Quédate porque esta historia [música] no termina con el infarto del 28 de marzo de 2013. Esta historia termina con la pregunta que nadie ha respondido satisfactoriamente. ¿De qué murió Soraya Jiménez en realidad? Suscríbete al canal ahora mismo. No por mí, por Soraya, para que su historia completa. No solo la versión institucional del homenaje con discurso bonito y estatua de bronce que se inauguró cuando ya no podía protestar llegue a las personas [música] que necesitan entender cómo funciona el deporte mexicano por dentro. Naucalpán
[música] de Juárez, Estado de México. 5 de agosto de 1977. Nace Soraya Jiménez Mendívil, una de dos mellizas. Su hermana gemela se llamaba Magalí. Crecieron en una familia de clase media, hija de José Luis Jiménez, contador público y de María Dolores Mendíbil. Una infancia ordinaria en el área metropolitana del Valle de México con la única particularidad de que Soraya desde pequeña tenía esa energía que los entrenadores reconocen antes de que el propio deportista la comprenda.

La energía de alguien que necesita medir su cuerpo contra algo. Empezó con el basketbol, compitió en selecciones infantiles y juveniles junto a su hermana gemela, pero la estatura no le favoreció para ese deporte y lo dejó. Después probó el badminton, luego la natación y entonces entre los 11 y los 14 años descubrió la alterofilia, [música] el levantamiento de pesas, la disciplina que se construye sobre la idea más simple y más brutal del deporte, levantar más que todos los demás o caer en el intento. Y en esa disciplina,
Soraya encontró algo que ninguna de las anteriores le había dado, su lugar exacto en el mundo. Grábate esto. 1994. Con apenas 17 años, Soraya Jiménez ya estaba compitiendo a nivel internacional. Ganó su primera medalla de bronce en el torneo Norseca en Colorado Springs, Estados Unidos, a los 16 años.
Una chica de Naucalpan compitiendo en Colorado y ganando bronce. Eso era Soraya. En 1997 ganó la primera medalla mundial de bronce en la historia de México, el levantamiento de pesas, en el campeonato mundial juvenil celebrado en Sudáfrica. En 1998 ganó los Juegos Centroamericanos y del Caribe. En 1999, plata en los Juegos Panamericanos de Winnipec, Canadá.
Para entender la magnitud de lo que Soraya estaba construyendo, necesitas un dato de contexto. La alterofilia femenina no había existido en los Juegos Olímpicos hasta Sydney 2000. El Comité Olímpico Internacional aprobó la participación de mujeres en esta disciplina en 1997, 3 años antes de Sydney, lo que significa que Soraya Jiménez fue parte de la primera generación de mujeres que pudo competir por el oro olímpico en levantamiento de pesas en toda la historia del olimpismo.
Era una pionera en un terreno recién abierto y llegó a ese terreno siendo la mejor de su país y una de las mejores del mundo. Y entonces llegó el 18 de septiembre de 2000. La madrugada del 18 de septiembre de 2000 en México, cuando eran las 3 y pico de la mañana y los mexicanos que se habían quedado despiertos frente al televisor estaban viendo algo que no sabían que estaban a punto de presenciar.
El Sydney Convention and Exhibition Center en Darling Harbor, Australia. La competencia de levantamiento de pesas en la categoría de los 58 kg femeninos. [música] La favorita era la norcoreana Rison Jui, poseedora del récord mundial. Soraya Jiménez llegaba sin ser considerada una candidata seria al oro. El propio presidente de la CONA de ese entonces, Ivar Sisniega, había dicho previamente que del décimo puesto no pasaría.
Zoraya levantó 95 kg en arranque. La favorita norcoreana levantó 97,5. En el envión, después de dos intentos combinados, la norcoreana y la mexicana estaban empatadas en 220 kg totales. El empate a esa cantidad le daba el oro a la norcoreana por ser más ligera que Soraya. Así que la mexicana, obligada a ver a romper la paridad para hacer sonar el himno nacional de México, apuntó a 127,5 kg en su último intento de un peso que ninguna otra mujer en esa competencia había logrado levantar esa noche.
Se paró frente a la barra. se llenó de fortaleza, la levantó, 222,5 kg totales. [música] Uno de los testigos que cubrió la competencia para medios mexicanos [música] describió la escena. La pesa un tanto inclinada a la derecha. Un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie, ligeros pasos en busca del equilibrio y el grito que libera la adrenalina con los brazos en alto.
Soraya tiró la barra al suelo, agitó el puño dos veces y corrió a buscar a su entrenador, el búlgaro Geor Koev, con quien se fundió en un abrazo mientras el estadio rugía. México [música] no había escuchado su himno sonar en un escenario olímpico desde Los Ángeles, 1984. 16 años de silencio.
Y fue una chica de Naucalpan de 22 años que nadie incluía en la lista de favoritas, la que rompió ese silencio. La primera mujer mexicana en ganar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos gritó, “¡Me los chingué!” En el momento de la victoria, según testimonios de quienes estaban cerca. Un grito que resumía todo lo que había soportado, el machismo, las presiones.
El presidente de la CONAD que le dijo que del décimo lugar no pasaría. Durante las semanas siguientes, al regreso a México, el furor fue, según describió su hermano José Luis años después a la revista Proceso. Una locura total. Las televisoras nacionales le ofrecían hasta 6 m000ones de pesos solo por su primera entrevista después de la medalla.
Los políticos se acercaban en fila, los dirigentes deportivos la celebraban. Todos querían estar en la foto. El presidente Ernesto Cedillo la recibió en Los Pinos y le entregó el Premio Nacional del Deporte. México entera la abrazaba y en ese abrazo colectivo estaban mezclados los que la querían [música] de verdad y los que solo querían usar su imagen para algo.
El problema es que en ese momento, en el torbellino del éxito, Soraya no podía distinguir unos de otros. y eso la iba a costar muy caro. Lo peor aún no había llegado. Escucha esto. Soraya Jiménez recibió del gobierno como premio por su medalla olímpica 1,7 millones de pesos. Con ese dinero compró un departamento en la colonia Condesa de la Ciudad de México.
Esa fue la primera y más grande inversión económica directa que recibió por su logro deportivo. Millón y medio de pesos en 2000 para un atleta que había dedicado más de una década de su vida a prepararse para ese momento, que había sacrificado su cuerpo, su adolescencia, su tiempo, [música] su salud en la búsqueda de ese oro, millón y medio de pesos y un departamento.
fue todo lo que el sistema convirtió en tangible para Soraya de manera directa. Lo que vino después debería enseñarse en todas las escuelas de administración pública de México, como el caso de estudio perfecto de cómo un país puede destruir a quienes lo representaron con gloria.
Porque lo que pasó con Soraya después de Sydney 2000 no fue un descuido, no fue un olvido involuntario, fue el resultado predecible de un sistema que no tiene protocolos, que no tiene estructuras, que no tiene absolutamente ningún mecanismo de protección para los atletas de alto rendimiento una vez que terminan de ser útiles para la foto oficial.
Piensa en eso un momento. México entera festejó el oro de Soraya en Sydney. El gobierno organizó recepciones, los medios hicieron portadas, los políticos la abrazaron frente a las cámaras y nadie, absolutamente nadie en toda esa maquinaria de celebración y reconocimiento, se sentó con Zoraya y le dijo, “Mira, tu carrera va a terminar en algún momento.
Cuando eso pase, necesitas tener un plan, necesitas ahorros, necesitas un futuro profesional, te vamos a ayudar a construirlo. Nadie, ni la CONADE, ni [música] el Comité Olímpico Mexicano, ni ninguno de los políticos que en 2000 usaron su imagen en sus campañas. Nadie. Porque en México el modelo del deporte de alto rendimiento funciona exactamente así.
Se invierte en el atleta cuando sirve para producir resultados en competencias internacionales que generan prestigio político para las instituciones que los respaldan. Y cuando el atleta deja de producir esos resultados, el ciclo termina. El presupuesto se redirige hacia los siguientes candidatos olímpicos. El atleta que ya ganó queda en el pasado.
El sistema avanza sin mirar atrás. Grábate esto. La CONADE fue señalada directamente por Soraya en una entrevista de 2010 con la revista Proceso. La alterista dijo textualmente: “Mucha gente se colgó de mi medalla olímpica, principalmente Ibarsis Niega, quien presidió la cónade en el sexenio de Ernesto Cedillo. Dijo que me dopaba.
La presidenta de la institución que debería haberla protegido, según dijo ella misma, la acusó de dopaje públicamente. [música] El mismo hombre que antes de Sydney dijo que del décimo lugar no pasaría. que se colgó de su éxito cuando ganó el oro, la acusó de dopaje cuando ya no le servía políticamente.
Eso es lo que Soraya describió en 2010 con nombre y apellido en la revista Proceso y luego habló de la presión que recibió después del oro de Sydney cuando el sistema que la había ignorado antes de ganar de repente la exigía más y más resultados. Es una presión fuerte, te exigen y te exigen, pero llega el momento en que dices, “Espérame, necesito descansar tanto física como psicológicamente, nada más que tienes 10 días de vacaciones [música] cuando a los campeones olímpicos europeos les dan un mes y tú me estás dando una semana.” 10 días de
vacaciones para la primera mujer en ganar un oro olímpico para México [música] después de una carrera que había destruido su cuerpo desde los 14 años, 10 días. Mientras los campeones europeos recuperaban sus cuerpos durante un mes completo. En 2002 vino el primer escándalo que el sistema usó para alejarse de ella.
En el Campeonato Mundial Universitario de Pesas en Turquía se descubrió que Soraya había presentado documentos apócrifos que la acreditaban como estudiante de la UNAM cuando no lo era. El requisito para ese campeonato era ser universitario activo. Soraya no lo era. La Federación Mexicana la denunció.
Ella aceptó su culpa públicamente. Fue el primer gran tropiezo de imagen de su carrera. [música] El sistema que la había celebrado y que se había colgado de su medalla durante 2 años se distanció rápidamente. En 2003, en el Campeonato Panamericano de Venezuela, la Federación Internacional de Alterofilia notificó que había dado positivo en un control [música] antidopaje por el consumo de welrinobropión, un antidepresivo prohibido por el COI.
Soraya explicó que lo había ingerido por prescripción médica. fue inhabilitada 6 meses, [música] aunque la sanción tuvo vigencia real par meses, porque las autoridades determinaron que la sustancia no mejoraba su rendimiento en la disciplina, pero el daño estaba hecho. La imagen de la campeona perfecta se había fracturado y en 2004, antes de los clasificatorios para los Juegos Olímpicos de Atenas, Soraya anunció su retiro de las competencias de alto rendimiento. Tenía 27 años.
Una lesión en la rodilla izquierda y el reconocimiento de que no tenía las marcas que le darían el boleto olímpico cerraron su carrera activa. Se fue sin los reflectores que la habían seguido en 2000, sin rueda de prensa de despedida, sin acto oficial de reconocimiento. Se fue como se van los atletas cuando el sistema ya decidió que ya no son parte del futuro.
En silencio, pero lo peor aún no había llegado. A sus 32 años en 2010, Soraya Jiménez concedió una entrevista a la periodista Beatriz Pereira de la revista Proceso. Era la primera vez que describía públicamente en detalle lo que su cuerpo había acumulado como consecuencia de una carrera que comenzó a los 14 años levantando pesos que doblan y destrozan [música] articulaciones.
El historial clínico que emergió de esa entrevista es uno de los documentos más perturbadores que el deporte mexicano ha producido. 14 operaciones en la pierna izquierda, 14 intervenciones quirúrgicas en la misma extremidad, producto de las lesiones acumuladas durante años de levantar más de 200 kg con un cuerpo femenino que pesaba 58 kg.
Su ortopedista le había dicho sin rodeos que tenía la pierna de una octogenaria, una mujer de 32 años con la pierna de una mujer de 80. Esa era la factura que la alterofilia le había cobrado en silencio durante todos los años en que México festejaba sus levantamientos sin preguntarse qué estaba pasando dentro de esas articulaciones.
Pero eso era solo una parte. En julio de 2007, durante los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, Soraya contrajo influenza tipo B, una infección viral que en una persona con el sistema inmunológico en plenas facultades es tratable. Pero en Soraya, cuyo cuerpo ya estaba debilitado por años de exigencia física extrema, la infección avanzó de una manera que los médicos no pudieron controlar [música] a tiempo.
Los cuadros de neumonía se acumularon, la infección se extendió. En octubre de 2007, en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, el cirujano Alejandro Ávalos le dio la noticia. [música] era necesario extirpar el pulmón derecho. Si me tardaba una semana más, la infección se iba a extender hacia el otro lado, recordó ella misma más adelante.
La extirpación del pulmón derecho le cambió la vida de manera irreversible. Desde ese momento, Soraya Jiménez sobrevivió con un solo pulmón con el izquierdo, lo que significó que su sistema inmunológico, ya debilitado por las infecciones, [música] quedó comprometido de manera permanente. Desarrolló un déficit de inmunoglobulina tipo A, que es la proteína que el cuerpo usa para combatir infecciones.
En términos simples, su capacidad de defenderse de virus y bacterias quedó estructuralmente reducida. Una simple gripe para cualquier persona sana, un inconveniente de 3 días para su horaya. Podía ser el inicio de una neumonía que la mandara al hospital y en 2009 llegó la influenza a H1N1. La pandemia que azotó a México ese año alcanzó a Soraya con una ferocidad que su cuerpo no pudo resistir.
Cayó en coma 15 días al filo de la muerte. Ella misma recordó el momento en que escuchó a los médicos que le atendían decir, “Esta se va a morir.” Salió del coma, pero salió con el cuerpo todavía más comprometido. Cinco paros cardiorrespiratorios a lo largo de los años [música] posteriores, broncoespasmos crónicos en la laringe, la entrada y salida de terapia intensiva que ella describió en [música] 2010 con una calma que lava la sangre.
Entraba y salía de terapia intensiva. Estaba entubata y de repente caía en paro. La pasé muy mal hasta que llegó el momento en que dije, “Me doy de alta voluntaria y asumo el riesgo.” Tomé mis cosas, pedí un taxi y me fui a mi domicilio. Si me voy a morir, que sea en mi casa. Grábate eso.
Una campeona olímpica que pide un taxi para salir del hospital porque no soporta más seguir entrando y saliendo de terapia intensiva, asumiendo el riesgo de morir en su departamento, porque prefiere eso a continuar en el ciclo de internaciones. Eso no es valentía heroica, eso es el relato de alguien que está completamente sola, enfrentando un sistema médico que la aplasta y un entorno que no tiene los recursos para defenderla.
¿Y quién pagaba todo eso? En 2010, Suraya declaró en la entrevista con Proceso que contaba con una beca mensual de su único patrocinador, el grupo Uribe. Una empresa dedicada a la industria gasera y automotriz, un solo patrocinador privado, sin apoyo de la CONADE con el nivel que su situación requería, sin un seguro médico institucional que cubriera el tipo de gastos que su historial clínico generaba.
El seguro de gastos médicos mayores había cubierto parte de las internaciones anteriores, [música] pero Soraya habló de haber perdido dinero en tratamientos que el seguro no cubría completamente. [música] Escucha esto. La primera mujer en ganar un oro olímpico para México, sobreviviendo con un solo pulmón, con 14 operaciones en la pierna, [música] con cinco paros cardiorrespiratorios documentados.
vivía en 2010 [música] con el apoyo económico de una empresa gasera como único patrocinador. Mientras los directivos de las instituciones deportivas que usaban su imagen en sus presentaciones y en sus comunicados seguían cobrando sus salarios y sus bonos institucionales. Lo peor aún no había llegado. Después del retiro de 2004, Soraya intentó construir una vida profesional con los recursos que tenía.
dio clases de alterofilia en la Universidad Autónoma del Estado de México. Fue comentarista invitada en Televisa Deportes en ocasiones especiales, los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y Londres [música] 2012. Hizo algún sketch de comedia con Eugenio Dervz. intentó mantenerse visible en el mundo del deporte y el espectáculo, [música] porque la visibilidad era el único activo que le quedaba y que potencialmente podía convertirse en dinero.
Pero aquí entra la parte más oscura del relato Post Sydney. Y para entenderla necesitas conocer el testimonio de su hermano José Luis Jiménez que habló con la revista Procesos Semanas después de la muerte de Soraya en 2013 con una crudeza y una precisión que pocas veces se ven en el periodismo deportivo mexicano. Según José Luis, después de Sydney 2000, los políticos se acercaron a Soraya en fila.
Le prometían trabajo, le prometían proyectos, le pedían que apareciera en sus campañas [música] políticas, que inaugurara centros deportivos con su nombre y su presencia, [música] que ofreciera conferencias en sus eventos. A cambio de todo eso, le prometían empleos, salarios, contratos formales.
Soraya aceptaba, iba a los eventos, ponía su imagen y su nombre. Y después, cuando preguntaba por el trabajo prometido, por el salario acordado, nadie respondía el teléfono, nadie cumplía. Los políticos habían conseguido lo que querían, la foto con la campeona, el capital simbólico de estar asociados a la primera mujer en ganar un oro olímpico para México.
Y Soraya se quedaba sin nada. José Luis describió a su hermana con una precisión dolorosa. Era incapaz de armar un alboroto por pagos pendientes. Era físicamente fuerte, pero internamente era una persona increíblemente sensible. No podía confrontar, no podía exigir, no podía decirle a alguien en su cara que le debía dinero y que pagara.
Esa combinación, la de una persona que tiene exactamente lo que el mundo político quiere usar, pero que no tiene los mecanismos psicológicos para defender lo que le corresponde. La hizo perfectamente explotable para un sistema que vive de explotar exactamente ese tipo de vulnerabilidad. Y entonces está el caso del representante.
Wikipedia documenta basándose en fuentes verificables que Fernando Platas, el clavadista olímpico que en algún momento fungió como dirigente del deporte en el Estado de México, fue señalado como alguien que no le brindó el suficiente apoyo cuando tuvo ese cargo. Pero más revelador todavía es lo que la hermana de Platas hizo durante el periodo en que se desempeñó como representante de Soraya.
Según el testimonio que José Luis Jiménez dio a proceso y que quedó documentado en Wikipedia, la hermana de Platas, que tenía una agencia de relaciones públicas, le conseguía apariciones públicas a Soraya. Le decía, “Oye, Soraya, hay que ir a tal lugar a dar una conferencia, pero no te van a pagar.” Y Soraya iba y la conferencia se daba.
Y quien cobraba por esa aparición era la representante, no Soraya, cobraba por ella, cantidades que el hermano del atleta describió como estratosféricas en el contexto de lo que Soraya necesitaba para vivir y Soraya no veía un peso. Piensa en eso. Soraya Jiménez haciendo el trabajo, poniendo el nombre, el cuerpo, la presencia, el capital simbólico que alguien en México construye durante décadas de sacrificio deportivo y su representante cobrando por ella sin que Soraya viera el dinero.
Eso es lo que el hermano describió. Eso es lo que quedó documentado en las fuentes publicadas después de su muerte. José Luis lo resumió así en su entrevista con Proceso. Todos, todos la exprimieron. No hubo uno que la ayudara. Todos sus representantes, sin excepción según el hermano, se beneficiaron de su nombre.
Ninguno la ayudó a construir una seguridad económica real. Y Soraya, que era incapaz de confrontar, que no podía exigir lo que le debían, siguió aceptando las condiciones que le imponían porque no tenía alternativas claras y porque nadie le había enseñado a defenderse en ese terreno. Y la depresión, sí, el hermano lo confirmó también.
Soraya llegó a estar con un psiquiatra. la acumulación de decepciones, de promesas rotas, de un cuerpo que se deterioraba mientras el dinero no llegaba, de ver como su nombre se usaba en discursos y portadas mientras ella no podía pagar sus tratamientos médicos de manera cómoda, le cobró una factura mental que los antidepresivos no alcanzaron a calmar del todo.
La primera mujer en ganar un oro olímpico para México murió deprimida. murió esperando que alguien cumpliera una promesa de trabajo. Murió con el alma en peor estado que el cuerpo. La última aparición pública de Soraya Jiménez fue en el funeral del marchista Noé Hernández, el otro medallista olímpico de Sydney 2000 que murió ese mismo año de 2013 en enero, víctima de un disparo en la cabeza mientras estaba en un bar del Estado de México.
La medalla de plata de Noé Hernández en los 20 km de caminata en Sydney. [música] El otro héroe de Sydney 2000, muerto en enero de 2013, Soraya fue a despedirlo y dos meses después, el 28 de marzo de 2013, Soraya Jiménez murió en su departamento de la colonia Condesa mientras dormía de un infarto agudo al miocardio. Tenía 35 años.
Su cuerpo fue cremado y sus cenizas entregadas a sus familiares. Lo peor ya había llegado y nadie había hecho suficiente para evitarlo. Cuando Soraya Jiménez murió el 28 de marzo de 2013, México reaccionó de la manera que México siempre reacciona cuando muere alguien a quien había olvidado mientras vivía, con dolor colectivo, con homenajes, con publicaciones en redes sociales recordando la madrugada de Sydney con el himno sonando en los televisores de nuevo.
El presidente Enrique Peña Nieto publicó en Twitter su mensaje de condolencias. El gobernador del Estado de México, Erubiel Ávila, anunció que una de las plazas del estado llevaría su nombre. La CONABE emitió un comunicado lamentando su muerte, los mismos que la habían dejado sola. José Luis Jiménez, el hermano que fue el testigo más cercano de los últimos años de su vida, lo dijo sin rodeos en el sepelio, en una frase que se convirtió en el epitafio real de la campeona.
Más honesto que cualquier placa de bronce. Le costó caro ser leyenda porque eso fue lo que pasó. Ser leyenda le costó todo. Le costó 14 operaciones en la pierna izquierda. Le costó el pulmón derecho extraído en el Iner en 2007. Le costó cinco paros cardiorrespiratorios. Le costó años de depresión, le costó una carrera de apariciones públicas donde los demás cobraban y ella ponía el nombre.
Le costó esperar un trabajo que nunca llegó y al final le costó el corazón que se detuvo en la madrugada del 28 de marzo mientras dormía en el departamento que había comprado con los 1,7 millones de pesos, [música] que México le dio como premio por ser la primera mujer en hacer sonar el himno nacional en una arena olímpica. y la medalla de Sydney.
La pregunta que el guion de este video propone y que la realidad obliga a responder con honestidad, lo que se puede documentar con precisión sobre el destino de la medalla de oro de Sydney 2000 después de la muerte de Soraya no está en los registros públicos de ninguna institución deportiva mexicana. No existe un inventario oficial publicado de los objetos que quedaron en su departamento.
No existe un testimonio verificado sobre el paradero actual de la presea. Lo que sí existe es el contexto. un atleta que vivía de una beca de un patrocinador privado que tenía deudas de tratamientos médicos, que murió sola en su departamento y cuya familia tuvo que enfrentar los gastos funerarios y la gestión de todo lo que quedó sin el apoyo institucional que las instituciones deportivas prometían en sus comunicados de condolencia.
Lo que hay que decir con claridad separando los hechos verificables de la especulación. No existe evidencia pública de que la medalla de Sydney haya sido vendida, empeñada o sustraída por nadie. Lo que sí está documentado es que las condiciones económicas en las que Soraya vivió sus últimos años habrían podido llevar a cualquier persona a contemplar la venta de objetos de valor para cubrir gastos médicos o de subsistencia.
y que el sistema que debería haber impedido que la primera campeona olímpica de México llegara a esa situación no lo hizo. Eso sí está documentado con nombres, con testimonios, con fechas. Lo que sí se puede decir con certeza sobre la herencia de Soraya Jiménez es esto. poco tangible que tenía quedó para su familia, que la quería de verdad, que sufrió su deterioro en silencio y que cargó con el peso de ver como el sistema usaba su nombre en cada ceremonia y desaparecía cuando ella necesitaba apoyo real. Su hermano José Luis habló. Habló
con Proceso en 2010 cuando Soraya todavía vivía y habló de nuevo en 2013 después de su muerte. Y lo que dijo en ambas ocasiones fue coherente, verificable y devastador. Escucha esto. [música] Falleció esperando que sus amigos del deporte o uno de tantos políticos que se le acercaron cumplieran con la promesa de darle trabajo.
No quería limosna ni que le regalaran dinero. Quería una oportunidad para ganarse la vida y sentirse útil. Eso dijo el hermano de la primera campeona olímpica de México, que murió esperando una oportunidad de trabajo. No un millón de pesos, no una mansión, una oportunidad de trabajo, de sentirse útil, de ganarse la vida con dignidad.
Y los que le prometieron ese trabajo, los que aparecieron en sus fotos, los que usaron su imagen en sus campañas, los que pusieron su nombre en sus discursos de cierre de sexenio, cuando necesitaban demostrar que el deporte mexicano era poderoso. Esos no estaban ahí cuando el seguro médico no alcanzaba.
No estaban ahí cuando necesitaba que alguien le dijera que no tenía que ir gratis a dar una conferencia porque alguien más iba a cobrar por ella. no estaban ahí el 28 de marzo de 2013 en la colonia Condesa. Lo que le pasó a Soraya no fue un accidente, no fue mala suerte, fue el resultado predecible y sistemático de un modelo de deporte de alto rendimiento que no tiene protocolos de protección para sus atletas una vez que terminan de competir, que no tiene obligaciones formales de cuidado postretiro, que celebra el oro con discursos y luego se
olvida de la persona que lo consiguió con el cuerpo. Mientras los directivos del deporte mexicano cobraban sus sueldos y sus bonos institucionales, Soraya enseñaba alterofilia en una universidad estatal para mantenerse, mientras los políticos que usaban su foto en los pasillos del poder seguían construyendo sus carreras, Soraya esperaba que alguien cumpliera la promesa de trabajo que le habían hecho en alguna ceremonia olímpica.
Mientras el sistema deportivo mexicano se presentaba internacionalmente como una potencia en desarrollo, gracias en parte al legado de lo que ella había construido en Sydney 2000, Soraya Jiménez luchaba con un cuerpo de octogenaria a los 32 años, con un solo pulmón, con broncoespasmos y paros cardiorrespiratorios, sin el respaldo económico que una persona en esas condiciones necesita para sobrevivir con dignidad.
Su historia no es única, es la regla en el deporte mexicano de alto rendimiento, no la excepción. Los casos de atletas que dieron lo máximo por México y fueron abandonados después son demasiados para contarlos en un solo video. No Hernández, el otro medallista de Sydney 2000, murió ese mismo año de 2013. Asesinado, también olvidado, también pobre después de la gloria.
La coincidencia de los dos medallistas de Sydney muriendo en el mismo año es el símbolo más brutal de lo que México hace con sus héroes deportivos. Grábate esto. Soraya Jiménez fue la primera mujer en ganar un oro olímpico para México. Fue pionera en una disciplina que nunca había estado abierta para las mujeres en el olimpismo.
Fue la primera mexicana, hombre o mujer, en ganar un oro olímpico desde Los Ángeles, 1984, rompiendo 16 años de silencio del himno en las Arenas Olímpicas. hizo todo eso con un cuerpo que el sistema deportivo había empujado más allá de sus límites reales y murió a los 35 años en su departamento de la Condesa mientras dormía sola, con el corazón detenido, esperando una llamada de trabajo que nunca llegó.
México le debe más que una estatua, le debe más que una plaza con su nombre en el estado de México, le debe la única cosa que no le puede dar, la posibilidad de haber vivido de manera diferente. Pero sí puede hacer algo que todavía está a tiempo, cambiar el sistema para que lo que le pasó a Soraya no le vuelva a pasar a ningún atleta que entregue su cuerpo, su juventud y su salud por representar a este país en el escenario más grande del deporte mundial.
Eso no ha pasado. Los medallistas de París 2024 seguirán enfrentando exactamente la misma estructura que enfrentó Soraya en 2004 cuando se retiró. A menos que algo cambie, a menos que la gente que mira esto y se indigna lleve esa indignación al lugar correcto y exija que cambie. La medalla de Sydney 2000 representa algo que va más allá del metal y el peso olímpico.
Representa el precio que México le cobró a una chica de Naucalpan por hacer sonar el himno en la madrugada. australiana. Un precio que nadie debería pagar, un precio que nadie debería olvidar. Hay una dimensión de la historia de Soraya Jiménez, que los medios deportivos nunca exploraron con la profundidad que merece y que es fundamental para entender por qué su caso no fue solo una tragedia personal, sino una falla sistémica con responsables identificables.
Es la dimensión de lo que México le cobró a su cuerpo específicamente, con detalle, con fechas, con la crudeza que el relato requiere. Porque cuando su hermano José Luis dijo, le costó caro ser leyenda, no estaba usando una metáfora, estaba describiendo una factura biológica que el sistema deportivo generó y que luego se negó a pagar. Grábate esto con precisión.
Soraya Jiménez comenzó a levantar pesas de competencia a los 14 años. 14. En ese momento, su esqueleto todavía no había terminado de consolidarse. Sus articulaciones todavía estaban en proceso de maduración biológica y el entrenamiento de alto rendimiento en alterofilia, que implica levantar pesos que superan el propio peso corporal en repeticiones diarias durante años.
es uno de los regímenes de mayor impacto físico que el deporte de competencia puede imponer sobre un cuerpo humano. Los médicos especializados en lesiones deportivas conocen bien lo que ese tipo de carga producen articulaciones jóvenes, deterioro acelerado del cartílago, microlesiones que se acumulan silenciosamente durante años hasta que el daño se vuelve irreversible y una vejeza articular que llega décadas antes que la edad biológica real del atleta.
La rodilla izquierda de Zoraya fue el epicentro de ese deterioro. 14 operaciones en esa articulación 14 veces abrieron su rodilla para reparar, reconstruir, limpiar el daño que los años de competencia habían causado. El ortopedista que la atendía en 2010, cuando Soraya tenía 32 años, lo describió con una claridad que corta.
Tenía la rodilla de una persona de 80 años, 48 años de diferencia entre su edad real y el estado de su articulación. Eso es lo que el deporte de alto rendimiento en México le tomó sin preguntarle, sin compensarla, sin preparar ninguna estructura de cuidado post retiro que le permitiera manejar las consecuencias de haberlo dado todo.
Y hay que ser muy precisos sobre algo que el discurso oficial del deporte siempre omite. Esas 14 operaciones no ocurrieron mientras Soraya entrenaba para México en el Centro de Alto Rendimiento de la CONADE, rodeada de médicos del sistema que asumían la responsabilidad institucional de su salud, ocurrieron también después del retiro, cuando el sistema ya se había desvinculado de ella formalmente, cuando las revisiones médicas ya no eran obligación de nadie, cuando Soraya se convirtió en una ciudadana ordinaria con
las mismas opciones de atención médica que cualquier ciudadana ordinaria, Excepto que su cuerpo tenía el historial clínico de alguien que había sido exprimida por el deporte de alto rendimiento durante más de una década. Piensa en lo que eso significa en términos concretos. Cada operación en la rodilla tiene costos.
Cada hospitalización tiene costos. Cada periodo de recuperación tiene costos. Tiempo sin trabajar, cuidados especiales, medicamentos, rehabilitación física. Una sola cirugía de rodilla en un hospital privado de la Ciudad de México puede costar entre 100,000 y 300,000 pesos dependiendo de la complejidad. 14 operaciones.
Multiplica eso por lo que TD y obtendrás una cifra que explica por qué Soraya Jiménez con el departamento que compró con sus 1,7 millones de pesos en el año 2000 con la beca del grupo Uribe como único ingreso constante en 2010 con las apariciones públicas de las que su representante cobraba mientras ella no veía nada, estaba económicamente en la cuerda floja permanente. Escucha esto.
En la entrevista de 2010 con Proceso, Soraya describió un episodio hospitalario anterior que captura perfectamente la dinámica de su situación médica. Cuando los problemas en la rodilla se volvieron insoportables, acudió a un hospital privado porque era donde podían atenderla adecuadamente. Estudios, diagnósticos, intervenciones, 3 meses de idas y vueltas entre su domicilio y el hospital.
terapia intensiva, entubaciones, paros cardíacos durante las internaciones. “La pasé muy mal”, dijo ella. “El seguro de gastos médicos mayores cubrió gran parte de esos costos, no todos. Y cuando ya no pudo más con el ciclo de entrar y salir de terapia intensiva, tomó la decisión que solo toma alguien que se siente absolutamente sin control sobre lo que le está pasando.
Se dio de alta voluntaria, pidió un taxi y se fue a su casa. a asumir el riesgo de morir ahí si era lo que tenía que pasar. Si me voy a morir, que sea en mi casa, dijo. Esa frase no es valentía o no es solo valentía. Es el relato de alguien que ha perdido la fe en que el sistema que la rodea puede protegerla, que prefiere morir en su territorio conocido que seguir siendo manejada por un sistema hospitalario, que la tiene atada a una cama con tubos y monitores sin que haya nadie de su lado que pueda tomar decisiones con ella de manera informada.
Es la expresión de una soledad específica y documentada y la influenza de 2007. Hay que detenerse en ese episodio porque es el que cambió todo de manera irreversible. En julio de 2007, Soraya viajó a los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, no como competidora activa porque ya se había retirado en 2004, sino en alguna capacidad de presencia vinculada al mundo del deporte.
En ese viaje contrajo el virus de influenza tipo B, un virus respiratorio que en circunstancias normales produce síntomas graves, pero manejables para la mayoría de los adultos, con sistema inmunológico funcionando bien. Pero Soraya llegó a Río después de años de cirugías, de estrés físico acumulado, de un sistema inmunológico que ya no era el de una persona sana de 30 años.
El virus encontró un huésped vulnerable y avanzó de una manera que los médicos en Brasil y luego en México no pudieron controlar con los tratamientos iniciales. Los cuadros de neumonía se acumularon. La infección avanzó desde un pulmón hacia el otro. En octubre de 2007, cuando llegó al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, [música] el cirujano Alejandro Ávalos evaluó los estudios y dio el diagnóstico que cambió el resto de su vida.
El pulmón derecho tenía que ser extirpado. Sin esa intervención, la infección se expandiría al pulmón izquierdo y la mataría. Si me tardaba una semana más, recordó Soraya después, la infección se iba a extender hacia el otro lado. La operación se hizo. El pulmón fue extirpado. Soraya sobrevivió, pero desde ese momento sobrevivió con la mitad de su capacidad respiratoria, con la mitad del aparato que lleva oxígeno a la sangre y que sostiene cada función del cuerpo humano.
y el déficit de inmunoglobulina tipo A que el cuerpo desarrolló como consecuencia de todo ese proceso, la convirtió en alguien permanentemente vulnerable a infecciones que para cualquier otra persona serían menores. Una simple gripe podía desencadenar una neumonía. Una neumonía podía mandarla al hospital.
[música] El hospital podía traer otra internación en terapia intensiva y cada internación en terapia intensiva podía traer otro paro cardiorrespiratorio. Ese fue el ciclo que vivió durante los últimos 6 años de su vida sin red de seguridad institucional, sin un sistema de salud deportiva que la sostuviera, con una beca privada y la fe de que alguien en algún momento iba a cumplir la promesa de trabajo que le habían hecho.
En 2009, la influenza H1N1 la encontró exactamente [música] en ese estado. La pandemia que ese año mató a miles de personas en México infectó a Zoraya con una velocidad que su sistema inmunológico comprometido no pudo procesar. cayó en coma 15 días al límite. Según ella misma recordó después, alcanzó a escuchar en algún momento de esa frontera entre la conciencia y la inconsciencia a los médicos decir, “Esta se va a morir.
” No como una predicción resignada, como un diagnóstico médico que en ese momento parecía el más probable. Salió del coma, pero salió con el corazón más frágil, con el sistema inmunológico todavía más comprometido, con un cuerpo que había estado 15 días a milímetros de detenerse para siempre. Grábate el número.
Cinco paros cardiorrespiratorios documentados a lo largo de su vida postretiro. Cinco veces el corazón de Soraya Jiménez se detuvo y fue reiniciado. Cinco veces los médicos tuvieron que intervenir para que ese corazón volviera a latir. El sexto, el del 28 de marzo de 2013, no tuvo reanimación porque ocurrió mientras dormía sola en su departamento de la Condesa.
Nadie estaba ahí para llamar a la ambulancia a tiempo. Cuando su familia llegó, ya era tarde. [música] El cuerpo que México no cuidó suficientemente finalmente se dio. Pero hay otro nivel de esta historia que todavía no hemos explorado completamente y que es el que más incomoda al sistema deportivo mexicano cuando alguien lo plantea con claridad.
Es la pregunta sobre qué sabía la CONADE, qué sabía el Comité Olímpico Mexicano sobre el Estado Real de Zoraya durante los años posteriores a su retiro. ¿Y qué hicieron con ese conocimiento? Porque Soraya no desapareció del radar institucional después de 2004. Siguió siendo reconocible. Siguió apareciendo en eventos del deporte mexicano.
Fue comentarista invitada de Televisa Deportes en Pekín 2008 y en Londres 2012. Dos ediciones olímpicas. Eso significa que el mundo del deporte organizado la veía, la tenía en la pantalla, sabía que existía y dónde estaba. y al mismo tiempo el estado de su salud fue empeorando de manera documentada y progresiva durante esos mismos años, sin que ninguna institución deportiva montara una respuesta proporcional a la magnitud de lo que estaba pasando.
La entrevista de 2010 en proceso donde Soraya describió sus 14 operaciones, su pulmón extraído, sus cinco paros cardiorrespiratorios y su situación económica dependiente de un único patrocinador privado, fue publicada, fue leída, fue discutida en los círculos del deporte mexicano y lo que siguió después de esa publicación, en términos de respuesta institucional concreta y verificable, es un vacío que habla por sí mismo.
Escucha esto con atención. Hay una diferencia fundamental entre el duelo institucional y el apoyo institucional. El duelo institucional es lo que la CONADE hizo el 28 de marzo de 2013 cuando Soraya murió. Emitir un comunicado lamentando el fallecimiento, expresar condolencias a la familia, reconocer el legado histórico del atleta.
Eso es fácil, eso no cuesta nada. Eso no requiere ningún cambio en ningún protocolo. Eso es lo que los sistemas hacen cuando alguien que usaron muere y quieren mantener la narrativa de que siempre estuvieron de su lado. El apoyo institucional real, el que habría hecho una diferencia en la vida de Soraya, es otro tipo de cosa completamente.
Es el programa de atención médica postretiro que garantice que los atletas de alto rendimiento que dedicaron su cuerpo al deporte nacional tengan acceso a los tratamientos que sus lesiones requieren sin que eso dependa de un patrocinador privado que puede retirarse en cualquier momento. Es el sistema de orientación vocacional y profesional que le enseña a un atleta de 27 años que acaba de retirarse cómo convertir su nombre en un activo económico sostenible sin que un representante lo expropie.
Es la red de apoyo psicológico que acompaña la transición de ser el centro del mundo deportivo a ser una persona privada que tiene que construir una vida ordinaria. Es en el caso concreto de Soraya alguien que esté ahí cuando su representante le dice, “Vamos a este evento, pero no te van a pagar.” Y le diga claramente no.
Tú tienes derecho a que te paguen y así es como lo exiges. Nada de eso existía en el sistema deportivo mexicano cuando Soraya lo necesitó. Y según todos los indicios disponibles, muy poco de eso existe hoy de manera sistemática y obligatoria para todos los atletas de alto rendimiento que se retiran después de representar a México en competencias internacionales.
Piensa [música] en eso un momento. Han pasado más de 10 años desde la muerte de Soraya. Su historia fue cubierta en todos los medios. [música] generó indignación pública. Su nombre se usa en discursos sobre la deuda que México tiene con sus atletas y el sistema que la abandonó sigue operando con la misma lógica básica.
[música] Invierte en el atleta mientras produce resultados. celebra los resultados para beneficio político de las instituciones y cuando el atleta termina de ser útil, el sistema avanza hacia el siguiente ciclo olímpico. Hay un elemento adicional de la historia de Soraya que merece ser examinado con cuidado porque ilustra una dinámica que va más allá de su caso particular y que explica por qué el problema es estructural y no individual.
Es la dinámica del atleta como símbolo político. [música] Cuando Soraya ganó el oro en Sydney 2000, lo que los políticos y los dirigentes del deporte vieron no fue principalmente a una persona que había logrado algo extraordinario y que merecía apoyo y orientación para construir su futuro. Lo que vieron fue un símbolo extraordinariamente poderoso.
la primera mujer mexicana en ganar un oro olímpico en una disciplina que ese año debutaba para mujeres en el olimpismo, proveniente de una familia de clase media del Estado de México, joven fotogénica, con una historia de superación que los medios podían contar durante años. Ese símbolo tenía un valor político que se podía monetizar de maneras muy específicas.
Se podía monetizar apareciendo junto a Soraya en la foto del Premio Nacional del Deporte. Se podía monetizar invitándola a inaugurar centros deportivos construidos con presupuesto público. Mientras el político aparecía en el discurso de apertura al lado de la campeona. Se podía monetizar pidiéndole que apoyara campañas políticas con su presencia, que posara con el candidato en cuestión, que le diera al candidato en cuestión el capital simbólico de estar asociado al oro olímpico.
Y todo ese valor político podía extraerse sin pagar nada a cambio, porque Soraya, como lo describió su hermano, era incapaz de armar un alboroto por pagos pendientes. es el modelo exacto de lo que en economía se llama extracción de valor sin compensación. Tomas el activo de alguien, lo usas para producir beneficios para ti mismo y te aseguras de que el propietario del activo no tenga los mecanismos o el conocimiento para reclamar su parte.
En el caso de Soraya, el activo era su nombre, su imagen, su historia y el capital simbólico de ser la primera campeona olímpica de México. Y los extractores eran los políticos que prometían trabajo a cambio de presencia en eventos y los representantes que cobraban por sus apariciones sin que ella viera el dinero.
José Luis Jiménez lo describió así a proceso. El deportista de alto rendimiento en México entrena, obtiene una medalla olímpica y luego no sabe qué hacer. Todo el mundo se les acerca, desde políticos hasta gente que quiere que realen sus eventos. Muchos políticos que la invitaban a apoyarlos nunca se acordaron de que también comía, tenía necesidades y que tenía que ganar dinero.
Esa frase lo resume todo con una precisión devastadora. Los políticos que usaban a Zoraya literalmente no contemplaban en su ecuación el hecho de que la persona que estaban usando necesitaba comer, pagar medicinas, sostener un techo. Ella era un símbolo para ellos, no una persona con necesidades reales. yoraya, que según su hermano era tremendamente sensible a pesar de su fortaleza física, que no podía confrontar, que esperaba que la gente cumpliera las promesas que hacía voluntariamente.
No tenía las herramientas para interrumpir ese mecanismo de extracción, no porque fuera ingenua de manera irremediable, sino porque nadie le había enseñado a defenderse en ese terreno específico. Nadie en la CONADE, nadie en el Comité Olímpico Mexicano, nadie en la Federación Mexicana de Alterofilia se había sentado con ella en algún momento de su carrera para decirle, “Cuando ganes va a venir mucha gente a pedirte cosas.
Así es como distingues a quienes quieren ayudarte de quienes quieren usarte. Así es como estableces contratos. Así es como cobras lo que es tuyo. Ese conocimiento nunca llegó porque el sistema no tiene ningún incentivo para que los atletas lo tengan. Un atleta que sabe negociar y que exige lo que le corresponde es más difícil de usar de forma gratuita.
Grábate esto. La hermana de Fernando Platas, el clavadista olímpico, que fue mencionado en las fuentes verificables como alguien que en su rol como dirigente deportivo del Estado de México no le brindó suficiente apoyo, fugió durante un tiempo como representante de Soraya. Y según el testimonio de José Luis Jiménez documentado en múltiples fuentes, esa representante le conseguía apariciones públicas a Soraya diciéndole que no habría pago, que eran eventos de cortesía, mientras la representante cobraba por esas apariciones cantidades
que el hermano calificó de estratosféricas en comparación con lo que Soraya recibía. Nada. La representante que debería haberla protegido era quien más directamente se beneficiaba de su nombre sin compartir el beneficio con ella. Eso no es una acusación sin respaldo. Eso está documentado en la entrevista de Proceso de 2013 y referenciado en la propia Wikipedia de Soraya Jiménez con la fuente identificada.
No es un rumor de internet, es el testimonio verificable del hermano de la primera campeona olímpica de México, dado a uno de los medios de investigación más respetados del país semanas después de su muerte. [música] Y la depresión. Hay que hablar de la depresión porque es parte de la historia completa y porque el relato del deporte mexicano sistemáticamente la omite para mantener la narrativa de la campeona heroica que superó todos los obstáculos.
Soraya Jiménez estuvo en tratamiento con un psiquiatra. El hermano lo confirmó. Las decepciones acumuladas, las promesas rotas, el deterioro físico progresivo, la sensación de que su nombre y su historia se usaban en discursos mientras ella no podía pagar sus tratamientos de manera cómoda.
Todo eso produjo un sufrimiento emocional que los antidepresivos, según José Luis, no alcanzaron a calmar completamente. La primera mujer en hacer sonar el himno nacional de México en una arena olímpica murió clínicamente deprimida. Eso es lo que el sistema deportivo produce cuando extrae el valor simbólico de un atleta sin compensarlo adecuadamente y luego lo abandona cuando el cuerpo ya no puede competir.
No produce solo ruina económica, produce ruina emocional. produce la experiencia de haber sido alguien extraordinariamente importante para una nación y luego ser tratada como alguien ordinariamente desechable por esa misma nación cuando el oro ya no está en juego. El contraste que José Luis describió con amargura en la entrevista de Proceso es el que define la tragedia en su dimensión más humana.
Mientras Soraya esperaba una llamada de trabajo, los mismos políticos que usaron su imagen en sus campañas seguían construyendo sus carreras, seguían siendo diputados o gobernadores o secretarios de algo, seguían cobrando sus sueldos, seguían inaugurando centros deportivos con el nombre de otros atletas. [música] Y Soraya Jiménez, la que les había dado el capital simbólico que necesitaban cuando lo necesitaban, esperaba en su departamento de la Condesa que alguien recordara que ella también comía, que ella también necesitaba trabajar, que
ella también tenía una vida que sostener más allá del instante de gloria del 18 de septiembre de 2000. Nadie llamó. El corazón se detuvo antes de que llegara la llamada. Hay una última pieza que completa el retrato de lo que fue la vida de Soraya Jiménez en sus años finales y que muy pocos análisis incluyen porque requiere hablar de algo que el deporte mexicano prefiere no discutir en voz alta, el peso psicológico de haber logrado algo irrepetible a los 22 años y tener que vivir el resto de tu vida con ese logro
como el punto más alto de tu existencia. Soraya ganó el oro de Sydney en septiembre de 2000. Tenía 22 años. La mayor parte de su vida adulta transcurrió después de ese momento, no antes. Y una de las cosas más [música] crueles que le puede pasar a una persona es alcanzar el pico de lo que el mundo considera su razón de ser antes de los 25 años y luego tener que construir una identidad y un propósito en los 30 años que en condiciones normales se esperaría que siguieran.
Especialmente cuando el sistema que te celebró por ese pico no tiene ningún mecanismo para ayudarte a transitar hacia una vida donde el oro ya quedó en el pasado y el futuro necesita construirse con otras herramientas. Su hermano, José Luis lo dijo con una lucidez que duele. En México, un medallista olímpico solo tiene claro que quiere conseguir un triunfo y cuando lo consigue no sabe que viene atrás.
Nosotros como familia tampoco lo sabíamos. Fue una avalancha. Nunca hubo alguien que le dijera, “Yo te oriento, me vas a pagar porque vivo de esto, pero te voy a ayudar a aprovecharlo.” Nadie, ni un agente, ni un asesor, ni alguien de la CONADE, ni alguien del Comité Olímpico, nadie que se especializara en ayudar a los atletas mexicanos a convertir sus logros en seguridad económica y en una carrera postdeportiva sostenible.
Y Soraya, que pese a todo el dolor físico y emocional, mantuvo una conexión real con lo que había hecho, lo dijo en una de sus últimas entrevistas con una lucidez que contrasta con la imagen del icono invulnerable. A pesar de tanto dolor físico y del abandono, siempre decía que no cambiaba su medalla por nada pagó el precio.
Esas palabras las registró su hermano como resumen de la postura de Soraya ante todo lo que había vivido. No cambiaba la medalla. El precio había sido inmenso, pero la medalla valía. Esa era su postura hasta el final. Lo que no es aceptable es que México como sistema, como conjunto de instituciones y de personas con poder de decisión sobre los recursos del deporte nacional haya permitido que ese precio fuera tan alto que haya construido un modelo en el que los atletas paguen con el cuerpo y con la vida, mientras las instituciones reciben el crédito
político y los directivos cobran sus bonos. Eso es lo que el caso de Soraya documenta con una claridad que ningún discurso oficial puede contradecir mientras los hechos estén sobre la mesa de gloria eterna a sombra olvidada. Así fue la herencia de Soraya Jiménez. Si la historia de Soraya Jiménez te hizo entender algo que no sabías.
Si ahora ves con más claridad que en el olimpismo mexicano el oro brilla para los directivos, pero el peso de la miseria solo lo carga el atleta. [música] Si ahora entiendes que ninguna medalla protege a un deportista del abandono institucional, cuando el sistema ya decidió que ya no sirves para la foto, entonces haz algo por mí.

[música] Dale like a este video, suscríbete al canal, no por mí, por Soraya, para que la próxima vez que alguien diga, “México celebró a Soraya Jiménez como se merecía, alguien más pueda decir, “No, México la usó.” La celebró mientras le servía y la dejó morir sola esperando una llamada de trabajo. Y tenemos los testimonios para probarlo.
Y si quieres seguir conociendo las historias que el deporte y el sistema prefieren enterrar, hay otro video esperándote en este canal. Esto es Sombras del Olimpo. Hasta la próxima sombra.