Neymar no jugaba al fútbol, lo bailaba. Cada regate era una coreografía, cada gambeta una declaración de intenciones. Combinaba trucos imposibles con una sonrisa que decía, “Esto para mí es fácil”. En 2011 protagonizó uno de los goles más hermosos de la historia ante el Flamengo de Ronaldinho, su propio ídolo de infancia, en un partido que parecía sacado de una película.
Ronaldinho ganó ese partido, pero todos hablaron del chico que se la puso al tuyo Porto a su maestro. Ganó la Copa Libertadores. Fue nominado al Balón de Oro jugando en Sudamérica, algo que casi nadie logra. Los grandes clubes de Europa se peleaban por su firma. Neymar estaba parado en el umbral de la historia, solo tenía que elegir la puerta correcta, la decisión, y eligió el Barcelona.

No por dinero, no por táctica, sino por algo mucho más humano, porque de niño se había enamorado de ese club, porque había un jugador con el dorsal 10 al que admiraba como nadie, porque quería estar cerca de la grandeza para algún día convertirse en ella. Pero nadie le advirtió lo que venía. La presión en el Barcelona no se parece a ninguna otra.
No es solo ganar, es ganar bien. Es ser mejor que ayer. Es justificar cada euro y cada expectativa. Neymar llegó y se paralizó. El jugador que bailaba en Brasil ahora parecía caminar sobre hielo. Lloraba en el vestuario, no hablaba el idioma. Sentía que no podía ser el mismo. Fue Messi quien lo vio, quien se acercó porque él también había pasado por eso.
“Olvídate de todo lo que no sea jugar al fútbol”, le dijo. Haz lo que has hecho toda tu vida. Pocas frases han cambiado tanto una carrera. Desde ese momento, Neymar se soltó. Y cuando Neymar se soltó, el mundo del fútbol tembló. La temporada 2015 hasta 16 es la que todo aficionado al fútbol debería ver antes de morir.
La MCN. Tres sudamericanos que jugaban como si el fútbol hubiera sido inventado para ellos. Messi, Suárez y Neymar. Una delantera que no se repetirá. Ganaron el triplete. Neymar fue el máximo goleador de la Champions, pero el momento que definió su carrera llegó en septiembre de 2015, cuando Messi se lesionó.
Neymar hizo algo simbólico. Se rapó la cabeza sin peinados raros, sin distracciones, sin carnavales, solo fútbol. Y lo que vino después fue casi sobrenatural. 10 goles y cinco asistencias en solo ocho partidos sin Messi. En esa racha, la camiseta número 11 que llevaba en la espalda empezó a pesar como un 10.
En la temporada completa terminó con 31 goles y 25 asistencias, generando casi un gol por partido. En la final del Mundial de Clubes ante Riverplate, pareció que el juego le quedaba pequeño. Regateaba con una naturalidad que daba vergüenza ajena. En ese momento nadie dudaba. Neymar sería el sucesor de Messi. Era solo cuestión de tiempo, pero entonces llegó el enemigo más peligroso que puede tener un grande.
No un rival, no una lesión. él mismo. El problema con estar junto a Messi es que hagas lo que hagas siempre serás el segundo. Neymar lo entendió una noche específica durante la épica remontada del Barça ante el PSG en Champions. Esa noche él fue el líder, él puso el partido al hombro y aún así al día siguiente los titulares hablaban de Messi.
Fue en ese momento cuando la duda se convirtió en certeza. Si quería ser reconocido como el mejor del mundo, tenía que salir de esa sombra. París llegó con una propuesta que era difícil de ignorar, no solo el salario más alto que el fútbol había visto, sino algo más valioso, el protagonismo absoluto. En el PSG no habría jerarquías, no habría sombras, solo Neymar, el centro de todo.
En el verano de 2017, el príncipe renunció voluntariamente a su trono para ir a buscar su propio reino. Se convirtió en el jugador más caro de la historia con 222 millones de euros. Messi y Suárez perdieron a un hermano. El mundo del fútbol perdió algo que aún no sabe cómo nombrar y Neymar cometió el error de su vida.
Sus primeros meses en París fueron brillantes. Era el rey que había soñado ser, pero ganar la Ligue 1 no era suficiente. El único trofeo que podía justificar aquella decisión era la Champions League. Y en 2020 por fin llegó la oportunidad. El PSG llegó a la final. Neymar llegó a la final. Era el momento de sellar su legado, de silenciar a los que dudaron, de demostrar que la decisión había valido la pena.
El Bayern Munich fue superior, el marcador 1 hasta cer y Neymar, en el suelo llorando desconsolado entendió algo que nadie quiere entender, que hay decisiones de las que no se vuelve. Desde ahí el declive fue silencioso, pero imparable. Las lesiones, que antes eran ocasionales, se convirtieron en rutina y mientras él estaba lesionado, aparecían en los carnavales de Brasil, en cumpleaños, en fiestas.
El mundo lo veía y sacaba sus propias conclusiones. La disciplina que tuvo con la cabeza rapada en 2015 parecía pertenecer a otra persona. Cada verano intentó volver al Barcelona. Cada verano fue demasiado tarde. El PSG no era un club, era una jaula dorada, cómoda, pero jaula al fin. Ten cuidado con lo que deseas.
A los 31 años, Neymar abandonó Europa para irse a la liga árabe sin Champions, sin Balón de Oro, sin el legado que pudo haber tenido. Una de las carreras más talentosas de la historia del fútbol terminó sin el brillo que merecía. Pero aquí está la paradoja de Neymar. Incluso con todo eso, los números son brutales. Casi 600 participaciones directas en gol en su carrera de clubes.
Superó a Pelé como el máximo goleador histórico de Brasil. Sin ser delantero centro en selección, nunca decepcionó. Y aunque nunca levantó una Copa del Mundo, tuvo la mala fortuna de coincidir con una de las generaciones más grises de Brasil y hay una imagen que lo define mejor que cualquier estadística.
En la final de la Copa América 2021, cuando Argentina ganó y Messi levantó el trofeo, Neymar fue el primero en abrazarlo sin rencor, sin amargura, celebrando la victoria de su amigo como si fuera la propia. Era su forma de decir que ya lo había aceptado, que Messi siempre sería el número uno y que él quizás siempre supo que no podía superarlo.

El error de Neymar no fue irse del Barcelona, el error fue confundir el protagonismo con la grandeza. Creer que ser el rey de un reino menor valía más que ser príncipe en el mejor reino del mundo. Y descuidar en el camino la única cosa que convierte el talento en legado, el trabajo. Neymar fue el último representante del juego bonito, el ídolo de una generación, la inspiración de jugadores que hoy dominan el fútbol.