Quédate porque lo que te voy a contar te va a cambiar [música] la forma en que ves algo que hacemos todos los días sin darnos cuenta. Mira, yo estaba investigando las particularidades culturales argentinas, esas [música] cosas que nos hacen únicos en el mundo, pero que normalmente no notamos porque las vivimos desde chicos.
Y me encontré con una pregunta que parece simple, pero tiene una respuesta fascinante. [música] ¿Por qué los argentinos debatimos política en los bares? No es solo que nos guste hablar, aunque eso también es verdad. [música] Hay una razón histórica concreta con más de dos siglos de profundidad que explica por qué en Argentina el bar no es solo un lugar para tomar algo, sino un espacio donde se piensa el país.

Desde las conspiraciones preindependentistas [música] hasta los debates del movimiento obrero, desde las peleas literarias de los años 20 hasta las discusiones que escuchamos hoy, cualquier sábado a la noche. Hay un hilo conductor que une todo eso y ese hilo, como casi todo lo que nos define como pueblo, es más rico y más complejo de lo que parece a primera vista.
Empecemos desde antes de que Argentina existiera [música] como país. Estamos en la Buenos Aires colonial, finales del siglo XVII. La ciudad es pequeña, el poder lo tiene el virrey y la vida social de la gente común ocurre en un solo lugar, la pulpería. La pulpería era mucho más que un almacén o una taberna.
[música] Era el corazón de la vida comunitaria en la Argentina colonial y criolla. Ahí se vendía de todo, desde harina hasta tabaco. Pero sobre todo era el lugar donde la gente se encontraba, tomaba algo, jugaba a los naipes y fundamentalmente hablaba. [música] En las pulperías circulaban las noticias, los rumores, las quejas. Cuando había un decreto del birrey que le molestaba a la gente, la reacción no se organizaba en un despacho ni en una carta formal.
[música] Se cocinaba en la pulpería entre copa y copa. Los historiadores que estudian la vida cotidiana en la Argentina colonial [música] señalan que estos espacios de sociabilidad popular fueron esenciales para que se formaran las lealtades [música] políticas y las resistencias que eventualmente alimentaron los movimientos de independencia.
La pulpería era, en términos de hoy, la red social de la época, sin algoritmos, sin pantallas, [música] pero con el mismo poder de viralizar una idea de mesa en mesa. Ahora saltemos [música] a 1799. Buenos Aires está creciendo, [música] están llegando más comerciantes, más profesionales, más ideas de Europa que hablan de libertad, de ilustración [música] de los derechos del hombre.
Y en ese contexto abre el café de los catalanes, el primer café elegante de la ciudad, fundado el 2 de enero de ese año. [música] Estaba ubicado en lo que hoy sería la esquina de las actuales calles Perón y San Martín, a metros del cabildo, a metros de la Plaza Mayor. Esa ubicación no era casual, [música] era el lugar donde se cruzaban los criollos que ya empezaban a soñar con otra cosa.
Los documentos históricos de la época muestran que las autoridades coloniales españolas [música] sabían perfectamente lo que pasaba en ese café. sabían que los jóvenes que se reunían ahí alentaban el espíritu de libertad y sin embargo no podían cerrarlo sin armar un escándalo mayor. [música] Entonces el café de los catalanes siguió abierto, siguió siendo un herbidero de ideas y siguió siendo, año tras año, uno de [música] los espacios donde la revolución de mayo se fue incubando.
Cuando llegó la semana de mayo de 1810, según fuentes históricas de la época, [música] el ambiente en el café de los catalanes era de efervescencia total. Mientras el rey intentaba mantener el orden, en esas mesas los criollos debatían la mejor forma de actuar. La independencia argentina no nació solo en el cabildo abierto, nació [música] también sobre las mesas de mármol de un café.
Esto es algo que me parece fundamental [música] entender. En Argentina, desde el principio, el espacio del debate político no fue exclusivamente [música] el Parlamento o el Palacio de gobierno, fue también el bar, el café, la mesa compartida. [música] Eso dice algo muy profundo sobre nuestra cultura democrática.
El debate no quedó reservado para la elite. [música] Se filtró hacia los espacios donde se encontraba todo el mundo. Ahora, avancemos en el tiempo. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, Argentina vive una transformación que va a marcar todo lo que viene. [música] Llegan millones de inmigrantes europeos, principalmente italianos y españoles, pero también franceses, alemanes, polacos, rusos.
Para dar una idea del fenómeno, en unas pocas décadas Argentina recibe una de las soleadas migratorias más grandes del mundo en términos proporcionales a su población. Estos inmigrantes traen consigo idiomas, costumbres, [música] comidas y también algo muy concreto, la cultura del café como espacio político. En Italia, en España, en Francia, en los países donde se había gestado el movimiento ilustrado y las revoluciones del siglo XIX, [música] el café era desde hacía tiempo el lugar donde se discutía política, se leía la prensa, se organizaba
movimientos. Los inmigrantes europeos que llegan a Buenos Aires en esa época traen esa práctica en la valija junto con la receta de la pasta y la costumbre del mate que van adoptando y la injertan en un suelo donde ya había una tradición local de debate en espacios [música] populares.
El resultado es una fusión única. Lo europeo y lo ríoplatense se mezclan y el bargentino se convierte en algo que no existía exactamente en ninguna otra parte del mundo. Este es también el momento en que los bares se convierten en algo que hoy llamaríamos centros de organización política de base. Los inmigrantes que llegan a trabajar en las fábricas, [música] en los puertos, en la construcción traen consigo ideas políticas que en Europa ya [música] tenían décadas de desarrollo, el anarquismo, el socialismo, el sindicalismo revolucionario. Estas
corrientes llegan a Argentina principalmente en las cabezas de inmigrantes italianos y españoles y sus primeros espacios de debate y organización son los bares y cafés del puerto, de la Boca, de los barrios obreros. A fines del siglo XIX, el movimiento anarquista empieza a publicar su propio periódico, La Protesta humana, que luego se llamaría la protesta.
Y ese periódico se leía y se discutía en los bares. Los debates sobre las huelgas, sobre las condiciones de trabajo, sobre la jornada laboral, sobre cómo organizar a los trabajadores, no ocurrían solo en los sindicatos formales, ocurrían en las mesas del fondo de los bares, a veces en voz baja para no llamar la atención de la policía, a veces en voz alta cuando la indignación era mayor que el miedo.
[música] Y esto es algo que quiero que notemos. En Argentina, el bar fue históricamente un espacio democrático en el sentido más literal. un espacio donde podían coincidir el obrero recién llegado de Génova, el periodista criollo, el estudiante universitario y el comerciante de barrio.
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En la mesa del café no había jerarquías formales, todos tomaban del mismo pocillo. Y eso generó algo muy particular en la cultura política argentina, la idea de que cualquiera tiene derecho a opinar, que el debate político no es solo para los especialistas, que la política es un asunto de todos. Esa idea que a veces nos definen desde afuera, a veces con ironía, como que los argentinos tenemos una opinión sobre todo, tiene su raiz histórica ahí en esos bares del siglo XIX, donde el debate político era literalmente una práctica cotidiana abierta a cualquiera
que quisiera sentarse. Sigamos. En 1858 abre en Buenos Aires un café que se va a convertir en el símbolo más poderoso de esta tradición, el café Tortoni. Lo que hace el Tortoni tan especial no es solo su arquitectura hermosa ni su historia longeva. Lo que lo hace único es que desde sus comienzos fue un espacio donde se mezclaron el mundo de la política y el mundo de la cultura de una manera que no se ve tan claramente en otros países.
Por sus mesas pasaron presidentes y expresidentes, figuras como Bartolome Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, pero también pasaron escritores, pintores, músicos, [música] intelectuales. En el Tortoni, una misma noche podía sentar a un senador, a un poeta y a un sindicalista [música] en mesas contiguas y todos debatían. Esa mezcla, esa ausencia de compartimentos estancos entre la alta política y la cultura [música] y la intelectualidad de izquierda.
Es una característica muy argentina que el Tortoni cristaliza perfectamente. [música] Pero el momento más icónico del Tortoni llega en 1926, cuando el pintor Benito Quinquela Martín, ese [música] artista que le dio vida visual a la boca, crea en el subsuelo del café La Peña del Tortoni. Una peña, para los que no [música] saben, era una reunión periódica donde gente de distintos ámbitos se juntaba a leer, a [música] cantar, a debatir y la peña del Tortonis se convierte entre 1926 [música] y 1943 en uno de los espacios intelectuales más
vibrantes que tuvo Buenos Aires en el siglo [música] XX. Por esa peña pasan figuras que hoy son patrimonio de la cultura [música] universal. Alfonsina Storny, que fue la primera mujer invitada a ese espacio que [música] históricamente había sido masculino y cuya presencia transformó el lugar.
Jorge Luis Borgez, que [música] ya comenzaba a construir la obra que lo haría inmortal, Carlos Gardel, que interpretaba sus tangos en ese subsuelo y fue moldeando el sonido de lo que Argentina [música] quería decir al mundo. Federico García Lorca, que visitó Buenos Aires y dejó constancia de cuánto [música] le impresionó esta ciudad, donde la cultura y la política se mezclaban tan naturalmente en las mesas de un bar.
La [música] peña del Tortoni no era solo un espectáculo, era un espacio de debate donde se discutía qué era Argentina, qué debía hacer, [música] hacia dónde iba. Arte y política fundidos en el mismo pocillo de café. Ahora bien, [música] el Tortoni y su peña representan el costado más refinado de esta tradición, pero en la misma época, en los años 20, hay otro fenómeno que muestra que el debate en los bares argentinos no era solo cosa de la elite intelectual.
[música] Me refiero a la famosa disputa entre el grupo Florida y el grupo Boedo, que es posiblemente el debate literario y político [música] más importante de la Argentina del siglo XX. Y noten algo fascinante, los dos grupos se llaman así por los lugares donde se reunían. El grupo Florida tomaba su nombre de la calle Florida del Microcentro, [música] donde sus integrantes se juntaban en una confitería llamada la Richmond, [música] frecuentada por escritores y artistas con inclinaciones más estéticas y vanguardistas. [música]
El grupo Boedo tomaba su nombre del barrio del sur, [música] donde sus integrantes se reunían en el café Margot y otros bares del barrio. [música] Y entre ellos estaban nombres como Roberto Art, que es uno de los grandes escritores [música] argentinos de todos los tiempos. El grupo Boedo estaba comprometido [música] políticamente con las clases trabajadoras, con el socialismo, con la idea de que la literatura debía servir para transformar [música] la sociedad. Esto es notable.
El debate más importante de la literatura [música] argentina no ocurrió en universidades ni en revistas académicas, ocurrió en bares [música] y además los grupos se identificaban por sus bares. No decían soy del grupo tal, decían soy de Florida o soy de Boedo. Y eso inmediatamente ubicaba a la persona en un universo político, estético e ideológico completo.
[música] El bar no era solo el lugar de reunión, era parte de la identidad. Eso no ocurre en muchos otros países del mundo con esa intensidad, pero hay otra dimensión de esta tradición [música] que a menudo se olvida y que es igual de importante, la del interior del país. Esta historia que estoy contando no es solo porteña.
En cada provincia, en cada pueblo de la Argentina del siglo XIX y XX había un equivalente local de este espacio. La pulpería [música] del interior fue durante décadas el lugar donde se definían las lealtades [música] entre federales y unitarios, donde el caudillo local tomaba el pulso de la opinión popular, donde las noticias de la capital llegaban y se interpretaban y se debatían.
Los grandes conflictos políticos del siglo XIX argentino, la tensión entre Buenos Aires y las provincias, entre el centralismo y el federalismo, se vivieron y procesaron en gran medida en esos bares del interior que la [música] historia oficial a veces pasa por alto. La tradición del debate político en el bar no es un fenómeno exclusivamente [música] urbano y porteño.
Es una tradición argentina de punta a punta del país. Y hablando de cómo los bares argentinos procesaron la política, hay un episodio del siglo XX que ilustra esto de una manera que me parece extraordinaria. [música] Cuando estalla la guerra civil española en 1936, [música] Buenos Aires tiene una de las comunidades españolas más grandes del mundo fuera de España y esa comunidad española está dividida, [música] como toda España, entre republicanos y franquistas.
Los investigadores que estudiaron este periodo documentaron que los bares y cafés de Buenos Aires se convirtieron literalmente en espacios de batalla ideológica entre los dos bandos. Había bares donde no podías entrar si tenías la opinión equivocada. [música] La misma fractura que estaba destrozando España se replicaba mesa por mesa en los bares de Buenos Aires.
[música] Esto nos dice algo muy importante. El bar argentino no era solo un espejo de la política local, era un espacio donde resonaban los debates del mundo entero. Los inmigrantes que llenaron Buenos Aires a lo largo de décadas no dejaron su política en Europa, [música] la trajeron con ellos y la siguieron viviendo en las mesas de los bares porteños.
Buenos Aires fue, en ese sentido, una ciudad donde el mundo se debatía en tiempo real. Avanzando en el tiempo, llegamos a algo que me parece fascinante como acto de reconocimiento oficial de esta tradición. En 1998, la legislatura de la ciudad de Buenos Aires aprueba la ley 35, que crea el programa de bares notables.
Esta ley protege y distingue aquellos bares, cafés, [música] confiterías y billares que por su historia, su arquitectura o su relevancia cultural son considerados patrimonio de la ciudad. El programa no protege solo los edificios, protege el espacio social que esos lugares representan. [música] Buenos Aires fue una de las primeras ciudades del mundo en reconocer formalmente que sus bares son patrimonio cultural, no por ser bonitos, sino por ser lugares donde ocurrió la historia, [música] donde se formaron ideas, donde
se construyó la identidad colectiva. Eso dice mucho de cómo los propios porteños entienden lo que es un bar en esta ciudad. [música] Y la UNESCO también lo ha reconocido destacando a los cafés históricos de Buenos Aires como parte del patrimonio cultural a preservar. No son solo bares, [música] son instituciones vivas.
¿Y por qué? ¿Por qué en Argentina se desarrolló esta tradición con tanta intensidad? [música] Creo que hay varias razones que se potencian entre sí. Primero, la mezcla cultural. Argentina fue un país construido por inmigrantes de docenas de países distintos, todos con sus propias tradiciones de debate público, todos acostumbrados a procesar la vida política en espacios compartidos.
Esa diversidad de culturas que se mezclan genera una ebulición intelectual que necesita un espacio donde expresarse y el bar resultó ser ese espacio. Segundo, [música] el mate. Puede parecer un desvío, pero no lo es. La cultura del mate, esa práctica de tomar algo juntos en tiempo extendido, genera una disposición cultural hacia la conversación larga, hacia tomarse el tiempo de desarrollar una idea, de escuchar al otro, de volver a argumentar.
[música] El bar es la versión colectiva y pública de esa misma disposición. Y tercero, y esto es fundamental, en Argentina el baróricamente un espacio sin jerarquías formales. En otros contextos culturales, la política fue cosa de salones privados, de clubes exclusivos, de espacios donde solo entraban los que ya tenían poder.
En Argentina el bar fue accesible y esa accesibilidad democratizó el debate político de una manera que moldeó profundamente cómo los argentinos concebimos nuestra relación con la política. Hay algo más que vale la pena señalar. En Argentina, el intelectual y el político nunca estuvieron tan separados como en otros países.
La figura del escritor, que es también militante político, del periodista que es también dirigente, del artista que tiene posiciones ideológicas claras y las defiende públicamente, es una figura muy argentina. Y esa figura nació en gran medida en los bares, donde los mundos se mezclaban. Cuando Borges y Alt podían estar en la misma noche en cafés del mismo barrio, aunque con posiciones opuestas, eso generaba un campo cultural donde la política y el arte se alimentaban mutuamente.
Y esa es una riqueza que Argentina tiene y que no siempre valoramos lo suficiente. Hoy en el siglo XXI la tradición sigue viva, aunque transformada. Las redes sociales reemplazaron algunas funciones que antes cumplían los bares, pero cualquier sábadra a la noche, en cualquier bar de Buenos Aires o de Rosario o de Córdoba o de Mendoza, vas a encontrar la misma escena que describían los historiadores del siglo XIX.
Gente sentada alrededor de una mesa con algo en la mano discutiendo a fondo sobre política, sobre el país, sobre lo que está bien y lo que está mal. No porque sean especialistas, no porque nadie les pidió su opinión, sino porque en Argentina sentimos que el debate político es un derecho y casi una obligación ciudadana.
[música] Y ese sentimiento tiene raíces de dos siglos de profundidad. A veces [música] desde afuera y a veces también desde adentro se critica esta característica argentina. [música] Se dice que hablamos mucho y hacemos poco, que debatimos infinitamente y no llegamos a ningún acuerdo. Puede haber algo de verdad en eso, [música] pero yo prefiero mirarlo desde otro ángulo.
Una sociedad que debate es una sociedad que piensa. [música] Una sociedad donde cualquier ciudadano siente que tiene el derecho y la capacidad de opinar sobre el país, es una sociedad que [música] tiene un vínculo activo con su propia democracia. Los grandes momentos de la historia argentina, desde la revolución de mayo hasta el regreso de la democracia en 1983, [música] estuvieron precedidos por debates que ocurrieron en parte [música] en bares y cafés.
Las ideas no caen del cielo ni salen solo de los despachos oficiales. Se construyen en conversación, en el intercambio, [música] en la fricción de perspectivas distintas. Y los argentinos, por razones históricas profundas que hoy repasamos, tenemos una capacidad y una disposición para ese intercambio [música] que es genuinamente valiosa, que a veces se convierta en ruido, es el [música] precio de que sea tan masiva y tan horizontal.
Pero la alternativa, una sociedad [música] donde la gente no debate, donde la política es asunto de especialistas y el ciudadano común no siente que puede opinar, es infinitamente peor. Los bares argentinos son, en ese sentido, mucho más que bares. Son una institución política informal que lleva dos siglos funcionando.
[música] Su en el lugar donde se procesa la realidad, donde se construye el sentido común, donde la gente común hace política sin llamar la política. [música] Desde el café de los catalanes en 1799 pasando por las pulperías del interior, por los bares obreros de principios del siglo X, por la peña del Tortoni, por el café Margot donde Art encontraba sus personajes, hasta el bar de tu barrio esta noche hay un hilo que no se cortó nunca.
Eso es tradición en el mejor sentido de la palabra, algo que se transmite no por [música] decreto, sino porque tiene valor real para la gente que lo vive y es nuestro, es profundamente argentino. Entonces, la próxima vez que estés en un bar discutiendo [música] de política y alguien te diga que paren, que no van a llegar a ningún lado, acordate de esto.
Estás haciendo algo que los argentinos hacemos desde antes de que Argentina existiera [música] como país. Estás participando en una tradición de dos siglos y eso merece respeto. Ahora quiero escucharte a vos. ¿Cuál [música] fue la discusión política más memorable que tuviste en un bar? ¿De qué se trató? ¿Con quién fue? ¿Llegaron a alguna conclusión o terminó como terminan siempre estas cosas? Contame en los comentarios que con esta audiencia sé que hay historias buenas guardadas.

Si este video te [música] gustó y sentís que hay alguien en tu círculo que necesita escuchar esta historia, compartilo, porque la mejor forma de mantener viva esta tradición es seguir hablando de ella. Dale like si llegaste hasta acá. Suscribite para no perderte lo que viene. La semana que viene te cuento la historia [música] de cómo Argentina construyó una de las redes de bibliotecas populares más densas de América Latina, impulsada también en gran medida por esos mismos inmigrantes que [música] llenaron los bares del
siglo XIX de ideas. Nos vemos ahí. Abrazo grande.