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Las Facturas: Por Qué Las Medialunas Argentinas Son Diferentes

[música] guardan una historia de lucha obrera, de resistencia política y de identidad nacional que es absolutamente única en el mundo. Ningún otro país del [música] planeta llama a sus pasteles con los nombres que usamos nosotros. Y hay una razón muy concreta para eso. Así que hoy te voy a contar de dónde vienen las facturas, por qué son distintas al croazán francés, que tienen que ver los anarquistas con tu desayuno del fin de semana y por qué todo eso hace que la panadería de barrio sea una institución cultural argentina como pocas.

Arrancamos desde el principio. Para entender por qué las [música] facturas argentinas son lo que son, tenés que entender de dónde vinieron. y vinieron de Europa. Claro, como tantas cosas en este país. Cuando llegó la gran ola migratoria de fines del siglo XIX y principios [música] del XX, los inmigrantes italianos, alemanes y franceses no trajeron solo su fuerza de trabajo, [música] trajeron sus recetas, sus técnicas, sus tradiciones, entre ellas la pastelería de bollería dulce, las berlinesas alemanas, [música] los

corneti italianos, los croazáns de influencia francesa, las venecianas a la crema, toda esa bollería fina, esa tradición de panadería artesanal que en Europa era una especialidad de confitería. En Argentina [música] encontró tierra fértil. Pero hay algo que hace que la Argentina sea muy distinta a cualquier otro lugar del mundo en esto.

 Y es que esas recetas europeas no llegaron y se quedaron igual. Llegaron, se adaptaron y en el proceso se convirtieron en algo completamente nuevo, algo que [música] hoy es tan nuestro que ni siquiera lo cuestionamos. ¿Qué es una factura? Para alguien que no es argentino, la palabra significa la boleta que te dan cuando compras algo, pero para nosotros significa otra cosa completamente [música] y eso no es casual.

 Empecemos con la Media Luna, que es la reina de las facturas, [música] la más icónica, la que probablemente primero te viene a la cabeza cuando pensas en panadería argentina. La pregunta más obvia es, ¿la es lo mismo que el croant? La respuesta corta es no. La respuesta larga es que son primos lejanos que crecieron en países distintos y terminaron siendo productos completamente [música] diferentes.

 El antecesor de ambos es un panecillo bienés llamado Kipferl, cuya historia se remonta según la leyenda más difundida, al siglo X. Cuando en 1683 las fuerzas otomanas sitiaron Viena, cuenta la historia que los panaderos de la ciudad, [música] que trabajaban de madrugada escucharon los túneles que cavaban los soldados enemigos para entrar a la ciudad y dieron la alarma.

 Los bienes se repelieron en asalto y como celebración, los panaderos crearon un pan con forma de media luna en referencia al símbolo otomano. Ese es el origen del Kipferl. Ahora [música] bien, el Kipfer llegó a Francia en 1838 o 1839 [música] cuando un oficial austríaco llamado August Sang abrió una panadería bienesa en París. Su éxito [música] fue enorme.

Los panaderos franceses adoptaron la forma, pero la transformaron usando su técnica de masa ojaldrada, que crea capas y capas de masa aereada al intercalar masa y manteca [música] en múltiples pliegues. Sí, nació el croant que hoy conocemos, cuyo nombre en francés significa justamente Luna Creciente.

 En 1920 ya era un emblema culinario francés. Entonces, ¿qué tiene de diferente la medialuna argentina? Muchísimo. Y es ahí donde la historia se pone interesante. Cuando la bollería europea llegó a Argentina, se adaptó a los gustos locales de una manera muy específica. La medaluna argentina se divide en dos variedades que el resto del mundo no tiene, la medialuna de manteca y la media de grasa.

 La de manteca es la más dulce, la amarillita y brillosa que te dan en el café con leche. Tiene azúcar en la masa y cuando sale del horno se baña en almíbar, a veces saborizado con piel de naranja, lo que le da ese brillo característico [música] y esa textura tierna casi húmeda por fuera. La de grasa, en cambio, es menos dulce, más liviana, con un toque salado que la hace ideal para comer con jamón y queso.

 [música] Y acá hay una particularidad interesante. Las medialunas argentinas se hornean juntas tocándose en la bandeja y cuando las separas con la pinza en la panadería, ese momento de jalar la que querés de la Hera Unida es una experiencia muy argentina. El crossant francés es otra cosa. Su masa es [música] estrictamente ojaldrada, con muchas más capas de laminado, lo que le da un interior muy aireado con burbujas de aire visibles al cortarlo.

 No lleva azúcar en la masa, su sabor es neutro y no se baña en almívor, queda crujiente y seco por fuera. Pesa menos que la media luna, a pesar de parecer más grande, porque su interior es básicamente aire. Se hornea solo, separado de los demás y su formato moderno es más bien recto, no siempre en forma de media luna. Son productos que comparten una raíz histórica y una forma parecida, pero que en boca son completamente diferentes.

 Como bien señalaba un panadero francés que llegó a Buenos Aires y quedó sorprendido, en esta ciudad hay más panaderías que en París y los argentinos consumen pan con una pasión y una frecuencia que supera a la de muchos países europeos. Ahora bien, la media es solo una factura entre muchas y acá viene la parte de la historia que me parece más fascinante, la que realmente distingue a las facturas [música] argentinas de cualquier bollería del mundo y es la historia de sus nombres.

 A fines del siglo XIX, Buenos Aires era una ciudad de nebullición. [música] Llegaban barcos cargados de inmigrantes europeos cada semana y entre esos inmigrantes, muchos traían ideas que en Europa ya estaban sacudiendo el orden establecido, el socialismo, el anarquismo, el sindicalismo. El rubro panadero fue uno de los que más concentró esa energía.

 Los panaderos trabajaban en condiciones muy duras, [música] jornadas extenuantes, a menudo de noche, bajo salarios, sin protección laboral. Era un oficio físico y sacrificado y los obreros [música] estaban hartos. En 1887, un anarquista [música] italiano llamado Enrico Malatesta, que había llegado a Buenos Aires ese año luego de una vida de militancia y persecución en Europa, junto a su compatriota Héctor Ematei fundaron la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos.

 Fue una de las primeras organizaciones sindicales de Argentina. [música] Tan importante fue ese momento que el 4 de agosto, fecha de su fundación, se celebra hasta hoy el día nacional del panadero. Al año siguiente, en enero de 188, el sindicato realizó una huelga que duró más de 15 días. Los panaderos reclamaban un aumento del 30% del salario, condiciones de alimentación dignas y el fin del trabajo nocturno, entre otras demandas. Pero acá viene lo genial.

 Los panaderos no solo pararon de trabajar, decidieron hacer propaganda política de la forma más creativa e inesperada, rebautizando sus creaciones. Las especialidades de bollería italiana, alemana y francesa que elaboraban dejaron de tener sus nombres europeos y pasaron a tener nombres que eran en realidad burlas directas a las instituciones que los oprimían.

 La iglesia, el ejército y la policía. Las berlinesas alemanas, esas bolitas de masa fritas rellenas de dulce de leche o crema, se convirtieron en las bolas de fraile, un nombre que es una mofa directa a los religiosos. También aparecieron los suspiros de monja y hasta hay registros de versiones más irreverentes del mismo nombre.

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