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La VERDAD OCULTA que Chaplin DESCUBRIÓ de Cantinflas que cambia todo lo que creías saber sobre él

 Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en la Ciudad de México. 15º hijo de Pedro Moreno y María de los Ángeles Reyes, Tepito, La Merced, un barrio que no tenía paciencia con los débiles [música] ni con los que se creían más. Allí aprendiste dos cosas desde niño, a sobrevivir y a leer a la gente antes de que te leyeran a ti.

 Mario Moreno aprendió las dos antes de cumplir 10 años. De joven trabajó en lo que encontró. Vendedor ambulante, ayudante de circo, bailarín en carpas. Las carpas eran el teatro del pueblo [música] que no podía pagar el teatro. tablones de madera, lámina oxidada, público que pagaba unos centavos y exigía que le hicieras olvidar por una hora que la semana había sido dura.

 No había margen para el error. Si no hacías reír, no comías. fue en uno de esos escenarios de madera en algún momento entre 1934 y 1936, donde ocurrió el accidente que cambió todo. El personaje más amado del cine mexicano nació porque un joven se quedó en blanco ante el público y no tuvo el valor de retirarse.

 Lo que hizo, en cambio, cambió la historia del humor en español para siempre. Mario Moreno olvidó sus líneas ante un público que no perdonaba los silencios. hizo lo único que pudo, siguió hablando, mezcló palabras sin orden, construyó frases que empezaban con lógica y terminaban [música] en el absurdo. Argumentó posiciones contradictorias con la misma convicción serena.

 El público, en lugar de silvarlo, comenzó a reírse. No de él, con él, porque en ese caos verbal reconocían algo, algo que vivían todos los días, pero que nadie había puesto en escena antes. [música] El nombre llegó después. en los pasillos de las carpas, una deformación de “En la cantina te inflas”. Un apodo de borracho que él tomó y convirtió en algo completamente distinto, cantinflas.

 Una palabra que no existía y que con el tiempo la Real Academia Española tendría que incorporar a su diccionario. Cantinflear. Cantinflismo. Palabras nuevas para describir algo que siempre había existido, pero que nadie había nombrado todavía. Porque lo que Mario Moreno había descubierto esa noche de pánico en la carpa no era un truco cómico, era una [música] bendición.

 Lo que el público veía era un hombre que no podía terminar una frase. Lo que el censor escuchaba era palabras sin sentido. Lo que el pueblo escuchaba era otra cosa completamente distinta. El cantinflismo era una tecnología de supervivencia que el marginado mexicano había perfeccionado durante siglos sin darle nombre.

 Cuando un hombre del pueblo se enfrentaba a la autoridad, al patrón, al policía, al funcionario, al juez, tenía básicamente dos opciones: callarse y aceptar. O hablar tanto y tan enredado que el otro desistiera de entender qué había dicho. La segunda opción tenía una ventaja enorme. Te permitía decir la verdad sin que te pudieran acusar de haberla dicho.

 Cantinflas convirtió esa táctica en arte. Cada uno de sus monólogos era una disección [música] del lenguaje del poder. Cuando hablaba con un juez, desmontaba la retórica judicial. [música] Cuando hablaba con un médico, desnudaba el paternalismo de la ciencia. Cuando hablaba con un político, dejaba en evidencia la vacuidad del discurso oficial.

 No lo hacía con argumentos, lo hacía con palabras, con la misma técnica que el poder utilizaba para confundir al pueblo, pero aplicada en sentido contrario, para confundir al poder. Era subversión con disfraz de tontería y funcionó durante décadas porque el sensor nunca pudo señalar una sola línea concreta y decir, “Aquí está el problema.

” No había línea concreta, era el método entero y el método era invisible para quien no lo vivía desde adentro. Para 1940, Cantinflas ya era la figura más popular del cine mexicano. Para 1950 era una industria. Para 1955 era un imperio. Hollywood tenía en 1955 una manera muy clara de tratar al talento latinoamericano. Lo admiraba, lo contrataba y luego le explicaba quién debía ser.

 Con Cantinflas intentaron hacer lo mismo. Fue la primera vez en mucho tiempo que Hollywood no consiguió lo que quería. Mike Todd era un hombre que no aceptaba el no como respuesta. productor, apostador, visionario impulsivo. Había decidido adaptar la vuelta al mundo en 80 días de julio Berne con el presupuesto más alto del cine de aventuras de la época y un reparto de 84 figuras de primera línea.

Necesitaba a alguien para el papel de paz partú. El criado ágil y fiel del aristócrata Phileas Fog. Alguien con presencia física, con comicidad natural, con la capacidad de sostener escenas junto a David Nven sin desaparecer. Alguien le habló de un cómico mexicano. Tod vio material de Cantinflas y lo quiso de inmediato.

 Lo que siguió fue un proceso de negociación que los colaboradores de ambos recordarían como algo inusual. Tod estaba acostumbrado a imponer condiciones. Mario Moreno estaba acostumbrado a escucharlas con una sonrisa, a sentir con calma y luego hacer exactamente lo que había decidido desde el principio. Era, en cierta forma, cantinflismo aplicado a los negocios.

 Sonreír mientras no cedes nada. El contrato que finalmente se firmó le daba a Cantinflas un nivel de control sobre su personaje que pocos actores extranjeros habían conseguido en Hollywood. No fue casualidad, fue negociación. Fue el peladito de Tepito sentado frente a los abogados más caros de Los Ángeles, sonriendo, esperando y no moviéndose un centímetro.

 El rodaje comenzó en 1955. España, India, Japón, [música] Estados Unidos. Cantinflas filmó junto a Marl Dietrich, Frank Sinatra, Buster Keaton. Fue tratado como figura de primera línea porque Tod lo había anunciado así y nadie contradecía a Tod. Pero en los pasillos, lejos de las cámaras, algo estaba ocurriendo. Hollywood miraba a Cantinflas con fascinación genuina y con una perplejidad que no sabía cómo resolver.

Lo que este hombre hacía en pantalla funcionaba. Funcionaba de una manera que ningún ejecutivo podía explicar con claridad. Y lo que no se puede explicar en Hollywood genera una incomodidad muy particular. Fue durante ese periodo cuando alguien organizó una proyección privada de las mejores películas de Cantinflas para un grupo selecto de figuras de la particular industria.

 La idea era ayudar a los ejecutivos anglófonos a entender lo que tenían entre manos. Entre el público de esa proyección había un hombre que llevaba años viviendo en Suiza, un hombre al que Estados Unidos había negado el reingreso por sus supuestas simpatías políticas. un hombre que había inventado décadas antes a un personaje muy parecido a Cantinflas en espíritu, [música] el vagabundo de los pies grandes, el pobre con dignidad, el marginado que nunca perdía la gracia.

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