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MÉXICO CREÓ ESTE MONSTRUO SOVIÉTICO EN SECRETO — ¿POR QUÉ EL GOBIERNO CERRÓ LA FÁBRICA?

 Esta es precisamente la historia que casi nadie cuenta, la de cómo el gobierno mexicano no solo importó tecnología de la URS, sino que la montó pieza por pieza dentro de sus propias fronteras. Mientras Washington observaba desde el norte con creciente incomodidad y la política interior del país caminaba sobre una cuerda muy delgada.

Suscríbase al canal ahora mismo para no perderse la segunda parte de esta historia. Porque lo que viene es aún más sorprendente. Para entender cómo llegó un tractor soviético a ensamblarse en México, hay que retroceder al menos una década antes, a finales de los años 50, cuando el mundo todavía respiraba el aire denso de la confrontación bipolar.

En 1959, la Ciudad de México recibió una visita que hoy ha quedado casi borrada de la memoria popular, la de Anastas Mikoyán, vicepresidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética y uno de los hombres más cercanos a Nikita Hruschov. Mikoyá no llegó con tropas ni con misiles. Llegó con tecnología, con catálogos, con la promesa soviética de modernización industrial y con una macroexposición de productos técnicos y científicos que llenó pabellones enteros en la capital.

La visita fue un éxito de relaciones públicas para Moscú. La prensa internacional la cubrió con atención. La revista Time describió como Mikoyán recorrió México en el avión presidencial de Adolfo López Mateos, desplegando ante los funcionarios mexicanos una imagen de Rusia que era, en sus palabras, impresionante y amigable.

 Los dos países se miraban con curiosidad mutua y en esa mirada había algo más que protocolo diplomático. Había una pregunta económica real. México, a finales de los años 50 era un país cuya economía se encontraba algo estancada, según los propios análisis de la época. El llamado milagro mexicano todavía tenía combustible, pero los sectores rurales seguían siendo el talón de aquiles del desarrollo nacional.

 Y en ese contexto, la URS ofrecía maquinaria agrícola, tractores robustos y tecnología de transferencia a precios que las multinacionales occidentales no podían igualar. Sin embargo, concretar ese acercamiento no era sencillo. México tenía una dependencia comercial con Estados Unidos que no era un dato menor, sino el eje estructural de toda su economía exterior.

Washington no solo era el principal socio comercial del país, era también el prestamista, el mercado de exportación, la fuente de inversión directa y en un sentido más oscuro, el árbitro silencioso de muchas decisiones del gobierno del PR. Los historiadores han documentado con detalle como el anticomunismo en México era, en términos del propio gobierno, discreto, no abierto, no agresivo, pero funcional.

El PR necesitaba mantener una imagen de independencia y neutralidad frente al mundo, pero en los momentos de tensión real, como la crisis de los misiles de octubre de 1962, el presidente López Mateos se alineó con Estados Unidos en el bloqueo a Cuba y en la exigencia del retiro de los misiles soviéticos. La línea roja estaba trazada y aún así la relación comercial con la URS siguió avanzando casi en silencio a lo largo de los años 60 y especialmente en los 70.

En 1973, bajo la presidencia de Luis Echeverría, México y la Unión Soviética firmaron un acuerdo comercial y un protocolo sobre suministros de maquinaria y equipo que abrió formalmente la puerta a lo que años después se convertiría en el proyecto Sidena. Ese mismo año, Echeverría se convirtió en el primer mandatario mexicano en visitar la URS en persona, un gesto de política exterior que tenía tanto de simbólico como de pragmático.

México necesitaba maquinaria agrícola asequible para el campo. La URS necesitaba demostrar que podía proyectar influencia económica en América Latina sin necesidad de armas ni revoluciones. El resultado de ese entramado fue Siderúrgica Nacional SA, conocida universalmente por sus siglas Sidena. La empresa ya existía como entidad estatal, pero fue a partir de esa época cuando comenzó a ensamblar.

 Bajo acuerdo con Minch Tractor Warps, el TEL25 Vladimir, un tractor de pequeña potencia diseñado originalmente para las cooperativas agrícolas soviéticas. En México, ese modelo se comercializó bajo la denominación tractor Sidena y también se conoció por la marca Belarus 250 en referencia a la República Soviética donde se fabricaban los componentes originales.

si alguna vez ha visto uno de esos tractores rojizos en algún campo mexicano con la estructura compacta y esa robustez casi severa que caracterizaba la ingeniería soviética de los años 60, ahora ya sabe de dónde venía el Tel25. Vladimir era en términos técnicos, una máquina pensada para el trabajo pesado en superficies pequeñas y medianas.

 Su motor diésel entregaba 23,1 kW, equivalentes a 31 caballos de fuerza y estaba diseñado bajo la filosofía queaba toda la ingeniería agrícola soviética: durabilidad máxima, mantenimiento mínimo, repuestos intercambiables y adaptación a condiciones adversas. La planta de tractores de Vladimir en Rusia había desarrollado ese modelo para las estaciones de máquinas y tractores de las colectividades agrícolas soviéticas.

 Esos organismos estatales que gestionaban la maquinaria compartida entre los coljoses y sopjoses de la URS era una máquina nacida de la planificación central diseñada para un sistema económico totalmente distinto al mexicano, pero que resultó sorprendentemente efectiva en los campos de la ranza de pequeña y mediana escala del país latinoamericano.

 Entre 1970 y 1989, siderúrgica nacional produjo más de 17,00 tractores sidena. Para ponerlo en perspectiva, ese es un número que supera la producción conjunta de varios proyectos industriales mexicanos de la época. No fue un experimento menor ni un capricho burocrático. Fue una operación industrial sostenida durante casi 20 años que dejó su huella en los campos de Oaxaca, Jalisco, Veracruz y decenas de estados más.

 Estudios de campo realizados en los años 80 encontraron que el tractor Sidena era tan potente que en las parcelas pequeñas de los valles centrales de Oaxaca. excedía incluso las necesidades reales de los agricultores. Era como colocar un motor de camión donde se necesitaba una motocicleta, pero estaba disponible, era asequible y no dependía de los precios que dictaban Detroit o Chicago.

Comenta aquí abajo si alguna vez viste uno de estos tractores en tu región o si alguien de tu familia los usó en el campo. La historia de la maquinaria agrícola mexicana está llena de relatos personales que nadie ha documentado todavía. Lo que pocos conocen y que aquí se convierte en el punto más revelador de toda la historia es lo que ocurrió en paralelo mientras Sirena ganaba terreno y acumulaba contratos.

 Otras empresas que habían sido autorizadas para fabricar tractores en México quedaron bloqueadas de forma sistemática. La empresa David Mexicana SA, que tenía una licencia inglesa para producir el tractor David modelo 12 V con 12 caballos de fuerza y perfectamente dimensionado para el pequeño agricultor mexicano, nunca llegó a iniciar su fabricación.

La British Motor Company, que planeaba ensamblar el modelo 425 con25 caballos de fuerza con una capacidad proyectada de 1000 tractores anuales, tampoco prosperó. Incluso la producción del tractor John Deer 1020 fue suspendida en 1975. En total, entre 1973 y 1975, solo se fabricaron en México 509 tractores de otras marcas.

 Una cifra que hace visible la magnitud del espacio que se le estaba despejando al proyecto soviético. Los investigadores que han estudiado este periodo con acceso a fuentes primarias han señalado que esos bloqueos no fueron casuales. Fueron decisiones políticas que respondían a la lógica de proteger el monopolio de Sidena sobre el segmento de tractores pequeños, que era exactamente el nicho donde operaba el TED2 Vladimir.

El México de los años 70 necesitaba demostrarle a Moscú que el acuerdo era serio, que no era solo un gesto diplomático vacío y que habría un mercado real y sostenido para la maquinaria soviética. Sacrificar proyectos competidores de origen inglés o norteamericano no era un daño colateral, era la condición implícita del trato.

 En esa decisión convergen la geopolítica de la Guerra Fría, la estructura corporativista del Estado mexicano y los intereses de los funcionarios que orbitaban alrededor de siderúrgica nacional. Pero la historia no termina ahí. A finales de los años 80, el proyecto comenzó a tamalearse. El mundo estaba cambiando de manera acelerada.

 La economía soviética entraba en su fase de desintegración terminal. Mijail Gorbachov intentaba salvar lo insalvable con la perestroica y la Glasnos. Y en México el modelo de industrialización sustitutiva que había dominado durante cuatro décadas estaba siendo desmantelado pieza por pieza. El tratado de libre comercio con Norteamérica se negociaba en el horizonte y la nueva lógica de apertura comercial hacía que mantener una línea de ensamble de tractores soviéticos pareciera, de repente una anomalía del pasado. Las presiones externas que

habían sido constantes durante toda la vida del proyecto, pero que habían sido absorbidas con la flexibilidad diplomática característica del PR, comenzaron a pesar de una manera diferente cuando el socio soviético ya no era el interlocutor que había sido. En 1989, la producción del tractor Sidena llegó a su fin.

 No hubo un decreto espectacular, no hubo una declaración oficial que explicara con claridad las razones. La fábrica simplemente dejó de producir y la historia del T25 Vladimir Mexicano quedó enterrada bajo décadas de silencio institucional y olvido académico. Los 17,00 tractores que habían rodado por los campos mexicanos durante casi dos décadas siguieron trabajando por años más.

 Algunos de ellos hasta bien entrado el siglo XXI, piezas de una historia que muy pocas personas podían leer en su conjunto. Lo que este episodio revela, visto con la distancia del tiempo, es algo que va más allá de un simple acuerdo comercial. Muestra como México desarrolló durante la Guerra Fría una capacidad de maniobra que pocos países de la región pudieron sostener, la de mantener relaciones económicas reales con ambos bloques sin romperse bajo el peso de ninguno de los dos.

No fue una postura ideológica, sino pragmática. No fue independencia absoluta, sino autonomía relativa, negociara caso por caso, proyecto por proyecto. El tractor Sidena era, en ese sentido, mucho más que una máquina agrícola. Era la materialización física de una política exterior que se construía en el silencio de los despachos y se probaba en los campos de la ranza de Oaxaca y Veracruz.

La Minsk Tactorworks, la planta que fabricó los componentes del T25 Vladimir, sigue operando hoy en Bielorrusia y es uno de los mayores fabricantes de maquinaria agrícola del mundo. La marca Belarus todavía vende tractores en docenas de países y quienes conocen la historia del ensamble mexicano la consideran uno de los capítulos más insólitos de la internacionalización de esa empresa durante la era soviética.

En plataformas de coleccionismo e historia industrial aún circulan catálogos originales de 1981, donde el Sidena 310 aparece. Listado con orgullo junto a modelos distribuidos en Nueva Zelanda y el mundo entero. Un tractor soviético hecho en México. Documentado para la historia en páginas impresas que hoy valen más por lo que representan que por lo que costaron.

 Si hay una lección que dejar de todo esto es que la historia industrial de México tiene capas que raramente se cuentan en los libros de texto. Las decisiones económicas del siglo XX no se tomaron solo con criterios de eficiencia o desarrollo, se tomaron dentro de un campo de fuerzas geopolíticas que definía que se podía fabricar, quién lo fabricaría y por cuánto tiempo.

El actor Sidena no fue un fracaso. Fue un proyecto que cumplió su función económica y diplomática durante casi dos décadas y que desapareció exactamente cuando el mundo que le había dado origen dejó de existir. Si esta historia le resultó tan fascinante como a nosotros, déjenos su comentario con el nombre de algún otro proyecto industrial mexicano olvidado que le gustaría que investigáramos.

 

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