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Por Esta Razón MESSI nunca respondió a sus HATERS

Y el tiempo, señoras y señores, siempre hace su trabajo porque hay una ley en esta vida que no falla. No importa si eres religioso o no, no importa si crees en el karma, en Dios, en el universo o en nada. La ley existe igual. Lo que siempre cosecha siempre, sin excepción. Y este es el relato de cómo un grupo de periodistas, taristas y figuras del medio futbolístico sembraron od construyeron narrativas falsas, mintieron frente a una cámara con total impunidad y terminaron comiendo cada una de sus palas. No porque alguien los

obligara, no porque Messi los enfrentara, sino porque la realidad tiene una manera brutal y elegante de cobrar las deudas. Retroceda. Porque para entender la magnitud de lo que pasó en Qatar 2022, hay que entender lo que vivió Messi durante casi 15 años con la selección argentina. 15 años de un calvario mediático sin preceder.

Cada torneo era una nueva oportunidad para el mismo ritual. Argentina llegaba, Messi no rendía exactamente como en el Barcelona y entonces se desataba la maquinar. Los micrófonos encendí, los estudios de televisión se llenaban de voces seguras, de hombres con corbata que hablaban con una convicción absoluta sobre un jugador al que nunca habían podido ni acercarse en una cancha.

Y el mensaje siempre era el mismo, repetido hasta el hartazo, instalado en el inconsciente colectivo como si fuera una verdad científica comprobada. Messi no aparece cuando las papas quemen. Messi no tiene mentalidad ganadora. Messi no siente la camiseta. Messi es un fracasado con la selección. Eso se decía, eso se gritaba, eso se viralizaba.

Y había algo mucho más perverso detrás de todo esto que la simple opinión deportiva. Había una intención. Había periodistas que entendieron que atacar a Messi generaba rating, que la controversia ven, que poner al mejor jugador del mundo en el banquillo de los acusados, todas las noches atraía audiencia, generaba debate, ponía su nombre en los titulares.

Era un negocio, un negocio construido sobre la espalda de un ser humano, de una familia, de un hombre que lo único que hacía era ir a jugar al fútbol con su país y dar todo lo que tenía. ¿Y Messi qué hacía mientras tanto? Nada. exactamente nada. No daba conferencias de prensa para defenderse, no mandaba indirectas en redes sociales, no llamaba a periodistas amigos para que salieran a responder por él.

Escuchaba, aguantaba y volvía a entrenarse. Porque sabía algo que sus críticos nunca entendieron, que la única respuesta que vale la pena darse da dentro de una can. Todo lo demás es ruido, pero antes de catar, el ruido se hizo ensordecer. Hay un momento que define, mejor que ningún otro el nivel de bajeza al que llegó cierto sector del periodismo argentino.

Un programa de televisión en vivial decidió hacer un minuto de silencio porque la selección había perdido un partido. Eh, hiciste un minuto de silencio. Yo también. Sí, ya lo dije, boludo. Un minuto de silencio. Como si hubiera muerto alguien eso fuera gracioso o provocador o inteligente. Estaban Diego Díaz, Hugo Balazone, Flavio Azaro, Guido Glide, Marcelo Palacio y varios más que ese día decidieron ser cómplices de uno de los momentos más vergonzosos de la televisión deportiva argentina.

Años después, Diego Díaz intentó explicarse. Dijo que lo que quiso decir era que la selección estaba muerta emocionalmente ese día, que no era una bur, que era una descripción. Pero cuando llevas años construyendo un relato de destrucción contra un jugador y su equipo, cuando el contexto de todo lo que haces apunta en una sola dirección, las explicaciones no alcanzan, los gestos quedan, las imágenes quedan y el archivo como siempre no miente.

Luego está Martín Liber, caso a Liverman dedicó años, literalmente años, a demoler la figura de Messi con una energía y una consistencia que resultaban casi admirables si no fueran tan destructivas. Messi no tiene liderazgo. Messi no tiene mentalidad ganadora. Messi mira el piso cuando las cosas se ponen difíciles.

Lo dijo en Alemania, lo dijo en Brasil, lo dijo en Chile, lo dijo en cada eliminación, en cada derrota, en cada momento en que Argentina no llegaba al resultado esperado. Y lo dijo con esa particular mezcla de soberbia y convicción que caracteriza a quien cree que su opinión es la verdad revelada. Liverman construyó una marca personal sobre la base de ser el gran crítico de y le funcionó durante año hasta que dejó de funcionar porque llegó Qatar y en Qatar pasó algo que nadie que haya visto esos partidos va a olvidar mientras vive.

Messi no solo jugó bien, Messi fue el mejor jugador del torneo más importante del mundo. Messi cargó a Argentina en los momentos más difíciles. Messi apareció exactamente cuando las papas quemaban, que era precisamente lo que durante años sus críticos decían que era incapaz de hacer. en la final contra Francia, con el partido igualado en el Alarg, con todo perdido, Messi estuvo ahí marcando, liderando, sintiendo, lo que se suponía que no podía hacer, lo hizo.

En el escenario más grande que existe en el fútbol mundial lo hizo y entonces llegó el momento más incómodo para todos esos. Liverman, el hombre que había dicho que Messi nunca le había hecho ganar un partido importante a la selección argentina, que había pedido su retiro del equipo nacional, que lo había acusado de cobarde y de pecho frío, terminó llorando en Catar, llorando con la voz quebrada, intentando compatibilizar décadas de crítica feroz con la realidad inapelable de lo que estaba bien.

Y lo que salió de esa tensión fue uno de los discursos más retorcidos que se pueden escuchar. Yo nunca fui panque, siempre creí en él, solo decía lo que pensaba. una contorsión intelectual fascinante. El hombre que había pedido que Messi dejara la selección ahora reclamaba el mérito de haberle creído siempre. Y lo más duro no fue Cat, lo más duro vino después.

Liberman reconoció públicamente que tras el mundial había quedado sin trabajo. 28 años de trabajo ininterrumpido desde septiembre de 1994 hasta diciembre de 2022. Y de un día para el otro, Nad llegó incluso a declarar que estaba seguro de que hubo manos negras que se ocuparon de que no tuviera trabajo.

Casualidad según él, pero todos sabemos que en la vida hay muy pocas casualidad. Álvaro Morales es otro capítulo de este libro. Morales, conocido por su adoración casi religiosa a Cristiano Ronaldo y su desprecio apenas disimulado por todo lo que huela a Messi. Vivió uno de esos momentos televisivos que se quedan grabados para siempre.

Cuando Argentina perdió contra Arabia Saudita en la fase de grupo, Morales explotó de alegría. Mesisit decía siempre cobarde, siempre pecho frío, siempre intrascendente. Lo dijo con una satisfacción que resultaba perturbador. Y luego Argentina ganó el Mundial y Morales tuvo que aparecer en cámara otra vez. El contraste entre los dos momentos separados por apenas una semana es uno de los documentos audiovisuales más elocuentes sobre el costo de sembrar odio por reiting y está Edu Aguir, el hincha del Real Madrid disfrazado de periodista deportivo, el

amigo íntimo de Cristiano Ronaldo que se va de vacaciones con él y que pretende al mismo tiempo dar opiniones objetivas sobre el mejor jugador del mundo. Aguirre que decía que los penales de Messi no contaba, que sus goles en mundiales eran intrascendentes, que Cristiano haría lo mismo o más en su lugar.

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