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Cuando los niños rompieron el muro en Zacatecas, sus gritos se escucharon a varias casas de lejos

El sol de agosto caía implacable sobre las calles empedradas de Zacatecas, convirtiendo el aire en una masa densa y sofocante que hacía brillar el asfalto con espejismos de agua inexistente. La colonia San José en las afueras de la ciudad colonial parecía un lugar olvidado por el tiempo y por las autoridades, un rincón donde la modernidad llegaba a cuentagotas y las tradiciones se mezclaban con la pobreza silenciosa que caracterizaba a tantos barrios periféricos mexicanos.

Las casas de adobe se alineaban desordenadas con sus fachadas agrietadas, pintadas en tonos desbaídos de rosa mexicano, azul cielo y amarillo ocre, y ventanas protegidas por rejas oxidadas que alguna vez fueron blancas, pero ahora mostraban el color rojizo del óxido acumulado durante décadas. Los cables eléctricos colgaban peligrosamente bajos entre los postes de madera inclinados, formando telarañas negras contra el cielo azul intenso.

Era el tipo de barrio donde todos se conocían por nombre y apellido, donde las madres gritaban los nombres de sus hijos desde las puertas al atardecer con esa mezcla particular de cariño y exasperación, donde los perros callejeros dormitaban bajo cualquier sombra disponible y donde los secretos cuando existían pesaban como piedras en el fondo de un pozo, hundiéndose en el silencio colectivo que todos habían aprendido a mantener.

 Mateo tenía 12 años y conocía cada rincón de esas calles como si fueran las líneas de su propia mano. Alto para su edad, con el cabello negro siempre despeinado, que se negaba a obedecer cualquier intento de peinado, y ojos oscuros que reflejaban una madurez prematura forjada por la necesidad y la soledad.

 Pasaba las tardes con su grupo de amigos explorando lotes valdíos llenos de escombros y hierba seca, callejones donde los grafitis contaban historias de pandillas y amores adolescentes, y patios abandonados donde la naturaleza lentamente reclamaba lo que alguna vez había sido territorio humano. Su madre, refugio, trabajaba 14 horas diarias en una maquiladora en el parque industrial del otro lado de la ciudad, un edificio gris y sin ventanas donde centenares de mujeres cosían uniformes escolares bajo luces fluorescentes que zumbaban constantemente.

Salía de casa antes del amanecer, cuando el aire todavía estaba fresco y las estrellas aún brillaban débilmente sobre los cerros que rodeaban Zacatecas, y regresaba cuando las estrellas ya brillaban de nuevo en su máximo esplendor, tan cansada que apenas tenía energía para cenar antes de caer rendida en su cama.

 Mateo había aprendido a cuidarse solo desde los 8 años, a preparar frijoles refritos con el aceite justo para que no se quemaran. Tortillas de maíz calentadas en el comal heredado de su abuela, arroz rojo con tomate y caldo de pollo en polvo, y huevos revueltos con jitomate y chile serrano cuando había un poco de dinero extra. Había aprendido a hacer su tarea bajo la luz tenue de un foco pelón de 40 W, que colgaba del techo amarillento por manchas de humedad, a lavar su uniforme escolar los domingos para tenerlo listo el lunes, a guardar las monedas que

sobraban del mandado para comprar un helado ocasional en la tienda de Don Chui. Era una vida de responsabilidades tempranas, de infancia comprimida por circunstancias económicas que miles de niños mexicanos compartían en colonias como San José a lo largo y ancho del país. La tarde, Mateo caminaba junto a sus amigos por la calle Mártires, un nombre irónico para una vía polvorienta, donde las casas eran aún más viejas y algunas estaban completamente abandonadas, con ventanas rotas que parecían cuencas vacías observando el

vacío, puertas arrancadas de sus bisagras y techos parcialmente colapsados, dejando ver las vigas carcomidas por la humedad y el paso del tiempo inexorable. Diego, un niño pecoso de 11 años con una cicatriz en la ceja izquierda que había ganado en una caída de bicicleta dos veranos atrás, señaló con dedo tembloroso hacia una propiedad que todos conocían, pero que nadie se atrevía a mencionar en voz alta, como si nombrarla pudiera invocar algo terrible.

 Era  una casa de dos pisos construida en un estilo que había sido elegante en los años 80, pero que ahora exudaba decadencia y misterio, con las ventanas tapeadas con tablones de madera clavados en cruz, algunas ya podridas y dejando huecos por donde se filtraba una oscuridad que parecía más densa que la simple ausencia de luz.

 El edificio estaba rodeado por un muro alto de concreto pintado de un amarillo descolorido por los años, manchado por filtraciones de agua que habían creado patrones abstractos parecidos a mapas de países inexistentes y coronado por fragmentos de vidrio incrustados en cemento. Una medida de seguridad que ahora servía más para mantener secretos dentro que para mantener intrusos fuera.

En la colonia corrían rumores sobre ese lugar desde que Mateo tenía memoria. Algunos decían en susurros que había pertenecido a un hombre poderoso que desapareció hace años en circunstancias misteriosas, dejando atrás fortunas en propiedades y cuentas bancarias que nadie se atrevía a reclamar. Otros murmuraban historias más oscuras en voz baja cuando creían que los niños no escuchaban historias sobre vehículos que llegaban en la madrugada con las luces apagadas, sobre gritos que algunos vecinos juraban haber escuchado décadas

atrás, pero que nadie reportó nunca a las autoridades. sobre olores extraños que emanaban del patio trasero en ciertas noches de verano cuando el viento soplaba en dirección a las casas vecinas. Eran historias que los adultos cortaban de inmediato cuando notaban que los niños escuchaban cambiando abruptamente de tema con una urgencia que solo servía para hacer las historias más intrigantes y aterradoras en la imaginación infantil.

 La casa llevaba el nombre de Rogelio Campos en los registros públicos del catastro municipal, un empresario que había hecho fortuna meteórica con contratos de construcción del gobierno estatal en la década de los 90. una época dorada de privatizaciones y obras públicas donde fortunas se hacían y se perdían en el tiempo que tomaba firmar un contrato.

Campos había llegado a Zacatecas desde Guadalajara a principios de los 90. Un hombre de origen humilde que decía haber hecho su dinero en bienes raíces, pero que pronto mostró conexiones impresionantes con figuras del poder estatal. Sus empresas, constructora campos y desarrollos inmobiliarios del norte, habían ganado contratos millonarios para construcción de carreteras que conectaban pueblos remotos, escuelas primarias en comunidades rurales que frecuentemente quedaban sin terminar y edificios gubernamentales en la capital

del estado, cuyo costo final siempre superaba el presupuesto original por márgenes escandalosos. Su nombre apareció brevemente en los periódicos locales, a finales de los años 90 y principios de los 2000, cuando varios periodistas valientes comenzaron a investigar irregularidades en licitaciones públicas, documentando casos donde la empresa de campos había ganado contratos sin competencia real, donde los precios cotizados eran significativamente más altos que los estándares de mercado, donde materiales de construcción especificados en

contratos nunca aparecían en las obras terminadas. Hubo artículos detallando reuniones entre campos y gobernadores, fotografías de él en eventos sociales de la élite política zacatecana, menciones de propiedades lujosas en la costa del Pacífico y vehículos de lujo importados que contrastaban dramáticamente con su historia oficial de selfmade man.

 Pero las investigaciones se detuvieron abruptamente a mediados de la década de 2000. Archivos desaparecieron de oficinas gubernamentales. Periodistas fueron transferidos a otras ciudades o renunciaron súbitamente y el nombre de Rogelio Campos gradualmente desapareció de las páginas de los diarios. Campos nunca más fue visto en público después de 2013, evaporándose de la vida social y empresarial zacatecana como si nunca hubiera existido.

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