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Nino Bravo Escuchó a una Mujer Humilde CANTANDO Su Canción en la Calle Lo que Hizo con Ella te….

¿Qué convierte una voz en algo que dura para siempre? Para entender lo que ocurrió esa noche de otoño de 1972, [música] hay que saber primero dónde estaba Luis Manuel Ferry Yopis en ese momento exacto de su vida. No el nino bravo de los carteles y los aplausos. El hombre de 28 años que se miraba al espejo cada mañana en el piso de Valencia y no siempre reconocía del todo al personaje que vivía dentro de su propio nombre.

 El año había sido el más grande de su carrera. En febrero había salido al mercado su tercer álbum, Un beso y [música] una flor, que en apenas 10 semanas acumuló más de 200,000 copias vendidas en España. El sencillo que le daba título había permanecido cinco semanas consecutivas en el número uno de las listas nacionales, una hazaña que en el mercado discográfico español de aquella época solo estaba al alcance de un puñado de artistas en toda una generación.

En noviembre de ese mismo año participaría en el séptimo festival internacional de la canción de Río de Janeiro con mi tierra y empataría en el primer puesto con el estadounidense David Clayton Thomas [música] en una votación que muchos testigos consideraron amañada en su contra. Poco después, su cuarto álbum, también llamado Mi tierra, [música] salía a las tiendas con una canción dentro que todavía no sabía que se convertiría en su himno definitivo.

 Libre era en cualquier medida objetiva, el cantante [música] más importante de habla hispana de ese momento. Pero hay algo que los carteles no dicen nunca. [música] El 24 de enero de ese mismo año, María Amparo Martínez Hill, su esposa, [música] la mujer con quien se había casado en secreto en abril de 1971 para escapar de las cámaras, había dado a luz a su primera hija, también llamada Amparo.

 Nino estaba en Valencia cuando nació. estuvo presente y aquella presencia, que debería haber sido el momento más anclado y seguro de su existencia, fue, en cambio, el instante en que algo dentro de él empezó a preguntarse con una intensidad que no había [música] sentido antes. ¿Para qué era todo esto exactamente? Había pasado 4 años construyendo un hombre a partir de la nada.

 4 años de galas, de festivales, [música] de estudios de grabación en Madrid a los que viajaba desde Valencia en coche porque los presupuestos no siempre alcanzaban para el avión. 4 años de comparaciones con Rafael que le incomodaban profundamente, de managers que le cambiaban el nombre sin preguntarle, [música] de disqueras que primero lo rechazaron y después lo exhibieron como trofeo.

 4 años en los que había aprendido, con una certeza que no había pedido, que el éxito tiene una textura extraña. Se parece mucho a la soledad cuando lo tocas desde adentro. Luis Manuel Ferrillopis había nacido en Ayelo de Malferit, un pueblo pequeño cerca de Valencia en 1944. Con dos años, su familia se había instalado en el número 31 de la calle Visitación, en el barrio del mismo nombre, un pasillo estrecho de casas bajas con balcones de hierro oxidado que daban a una calzada de adoquines irregulares, sobre los que el agua de

lluvia se acumulaba en charcos perfectamente planos. Era un barrio de gente que trabajaba con las manos, que comía lo que había, que nunca usó la palabra carrera para referirse a lo que hacía con su vida. Su padre vendía seguros. Su madre llevaba una tienda de comestibles. Luis Manuel repartía los pedidos con 12 años y aprendía a pulir diamantes con 15 en una joyería cercana al jardín botánico.

En ese barrio aprendió a cantar o más bien descubrió que ya sabía que la voz era algo que llevaba dentro desde antes de saber que tenía nombre. A los 14 años, en una excursión con sus amigos Vicente López y Paquito Guzmán, se subió sobre una roca al amanecer y cantó libero de Doménico Modugno hacia el vacío con la montaña y el alba como único público.

 Sus amigos lo escucharon desde abajo, paralizados. Ninguno de los tres dijo nada durante un momento. Luego Vicente dijo, “Con esa voz hay que hacer algo más que hablar. Ahora, 8 años después de aquella roca, con 200,000 copias vendidas y el festival de río en el cuerpo, Nino Bravo volvía a caminar por las mismas calles del barrio de visitación cuando quería estar [música] solo, no para recordar de dónde venía, sino para tocar con la suela del zapato algo que todavía era real. El adoquín era real.

 El olor a aceite frito que salía de los balcones era real. La ropa tendida entre edificios que tapaba el cielo estrecho era real. Esa noche de octubre de 1972, Nino Bravo salió a caminar tarde después de cenar mientras Amparo dormía con la niña. No llevaba nada en los bolsillos. Lo que estaba a punto de encontrar en la esquina de la calle Visitación con la calle Sagunto no estaba en ningún itinerario, en ninguna agenda, en ningún plan, pero estaba esperando.

Su nombre era Rosario. No tenía apellidos que alguien hubiera pronunciado en voz alta frente a ella en muchos años y si los tenía, los guardaba en algún lugar del que no hablaba. En el barrio la conocían simplemente como la Rosario del mercado, porque llevaba más de 12 años vendiendo verduras en el mercado central de Valencia, en el puesto número 47 de la nave de hortalizas, un rectángulo de 4 m² entre el puesto de consuelo, que vendía ajos y cebollas, y el de [música] Marcos, que vendía melones de villaconejos, y tenía la costumbre de

silvar mientras pesaba. Rosario tenía 53 años en 1972. Había nacido en Algemesí, un pueblo de la ribera del Júcar, en 1919, en plena posguerra de la Primera Guerra Mundial y a 10 años vista de la siguiente. [música] Su padre era jornalero, su madre lavaba ropa ajena. Ella aprendió a leer en una cartilla escolar que compartía con otros seis niños de la escuela del pueblo.

 [música] Y con esa misma cartilla aprendió a cantar las vocales en un tono que el maestro siempre decía que era demasiado alto para una [música] niña. Cantaba desde que tenía memoria. Cantaba mientras pelaba patatas. Cantaba mientras [música] tendía la ropa. Cantaba mientras caminaba de noche por las calles de Algemesí hacia la casa de su madre enferma.

 En los años en que todavía había una madre a la que visitar, cantaba [música] canciones de sarzuela que había escuchado en una radio de válvulas que su vecino Fermín encendía los domingos por la tarde y cantaba coplas que había aprendido de memoria porque la radio no siempre alcanzaba bien y a veces solo llegaban fragmentos y con fragmentos Rosario construía versiones enteras.

 Se casó a los 25 años con un hombre llamado Antonio, albañil de obra gruesa, que había perdido dos dedos de la mano izquierda. en un accidente con una sierra circular en una obra de la avenida del puerto. Antonio era un hombre callado que amaba a su mujer con una constancia silenciosa que no necesitaba palabras para ser visible.

Cuando Rosario cantaba en la cocina, él se quedaba quieto en la silla y dejaba el periódico sobre la mesa. Solo escuchaba, no lo decía, lo hacía. tuvieron [música] un hijo, lo llamaron Manuel como el padre de Antonio. Manuel nació en 1950, creció jugando al fútbol en la calle Visitación, estudió [música] hasta cuarto de primaria y a los 16 años se fue a trabajar a una fábrica de azulejos en Paterna.

 A los 21 emigró a Alemania, a la ciudad de Munich, a una fábrica de automóviles donde le pagaban tres veces lo que ganaba en Valencia y donde el frío en invierno era un frío diferente al frío de España, un frío que entraba de otra manera, que te decía de otra forma que estabas lejos. Manuel llamaba por teléfono cuando podía.

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