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Abandonaron a la viuda embarazada, pero el hombre que salvó cambió su destino

Remedios no esperaba encontrar nada en ese camino polvoriento que cruzaba las montañas hacia Ocosingo. Solo iba siguiendo una llave oxidada y un papel con un nombre escrito con la letra de su marido muerto. No tenía dinero suficiente, no tenía a nadie. Tenía 8 meses de embarazo y una maleta de cuero vieja que había cargado sola desde que la familia de Aurelio la echó de la única casa que había conocido.

 Lo que no esperaba era encontrar, tirado en la orilla del camino, a un hombre inconsciente sobre el lomo de su propio caballo, con dos cántaros de leche colgando a los lados y fiebre suficiente para matar a alguien en tres días. Lo que tampoco esperaba era que ese hombre cuando despertó iba a ser la única persona en toda la región que podía ayudarla a encontrar lo que Aurelio le había dejado.

 Ni que él también cargaba una pérdida tan grande como la suya, ni que los dos, sin buscarlo, iban a encontrar en ese rincón de Chiapas algo que ninguno de los dos creía merecer todavía. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios de qué ciudad nos escuchas. Dale click al botón de like y vamos con la historia. Aurelio Bautista murió un martes de octubre, tres días después de que la fiebre lo tumbó en la cama.

 No hubo tiempo de llamar a un médico desde la ciudad. No hubo tiempo de nada. Remedios lo cuidó sola, con trapos húmedos en la frente y caldos que él ya no podía tomar. Y cuando el cuerpo de su marido dejó de moverse en la madrugada del jueves, ella se quedó sentada junto a él hasta que el sol entró por la ventana y le dijo que tenía que levantarse.

 Tenía 23 años, tenía 8 semanas de embarazo en ese momento y tenía la certeza de que nada iba a volver a ser como antes. La familia de Aurelio llegó al día siguiente del entierro. El padre don próspero entró a la casa sin tocar la puerta con dos hombres detrás cargando una caja de documentos. La madre de Aurelio, doña Genove, se quedó parada en el umbral con los brazos cruzados y una expresión que remedios ya conocía, esa que decía que ella nunca había sido suficiente para su hijo.

 La cuñada Inés caminó directo hacia el armario y empezó a revisar las cosas como si remedios ya no estuviera en el cuarto. Don Próspero puso los papeles sobre la mesa sin mirarla a los ojos. Esta casa era de Aurelio, dijo, y antes de Aurelio era mía. Aquí está el título original. Remedios miró los papeles. No entendía bien lo que decían, pero entendió lo que significaban.

Aurelio nunca me habló de eso dijo. Aurelio era un hombre generoso, respondió don Próspero. Demasiado a veces. Doña Genoveva entró al fin, recogió el reboso de remedios de la silla y lo dobló con cuidado excesivo, como si estuviera ordenando una casa que ya le pertenecía. Lo que le pasó a mi hijo dijo sin levantar la voz.

 Todavía no lo entendemos bien. Remedios sintió el golpe de esas palabras. Lo dejó pasar porque no tenía fuerzas para más. Le pusieron una pluma en la mano. Firmó donde le dijeron que firmara. Cuando terminó, don Próspero recogió los papeles, los guardó en la caja y le dijo que tenían hasta el día siguiente para dejar la casa en orden.

 Esta noche Remedios recogió lo poco que le quedaba. ropa, un par de objetos de cocina, una imagen de la Virgen que era de su madre y al fondo de la caja de madera donde Aurelio guardaba sus cosas de trabajo, encontró un sobre doblado con su nombre escrito en la cubierta con la letra que ella conocía mejor que ninguna otra en el mundo. Lo abrió despacio.

 Adentro había una llave oxidada pequeña, con un cordón de cuero atado al ojo y un papel doblado en cuatro partes. Lo desplegó. Decía una sola cosa, escrita con la misma letra cuidadosa de Aurelio, Rancho el Amparo, Loma del Cedro, Ocoingo, Chiapas, para cuando llegue el momento. Remedios leyó eso tres veces. No entendió qué significaba.

 No sabía de ningún rancho. No conocía ninguna loma del cedro. Nunca habían hablado de Okoingo. Guardó la llave y el papel en el bolsillo del delantal y siguió recogiendo sus cosas. Al día siguiente salió de la casa antes de que amaneciera. Las semanas siguientes fueron las más largas de su vida. Fue a casa de su comadre Dolores, que la recibió con cara de lástima, y le dio un catre en el cuarto del fondo.

 Fue al mercado a buscar trabajo y dos comerciantes le dijeron que no tenían nada para ella. Fue a la iglesia el domingo, y el cura habló desde el púlpito sobre la providencia divina sin mirarla. Pero tres mujeres cambiaron de banco cuando ella se sentó. Pasó por la tienda de telas donde había comprado su vestido de boda y la dueña bajó los ojos cuando la vio entrar.

 “No tenemos nada que necesites”, le dijo. Remedios salió sin decir nada. La ciudad entera se había cerrado. No de golpe, no con gritos. Eso hubiera sido más fácil de entender. Se escerró despacio con silencios y miradas cortas y puertas que se abrían un poco y luego se volvían a cerrar como si su desgracia fuera algo que pudiera contagiarse.

Una tarde su comadre Dolores la llamó a la cocina y le dijo, sin poder sostenerle la mirada que su marido había dicho que ya no podía seguir teniéndola en la casa, que no era por ella, que eran los tiempos, que lo entendiera. de medios la entendió. Recogió su maleta esa misma noche. Se quedó dos noches en el mesón del camino real, pagando con el poco dinero que le quedaba.

 La tercera mañana contó las monedas que tenía y calculó que podía llegar a Oosingo si encontraba una carreta que la llevara hasta el primer tramo y después seguía a pie o como pudiera. No tenía otro lugar a donde ir y tenía la llave en el bolsillo. La carreta que encontró iba cargada de sacos de maíz y la llevó hasta el cruce de San Miguel dos días de camino.

 El arriero era un hombre callado que no le hizo preguntas y eso fue suficiente. remedios iba sentada sobre los sacos con la maleta entre las rodillas y el reboso apretado alrededor del vientre, mirando como el paisaje iba cambiando. Las casas de adobe se iban espaciando, los agabes crecían más altos, las montañas se iban haciendo más oscuras y más cercanas.

 En el cruce de San Miguel se bajó. El arriero le señaló el camino de tierra que subía hacia el oriente y le dijo que Okocingo estaba a dos días caminando, quizás tres, si el paso era lento. Con ese vientre, le dijo mirándola, “busque una carreta.” “Lo intentaré”, dijo ella. No encontró ninguna carreta.

 Caminó el primer día hasta que los pies le dolieron tanto que tuvo que sentarse en una piedra junto al camino. Sacó el pan que le quedaba, comió la mitad, guardó la otra mitad y siguió. Al segundo día, cerca del mediodía, cuando el sol caía vertical y el polvo del camino se metía en la boca con cada paso, vio el caballo.

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