara al intentar comer, Hawking tuvo que someterse a una dieta altamente restrictiva y especial. Esta se basaba, principalmente, en la eliminación absoluta del gluten, los azúcares refinados y los alimentos procesados, combinada con la administración de potentes suplementos vitamínicos. Tras recibir el diagnóstico definitivo, los pronósticos fueron desgarradores: los médicos le dieron una esperanza de vida de apenas dos años. Sin embargo, su mente se negó a aceptar esa sentencia de muerte, y su cuerpo, desafiando todas las leyes de la biología médica conocida, resistió durante más de medio siglo.

Breve Historia del Tiempo: El Best-Seller Cósmico

En 1988, veinticinco años después de haber recibido aquel diagnóstico letal, Hawking publicó un libro que sacudiría los cimientos de la industria editorial y del mundo científico. Se trató de una obra de divulgación sobre el estudio del universo que, a pesar de adentrarse en temas de una complejidad matemática y teórica abismal, se convirtió en muy poco tiempo en un éxito global sin precedentes y catapultó a su autor al olimpo de la fama popular. El libro se titulaba Breve historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros. Era un nombre inmensamente ambicioso para un trabajo literario revolucionario.

En sus primeras ediciones, Breve historia del tiempo se lanzó de manera cautelosa solo en los mercados de Estados Unidos y el Reino Unido. Sin embargo, la demanda fue tan explosiva que pronto fue traducido a cuarenta idiomas diferentes, llegando a vender la asombrosa cifra de diez millones de copias en el transcurso de dos décadas. El libro se mantuvo durante 237 semanas consecutivas en la codiciada lista de los más vendidos del prestigioso Sunday Times, una hazaña inaudita para un texto científico que lo hizo acreedor de un lugar de honor en el codiciado libro de los Récords Guinness.

Pero, ¿qué era lo que hacía a este libro tan magnético e irresistible para el lector común? El secreto residía en su enfoque: abordaba un poco de todo, de una manera que humanizaba la ciencia. Partiendo de preguntas existenciales y profundas como “¿cuál es la naturaleza del tiempo?”, el autor repasaba con un estilo dotado de gracia, dinamismo y un lenguaje extraordinariamente suelto, las teorías cosmológicas más importantes de la historia. A través de diez capítulos magistrales y aproximadamente 250 páginas, la obra avanza como una novela de misterio sobre el origen violento del universo, su inevitable futuro, la teoría de la expansión cósmica, los teóricos agujeros de gusano y el desconcertante principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, entre muchos otros temas fascinantes.

Prologado por el ya entonces mundialmente reconocido y adorado astrónomo Carl Sagan, el libro marcó un hito fundacional al acercar respuestas vanguardistas a temas de interés general sin abrumar al lector. La decisión editorial más inteligente y atrevida fue la de eliminar todas las complejas fórmulas matemáticas del texto para poder llegar a la mayor cantidad de hogares posibles sin generar rechazo. Solamente se dejó una única referencia matemática, la ecuación más famosa de la historia de la física: $E = mc^2$, la genial reducción con la cual el padre de la relatividad, Albert Einstein, logró expresar la equivalencia entre masa y energía.

Quienes devoraban las páginas de este libro a menudo se formulaban una pregunta paralela, quizás tan intrigante e importante como los propios misterios del universo descritos en sus hojas: ¿Quién había escrito esto? ¿Qué clase de mente maestra había logrado plasmar pensamientos tan sofisticados con una claridad tan cristalina? Al investigar al autor, el mundo descubrió a un investigador y científico británico de 46 años que ya se encontraba confinado en una silla de ruedas motorizada por culpa de la esclerosis lateral amiotrófica. Un hombre que, habiendo perdido casi por completo el uso de su cuerpo físico, poseía la mente más libre y expansiva del planeta Tierra.

De los Laboratorios a la Cultura Pop

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