Posted in

Su papá tenía cáncer terminal… y Messi hizo algo que nadie esperaba

 Martín Barrionuevo, de 24 años, está sentado al borde de la cama de su padre. Sostiene en la mano un sobre doblado. Los resultados. El médico lo dijo sin rodeos. Cáncer de páncreas. Etapa cuarto. Inoperable. Don Hugo tiene con suerte unos meses. Frente a él, su padre respira con dificultad. Es un hombre curtido por el trabajo.

 Fue camionero por más de 30 años. Tenía brazos de roble, pero ahora parecen ramas secas. Martín no llora. Aprendió desde chico a tragarse las emociones. Su mamá, Lidia, está en la cocina agarrada a una estampita de la Virgen del Valle llorando en silencio. “¿Sabes que me daría alegría antes de irme?”, susurra Don Hugo.

 “Ver a Messi, aunque sea de lejos, una vez no más.” Martín se queda mudo. Desde que era chico, cada domingo miraban juntos los partidos del Barça. Gritaron goles, discutieron jugadas, lloraron en silencio después de Qatar 2014, pero nunca dejaron de creer en Messi. Esa noche Martín no duerme, mira el techo, escucha la tos de su padre en la pieza contigua y entonces lo decide.

 No sabe cómo, no sabe cuándo, pero va a hacer lo imposible por cumplirle ese último sueño. Martín se levanta con los primeros rayos del sol. Aún no ha dicho nada. Camina hacia el patio, respira hondo y busca en su celular dónde vive Messi. Rosario, unos 100 km al sur, casi 20 días caminando. Una locura. Pero el deseo de su padre es más fuerte.

 Cuando vuelve a entrar a la cocina, su mamá ya está sirviendo mate cocido. La mira a los ojos. Voy a ir a Rosario a pie a buscar a Messi. Lidia lo observa en silencio. Le tiemblan las manos. Martín no está delirando. Habla con la firmeza de quien ha perdido el miedo. Y si no te recibe, pregunta ella con la voz rota.

No puedo quedarme acá sin intentarlo. Si no lo hago, me voy a arrepentir toda la vida. Esa tarde, Martín empaca una mochila con lo justo, una muda de ropa, un cargador, una foto de don Hugo abrazado a una pelota y una carta escrita a mano dirigida a Lionel Messi. Antes de acostarse entra a la habitación de su padre, lo ve dormido con la respiración pesada y la mirada perdida.

Le deja un beso en la frente y susurra: “Te prometo que vas a verlo, pa. Te lo juro por mi vida. Y al amanecer siguiente empieza a caminar sin cámaras, sin ayuda, solo con fe, con amor y con Messi como destino. El barrio todavía duerme cuando Martín cierra la puerta de casa.

 Lleva puesta una campera vieja de su viejo y unas zapatillas gastadas. En la mochila, además de lo básico, lleva una libreta donde anotará cada pueblo, cada persona, cada historia. Sabe que no será fácil, pero tampoco espera milagros. Lo único que quiere es llegar. Camina por la ruta nueve, al costado de los camiones.

 A cada paso, recuerda las historias que su papá le contaba del volante, del embrague, de los viajes a La Rioja y Mendoza manejando de noche para traer frutas. Don Hugo vivía en la ruta y ahora él, su hijo, camina por ella para devolverle una alegría antes del final. Las primeras horas pasan rápido, impulsado por la emoción, pero al mediodía el calor lo golpea.

 Hace más de 30 gr. No hay sombra, las piernas pesan, el sol quema y la cabeza empieza a jugarle en contra. Y si no llega, y si Messi ni se entera. Pero entonces saca la carta, la vuelve a leer, la escribió a mano con lágrimas, la firmó por él y por su viejo. Esa carta es su motor. Esa noche duerme bajo un árbol cerca de Simoca.

 El zumbido de los mosquitos y el crujido del pasto lo acompañan. No tiene carpa, no tiene colchón, solo una foto de su papá joven enmarcada por la luna tucumana. No sabe si llegará a Rosario, pero sí sabe una cosa, no hay vuelta atrás. El biso día amanece con viento norte, polvo en el aire, ramas quebradas y un presentimiento extraño en el pecho.

Martín camina con la cabeza baja, la mochila más pesada que ayer, los pies llenos de ampollas, cada tanto para en estaciones de servicio para cargar agua. Nadie le pregunta a dónde va, nadie lo nota. Hasta que en Monteros, mientras compra un sándwich de milanesa en una panadería, una mujer lo mira fijo.

 Vos sos el chico que camina por su papá enfermo. Me llegó un audio por WhatsApp. Martín se queda helado. ¿Cómo? ¿Alguien sabe? La señora llamada Mirta le explica. Un camionero lo vio caminando por la banquina y lo comentó en una radio local. Desde entonces, la historia empezó a circular de boca en boca. Mirta le saca una foto, le da una coca fría y le pide que no se rinda.

 Le dice que va a rezar por él, que su historia le recordó a su hermano, que también murió sin cumplir su último sueño. Martín sigue. Ahora no va solo. Las voces de la gente lo empujan. Cruza fama y ya. Cruza leales. Cada pueblo le ofrece algo. Una empanada, un vaso de agua, una palmada en la espalda, pero el cansancio es real y el miedo también.

 Y si su viejo empeora antes de que llegue en la entrada a Santiago del Estero, escribe en la libreta, día 4. Me duele todo, pero no puedo parar. No por mí, por él. Día 6. Santiago del Estero lo recibe con sol pegajoso y rutas que parecen interminables. Martín lleva a 160 km en las piernas, le duelen las rodillas, le arde la espalda y ya casi no distingue los días.

 A veces se pregunta si no está enloqueciendo, pero entonces saca la foto de su viejo y la carta la aprieta fuerte, como si pudiera abrazar a su papá a la distancia. A la salida de Termas de Río Hondo, una camioneta frena a su lado. Baja una mujer con gafas oscuras y micrófono en mano. Sos Martín Barrionuevo. Soy Paula Rivas de Minent, canal 7 de Santiago.

 Me llegó tu historia. ¿Podemos hablar un minuto? Martín se queda en shock. Nunca pensó que su promesa llegaría a la tele. La periodista le pide una pequeña entrevista. Él duda, pero acepta. Habla con la voz quebrada, cuenta lo de su papá, lo del sueño y lo del viaje, nada más sin dramatismo. Solo la verdad ese. Duerme en el galpón de un mecánico que vio la nota por televisión y lo fue a buscar.

Le prestan una cama, le dan comida caliente y ya está, hielo para las piernas. Pero al despertar el celular explota más de 300 mensajes. Gente de Buenos Aires, de Córdoba, de Mendoza, todos diciendo lo mismo. Fuerza, Martín, no pares. Messi va a saberlo. Y entre los mensajes uno lo hace temblar. Una captura de pantalla de Antonela Rocutso viendo la historia en Instagram.

Read More