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Raúl Velasco: El Asqueroso Secreto que TELEVISA Calló y los Artistas Sufrieron en Silencio

Una pieza que funcionó a la perfección durante casi 30 años, pero que al final, como todo lo que toca el poder en México, terminó destruida por las mismas fuerzas que la crearon. Suscríbete a este canal porque aquí abrimos los expedientes que el gobierno clasificó durante décadas y el de Raúl Velasco es uno de los más perturbadores que hemos encontrado.

Para entender lo que Raúl Velasco se convirtió, hay que entender de dónde venía. Y de dónde venía no tiene nada que ver con la imagen de hombre todopoderoso que proyectó durante tres décadas. Raúl Velasco Ramírez nació el 24 de abril de 1933 en Celaya, Guanajuato, en una familia de escasos recursos. Su padre tenía una tienda de abarrotes llamada La Violeta, un local pequeño en una calle polvorienta donde los estantes apenas tenían mercancía.

El niño que después decidiría qué música escuchaba todo un continente, empezó trabajando como mensajero, recorriendo las calles de Celaya en bicicleta a los 12 años. Después operario de tractor en ranchos aledaños. Después chóer de rutas locales. No había privilegio, no había apellido, no había red de contactos, solo había hambre de salir de ahí.

A los 20 años se fue a la ciudad de México con lo puesto. Llegó sin conocer a nadie, sin un peso en la bolsa, sin saber que esa ciudad lo convertiría en el hombre más temido del espectáculo latinoamericano. Trabajó como contador en el Banco Nacional de México mientras intentaba abrirse paso en los medios. Escribió para periódicos locales.

Actuó en programas menores de televisión donde apenas le daban líneas. Nadie lo volteaba a ver. Era un don Nadie en una ciudad que devoraba a los don Nadie sin dejar rastro. Un joven de provincia sin conexiones, sin dinero, sin futuro aparente. Pero Raúl Velasco tenía algo que la mayoría no tenía, un primo segundo llamado Miguel Alemán Velasco.

Y aquí es donde esta historia deja de ser la biografía de un conductor de televisión y se convierte en algo mucho más oscuro. Miguel Alemán Velasco no era cualquier persona. era hijo del expresidente Miguel Alemán Valdés, el hombre que gobernó México de 1946 a 1952 y que otorgó las primeras concesiones de televisión en la historia del país, las mismas concesiones que eventualmente se convertirían en Televisa.

Miguel Alemán Velasco era militante del PRI desde 1953. Ocupó cargos dentro del partido durante más de 30 años. Secretario auxiliar del presidente del Comité Ejecutivo Nacional, miembro del Consejo Consultivo del IEPES, director de relaciones públicas del SEN, secretario de finanzas. Fue asesor de la Presidencia de la República para asuntos de radio y televisión.

fue embajador de México para asuntos especiales y además de todo eso fue alto ejecutivo de Televisa, accionista de la empresa, vicepresidente y presidente ejecutivo del Consorcio Televisivo más grande de América Latina. Eventualmente se convertiría en senador de la República y gobernador de Veracruz de 1998 a 2004.

El parentesco entre Raúl Velasco y Miguel Alemán Velasco no era lejano ni decorativo. Era el boleto de entrada a un mundo que de otra manera habría sido imposible de penetrar. Un mundo donde las concesiones de televisión, los cargos del PRI y los contratos de la industria del entretenimiento se repartían en las mismas cenas, entre las mismas familias, con los mismos apretones de manos.

Gracias a esa conexión, Raúl Velasco se integró a la televisión independiente de México, que después sería absorbida por Televisa. Participó en programas como Medianoche, Domingos Espectaculares y Reseña Cinematográfica de Acapulco. Eran programas menores, pero le dieron visibilidad, le dieron la oportunidad de demostrar que tenía carisma, que sabía manejar el micrófono, que podía sostener la atención de una audiencia durante horas.

Y el momento que cambió todo fue diciembre de 1969, cuando le dieron la conducción de un programa nuevo llamado Siempre en domingo. Escúchame bien esta fecha. Diciembre de 1969, un año y 3 meses después de la masacre de Tlatelolco. Un año después de que el gobierno del PRI aplastara al movimiento estudiantil con tanques y francotiradores en la plaza de las tres culturas el 2 de octubre de 1968.

En ese momento, el sistema político mexicano necesitaba algo con desesperación, control. Control de la narrativa, control de lo que la gente veía, escuchaba y pensaba, control de los domingos por la tarde, cuando las familias mexicanas se reunían frente al único aparato de televisión de la casa y durante horas absorbían todo lo que la pantalla les ofrecía.

Y siempre en domingo fue exactamente eso, una herramienta de control disfrazada de entretenimiento familiar. Pero eso no es lo más grave. Lo que viene ahora es todavía peor. Después de Tlatelolco vino a Bándaro, el festival de rock de septiembre de 1971 en el Valle de Bravo, Estado de México, donde más de 200,000 jóvenes se reunieron para escuchar música que el gobierno consideraba subversiva.

Bandas como Peace and Love, Three Souls in My Mind, El epílogo y Los Doug Dogs tocaron durante horas mientras la juventud mexicana vivía su propio Woodstock. La respuesta del sistema fue brutal. El rock fue prácticamente prohibido en México. No hubo una ley que lo dijera explícitamente. No hubo un decreto presidencial. No hizo falta.

Hacía Lucia. Misirma. Mis sirma. Mis sirma. Mis sirma. Mis sirma. Fuera Lucia. Mi sirma. Mi sirma. Misirma. Mi sirma. Mis sirma mi sirma. Misirma sabo. Mis sirma mi sirma. Misirma sabo nacía Lucia. Mi sirma Sabo nacía Lucia. El misirma. Misirma sabo nacía Lucia. Sabon nacía Lucia. Sabo nacía Lucia. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma.

Mi sirma. Sabo nacía Lucia. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma. Mi sirma sirma. El meccanismo fue más elegante y más efectivo que cualquier legislación. El mecanismo fue Televisa y dentro de Televisa el mecanismo fue Raúl Velasco. El PRI necesitaba que la juventud mexicana dejara de escuchar rock y empezara a consumir algo más controlable, algo que no generara concentraciones masivas, algo que no cuestionara al sistema, algo que mantuviera a la gente sentada en sus

casas aplaudiendo frente a la televisión en lugar de marchando por las calles. Por lo tanto, Televisa y Raúl Velasco se encargaron de hacer el trabajo sucio, promover artistas popresión musical válida en México. Todo lo demás quedó fuera. El rock, el blues, el jazz, la música de protesta. Todo fue invisibilizado, marginado, empujado a los sótanos de una cultura que solo tenía un canal de distribución masiva.

Las consecuencias de esa decisión fueron devastadoras para una generación entera de músicos mexicanos. Bandas que tenían el talento para competir internacionalmente fueron condenadas a tocar en hoyos Fonky, sótanos improvisados sin ventilación y sin permisos donde el rock mexicano sobrevivió en la clandestinidad durante casi 20 años.

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