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NO ESTÁS CIEGO, ES TU ESPOSA LA QUE PONE ALGO EN TU COMIDA… DIJO SU MADRE A HIJO MILLONARIO

 El médico de cabecera había dicho estrés. El especialista había dicho estrés. Ladislao había dejado de ir al médico porque la palabra estrés empezaba a sonarle a excusa, a cosa que dicen cuando no saben qué decir. Continuemos, dijo. Y su voz sonó más firme de lo que se sentía. Nadie continuó. Rosendo intercambió una mirada con Fabiola Urresti, la directora de operaciones.

 Fue un segundo menos, pero Laad Dislao lo vio. Lo vio perfectamente, aunque el mundo siguiera moviéndose con esa lentitud extraña que lo acompañaba desde hacía semanas. Vio el gesto, vio lo que significaba. Dos personas que llevan tiempo hablando de ti cuando no estás, nunca se miran de esa manera frente a ti, a menos que crean que no lo vas a notar. Él lo notó.

La reunión terminó, dijo, los números están en sus correos. salió antes de que alguien pudiera preguntarle si se encontraba bien. No quería que nadie le preguntara si se encontraba bien. No sabía qué responder y había aprendido desde muy joven que las preguntas sin respuestas solo abren puertas que luego son difíciles de cerrar.

 El pasillo olía a café y a papel impreso, como siempre. Laboratorio Centurion ocupaba los cuatro pisos superiores de un edificio en Polanco que su padre había comprado en 1987, por lo que entonces parecía una fortuna y ahora era una anécdota. La empresa valía 10000 millones de pesos. la patente del medicamento genérico que habían desarrollado en 2019.

 Una molécula para el control de la hipertensión que resultó ser un 20% más barata que cualquier equivalente en el mercado latinoamericano, había cambiado el balance de la compañía de manera permanente. Cuatro países, 18 distribuidores, 32 millones de dólares solo en el último ejercicio fiscal. Laadislao había heredado todo eso a los 32 años, cuando su padre murió de un infarto en esta misma recepción con el portafolio todavía en la mano.

 La gente que estaba presente dijo que don Aurelio Centurión había caído sin hacer ruido, como quien simplemente decide sentarse en el suelo, que no hubo drama, que fue extrañamente digno para hacer lo que era. 6 años después, su hijo bajaba por ese mismo pasillo tratando de que nadie notara que necesitaba apoyarse en la pared cada 3 met.

 Don Abundio, el portero de 67 años que llevaba en el edificio más tiempo que la mayoría de los muebles y que había conocido al viejo don Aurelio cuando todavía llegaba en camión porque no tenía coche, levantó la vista desde su escritorio cuando lo vio pasar. Oiga, jefe, dijo en voz alta, sin ningún filtro, como hacía siempre, convencido de que nadie lo escuchaba aunque todos lo escucharan.

Usted comió hoy porque se ve como los lunes y hoy es miércoles. Ladislao no respondió. Don Abundio siguió hablando de todas formas, ya solo mirando la nada con la misma seriedad con que un filósofo mira el mar. Yo le digo a mi señora que cuando uno no come bien, el cuerpo cobra y cobra caro, además, sin factura y sin cambio.

 Así mero. Pausa larga. Aunque ella tampoco me escucha a mí, así que a lo mejor soy yo el que no sirve de nada. Elvador se cerró. El mundo siguió temblando despacio. Presentación lo esperaba en la entrada del penouse con esa sonrisa que a la Dislao le había parecido hermosa durante 5 años y que últimamente le generaba una incomodidad que no sabía nombrar.

 Era una incomodidad sin forma, sin argumento, solo una sensación, como cuando pones el pie en el primer escalón de una escalera oscura y no puedes saber cuántos escalones quedan. “Mi amor”, dijo ella, acercándose con los brazos abiertos. Llamó Rosendo. Dijo que te fuiste antes de terminar la junta. La junta terminó. Dijo que no.

Ladislao dejó el portafolio sobre la silla del recibidor. Miró a su esposa. 32 años, pelo castaño oscuro, siempre perfectamente peinado. Ropa que coordinaba sin esfuerzo aparente. Esa manera de moverse por los espacios como si siempre hubieran sido suyos. Presentación Valdés de Centurión. Había crecido en Istapalapa, en una vecindad de dos cuartos, donde el agua caliente llegaba dos días a la semana y donde las fiestas de 15 años se celebraban en la azotea con música de bocina prestada. Él lo sabía, siempre lo

había sabido. Lo que no sabía o lo que no se había permitido saber era cuánto peso cargaba esa historia y hacia dónde apuntaba. ¿Comiste? preguntó ella, ya moviéndose hacia la cocina con esa eficiencia doméstica que a veces se sentía como cuidado y a veces como control. No tengo hambre. Hice caldo.

 Tu mamá me dio la receta la última vez que vino. Una pausa perfectamente medida. Ni demasiado larga ni demasiado corta. Aunque ya sabes cómo es ella, siempre tan presente. Ladislao no respondió. Se sentó en el sillón frente a la ventana y cerró los ojos. El ángel de la independencia brillaba allá abajo, naranja en el atardecer, ajeno a todo y a todos.

 Cuando era niño y su madre lo traía al centro en los domingos que podían, él miraba esa figura dorada y pensaba que había algo ahí que no se podía comprar. Su madre le había dicho una vez, “El oro no pesa la Disislao, lo que pesa es lo que está debajo.” Él tenía 8 años. No entendió. A los 38 lo seguía intentando. 3 minutos después, presentación apareció con un tazón humeante.

 Lo trajo en una charola pequeña con una servilleta doblada en triángulo y una cuchara de plata que era parte del juego que habían comprado en Guadalajara en el segundo aniversario de casados. Toma, te va a hacer bien. Él tomó el tazón, lo sostuvo entre las manos. El calor era real, el olor era correcto, ajo y hierba santa y pollo, exactamente como lo hacía su madre.

 Todo era correcto y sin embargo, había algo, una cosa pequeña y sin nombre que vivía en el espacio entre el olor y el trago, que lo hacía dudar un segundo, solo un segundo. Bebió de todas formas. presentación se sentó frente a él, cruzó las piernas, sacó el teléfono y mientras él bebía el caldo, ella contestó mensajes con esa expresión neutra que tienen las personas cuando están en otro lugar, aunque el cuerpo esté quieto.

 La dislao la observó sin que ella lo notara. Pensó, “¿Cuándo fue la última vez que nos miramos de verdad?” No encontró la fecha. Soledad. Centurión llegó dos días después, sin avisar, como hacía siempre, y como presentación detestaba, aunque nunca lo dijera con esas palabras exactas. Laadislao la escuchó tocar a la puerta desde el cuarto y tardó un momento en reconocer ese ritmo.

 Tres golpes suaves, pausa, uno más, siempre igual desde que él tenía 8 años y vivían en Tepito en un departamento de 60 m². donde todo crujía y la vecina del cuarto tr lavaba a las 5 de la mañana y el olor a cloro era parte del aire. Mamá. Ella entró cargando una bolsa de plástico con naranjas, un frasco de miel del mercado de su colonia y un pan de muerto que había sobrado de la semana y que no iba a tirar porque en su casa la comida no se tira. 71 años.

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