Era un caballo vallo de tamaño mediano que caminaba solo por el camino a paso muy lento. Traía dos cántaros de madera colgando a los lados y encima, desplomado sobre el cuello del animal, un hombre remedios se detuvo. El caballo también se detuvo como si hubiera estado esperando que alguien apareciera. Ella se acercó despacio.
El hombre tenía el rostro pegado a las crines del caballo y respiraba, pero con dificultad, esa respiración corta y entrecortada que ella conocía, que había oído durante tres días en el cuarto de Aurelio. Le tocó la frente con el dorso de la mano. Ardía. Remedios miró el camino hacia adelante y hacia atrás. No había nadie. No había ninguna casa visible, solo el camino de tierra, los cerros, el silencio.
Y ese hombre que se estaba muriendo encima de su caballo soltó la maleta en el suelo. Hizo lo que pudo. Primero bajar al hombre del caballo sin que se golpeara. No fue fácil con su vientre, pero lo logró poco a poco, sosteniéndolo por la espalda hasta que quedó sentado contra el tronco de un árbol al borde del camino. Abrió uno de los cántaros.
La leche ya estaba tibia, pero servía. Le humedeció los labios, lo llamó en voz alta varias veces, hasta que el hombre abrió los ojos a medias. ¿Cómo se llama?, le preguntó. Evaristo, dijo el hombre con la voz de alguien que lleva mucho tiempo sin usarla. Evaristo, ¿hay algún pueblo cerca? El hombre cerró los ojos otra vez. Media legua murmuró.
El camino de la izquierda. Remedios se quedó con él. No siguió caminando. Mojó el pañuelo en la leche que quedaba en el cántaro y se lo puso en la frente. Buscó entre las alforjas del caballo y encontró una cobija doblada, un trozo de queso duro y una cantimplora con agua. Le dio agua en pequeños sorbos, le habló para que no se durmiera del todo.
Cuando el sol empezó a bajar, el hombre estaba lo suficientemente consciente para sostenerse en el caballo si ella lo ayudaba. Lo montaron despacio, con mucho trabajo y Remedios caminó al lado tomando las riendas, siguiendo el camino de la izquierda que él le había indicado, cargando su maleta con la otra mano. Llegaron al pequeño caserío cuando ya oscurecía.
La mujer que abrió la primera puerta en la que Remedios tocó era una anciana indígena, baja y delgada, con el cabello recogido y un delantal manchado de carbón. Miró a remedios, miró a Evaristo encima del caballo, no preguntó nada, abrió la puerta de par en par y señaló adentro. “Entren”, dijo. Se llamaba Nicolasa.
Y en los tres días que siguieron, los tres durmieron bajo ese techo. Evaristo en el catre, remedios en un petate junto al fogón. Nicolasa yendo y viniendo con tes de hierbas que remedios no conocía, pero que parecían funcionar. La fiebre de Evaristo bajó al tercer día. Esa mañana él abrió los ojos del todo por primera vez, miró el techo de vigas y luego miró a Remedios, que estaba sentada junto al fogón comiendo un poco de frijoles.
“¿Usted me bajó del caballo?”, preguntó. “Sí.” Evaristo guardó silencio un momento. “Estaba yo muy pesado”, dijo. “Sí”, dijo ella. Estaba usted muy pesado. Fue lo más cercano a una sonrisa que cualquiera de los dos había tenido en mucho tiempo. Evaristo tenía 52 años. Era lechero desde los 20. Recorría los ranchos de la región con su caballo y sus dos cántaros.
Vendía la leche en los caseríos. A veces llegaba hasta Ocosingo. Conocía cada camino, cada loma, cada nombre de cada paraje en tres días a la redonda. Y había perdido a su mujer dos años atrás. una enfermedad del pecho que se la fue llevando despacio en el transcurso de un invierno. No lo dijo todo de golpe. Lo fue diciendo en pedazos mientras se recuperaba, mientras remedios le preparaba el caldo que Nicolasa le indicaba.
Ella tampoco dijo todo de una vez, pero en esos días, sentados junto al fogón mientras afuera llovía sobre las montañas de Chiapas, fueron contándose sus historias en el orden en que podían. Cuando Evaristo estuvo en pie, Remedios le mostró el papel, el nombre del rancho, la loma del cedro. Él lo leyó. Lo leyó otra vez. Conozco ese lugar, dijo. Remedios lo miró.
Lo conoce. Pasé por ahí hace dos años, quizás tres. Hay una casa en esa loma, pequeña. Nadie vivía en ella. hizo una pausa. Alguien la estaba construyendo. Ella apretó el papel en la mano. “¿Puede llevarme?” “Sí”, dijo Evaristo. “¿Puedo llevarla?” Salieron dos días después, cuando él pudo montar con firmeza. Remedios iba a su lado caminando, porque el caballo era uno solo, y ella insistió en que él montara.
Evaristo insistió en lo contrario. Terminaron alternando. Media hora uno, media hora el otro. Aunque Remedio sospechó que él le estaba cediendo los turnos más largos sin decirlo. El camino hasta la loma del cedro tomó casi un día entero. El bosque se fue cerrando alrededor del sendero. Pinos, encinos, elchos grandes entre las piedras.
La neblina bajaba por las laderas en franjas lentas. El olor era limpio y frío, y remedios lo respiró hondo varias veces, como si el cuerpo lo necesitara. Llegaron al atardecer. La casa estaba en la parte alta de la loma, casi escondida entre los árboles. Era pequeña, muros de adobe grueso, techo de zacate, una ventana pequeña en el lado que miraba al valle.
La puerta era de madera oscura, redondeada en la parte de arriba, con una cerradura de hierro oxidado. Remedios sacó la llave, la introdujo en la cerradura con la mano que no le temblaba del todo, la giró, un click seco y luego un chirrido largo de madera y metal que llevaban tiempo sin moverse. La puerta se abrió.
El interior olía a tierra húmeda y a madera reciente. No había muebles, salvo una mesa pequeña y un banco de madera junto a la ventana. Pero las paredes estaban bien acabadas, el techo no tenía goteras y el piso de tierra estaba nivelado. En un rincón había un fogón de piedra con su chimenea de adobe. Alguien había hecho esto con cuidado, con tiempo, con intención.
Esa noche durmieron ahí, remedios en el petate que Nicolasa les había dado, Evaristo enrollado en su cobija junto a la puerta. Antes de que la luz terminara de apagarse, Remedios caminó por cada rincón de la casa, tocando las paredes, mirando las vigas del techo, tratando de entender cuándo había estado Aurelio aquí, cuántas veces sin decirle nada.
No encontró nada más esa noche, pero antes de que amaneciera, cuando la oscuridad todavía era completa y solo se escuchaba el viento en los pinos, algo la despertó. No fue un ruido, fue más bien una incomodidad, una sensación de que algo no estaba bien en el lugar donde había quedado dormida. Se incorporó y miró hacia la puerta.
Había algo clavado en el umbral a la altura del ojo que no estaba ahí cuando entraron. un sobre lo desclavó con cuidado. En la cubierta, con una letra que reconoció antes de que los ojos terminaran de enfocarse, estaba su nombre, Remedios, la letra de Aurelio. Se quedó parada en el umbral un momento largo con el sobre en las manos sin abrir.
Luego salió, se sentó en el escalón de piedra que había frente a la puerta. El cielo empezaba a clarear por el oriente encima de los cerros con esa luz primera que no es todavía rosada, sino simplemente menos oscura. Abrió el sobre. Adentro había tres hojas dobladas juntas. Las desplegó despacio. Remedios. Si estás leyendo esto, significa que encontraste el camino.
Significa que eres más valiente de lo que yo te dije alguna vez, aunque siempre lo supe. Esta tierra la compré hace 3 años, cuando todavía no sabíamos lo del niño. La compré porque quería que tuvieras algo que nadie pudiera quitarte, algo que fuera tuyo, solo tuyo, sin que dependiera de ningún favor ni de ninguna familia.
Construí la casa en los viajes que te dije que eran de trabajo. Perdóname por no habértelo dicho. Quería que fuera completa cuando te lo mostrara. Las escrituras están en el sobre chico que vas a encontrar dentro de esta carta. Tu nombre está en ellas, solo el tuyo. Nadie puede reclamar esta tierra porque nunca fue de nadie más. Bajo el fogón, en la tercera piedra del lado derecho, hay una caja de lata.
Lo que está adentro es para el niño y para ti. Para empezar, no sé cuándo leerás esto ni cómo llegaste hasta aquí, pero sé que llegaste. Eso es suficiente para mí. Cuídate mucho, remedios, y cuida al niño. Aurelio. Ella leyó la carta entera sin moverse, luego la leyó otra vez, luego la sostuvo entre las manos y miró el valle que se abría abajo de la loma, los cerros oscuros, la neblina entre los pinos, el cielo que se iba poniendo de un gris luminoso.
No lloró de inmediato. Primero sintió algo más grande que las lágrimas, una especie de peso que se soltaba. un nudo en el pecho que había cargado desde el martes de octubre en que Aurelio dejó de respirar y que ahora de pronto se aflojaba. Luego sí lloró. Lloró en silencio, sentada en el escalón de piedra, con las hojas de la carta apretadas contra el vientre, mientras el sol salía despacio por encima de los cerros de Chiapas.
Evaristo se despertó y la encontró así. No le preguntó nada. se sentó en la piedra a su lado a distancia y esperó. Cuando ella pudo hablar, le explicó lo que decía la carta. Le mostró el sobre chico con las escrituras. Él las leyó con cuidado. Están bien, dijo. El nombre, el lindero, el sello del notario, están en orden.
Luego fueron al fogón. Contaron las piedras del lado derecho. La tercera se movió con la mano. Debajo había una caja de lata sellada con cera. dentro monedas suficientes para vivir un tiempo, suficientes para empezar. Remedios cerró la caja y la guardó. Gracias, le dijo a Evaristo, aunque no estaba segura de a quién se lo estaba diciendo realmente.
Tres días después, un hombre llegó a la loma a caballo. Era corpulento, de unos 50 años, con sombrero fino y botas de cuero nuevo. Traía a un mozo detrás. se detuvo frente a la casa y la miró a ella como si la casa fuera suya y ella fuera la intrusa. “Buenas tardes”, dijo sin bajar del caballo.
“Soy Fulgencio Armenta. Tengo entendido que esta propiedad tiene una deuda pendiente con la hacienda armenta por uso de paso en tierras comunales. Remedios estaba parada en el umbral con los brazos cruzados. ¿Tiene usted un documento que lo diga?”, preguntó. El hombre sonrió con la mitad de la boca.
Estos asuntos se pueden arreglar entre personas razonables, dijo. Sería más sensato llegar a un acuerdo. Buenos días, señora Armenta dijo Remedios. El hombre la miró un momento sin entender del todo. Es buenas tardes dijo. Entonces, dijo ella, buenas tardes. Evaristo salió de atrás de la casa. En ese momento conocía a Armenta. Armenta también lo conocía.
Lo había visto en cada caserío, en cada camino, durante 30 años. Sabía que Evaristo conocía a cada colindante, a cada autoridad local, a cada anciano que recordaba los linderos originales de cada parcela en la región. Armenta no volvió con ningún documento. Nadie de la hacienda regresó. A veces, así de simple, es como se resuelven las cosas.
No con gritos ni con batallas, sino con que el hombre equivocado se dé cuenta de que ya no tiene la ventaja que creía tener. El parto llegó una noche de diciembre, más temprano de lo que Remedios esperaba. Evaristo fue a buscar a la partera, una mujer de la comunidad vecina que Nicolasa le había señalado semanas antes, cuando remedios empezó a sentir las primeras señales.
Corrió media legua en la oscuridad y volvió con ella antes de que la situación se pusiera difícil. El niño nació cerca de las 3 de la mañana. Lloró fuerte desde el primer momento, un llanto limpio y enojado que llenó toda la casa pequeña y se fue por la ventana hacia el bosque. La partera sonrió. “Ese llanto es bueno”, dijo.
“Ese llanto dice que tiene fuerza.” Remedios lo recibió en los brazos, todavía temblando del esfuerzo. Lo miró en la luz del fogón, la carita arrugada, los puños apretados, los ojos cerrados y furiosos. Aurelio le dijo en voz baja. Te llamas Aurelio como tu padre. Lo acercó al pecho y le habló muy despacio con la voz que se usa cuando se dice algo que importa y nadie más necesita escucharlo.
Tu padre construyó esta casa le dijo. La construyó para nosotros. No lo vas a conocer, pero vas a crecer aquí y cada pared de esta casa te va a contar algo de él. Esta tierra es tuya. Tú eres de aquí. Evaristo esperó afuera toda la noche, sentado en el escalón de piedra escuchando.
Cuando el llanto del niño llegó a sus oídos, se quedó quieto un momento largo, luego se quitó el sombrero y lo apretó entre las manos. Era lo más cercano a una oración que sabía hacer. Los meses que siguieron fueron de trabajo y de silencio bueno. El tipo de silencio que no pesa, sino que acompaña. Evaristo seguía haciendo su ruta de leche por los caceríos.
Pero volvía siempre a la loma del cedro. Fue él quien reparó la ventana cuando el viento de febrero la rajó. Fue él quien enseñó a remedios qué hierbas crecían en el bosque y cuáles servían para qué. Fue él quien, sin decírselo directamente, empezó a llamar a ese lugar aquí, como cuando le decía a alguien en el camino, “Paso aquí antes de que oscurezca o aquí tengo donde quedarme.
” Remedios no lo dijo tampoco directamente, pero dejó un lugar en la mesa y un gancho junto a la puerta para el sombrero. Una tarde de abril, cuando el niño ya gateaba por el piso de tierra con una determinación que hacía reír, Evaristo estaba sentado en el escalón de afuera arreglando un arnés y Remedios estaba en el umbral con el pequeño Aurelio en brazos.
¿Se arrepiente de haber venido?, preguntó Evaristo sin levantar la vista del cuero. Ella tardó un momento. No dijo. Esta es mi casa, la que Aurelio me dejó y la que yo defendí. Aquí encontré quién soy. Evaristo asintió despacio. No dijo nada más. El niño se soltó de los brazos de su madre y gateó hasta el borde del escalón.
Se detuvo, como hacía siempre, mirando el pasto. Luego extendió la mano y recogió algo del suelo, una piedra pequeña de color ámbar oscuro con algo atrapado adentro que brillaba cuando le daba la luz. Se la extendió a su madre. Remedios la recibió. la levantó hacia el sol de la tarde. Adentro de la piedra perfectamente conservada había una hoja diminuta, tan pequeña y tan perfecta, que parecía imposible que hubiera sobrevivido ahí dentro, intacta durante quién sabe cuántos años.
Es tuya, le dijo al niño. Como todo esto, cuídalo bien. El pequeño Aurelio la miró con los ojos de su padre, esos ojos oscuros y tranquilos que Remedios conocía mejor que ninguna otra cosa en el mundo. Y sonríó abajo en el valle, la neblina empezaba a subir por las laderas como siempre hacía a esa hora.
Despacio, en silencio, cubriendo el bosque de pinos con una manta blanca que no pesaba nada. Y sin embargo lo cambiaba todo. La loma del cedro siguió ahí como seguía siempre, y ellos también.