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Nino Bravo INTERRUMPIÓ el Concierto al Ver a un Hombre LLORANDO en Primera Fila — Lo Que Descubrió..

 Nino Bravo eligió a ese hombre entre 300. Lo que ese hombre llevaba en el bolsillo del traje esa noche es la razón por la que esta historia todavía duele 50 años después. Sigue escuchando porque cuando lo sepas vas a pensar en alguien. Era el invierno de 1972. Nino Bravo tenía 28 años y llevaba exactamente tres viviendo dentro de un torbellino que no había terminado de asimilar.

 El 14 de noviembre de 1972, tres semanas antes de aquella noche en los jardines del Turia, había aterrizando en el aeropuerto de Barajas de Vuelta de Río de Janeiro con una medalla de primer puesto compartido en el séptima Festival Internacional Dakown, colgada metafóricamente del cuello y una maleta de cuero marrón con las esquinas desgastadas que había cruzado el Atlántico cuatro veces ese año.

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 Había empatado en la cima del festival con David Clayton Thomas, el vocalista de Blood Suet Tears, uno de los grupos más vendidos del planeta en ese momento. Un cantante de Valencia que de adolescente limaba piedras preciosas con lupa y pinzas en la joyería Casa Amat de la calle de La Paz, había empatado en el primer puesto de un festival internacional en Brasil con uno de los grandes del rock americano.

Pero esa noche en el camerino de los jardines del Turia nadie lo hubiera dicho. El camerino era un cuarto rectangular de 4 m por tres al fondo del pasillo de servicio con una bombilla desnuda en el techo y un espejo enmarcado en plástico blanco sobre una repisa donde alguien había dejado un vaso de agua sin terminar.

 El olor era a pintura vieja y a la lavanda del jabón que usaba el personal de limpieza. Nino estaba de pie frente al espejo con el traje gris ya puesto y los gemelos de plata que Amparo le había regalado en su primer aniversario, abrochándose el último botón del puño derecho con la parsimonia de alguien que usa ese gesto para hacer tiempo.

 Pepe Juzas, su guitarrista desde los tiempos de los Superson, lo conocía lo suficiente para saber cuándo estaba bien y cuándo estaba actuando que estaba bien. Esa noche, mientras afinaba la guitarra en el pasillo, lo escuchó respirar. Tres veces más lento de lo normal. Pepe no dijo nada. Llevaba suficientes años viendo ese ritual previo al escenario para saber que interrumpirlo era peor que dejarlo seguir, porque Nino Bravo tenía miedo. No al fracaso.

 El fracaso ya lo había conocido con nombre y apellido. La discográfica RCA lo había rechazado en 1968 con un encogimiento de hombros que él recordaría siempre. y su primer recital en el teatro principal de Valencia le había generado pérdidas que tardó meses en cubrir. No le temía a caer. Le temía a los 15 minutos previos a salir al escenario, a ese momento en que los focos ya estaban encendidos y él estaba todavía en el pasillo con las manos apretadas contra los costados, contando hasta 10, luego hasta 20, a veces hasta

  1. Era la paradoja que nadie fuera de su círculo más cercano conocía. La voz que Frank Sinatra había descrito con la frase que se repetiría durante décadas, si Nino cantara en inglés, nos dejaría sin trabajo, pertenecía a un hombre que sudaba frío en los camerinos. La misma voz que había detenido en seco al público de la Quinta Vergara de Viña del Mar en febrero de 1971, cuando cantó sin micrófono y la gente de televisión creyó que se había cortado el audio.

 Era la voz de alguien que necesitaba contar hasta 30 antes de ser capaz de dar el primer paso hacia la luz. Había grabado 60 canciones desde mediados de 1969. Cuatro álbumes. Giras por Argentina, Chile, Colombia, Perú, Venezuela, México, Puerto Rico, Nueva York y Miami. Su hija Amparo había nacido el 24 de enero de ese año, 11 meses antes de esa noche, y él la había sostenido en brazos con la misma expresión que tenía cuando cantaba.

 Los ojos un poco más abiertos de lo necesario, como alguien que está viendo algo demasiado grande para procesarlo de golpe. Se miró una última vez en el espejo del camerino, ajustó el gemelo derecho, salió al pasillo y no sabía que en la primera fila de esa sala había alguien que llevaba encima el peso de algo para lo que ningún aplauso, ningún festival ganado, ningún número uno en las listas podría haberlo preparado. Su nombre era Emilio.

 Emilio Casanova Reig, 54 años. Tornero de precisión en la fábrica de maquinaria agrícola de la avenida del puerto número 47 de Valencia, donde llegaba cada mañana a las 6:15 con el bocadillo de mortadela envuelto en papel de estrasa y el mono azul doblado bajo el brazo izquierdo con el mismo gesto exacto que había repetido durante 22 años.

 Era el tipo de hombre que existe en todas las familias y no aparece en ninguna fotografía. El que no habla mucho en las reuniones, pero al que todos buscan cuando hay un problema real. El que sabe cómo doblar una chapa sin que se quiebre. El que escucha sin poner cara de estar escuchando.

 El que arregla la gotera del vecino un sábado por la tarde sin que nadie se lo pida. Su mujer se llamaba Rosa. Rosa Alborch Mengual, 52 años. Nacida en Algemesí, provincia de Valencia. Hija de un carpintero que olía siempre a viruta de pino y de una mujer que sabía hacer arroz al horno como nadie en un radio de 3 km. Rosa había llegado a Valencia con 18 años para trabajar en una mercería de la calle Colón y se había quedado para siempre porque en una verbena de la calle Sagunto, en el verano de 1943, un hombre joven con los hombros anchos y

las manos grandes de tornero la había sacado a bailar con una torpeza tan honesta que ella había pensado, “Este no está actuando.” Se casaron 9 meses después en la parroquia de San Esteban. Él llegó con una alianza que había pagado en tres plazos porque el jornal de tornero en 1944 no daba para más.

 Ella llegó con un vestido que su madre le había cosido a mano con tela de lana Beige comprada en el mercado de Rusafladillo torcido en el lado derecho porque había tenido que coserlo de noche con poca luz. Rosa lo sabía, nunca lo dijo. 29 años, tres hijos, un apartamento de 60 m² en la calle de la visitación, una hija emigrada a Alemania en 1969 a Frankfurt, donde trabajaba en una fábrica de componentes de automóvil y enviaba fotos de los nietos en sobres con matellos que tardaban 12 días en llegar. Emilio tenía dos nietos que no

había abrazado todavía. Los conocía únicamente por las fotografías en blanco y negro que guardaba en el cajón de la mesilla de noche, debajo del rosario. Rosa murió el 3 de noviembre de 1972, un martes, las 4:17 de la tarde. Un tumor que nadie había visto hasta que ya era demasiado tarde, que cuando apareció lo hizo con la brutalidad, sin disculpa de las cosas que no piden permiso.

 4 meses desde el diagnóstico hasta el final. 4 meses en que Emilio aprendió a hacer la compra, a poner la lavadora, a coser los garbanzos el tiempo exacto, a dormir en el lado izquierdo de una cama que de repente tenía demasiado espacio. En esos 4 meses, lo único que había encontrado para no hundirse del todo era la radio.

La ponía cada noche después de cenar, cuando la casa quedaba en silencio y el silencio era demasiado grande para caber en 60 m². Y en la radio sonaba una y otra vez con esa insistencia de las canciones que eligen el momento para encontrarte, la voz de Nino Bravo. Un beso y una flor. Cartas amarillas. Noelia.

 No porque Emilio fuera un hombre de música. Nunca lo había sido, sino porque esa voz hacía algo que ninguna otra cosa conseguía en aquellos meses. Llenaba el espacio sin pedirle nada a cambio. No le pedía que estuviera bien, no le pedía que hablara. No le pedía que superara nada. Solo estaba ahí, como había estado Rosa durante 29 años, ocupando el silencio con una presencia que se notaba en el pecho antes de notarse en ningún otro sitio.

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