El sueño que nunca llegó a ser realidad para entender todo lo que vino después. Hay que retroceder al verano de 2024 y situarse en el contexto exacto que se vivía en ese momento. España acababa de ganar la Eurocopa. La selección había deslumbrado al mundo con un fútbol vertical, eléctrico, casi imposible de contener. Y en ese equipo había un jugador que robó todos los focos, un extremo joven, desequilibrante, capaz de dejar rivales sentados con una facilidad que no se veía desde hacía tiempo.
Ese jugador era Nico Williams. Lo que hizo Nico en aquel torneo fue sencillamente extraordinario. Goles decisivos ante Francia y Países Bajos. Una complicidad brutal con sus compañeros, una energía que contagiaba a todo el equipo y había algo más que hacía especialmente atractiva su figura para el barcelonismo, su conexión con Lamin Yamal y con Dani Olmo, dos jugadores que ya vestían o estaban destinados a vestir la camiseta azul grana.

Imagínalo, Nico por la banda izquierda, Yamal por la derecha, Olmo en el centro del juego. Era casi demasiado bonito para ser real y como suele pasar con las cosas demasiado bonitas en el fútbol, no fue real. Pero en ese momento el debate estaba encendido como pocas veces porque no solo se hablaba de si Nico llegaría al Barcelona, se discutía algo mucho más interesante, si Nico Williams podía ser mejor que la Mine Yamal.
levanta la mano si tú también lo pensaste, porque ese debate existió, fue intenso y había argumentos para los dos lados, un 50 hasta 50 que hoy parece impensable, pero que en pleno julio de 2024 era completamente legítimo. La ecuación imposible, Rafiña o Nico. El problema del Barcelona no era que no quisiera a Nico Williams, el problema era que quererlo y poder ficharlo eran dos cosas completamente distintas.
El club catalán llevaba años navegando en aguas turbulentas desde el punto de vista económico. Las normas del fair play financiero de la liga los tenían atados de manos con un margen salarial que no daba para grandes alegrías y con la necesidad constante de cuadrar cuentas antes de poder mover ficha en el mercado.
La cláusula de rescisión de Nico se situaba alrededor de los 58 millones de euros. Para muchos equipos, una cifra manejable para un jugador de su perfil y su edad para el Barcelona de ese momento casi un imposible. Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante, porque la solución que se manejó internamente fue una de esas que solo el fútbol puede y económico y poder inscribir a Nico Williams.
La opción que se contempló fue desprenderse del extremo brasileño. Entraban los millones de Rafiña, salía su ficha y llegaba Nico. Todo cuadraba sobre el papel, todo tenía una lógica fría y transaccional que en ese contexto de urgencia y emoción parecía razonable. Hoy esa posibilidad parece una locura absoluta. Pero en ese momento, con Rafiña en un estado de forma cuestionado por muchos y con Nico deslumbrando en cada partido de la Eurocopa, había quien lo veía como una apuesta de futuro, una renovación generacional, un cambio de era, el golpe
al Barcelona. Nico elige Bilbao y entonces llegó el portazo. Nico Williams no se fue al Barcelona, no se fue a ningún otro club grande europeo, firmó una renovación con el Athletic Club de Bilbao, que dejó a más de uno sin palabras. Un contrato que lo vinculaba al Club Vasco hasta el año 2035 con una cláusula de resisión que escalaba hasta más de 100 millones de euros y con unas condiciones económicas que lo convertían en uno de los futbolistas con mayor salario del fútbol español.
Según informaciones de medios especializados como Fabricio Romano, se trataba de uno de los contratos más lucrativos para un jugador en activo en toda Europa. Y eso lo decía todo, porque no era solo que Nico se quedara en Bilbao por amor a los colores, por lealtad al proyecto o por seguir el camino de su hermano Iñaki.
Era que el Athletic le ofreció unas condiciones económicas que pocas instituciones del mundo podían igualar. La interpretación que muchos hicieron y que resulta difícil rebatir es que Nico utilizó el interés del Barcelona como palanca de negociación, generó expectativa, mantuvo viva la ilusión en la afición culouet durante semanas y al final usó ese ruido mediático para arrancarle al Athletic una oferta imposible de rechazar.
Es una estrategia perfectamente legítima desde el punto de vista profesional, pero si eras Coué y habías pasado esa semana soñando con ver a Nico en el Campn, el golpe dolió y mucho lo que el Barcelona construyó mientras esperaba, pero el fútbol no para y el Barcelona con la puerta cerrada por Nico tuvo que reorganizarse. Y lo que pasó a continuación es quizás la parte más fascinante de toda esta historia.
Con Hany Flick en el banquillo, el club decidió apostar por lo que tenía y lo que tenía era, entre otras cosas, a un tal Rafiña. El mismo Rafiña que meses antes se contemplaba vender para financiar la llegada de Nico. El mismo Rafiña que una parte de la afición consideraba prescindible, que no terminaba de convencer del todo, que generaba dudas sobre si su nivel justificaba su ficha.
Pues bien, Flick lo vio distinto y Flick tuvo razón. Lo que el técnico alemán hizo con Rafiña no fue solo mejorar a un jugador, fue transformar una carrera. Entendió que ese extremo tenía una naturaleza diferente, que necesitaba libertad, confianza y un sistema construido para potenciar sus virtudes. Y el resultado fue uno de los años más extraordinarios que se recuerdan para un jugador en la historia reciente del fútbol europeo.
Los números son de otro planeta. Más de 46 goles, más de 27 asistencias. Campeón de liga, campeón de Copa del Rey, campeón de Supercopa, con premios de mejor jugador en varias de esas finales. Un rendimiento tan consistente, tan dominante, que ya no hay debate sobre si Rafiña es uno de los mejores del mundo.
La pregunta que muchos se hacen hoy es si no es directamente el mejor, la llegada inesperada que nadie vio venir. Pero la historia tiene otro giro que merece su propio capítulo, porque la no llegada de Nico Williams no solo permitió que Rafiña despegara, también abrió un hueco que el Barcelona cubrió de una manera que nadie anticipaba.
Con Marcus Rashford, el inglés llegó en condición de cedido, procedente del Manchester United en un momento de su carrera que pocos hubieran calificado como esperanzador. Sus últimas temporadas en Old Trafford habían estado marcadas por la irregularidad, las polémicas extradeportivas y la sensación de que su potencial estaba atascado en algún lugar que ni él mismo podía encontrar.
Y entonces pasó algo que el fútbol reserva de vez en cuando para recordarnos que las segundas oportunidades existen. Rashford encontró en Barcelona exactamente lo que necesitaba, un entorno diferente, un sistema que ponía en valor sus características y una confianza que hacía tiempo que no sentía. Los datos de su rendimiento en el club Azul Grana son los de un titular de Champions League, no los de un suplente de lujo.
Nueve goles y 10 asistencias. Todo ello desde el banquillo la mayor parte del tiempo. Un impacto ofensivo que ha superado estadísticamente al de extremos que son considerados entre los mejores del mundo. Titulares indiscutibles en sus respectivos equipos. Nombres de primer nivel mundial que al compararlos con los números de Rashford quedan por detrás en términos de participación directa en goles.
