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Un Desconocido DESAFIÓ a Nino Bravo en Pleno Concierto — Lo Que Pasó Después SILENCIÓ el Teatro

Y entonces, cuando el aplauso de la tercera canción empezó a apagarse y Nino tomó el micrófono para decir algo al público, el hombre de la fila 12 se puso de pie y gritó. No fue un grito de admiración, fue una frase corta, cargada. Una de esas frases que cuando se pronuncian en medio del silencio de un teatro lleno se quedan flotando en el aire como algo que no debería estar ahí.

2000 personas se giraron hacia él. Nino Bravo bajó el micrófono. El silencio fue tan absoluto que se podía escuchar el sistema de ventilación del teatro. Nadie sabía qué iba a pasar. Los músicos de los super se miraron entre ellos. El director de escena, desde los bastidores, dio un paso hacia la cortina y se detuvo.

 Las personas de la fila 12 se alejaron del hombre como se alejan las personas de algo que puede explotar. Inino Bravo, el cantante más famoso de España, el hombre cuya voz Frank Sinatra había comparado con la suya propia, el chico de Aelo de Malferit, que había fregado platos en el bar del aeropuerto de Valencia, antes de que nadie supiera quién era, se quedó completamente quieto durante 5 segundos, que parecieron 5 minutos.

Lo que hizo después es la razón por la que esta historia existe. Lo que dijo, cómo lo dijo y lo que ocurrió en los 30 minutos siguientes es algo que los chilenos que estaban en ese teatro esa noche de febrero contaron durante décadas. Algo que se transmitió de generación en generación, como se transmiten las historias que no necesitan ser adornadas porque la realidad es suficientemente cinematográfica.

Esta es la parte que los libros no cuentan y todavía hay personas en Santiago que no pueden contarla sin que se les quiebre la voz. Para entender lo que ocurrió esa noche en Santiago, hay que entender primero qué era Chile en febrero de 1971 y qué era Nino Bravo en ese momento preciso de su vida.

 Chile en 1971 era un país en ebullición. Salvador Allende llevaba apenas 3 meses en el poder tras ganar las elecciones de septiembre de 1970 con el 36% de los votos, el porcentaje más ajustado de la historia política del país. Las calles de Santiago olían a cambio y también a miedo, según de qué lado de la ciudad vivieras. Los trabajadores hablaban de revolución, los empresarios hablaban de expropiación, las familias de clase media veían las noticias y no sabían del todo hacia dónde inclinarse.

Era un país donde cada conversación de sobremesa tenía la posibilidad de convertirse en una discusión que durara hasta medianoche. Y en ese Chile de febrero de 1971, con toda esa tensión cargada en el aire como estática antes de una tormenta, llegó Nino Bravo. Llegó como artista invitado al 12 Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, el festival más importante de América del Sur, el que se celebraba en el anfiteatro de la Quinta Vergara, frente a miles de personas y que se transmitía por televisión a todo el continente.

La actuación en el Festival de Viña fue en los primeros días de febrero, pero la gira chilena se extendió varios días más con presentaciones en distintas ciudades y fue en una de esas presentaciones adicionales en Santiago en el teatro Caupolicán, donde ocurrió lo que esta historia cuenta.

 Ninobravo tenía en ese febrero de 1971 27 años recién cumplidos. Llevaba exactamente 18 meses de fama real. 18 meses desde que Te quiero, Te quiero explotó en todas las radios de España en el verano de 1969 y lo convirtió de la noche a la mañana en el cantante del que todo el mundo hablaba. 18 meses de entrevistas, de portadas, de contratos, de giras, de aeropuertos y hoteles y escenarios que cada vez eran más grandes y más llenos.

Y sin embargo, el hombre que subía a esos escenarios seguía siendo en lo más profundo el mismo Manolito, que había aprendido a cantar subiéndose a una peña durante una excursión con sus amigos Vicente y Paquito cuando tenía 14 años en alguna sierra valenciana cantando libero de Doménico Modugno a pleno pulmón, sin que hubiera nadie escuchando, excepto las montañas.

El personaje secundario de esta historia se llamaba Rodrigo Fuentes Vidal. Tenía 42 años. Era periodista. trabajaba para un semanario político de Santiago que en esos meses de 1971 publicaba artículos encendidos sobre el nuevo gobierno de Allende, sobre la soberanía cultural de Chile, sobre la peligrosa influencia de la cultura extranjera en los gustos populares del país.

 Era un hombre que creía en lo que escribía, que eso hay que reconocérselo. No era un provocador vacío, era alguien que había construido durante años una postura intelectual sobre la identidad cultural latinoamericana y que esa noche en la fila 12 del teatro Caupolicán había decidido que el escenario era el lugar adecuado para defenderla. Lo que no había calculado era la respuesta que iba a recibir.

 Espera, porque lo más importante todavía no ha llegado. Rodrigo Fuentes Vidal había publicado esa misma semana en el semanario donde trabajaba un artículo de media página que llevaba por título algo parecido a esto. ¿Por qué Chile llora con un cantante español mientras ignora a sus propios artistas? El argumento no era completamente absurdo.

 Era el argumento de alguien que había visto con preocupación genuina como las radios chilenas, las televisiones chilenas, las salas de conciertos chilenas llenaban sus programaciones con artistas extranjeros, mientras los cantantes nacionales luchaban por conseguir un contrato decente. Era el argumento de alguien que amaba la cultura de su país con esa clase de amor que a veces se convierte en rabia cuando siente que ese país no se quiere a sí mismo lo suficiente.

Pero había en ese artículo algo más que argumento cultural. Había también algo personal, algo que Fuentes Vidal nunca hubiera admitido en voz alta, pero que sus colegas del semanario reconocían cuando leían entre líneas. La irritación específica del intelectual que ve al pueblo llorar con cosas que él considera menores.

Esa irritación que no es desprecio exactamente, pero que se le parece demasiado cuando la ves desde fuera. La noche del teatro Caupolicán, Rodrigo Fuentes Vidal había ido con la intención de escribir una crónica. Entró con su libreta y su pluma y tomó asiento en la fila 12 con la actitud del observador que está por encima de lo que va a observar.

 miró a su alrededor familias enteras, parejas de mediana edad, grupos de mujeres jóvenes, hombres con corbata y hombres sin corbata, y niños que sus padres habían traído, porque esa voz había que escucharla, aunque fueran las 11 de la noche de un miércoles. ¿Puedes imaginar lo que sentía ese hombre mientras Nino cantaba y 2000 personas a su alrededor olvidaban todo lo que no fuera esa voz? Fuentes Vidal tomaba notas, anotaba los gritos de las mujeres, anotaba los aplausos, anotaba la duración de las ovaciones con el cronómetro de su reloj

de pulsera, como si fuera un experimento sociológico en lugar de un concierto. Y a medida que la noche avanzaba, a medida que la respuesta del público se hacía más intensa, algo fue creciendo dentro de él. No exactamente rabia, algo más complicado que la rabia. La sensación de que lo que estaba viendo era una demostración de todo lo que había escrito esa semana y que esa demostración le resultaba insoportablemente exacta.

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