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Recién casados subieron a suite nupcial — 7 años después gerente encuentra diario

Tu apoyo significa mucho para seguir trayendo estas historias. Roberto cerró el diario por un momento tratando de recordar marzo de 2011, hace 7 años. Buscó en su memoria algún escándalo, alguna noticia, pero nada venía a su mente. Volvió a abrir el cuaderno con manos temblorosas y continuó leyendo.

Adrián está en la ducha. Insistió en que nos quedáramos en la suite presidencial, la número 307. Decía que era tradición familiar, que sus padres también habían pasado su noche de bodas aquí en esta misma habitación. Pero cuando entré sentí algo extraño. El aire está pesado, como si cargara secretos que no quieren ser descubiertos.

Las paredes están decoradas con papel tapiz antiguo, con patrones florales que en la penumbra parecen moverse. Hay un espejo enorme frente a la cama con un marco dorado tan elaborado que parece más una obra de arte que un simple espejo. Me vi reflejada en él hace unos minutos y juro que vi algo más, una sombra, pero cuando volteé no había nadie.

Roberto sintió que su respiración se aceleraba. La suite 307. Esa habitación llevaba cerrada desde que él llegó al hotel. Le habían dicho que era por renovaciones, pero nunca vio a nadie trabajar en ella. Continuó leyendo, incapaz de detenerse. Adrián salió del baño con esa sonrisa que me enamoró hace 3 años cuando nos conocimos en la Universidad de Guanajuato. Estudia arquitectura.

Yo soy maestra de primaria. Su familia tiene dinero, la mía no tanto. Pero él siempre dijo que eso no importaba. Me abrazó y me dijo que me amaba. Pero cuando lo miré a los ojos, había algo diferente, una urgencia que no había visto antes. Me besó de manera casi desesperada y me llevó hacia la cama.

Intenté relajarme, convencerme de que eran nervios de la boda, del día tan largo que habíamos tenido. La ceremonia fue hermosa en la basílica de Nuestra Señora de Guanajuato con más de 200 invitados. Mis padres lloraron, mi madre no dejaba de abrazarme. Los padres de Adrián, don Fernando y doña Patricia Torres mantuvieron esa elegancia fría que siempre los caracteriza.

Fueron amables, pero distantes, como si estuvieran actuando un papel. Ahora son las 2 de la mañana. Adrián está dormido. Yo no puedo dormir. Hay ruidos en las paredes, como si alguien caminara en la habitación de al lado, pero sé que esta suite está aislada, no hay habitaciones adyacentes. Me levanté a revisar y encontré este cuaderno en el cajón del buró.

Las páginas estaban en blanco como esperándome. Decidí escribir, tal vez para calmar mis nervios. Mañana nos vamos a Cancún por dos semanas. Esta sensación habrá pasado y me reiré de estos miedos tontos. Roberto pasó varias páginas. La siguiente entrada era del día siguiente. 6 de marzo de 2011. Algo terrible ha pasado.

Intentamos salir de la habitación esta mañana y la puerta no abre. Adriana jalado, pateado, pero está completamente trabada. Llamamos a recepción desde el teléfono de la habitación, pero nadie contesta. Adrián usó su celular, pero no hay señal. Revisé el mío y es lo mismo, cero barras. Es como si estuviéramos en un búnker subterráneo, pero estamos en el tercer piso.

La ventana da al callejón, pero cuando intentamos abrirla, descubrimos que está sellada. No es que tenga un seguro o esté atascada, está literalmente sellada como si alguien hubiera soldado el marco. Adrián está empezando a asustarse, aunque trata de ocultarlo. Dice que seguramente es un error que alguien vendrá pronto. Hemos encontrado una minibar con agua y algunas botellas de vino, galletas, chocolates. No es mucho, pero es algo.

Adrián golpeó la puerta durante una hora gritando por ayuda. Nadie vino. Es mediodía y el silencio del hotel es antinatural. Un hotel de este tamaño debería tener ruido. Huéspedes, personal de limpieza, algo, pero es como si estuviéramos completamente solos. Las manos de Roberto temblaban mientras seguía leyendo.

Tomó su teléfono y marcó a su jefe, Ernesto Villagrán, el gerente general del hotel. Eran las 11 de la noche, pero esto no podía esperar. Roberto, ¿qué pasa? La voz de Ernesto sonaba somnolienta. Señor Villagrán, encontré algo en el sótano, un diario de una mujer llamada Valeria Sánchez de Torres. dice que estuvo atrapada en la suite 307 en marzo de 2011.

¿Recuerda algo sobre esto? Hubo un silencio prolongado del otro lado de la línea, tan largo que Roberto pensó que se había cortado la llamada. Ernesto, ¿sigue ahí? Voy para allá. No toques nada más. No hables con nadie. Llego en 20 minutos. La llamada se cortó. Roberto se quedó mirando el teléfono desconcertado por la reacción.

Volvió al diario, incapaz de resistir la tentación de seguir leyendo. 7 de marzo de 2011, creo. Ya perdí la noción del tiempo. No hay relojes en esta habitación. Solo nuestros celulares muertos. Adrián está actuando muy extraño. Cuando le pregunté por qué insistió tanto en esta habitación específica, se puso defensivo. Dijo que era tradición familiar, pero cuando le pedí más detalles, cambió de tema.

Esta mañana, mientras él dormía, revisé sus maletas. Sé que está mal, que no debería violar su privacidad, pero algo me decía que tenía que hacerlo. Encontré papeles, documentos viejos. Uno de ellos era un artículo de periódico de 1985. El titular decía pareja desaparece de hotel en Guanajuato durante luna de miel.

Mis padres, los padres de Adrián, Fernando Torres y Patricia Morales, desaparecieron de este mismo hotel, de esta misma suite. Hace 26 años. estuvieron desaparecidos durante una semana antes de que los encontraran caminando por las calles de Querétaro, a 2 horas de aquí, sin memoria de lo que había pasado. Cuando Adrián despertó, lo confronté.

Al principio lo negó, luego se derrumbó. Me confesó que sus padres nunca recordaron qué pasó en esa semana. Los doctores dijeron que era amnesia traumática, pero ellos sí recordaban haber estado atrapados en la suite sin poder salir, sin que nadie respondiera a sus gritos. Cuando finalmente salieron o cuando fueron liberados, nadie les creyó.

El hotel negó todo. Dijeron que los Torres nunca estuvieron registrados. Ahí borraron todos los registros. Le di 30,000 pesos al recepcionista de entonces para que me dejara volver, para demostrarle a mi familia que no estábamos locos”, me dijo Adrián. “Quería entender qué había pasado. Pensaba que si pasábamos una noche aquí, nada malo pasaría y podríamos cerrar ese capítulo.” Roberto sintió náuseas.

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