Posted in

Un Niño Moribundo Pidió Ver a Camilo Sesto— Lo Que Pasó Después…

 Algo de mí era su canción favorita y la escuchaba a una y otra vez, imaginando cómo sería estar en un concierto rodeado de miles de personas cantando junto al ídolo de Alcoi. El enfermero Patricio había trabajado en ese hospital durante 12 años y había visto muchos niños enfermos, pero algo en Diego lo había tocado profundamente. El niño nunca se quejaba del dolor, siempre sonreía a pesar de todo.

 Su única alegría parecía ser esa música que sonaba constantemente en su habitación del piso séptimo. Una tarde, mientras cambiaba el suero intravenoso, Patricio le preguntó, “¿Por qué te gusta tanto, Camilo? Esto Diego sonríó débilmente, sus ojos brillando con la única energía que le quedaba. Porque cuando canta me olvido de que estoy enfermo, Patricio, me hace sentir vivo.

” Esa respuesta se quedó con Patricio durante días. Una semana después, mientras revisaba los signos vitales de Diego, el niño le confesó algo en voz muy baja, tan baja que Patricio tuvo que inclinarse para escucharlo. Patricio, si pudiera pedir un deseo, sería ir a un concierto de Camilo VI, solo uno, antes de No terminó la frase, pero no hacía falta.

 Patricio sintió que se le partía el corazón. Sabía que Diego no podría salir del hospital y pomi del hospital. Su sistema inmunológico estaba demasiado débil y cualquier exposición a multitudes podría ser fatal. Esa noche, Patricio no pudo dormir pensando en el niño. A las 3 de la madrugada tuvo una idea que parecía imposible, pero decidió intentarlo de todas formas.

 Se sentó en su mesa de la cocina y escribió una carta a mano dirigida a Camilo VI. No tenía su dirección personal, pero sabía que su oficina de representación estaba en la Gran Vía de Madrid. La carta decía, “Estimado señor Camilo VI, mi nombre es Patricio Mendoza y soy enfermero en el hospital infantil La Paz.

 Tengo un paciente de 8 años llamado Diego, que está en etapa terminal de leucemia. Su único deseo es escucharlo cantar en vivo, pero no puede salir del hospital. Sé que esto es mucho pedir, pero si pudiera visitar aunque sea por 5 minutos, cambiaría su vida. No busco publicidad ni fotos, solo un vin un momento de alegría para un niño que no tiene mucho tiempo.

 Con respeto, enfermero Patricio Mendoza. Patricio envió la carta sin muchas esperanzas. Sabía que Camilo VI era una superestrella con agenda llena de compromisos internacionales. Probablemente ni siquiera vería la carta. Seguramente un asistente la leería y la tiraría a la basura junto con miles de otras peticiones que recibía.

 Dos semanas pasaron sin respuesta. Patricio casi había olvidado la carta cuando un jueves por la mañana recibió una llamada en la recepción del hospital. Enfermero Patricio Mendoza, preguntó una voz masculina al otro lado de la línea. Sí, soy yo, respondió Patricio con curiosidad. Habla Enrique Valdés, representante personal de Camilo VI.

 Recibimos su carta sobre el niño Diego. Hizo una pausa. El señor Camilo quisiera visitarlo este sábado, si es posible. Prefiere que la visita sea completamente privada, sin prensa ni cámaras. Patricio casi dejó caer el teléfono. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿El señr Camilo va a venir personalmente?, preguntó con voz temblorosa.

Sí, señor, leyó su carta y se conmovió profundamente. Quiere hacerlo. Patricio comenzó a llorar ahí mismo en la recepción del hospital, sin importarle quién lo viera. Otros enfermeros se acercaron preocupados, pensando que había recibido malas noticias sobre algún paciente. El viernes por la tarde, Patricio les contó al padre de Diego lo que iba suido y a suceder.

 Joaquín Fernández, un electricista viudo que había criado solo a Diego después de que su esposa muriera en un accidente tr años atrás, se cubrió el rostro con ambas manos sin poder creer la noticia. Camilo, esto va a venir aquí a cantar para mi hijo, preguntó Joaquín con voz quebrada. Patricio asintió con lágrimas en los ojos.

 va a venir mañana a las 5 de la tarde. Pidió que no le digamos nada a Diego para que sea sorpresa. El sábado por la tarde, Patricio vio llegar un Mercedes-Benz plateados indistintivos a la entrada del hospital. Camilo VI bajó vestido con ropa casual elegante, pantalones oscuros, camisa blanca y una chaqueta de cuero.

 Llevaba un estuche de guitarra y caminaba con esa elegancia natural que lo caracterizaba. No había fotógrafos, no había reporteros, no había séquito de asistentes, solo él, su guitarra y la determinación de cumplir el deseo de un niño que no conocía. Patricio, no sabe cuánto significa esto, dijo Camilo con voz sincera cuando se encontraron en la entrada.

 ¿Dónde está Diego? Patricio lo guió por los pasillos del hospital, pasando por otras habitaciones donde niños enfermos miraban curiosos. Algunos reconociendo vagamente la figura elegante que caminaba por el corredor con paso controlado, pero decidido. Cuando llegaron a la puerta de la habitación 712, Camilo hizo una pausa ajustándose la chaqueta y respirando profundamente.

“¿Está listo?”, le preguntó Patricio. Camilo asintió y Patricio abrió la puerta lentamente. Diego estaba recostado en su cama, escuchando como siempre su disco de Camilo cuando la puerta se abrió. Esperaba ver a Patricio como de costumbre, pero en cambio vio a un Wastampo a un hombre elegante con guitarra entrando a su habitación.

 le tomó varios segundos procesar lo que sus ojos estaban viendo. Cuando finalmente reconoció quién era, su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Su padre Joaquín estaba parado junto a la ventana, llorando en silencio, tratando de mantenerse fuerte para su hijo. Camilo caminó hacia la cama con esa sonrisa cálida que había conquistado a España entera y se sentó en la silla junto a Diego con movimientos cuidadosos, casi ceremonios.

Hola, Diego”, dijo con voz suave. “Me dijeron que querías escucharme cantar, así que vine a cantarte unas canciones. ¿Te parece bien?” Diego comenzó a llorar sin poder hablar, abrumado por la imposibilidad de lo que estaba viendo. Camilo tomó su mano pequeña y frágil entre las suyas, notando lo delgada que estaba, lo pálida que se veía su piel.

“No llores, campeón, hoy vamos a cantar juntos.” Sí. Sacó la guitarra de su estuche y la afinó mientras Diego lo miraba como si estuviera viendo un milagro. Joaquín, Patricio y dos enfermeras más que se habían asomado a la puerta observaban en silencio absoluto, conscientes de que estaban presenciando algo extraordinario.

Read More