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Paco Stanley: Lo que Mario Bezares Calló Ese Día y NUNCA le Contó a Nadie

 La historia de una amistad de 20 años que el día más importante fue a hacer sus necesidades y no volvió. Y la historia de un estado que no falló al investigar el crimen, que eligió deliberadamente no resolverlo, porque resolver el crimen de Paco Stanley habría abierto una puerta que nadie en el poder mexicano de 1999 quería que se abriera.

 Para entender lo que pasó ese mediodía de junio, hay que entender primero al hombre que murió. Y eso significa entender las dos versiones de Paco Stanley que existieron al mismo tiempo durante los últimos años de su vida. La primera versión es la que México conocía. Francisco Stanley Albaitero, nacido en la Ciudad de México el 14 de mayo de 1940.

El hombre que durante casi tres décadas fue el rey indiscutible de la comedia televisiva mexicana, el que hacía reír a 30 millones de familias, el que inventó el humor irreverente en la pantalla chica cuando todavía había censura y miedo, y los conductores de televisión vestían de traje y hablaban como si estuvieran en una clase de locución.

Paco Stanley entró a los estudios de Televisa en el canal 4 en 1974 con el programa Nuestra gente y desde el primer día supo que tenía algo que los demás no tenían. La capacidad de hacer que la gente en casa sintiera que le estaba hablando a ella específicamente, que no era un personaje en una pantalla, sino un amigo en la sala.

 Esa capacidad nunca la perdió. La mantuvo durante 25 años de carrera a través de más de una docena de programas atravesando el cambio de Televisa a TV Azteca en 1993 con una seguridad que dejó atónita a la industria porque se llevó su audiencia entera y dejó a Televisa mirando los ratings desde lejos. El que pasó de Televisa a TV Azteca y llevó su rating consigo porque el público no seguía al canal, seguía a él.

 Esa primera versión de Paco Stanley es real, es documentada. Es el hombre que el 7 de junio de 1999 a las 8:30 de la mañana llegó a los estudios de TV Azteca en el Ajusco para grabar una edición más de Una tras otra, su programa matutino. El mismo día que llegó con buen humor, que bromeó con Mario Besares sobre la férula que este llevaba en el pie izquierdo diciéndole en cámara, “Mire usted lo que le pasó a Mayito, el inútil, por patear a sus hijos.

 El mismo día que a las 11:30 de esa mañana salió del foro intempestivamente, gritó a la cabina que ahorita regresaba y luego volvió para despedirse del programa y que poco después de las 12 del mediodía subió a su camioneta Lincoln Navigator Negra con Jorge Hill para ir a desayunar al charco de las ranas sobre el periférico sur en el poniente de la ciudad.

 Pero había una segunda versión de Paco Stanley y esa segunda versión es la que el Estado mexicano durante 26 años ha preferido que no se examine demasiado a fondo. la que sus colaboradores más cercanos conocían en distintos grados, la que la DEA y la PGR encontraron evidencias suficientes para registrar en sus expedientes, aunque esas evidencias nunca se convirtieron en acusaciones formales, porque las acusaciones formales habrían obligado a llegar a lugares que nadie quería llegar.

 Hay que situarse en 1998, un año antes del asesinato. Francisco Stanley Albaitero ya no era el mismo hombre despreocupado y festivo que había conquistado la televisión mexicana en los años 70 y 80. Sus colaboradores más cercanos, quienes le conocían bien por dentro del mundo que el público nunca veía, describían a un hombre que en los últimos meses había cambiado de carácter de manera que no pasaba desapercibida para quien lo conocía de antes, que se mostraba irritable en los ensayos, angustiado entre grabación y grabación,

que llegaba a los foros con más gente de la habitual, porque había aumentado el número de escoltas que lo acompañaban a todos lados, que había cambiado su círculo cercano con una discreción que no explicaba a nadie del todo, que había días en que simplemente no estaba disponible y nadie del equipo sabía bien dónde estaba.

 Los que lo conocían de primera mano, como Benito Castro y el productor Pepe Cabello, confirmaron años después en documentales y entrevistas que Paco consumía cocaína de manera habitual y que ese consumo, que había comenzado mucho antes como parte del ritmo de vida de los grandes programas de televisión de los años 80 y 90 en México, lo había acercado durante los años de bonanza de la primera mitad de esa década a personas que en ese México movían la cocaína. El crimen organizado.

El nombre que más aparece en esas conversaciones es el de Amado Carrillo Fuentes, el señor de los cielos, el líder del cártel de Juárez, que en su momento llegó a controlar la mitad del narcotráfico que cruzaba por México hacia Estados Unidos. un hombre que antes de morir había acumulado una fortuna que algunos estimaban en 25,000 millones de dólares y que manejaba una red de corrupción que llegaba, según los audios de 2025 y según múltiples investigaciones periodísticas de la época hasta el más alto nivel del

gobierno federal mexicano. Pepe Cabello lo contó sin rodeos en una entrevista para el programa Ventaneando, el día que inauguraron las oficinas de ST Producciones. La empresa que Paco Stanley compartía con Benito Castro y Salvador Villalobos en una dirección de la Ciudad de México, apareció Amado Carrillo, no como invitado de paso que alguien trajo sin avisar, como alguien que tenía razones para estar ahí.

 Paco lo llamaba el señor o compadre. Eso no es el lenguaje de quien conoce a alguien de lejos. Eso es el lenguaje de quien tiene una relación construida en el tiempo con deudas y favores y negocios que no se anotan en ningún libro de contabilidad formal. Benito Castro fue más directo todavía en otros testimonios.

 Amado Carrillo había financiado parte de la campaña política de Paco Stanley cuando este intentó llegar a la Asamblea de Representantes del Distrito Federal en 1988 de la mano del PRI. una candidatura que no ganó, pero que dejó una conexión activa con el mundo político y con el mundo del dinero que financiaba a ese mundo político.

 La cocaína que Paco consumía no venía de ningún expendio anónimo, venía del ambiente en el que se movía y ese ambiente tenía un nombre y una estructura y reglas muy claras sobre lo que se podía hacer y lo que no se podía hacer y sobre qué pasaba con quien incumplía. Amado Carrillo Fuentes murió el 4 de julio de 1997, 2 años antes que Paco Stanley, en una operación de cirugía estética para cambiar su rostro en un quirófano de la Ciudad de México, su muerte fue tan misteriosa como su vida.

 Los médicos que lo operaron aparecieron muertos semanas después, lo que sugería que la organización quería eliminar testigos de lo que había ocurrido en ese quirófano. Su muerte dejó al Cártel de Juárez en un proceso de reacomodo violento e inestable. Los negocios que Amado había respaldado con su nombre y su dinero y su protección quedaron en tierra de nadie.

 Y quienes habían estado haciendo negocios bajo la sombra del Señor de los cielos, de repente se encontraron sin paraguas, con obligaciones pendientes frente a sucesores, que no tenían ningún motivo para ser indulgentes ni sentimentales. Hay quienes sostienen, con base en los testimonios de personas que conocían el entorno de Paco Stanley en esa época, que el conductor era una de esas personas, que los proyectos de ST Producciones, con movimientos que la Procuraduría identificó en cerca de 70 millones de pesos, tenían detrás dinero que no era completamente suyo en el

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