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Sheinbaum humilla al PRI: Alito Moreno pierde a sus “chayoteros” y queda solo.

En este video desentrañaremos el jaque mate contra Alito Moreno, analizando cómo la reactivación de su desafuero no es una casualidad, sino una sentencia política. ejecutada en el momento preciso. Veremos la traición de sus chayoteros, los periodistas y medios, que lo defendían a capa y espada y que hoy narran su caída con un deleite apenas disimulado.

Profundizaremos en la advertencia de la futura presidenta, un misil teledirigido contra la corrupción interna de Morena que paradójicamente humilla y exhibe la podredumbre terminal del PRI. Y finalmente conectaremos todos los puntos para revelar el plan maestro que culmina con la inminente reforma al poder judicial, la pieza que faltaba para desmantelar por completo el pacto de impunidad que sostuvo al viejo régimen durante décadas.

Analicemos y exploremos la noticia de última hora que está redefiniendo el mapa del poder en México. Comencemos. El cerco se ha cerrado. Lo que hace unos meses parecía un simple trámite legislativo, un forcejeo político más en la Cámara de Diputados, hoy se ha convertido en una cuenta regresiva implacable. La Fiscalía General del Estado de Campeche ha reactivado oficialmente la solicitud de desafuero contra Alejandro Moreno Cárdenas y esta vez no hay vuelta atrás.

Esto no es un simulacro. La diferencia fundamental entre noviembre del año pasado y ahora es el poder. El poder puro y duro. Tras la aplastante victoria electoral del pasado 2 de junio, las piezas en el tablero han cambiado de valor. Alito Moreno ya no es un activo, es un lastre, ya no es un interlocutor, es un cadáver político al que solo le falta el acta de defunción.

La Fiscalía de Campeche no se habría movido con esta contundencia sin una señal clara desde las más altas esferas del poder. La orden es clara, la impunidad se terminó. Los depredadores ahora son la presa. El expediente en su contra es un monumento a la corrupción más descarada. Hablamos de un presunto desfalco de 83.

5 millones de pesos. Una cifra que en una de esas coincidencias que solo ocurren en la política mexicana es prácticamente idéntica al valor estimado de su fastuosa y polémica mansión en Campeche. Lavado de dinero, abuso de funciones, peculado, enriquecimiento ilícito. Los cargos son un catálogo completo de los vicios del priismo más rancio.

Durante años este tipo de acusaciones se perdían en laberintos burocráticos. Se negociaban en lo oscuro, se utilizaban como moneda de cambio para obtener votos en el Congreso, pero esa era llegado a su fin. La aplanadora legislativa de Morena y sus aliados, que se instalará el 1 de septiembre, no necesita negociar con un PRI en ruinas, puede simplemente ejecutar.

Y la ejecución de Alito Moreno es el primer y más simbólico acto de la nueva legislatura. Es un mensaje para todos. Nadie está por encima de la nueva ley, de la ley del pueblo. Pero la verdadera tragedia paralito, la que sella su destino más allá de cualquier tribunal, no es la acusación legal, sino la condena mediática de sus propios aliados.

Aquí es donde la humillación se vuelve palpable. Los llamados chayoteros, aquellos comunicadores y medios de comunicación que durante años operaron como su guardia pretoriana, defendiéndolo de cada escándalo, minimizando cada audio comprometedor y atacando a sus detractores, hoy le han dado la espalda. Han olido la sangre en el agua y como buenos tiburones se han lanzado sobre la presa herida.

El caso más paradigmático es el de periodistas como Aucusena Oresti, quien en su momento fue una de las voces que más espacio y defensa le brindó. Hoy su noticiero y otros similares reportan con una puntualidad casi quirúrgica cada avance de la fiscalía en su contra. No hay matices, no hay presunción de inocencia que valga.

El guion ha cambiado. Lo que antes era persecución política, ahora es lucha contra la corrupción. ¿Qué cambió? El flujo de dinero y la fuente del poder. Alito Moreno ha perdido su capacidad de repartir prevendas, contratos de publicidad y favores. Se ha quedado sin chayote que ofrecer y sin eso, la lealtad de sus mercenarios de la pluma se ha evaporado.

Esta traición mediática es la prueba irrefutable de su total aislamiento. Un político puede sobrevivir a un ataque de la oposición, a una investigación judicial, incluso a un escándalo, pero no puede sobrevivir al abandono de su aparato de propaganda. Cuando tus propios altavoces deciden que es más rentable narrar tu ejecución que defender tu inocencia, estás acabado.

Lo están despojando de su narrativa, de su armadura mediática, dejándolo desnudo frente a la opinión pública y frente a la justicia. Lo están convirtiendo en un paria, en un ejemplo de lo que le espera a quienes se aferran a un pasado que ya no existe. El mensaje de los medios es brutalmente simple. El rey ha muerto.

Viva la nueva reina. Y en la nueva corte no hay lugar para los fantasmas del priismo. Ante este panorama desolador, con el desafuero a la vuelta de la esquina y sin aliados que metan las manos al fuego por él, solo queda una ruta de escape, la misma que han tomado tantos otros corruptos del viejo régimen.

La fuga, la sombra de un escape clandestino, de un vuelo nocturno hacia algún paraíso fiscal se cierne sobre él. La historia reciente de México está plagada de gobernadores y funcionarios que al verse acorralados optaron por convertirse en prófugos internacionales. Es el modus operandi de una clase política que nunca concibió rendir cuentas ante la ley.

Para ellos, la justicia siempre fue un instrumento, no un principio. La pregunta que flota en el aire no es si Alito caerá, sino si lo hará frente a un juez en México o si su nombre se sumará a una lista de la Interpol. Su desesperación debe ser total porque sabe que su caída no es solo personal, es el derrumbe del último bastión de un partido que se niega a morir, pero que ya huele a descomposición.

Y esa descomposición no es solo en la cúpula. La podredumbre del PRI es sistémica, llega hasta el último rincón del país y para muestra un botón grotesco. El caso del diputado priista Iván Camacho Romero en Cuyoaco, Puebla, apodado ya como el alcalde Gster. Este personaje se convirtió en el centro de un escándalo que parece sacado de una comedia de humor negro si no fuera por la violencia y la arrogancia que exhibe.

Camacho Romero envió a sus escoltas a golpear a un cajero de una tienda departamental. El motivo de la agresión. El empleado se negó a aceptar la devolución de ropa interior usada. Leámoslo de nuevo para entender la magnitud del cinismo. Un representante popular utiliza a su cuerpo de seguridad, pagado probablemente con recursos públicos para agredir a un trabajador porque no le permitieron devolver una prenda íntima ya utilizada.

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