Y me encontré con la Penia folclórica, [música] una institución que no tiene dueño, que no depende de presupuesto estatal para existir, [música] que no necesita marketing ni algoritmos para convocar gente. Existe porque el pueblo la necesita. [música] Existe porque hay algo en el alma argentina que no puede vivir sin el ritmo de una chacarera, sin el bbén de una samba, sin la ronda alrededor de una mesa con empanadas y vino del norte.
Y eso, amigos, es algo que merece que lo contemos bien con [música] toda la historia, con todos los datos, con todo el orgullo que se merece. Así que quédate porque esto que te voy a contar va mucho más allá de la música. Es [música] la historia de cómo los argentinos encontramos la forma de no olvidar quiénes somos sin importar dónde vivamos, sin importar cuánto hayan cambiado los tiempos.

[música] Primero, pongámonos de acuerdo en qué es una peña folclórica, porque hay dos acepciones que coexisten y las dos son igual de importantes. [música] Por un lado, la peña como espacio de esparcimiento popular, un lugar donde se canta, se baila, se comen platos típicos y se toma vino. Por el otro, la peña como institución cultural [música] estructurada con clases de danzas folclóricas durante la semana y baile los fines de semana, como una pista de baile donde lo que suena es la música de la tierra. Estas dos formas de ser peña
no se [música] contradicen, se complementan y juntas construyen algo que ningún otro formato cultural logró igualar en la historia argentina. [música] Una red de espacios vivos donde la identidad nacional se practica, no solo se recuerda. Y acá está el primer dato que te va a [música] sorprender. La peña folkórica, tal como la conocemos hoy, no empezó de la nada.
Tuvo raíces que vienen de mucho más atrás. Antes de que se las llamara peñas folkóricas, existían los llamados centros criollos y las peñas [música] nativas. Eran reuniones informales donde los paisanos que habían llegado a las ciudades buscaban a los suyos, [música] buscaban el sonido de su tierra, buscaban sentir que no habían perdido lo que eran.
La palabra cambió. La esencia siguió siendo la misma, un lugar donde el interior de Argentina podía existir dentro de la ciudad. Pero el gran salto, [música] el momento en que la peña folclógica pasó de ser una reunión informal a convertirse en una institución cultural reconocida ocurrió a partir de mediados de la década de 1940 [música] y especialmente durante los años 50.
¿Por qué en esa época? No fue casualidad. fue la consecuencia directa de uno de los fenómenos sociales más grandes [música] que vivió Argentina en el siglo XX, la migración interna masiva. Millones de personas del interior [música] del país, de Tucumán, de Santiago del Estero, de Salta, de Jujuy, de Corrientes, de La Rioja, de Mendoza, empezaron a moverse hacia Buenos Aires y hacia las grandes ciudades industriales [música] en busca de trabajo.
Llegaban con sus costumbres, con su comida, con su música, [música] con su manera de ver el mundo y necesitaban un lugar donde eso no se perdiera. Pensalo así. Te vas de tu provincia, dejas atrás todo lo que conocés, llegas a una ciudad enorme que habla diferente, que come diferente, [música] que suena diferente. ¿Qué haces? Buscas a los tuyos, buscas ese solido que te recuerda de dónde venís.
Y ahí estaba la peña esperándote. No como un museo, no como [música] una exhibición, como un hogar. Y la historia oficial también reconoció esto. [música] En 1948, durante el primer gobierno peronista, se creó la Escuela Nacional de Danzas Folkóricas de Buenos Aires, [música] parte del Plan Quinquenal de esa época.
Fue la primera vez que el Estado argentino institucionaliza [música] formalmente la transmisión y la enseñanza de las danzas folkóricas [música] como expresión nacional. Eso le dio a las peñas una dimensión nueva. Ya no eran solo un espacio de reunión, eran también un espacio de formación, de profesionalización, de preservación. intencional de una identidad que se quería cuidar.
Pero para entender verdaderamente a la peña tenés que entender la música que vive dentro de ella. [música] Porque el folklore argentino no es un género único. Es una familia enorme de expresiones que vienen de cada rincón del país y cada una tiene su historia, su geografía, [música] su alma. La Samba, por ejemplo, la quinta esencia del noroeste argentino.
Un baile de pareja donde los dos danzantes se persiguen sin tocarse, separados por un pañuelo que ondea en el aire como señal de seducción y de deseo contenido. La Samba nació en el norte, especialmente en Salta, [música] con la guitarra y el bombo como protagonistas. Es uno de los ritmos más elegantes que produjo este país.
Y cuando la escuchas en una peña, cuando alguien la canta bien [música] con el alma, algo en tu pecho se aprieta de una manera que no tiene explicación racional. La chacarera, en cambio, es otra cosa. Es [música] el fuego. Nació en Santiago del Estero, la provincia que algunos estudiosos consideran la cuna cultural [música] del folklore argentino.
Y tiene ese ritmo que no te deja quieto, ese ritmo que sube por las piernas y te obliga a moverse. La chacarera tiene influencias que van desde los primeros pobladores de esa tierra hasta la presencia africana que dejaron sus huellas musicales en la región y el resultado es algo único en el mundo. Cuando en una peña empieza una chacarera, la pista se llena sola.
No importa si sos del norte o del sur, si tenés 80 años o 20, la chacarera llama a todo el [música] mundo. Después está el chamamé, el corazón de corrientes y el litoral argentino con esa influencia guaraní que le da una sonoridad que no se parece a nada más. El carnavalito del noroeste con sus raíces [música] andinas que nos conectan con una historia precolombina que muchas veces olvidamos reconocer como propia.
La Vidala, que es casi un lamento, una oración cantada hacia la tierra, la [música] baguala con esa voz abierta y poderosa que llama a la montaña, el gato, el escondido, la milonga campera. Cada uno de estos ritmos es el retrato musical de una región, de una historia, [música] de un pueblo que existió y que existe. Y todos ellos conviven en la peña.
Eso es lo que hace que la peña sea algo imposible de replicar. Es el único lugar donde toda esa diversidad argentina aparece junta en un mismo espacio, en una misma noche. Vas a una peña y en una hora escuchas el noroeste, el litoral, la Patagonia, las sierras. Vas a una peña y sin darte cuenta haces un viaje por todo el país sin moverte del lugar.
Ahora, hay un momento histórico que hay que contarlo bien porque es fundamental para entender cómo la peña se convirtió en lo que es hoy. [música] Y ese momento es el llamado boom del folklore que se desató con fuerza a partir de los años 60. El 21 de enero de 1961, en la ciudad de Cosquín, provincia de Córdoba, un grupo de vecinos encabezados por el Dr.
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Reinaldo Wisner y el Dr. Alejandro Winder organizaron el primer Festival Nacional de Folclore. Lo habían pensado como algo relativamente modesto, un evento para atraer turismo durante el verano. Lo que no esperaban era que aquello iba a cambiar la historia cultural de Argentina para siempre. La convocatoria superó todas las expectativas.
Los artistas que pisaron ese escenario dejaron al público sin palabras y algo se desató en la sociedad argentina que no tuvo vuelta atrás. [música] El folklore explotó. De repente, toda una generación de jóvenes que en otras circunstancias quizás habría mirado para otro lado, se enamoró de esta música. Las peñas se llenaron, se abrieron nuevas peñas.
La chacarera y las ambas sonaban en radios que antes le cerraban las puertas. Tanto impacto tuvo que pocos años después el presidente José María Guido instituyó por decreto la última semana de enero como semana nacional del folklore con Cosquín como sede permanente de su celebración. era el reconocimiento oficial de que algo muy grande había nacido.
Y ese festival, que ya lleva más de seis décadas de historia ininterrumpida, sigue siendo el mayor acontecimiento folkórico de Argentina y uno de los más importantes de toda América Latina. Pero el boom del folklore no fue solo un fenómeno de festivales, tuvo sus pensadores, sus artistas transformadores, sus voces que redefinieron lo que el folklore podía ser.
Y acá llegamos a dos figuras que no pueden faltar en ninguna historia seria sobre la cultura folclórica argentina. Héctor Roberto Chavero Aramburú, que el mundo conoce como Atahualpa Yupanki, es considerado unánimemente el padre [música] del folklore argentino. Nació el 31 de enero de 1908 y murió el 23 de mayo de 1992. [música] Este hombre de la Pampa, que tomó su nombre de dos figuras históricas andinas, [música] hizo algo que cambió todo.
Demostró que la música del campo argentino podía ser alta poesía. Sus canciones son retratos del [música] paisaje, de los trabajadores de la tierra, de la soledad y la belleza de los espacios abiertos. Con una guitarra y su voz, Yupanky le mostró al mundo que en el corazón de Argentina había una profundidad [música] cultural que pocos habían sabido ver. No fue fácil.
Fue incomprendido durante mucho tiempo, perseguido en algunas épocas por sus ideas, ignorado durante años por los circuitos del poder, pero la historia lo reivindicó. Hoy es un nombre que se pronuncia con reverencia en Argentina y en muchos países del mundo. [música] Y después está la negra Mercedes Sosa, nacida en Tucumán, que se convirtió en una de las voces más grandes que dio este país.
En febrero de 1963, junto a Armando Tejada Gómez, Ócar Matus, Tito Francia y otros [música] artistas basados en Mendoza, Mercedes Sosa cofundó el movimiento del nuevo cancionero, un movimiento que propuso una idea revolucionaria. que el folklore podía ser [música] contemporáneo sin dejar de ser auténtico, que la música de la tierra podía hablar de lo que le pasaba a la gente hoy, podía tener sofisticación poética, [música] podía abrirse a lo latinoamericano sin perder su raíz argentina.
El manifiesto fundacional del nuevo cancionero fue escrito por Tejada Gómez y planteó una visión del folklore que reivindicaba figuras como Atahualpa Yupanki, que hasta entonces habían quedado al margen de los circuitos populares. [música] Mercedesa llevó ese proyecto al mundo entero y en las peñas de todo el país su música sonó y sigue sonando como himno.
Mira la dimensión de esto. La peña folkórica no fue solo el escenario donde estas cosas pasaron, fue el ecosistema que las hizo posibles. Fue el lugar donde los artistas jóvenes aprendieron, donde el [música] público formó su gusto, donde la cadena de transmisión cultural se mantuvo viva de generación en generación.
Sin las [música] peñas, muchas de estas historias no habrían tenido donde ocurrir. Y ahora te quiero hablar de algo que me parece especialmente hermoso, la función social de la peña, que va mucho más allá de lo artístico. Los investigadores que estudiaron las peñas, incluyendo trabajos académicos de universidades argentinas, documentaron algo que cualquiera que haya ido a una peña intuye, pero quizá no sabe nombrar.
Las peñas son espacios de pertenencia para quienes dejaron su tierra atrás. Imagínate alguien que llegó desde Tucumán a Buenos Aires a los 20 años para estudiar o trabajar. Llega a una ciudad que la puede deslumbrar, pero también la puede, no conoce a nadie. [música] Extraña. ¿Y qué hace? Va una peña y ahí está la samba que escuchó toda su vida.
Está la comida que le recuerda el domingo en la casa de su abuela. Están las personas que [música] entienden lo que es sentir nostalgia de la tierra. La peña funciona como un ancla, como un recordatorio de que no perdiste de dónde venís. Y eso psicológicamente es algo enorme. Pero esto no es solo la historia de las [música] personas del interior en Buenos Aires, es también la historia de cómo la peña convirtió a personas que no tenían ese origen en amantes del folklore, [música] porque la peña siempre tuvo esa capacidad de incluir. No hay que ser de
Salta para amar la samba. [música] No hay que haber nacido en Santiago del Estero para bailar la chacarera. La peña te abre la puerta sin pedirte que demuestres nada. Y así fue construyendo puentes entre el campo y la ciudad, entre [música] el interior y la capital, entre generaciones, entre personas que en otras circunstancias quizá nunca habrían compartido nada.
En Buenos Aires esto se volvió especialmente notable. Una ciudad que durante mucho tiempo tuvo una relación compleja con el interior, [música] que a veces miró con desdén las tradiciones que venían del campo. Fue también la ciudad donde las peñas folclóricas se volvieron un fenómeno masivo. En los barrios porteños, en [música] Santelmo, en Palermo, en Abasto, en cada rincón de la ciudad proliferaron las peñas.
Y hoy cuando Buenos Aires se organiza la noche de las peñas [música] con decenas de locales abiertos en simultáneo, convocando a miles de personas a bailar chacarera y samba por las calles de la ciudad, eso es el resultado de décadas de trabajo silencioso [música] de esta institución que nunca necesitó que nadie le dijera que era importante.
Porque la [música] peña tiene algo que no tiene ninguna otra institución cultural, es horizontal, no hay jerarquía en la pista de baile. Bailas con quien está al lado tuyo. El músico que toca en la peña del barrio y [música] el artista que llena estadios son lo mismo cuando entran a ese espacio, porque los dos están al servicio de la música y de la gente.
La peña es el espacio más democrático de la cultura argentina. Y fíjate en lo que sobrevivió dentro de las peñas a lo largo de toda la historia. [música] Sobrevivieron la dictadura cuando muchos artistas folclóricos fueron perseguidos o tuvieron que exhibiarse. Sobrevivieron las crisis económicas de las que todos tenemos memoria.
sobrevivieron el avance de los géneros internacionales, [música] el rock, el pop, la cumbia, el reggaetón. Sobrevivieron la digitalización de la música [música] y no solo sobrevivieron, sino que en muchos momentos encontraron formas de renovarse, de atraer nuevas generaciones, de seguir siendo relevantes sin perder lo que las hace únicas.
Hay algo en el folklore argentino que conecta con algo muy profundo en las personas. [música] Quizás sea esa mezcla de influencias que lo componen, lo indígena, lo español, lo africano, lo criollo, todo mezclado y fermentado durante siglos, hasta [música] producir algo que no es de ningún lado del mundo más que de acá. Cuando escuchas una samba bien cantada, no estás escuchando solo música, estás escuchando siglos de historia.
Estás escuchando la voz de todos los que vivieron en esta tierra antes que vos y que dejaron su huella en esos ritmos. Y la peña [música] es el templo donde esa transmisión ocurre. No, el único. Claro, los festivales existen, la radio existe, el streaming [música] existe, pero la peña es el único lugar donde la transmisión es en vivo, cara a cara, cuerpo a cuerpo, donde el ritmo no viene de unos parlantes, sino de alguien que está ahí frente a vos tocando con sus manos, donde el baile no es performance, [música] es comunión, donde aprendés mirando a
otro que ya sabe y le enseñas a otro que todavía no sabe y así la cadena no se corta. Pensemos también en los jóvenes, porque hay algo que no siempre se cuenta y que me parece fundamental. En los últimos años, el folklore está viviendo un renacimiento entre las generaciones más jóvenes de argentinos.
Los pibes y las pibas de vein pico de años están yendo a las peñas, están aprendiendo a bailar samba, están subiendo chacareras a sus historias de Instagram, [música] están yendo a Cosquín, no porque alguien se los dijera, sino porque algo en esa música les [música] habla. Porque en un mundo donde todo es descartable y todo cambia cada semana, [música] hay algo reconfortante en conectarse con algo que tiene raíces de verdad.
Y las [música] peñas ahí están abiertas sin pedir carnet ni demostración de autenticidad. Solo pasá, escuchá, bailá, existí. Esto lo deberían enseñar en las escuelas. La peña folclórica argentina no es un vestigio del [música] pasado. Es una institución cultural viva, activa, que cumple funciones que ninguna otra institución cumple.
[música] Es escuela, es encuentro, es terapia, es historia, es arte, todo al mismo tiempo. Y funciona sin sponsors grandes, sin infraestructura estatal obligatoria, sin nada que no sea la voluntad de las personas que la sostienen y de las personas que la frecuentan. Y hay algo más que quiero que te lleves de este video, algo que me parece la lección más importante de toda esta historia.
La peña folclórica argentina es la demostración de que la identidad cultural no se preserva desde arriba, no se preserva desde los despachos ni desde los decretos, aunque los decretos puedan ayudar. Se preserva desde abajo, desde las personas que un sábado a la noche deciden ir a bailar en vez de quedarse en casa.
Desde el maestro de baile que trabaja toda la semana dando clases en un local pequeño, desde la cantora que lleva décadas subiendo al escenario de una peña de barrio y poniendo el alma en cada zamba, desde las familias que llevan a sus hijos y les dicen, “Esto también es tuyo.” Desde todos ellos, desde nosotros, la cultura sobrevive y se renueva.
La peña folkórica es lo que pasa cuando un pueblo decide no olvidar quién es. Y eso en un país que a veces parece empeñado en borrarse a sí mismo es un acto profundamente político en el mejor sentido de la palabra. Es decir, acá estamos, acá estuvimos siempre y acá vamos a seguir estando. Argentina tiene problemas, nadie lo niega.
Tenemos desafíos enormes que enfrentamos todos los días, pero tiene también esta red de peñas que se extiende por todo el territorio, desde la Puna hasta la Patagonia, desde el litoral hasta Cuyo, en las capitales provinciales y en los pueblos más pequeños, donde cada semana la gente se junta a bailar y a cantar y a recordarse unos a otros que comparten algo muy valioso.

Eso no lo tiene cualquier país, eso [música] es nuestro. Y que sea nuestro, es algo de lo que podemos estar muy orgullosos. Si este video te llegó, si te hizo acordar de alguna peña a la que fuiste o te dieron ganas de ir a una por primera vez, compartilo, porque hay mucha gente que necesita [música] reconectar con esta parte de lo que somos.
Y si conocés una peña en tu ciudad, en tu barrio, manda el dato en los comentarios. Armemos entre todos un mapa de las peñas de Argentina, [música] que eso solo ya es un acto cultural de primera línea. La semana que viene seguimos con más historias de lo nuestro. [música] Dale like si te gustó, suscríbite para no perderte nada y nos vemos pronto.