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SE INICIA EL JUICIO DE TRUMP: JUECES DEL CONGRESO LO INVESTIGAN POR CRÍMENES.

ejercicio retórico, es en esencia la antesala de un juicio político, impeachment. Su investigación inevitablemente culminará en la evaluación de la conducta de Donald Trump y la determinación de si existen delitos susceptibles de persecución legal. Y como ha quedado abundantemente claro a lo largo de los últimos años, las pruebas y los motivos para iniciar dicho proceso sobran y se acumulan.

 El mismo cuerpo legislativo que asume la tarea de investigar las violaciones constitucionales y los abusos contra el pueblo tiene la potestad de iniciar un juicio político contra el presidente en funciones. Lo que hace apenas una semana se percibía como un horizonte de impunidad casi asegurada para el presidente se está transformando rápidamente en una trampa legal con nombre y apellido.

 Esta afirmación no es una exageración y las fuentes mediáticas estadounidenses ya lo están confirmando de manera categórica. Múltiples medios reportan la existencia de congresistas dedicados a redactar los documentos que podrían constituir el primer intento serio y formal de enjuiciar a Donald Trump.

 Es crucial notar que el alcance de la investigación no se limita al presidente, también se extendería a funcionarios de su gobierno y, de manera significativa a los agentes que ejecutaron las órdenes más oscuras emanadas de la Casa Blanca. Si bien algunos en la esfera pública y en el debate en línea expresan escepticismo sobre la probabilidad de que el Congreso logre enjuiciar exitosamente a Donald Trump, el consenso es que, como mínimo la creación de esta comisión abre una puerta inmensa y cambia las reglas del juego. Si la destitución del presidente

resultase difícil, la caída de miembros clave de su gabinete parece mucho más factible y, para muchos, inevitable. La protección que la Corte Suprema pueda conferir al presidente por sus actos oficiales no anula ni invalida la capacidad del Congreso para iniciar un proceso de destitución, impeachment, y esta comisión provee el andamiaje legal necesario para ello.

 Poseen respaldos judiciales sólidos, con registros y evidencias que hasta hace poco se mantenían ocultos bajo llave. El detonante que ha precipitado esta tormenta política ilegal fue un conjunto de sucesos que varios medios intentaron deliberadamente ocultar o minimizar en un principio. La difusión de imágenes impactantes de mujeres mayores, incluso abuelas, ciudadanas estadounidenses, siendo arrastradas, secuestradas y detenidas sin cargos formales.

 Estos secuestros se efectuaron en camionetas sin identificación y se documentaron casos de niños menores de edad, también estadounidenses, amarrados con cinchos de plástico tras ser detenidos. Lo aberrante de estos hechos no radica solo en el abuso, sino en que se perpetraron contra la población local, desmantelando la narrativa de que las acciones de la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas, ISE y otras agencias de seguridad se dirigían únicamente contra inmigrantes.

 Estas detenciones se llevaron a cabo a pesar de existir órdenes judiciales previas en contra de tales prácticas, resultando en la privación de libertad y el secuestro de ciudadanos estadounidenses retenidos en centros de detención sin acceso a asistencia legal. Es fundamental subrayar la gravedad de esta situación. Este tipo de atropellos que se suelen atribuir a regímenes dictatoriales en lugares como Irán, Corea del Norte o incluso Venezuela, país que el propio Trump ha calificado de dictadura, están ocurriendo hoy en los Estados Unidos.

Esta represión se ha manifestado en ciudades como Portland, Chicago y Nueva York con cientos de videos circulando en redes sociales que sirven como prueba. Organizaciones de derechos humanos como la American Civil Liberties Union, ACLU y Human Rights Watch han publicado informes detallados describiendo estos patrones de abuso sistemático.

 Lo más alarmante es que estos abusos no solo ocurrieron, sino que lo hicieron con el conocimiento y la aprobación tácita de legisladores republicanos, quienes se negaron explícitamente a investigarlos. El presidente de la Cámara, Mickey Johnson, ha llegado al extremo de afirmar con un descaro notorio, que no ha visto que las autoridades hayan cruzado la línea todavía, sugiriendo que el secuestro de ancianas y niños, el uso de armas químicas, granadas de humo y gases lacrimógenos contra manifestantes y el encarcelamiento de ciudadanos sin

derechos aún se mantienen dentro de los límites aceptables. La inacción del Congreso ya no es sostenible. Con una economía tambaleante, una frontera militarizada y una profunda fractura interna en el Capitolio, la obligación de actuar se ha vuelto ineludible. Una mayoría demócrata está ahora exigiendo cuentas, buscando llevar a juicio a Trump, a su gabinete y a sus allegados.

La exigencia de rendición de cuentas contra la administración Trump está siendo liderada por figuras clave en el Congreso, entre las que destaca Eric Balwell, un ex fiscal con una profunda conexión con el mundo policial, cuyos antecedentes familiares incluyen a su padre y hermanos como agentes de la ley. Balwell y otros congresistas están hartos de presenciar la transformación de instituciones juramentadas para proteger a los estadounidenses en cómplices de abuso de poder.

 En una entrevista reciente, Esbalwuell hizo una observación crucial. Estos funcionarios actúan como si el poder fuera eterno, porque son plenamente conscientes de que al perderlo serán procesados y muy probablemente enfrentarán penas de prisión en Estados Unidos. Este miedo a la pérdida del poder es el motor detrás de su desesperada defensa, un miedo alimentado por la montaña de delitos pendientes que se acumulan en su contra.

Las cifras son escalofriantes y empeoran la situación a niveles críticos. Según el Migration Policy Institute, desde 2017 hasta la fecha, más de 400,000 personas han sido detenidas por ISE sin contar con una sola orden judicial que lo justifique. Lo más perturbador es que en al menos 12,000 de esos casos los detenidos eran ciudadanos estadounidenses o residentes legales.

Desde la llegada de Trump al poder, esta cifra ha escalado vertiginosamente, evidenciando que la persecución no es ya solo contra inmigrantes. excusa, sino un mecanismo de limpieza social dirigido contra aquellos que no encajan en el ideal gubernamental. Esta persecución ha alcanzado a personas que solo hablan inglés, que nunca han salido del país y que nacieron en él, a quienes se llevan bajo el pretexto de ser inmigrantes irregulares.

 Las detenciones se han extendido a refugios para personas sin hogar, donde individuos en situación de calle han sido desaparecidos con la misma excusa. La pregunta que flota en el aire es, ¿dónde están? La incertidumbre es total. Se desconoce si están vivos, muertos o retenidos en alguna cárcel o centro como el CEOT en El Salvador.

 Solo en la ciudad de Portland se han registrado más de 1700 detenciones sin identificar a los agentes, quienes operaban encapuchados como malandros. Las quejas y denuncias han chocado con un muro de opacidad. No hay nombres, números de identificación o placas de vehículos que permitan rastrear a los responsables. Los informes de la Oficina de Responsabilidad del Departamento de Justicia dan cuenta de que muchas de estas personas secuestradas sencillamente no aparecen.

 Todos estos abusos han contado con el aval explícito de la Casa Blanca y según todos los indicios se ejecutaron bajo órdenes directas de la cúpula presidencial, ya que estos agentes no se mandan solos. Los informes detallados que documentaban estos crímenes llegaron al Congreso, donde fueron sistemáticamente archivados por los republicanos durante meses.

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