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Ismael Rodríguez guardó un secreto 47 años — Lo que Pedro Infante nunca llegó a filmar

Los puso sobre la mesa con [música] cuidado, casi con reverencia. como quien pone flores sobre una tumba. Y entonces dijo algo que nadie en ese estudio esperaba escuchar. Dijo que esos bocetos llevaban [música] 26 años esperando, que los había guardado el 15 de abril de 1957, el día que murió Pedro y que desde entonces no los había vuelto a tocar.

que [música] la película que estaba en esos papeles era la más ambiciosa que había pensado jamás, [música] que Pedro ya había dicho que sí, que todo estaba listo y que nunca se filmaría porque esa película era de Pedro y Pedro ya no estaba. Nadie en el estudio [música] dijo nada.

El silencio que siguió fue el tipo de silencio que no se puede fingir. Pero para entender por qué esos bocetos significaban todo lo que significaban, hay que volver mucho más atrás. Hay que volver a una mañana de 1946 en los estudios Tepellac en el rumbo de la villa en la ciudad de México. Hay que volver a un foro vacío donde una mujer de 57 años esperaba, caracterizada desde las 9 de la mañana con una peluca blanca que le había tomado casi una hora ponerse.

Miraba la puerta del camerino con una paciencia que ya se le estaba acabando. Hay que volver al momento en que Ismael Rodríguez, con 29 años y tres películas en su haber, caminaba de un lado a otro del foro sin saber qué hacer, porque el protagonista de su película no quería salir. No era una excusa, no era un capricho de estrella.

Pedro Infante tenía 28 años, [música] llevaba seis en el cine, había filmado ya una docena de películas y esa mañana, encerrado en su camerino de los estudios [música] Tepeyac, había llegado a una conclusión que le parecía tan clara como el sol de Octubre afuera. Él no era actor, nunca lo había sido. Era [música] un muchacho de Guamuchil, Sinaloa, que sabía cantar y tocar guitarra, que había llegado a México con una maleta vieja y las ganas de comerse el mundo con las manos.

Pero [música] actuar de verdad frente a una cámara con veteranos que habían hecho 30 películas antes de que él supiera que el cine existía. Eso era demasiado. Ya habían ido todos a buscarlo esa mañana. El asistente de dirección, el jefe de producción, dos compañeros del elenco. Nadie había podido moverlo. Ismael había firmado un contrato con él para hacer tres películas, [música] pero Pedro tenía su propia interpretación del contrato.

El contrato decía tres películas con los Rodríguez. [música] No decía que una de ellas tuviera que ser los tres García, así que Pedro no haría los tres García. Así de sencillo. Y de ahí no lo movía nadie. Fue entonces cuando Ismael tomó la única decisión que le quedaba. Fue a buscar a Sara García, la llamada Abuelita de México.

Tenía 57 años y una carrera de casi 20 en el cine. Era una mujer de carácter, de esas que hablan con pocas palabras y todas bien puestas. No tenía paciencia para los caprichos de nadie. Pero Ismael le explicó lo que pasaba de verdad. No era arrogancia lo que tenía Pedro, era miedo, un miedo profundo, casi físico, de quien siente que está a punto de quedar en evidencia frente a personas a las que respeta demasiado.

Sara García entendió eso de [música] inmediato porque ella había sentido algo parecido en otro tiempo, en otro foro, y caminó hacia el camerino de Pedro Infante. Nadie sabe exactamente qué se dijeron en esos primeros minutos. Lo que se sabe es que Sara le preguntó por qué no quería salir y que Pedro le respondió con una honestidad que a veces solo tienen los que están al borde.

Le dijo que él era un mariachi, que no era actor, que cómo iba a trabajar con ella, con don Carlos Orellana, [música] con gente que llevaba décadas frente a una cámara. Si él era un principiante que [música] nunca le atinaba a nada, lo dijo así con esas palabras. Yo no soy actor, yo soy mariachi y eso era lo que sentía, no una frase para la entrevista.

La verdad, Sara García lo escuchó sin interrumpirlo y cuando Pedro terminó de hablar, ella no le dio un discurso, le hizo una propuesta. Le dijo que estudiarían juntos, que todos los días antes de entrar al foro repasarían las escenas, [música] que cuando Pedro estuviera haciendo una toma bien, ella le guiñaría un ojo, que cuando algo fallara le haría una señal con el dedo y al oído le diría qué corregir.

Era un sistema simple, pero le estaba diciendo algo más importante que el sistema. le estaba diciendo que no estaba solo. Pedro salió del camerino. Ismael Rodríguez vio entrar a su protagonista al foro esa mañana y sintió algo que no supo nombrar en el momento. Lo nombraría muchos años después, en una [música] entrevista, cuando ya tenía 80 años y había visto morir a casi todos los que había querido. Lo llamó reconocimiento.

El reconocimiento de ver a alguien convertirse en lo que siempre fue, sin saber todavía que lo era. La primera escena que filmaron fue la más difícil, la muerte de la abuela. Una escena de llanto real, sin trampa [música] ni cartón, donde Pedro tenía que estar destrozado frente a la cámara. Sara García había hablado con Ismael antes.

[música] Le había dicho que iba a decirle cosas tiernas, cosas dulces, a ver si el muchacho lograba conectar. Y Pedro conectó. Las lágrimas llegaron solas sin que nadie las pidiera, sin que nadie las ensayara. Llegaron porque algo en las palabras de Sara tocó algo en Pedro que llevaba tiempo sin ser tocado.

Cuando Ismael dijo Corten, nadie en el foro habló. Sara García hizo una señal para que todos aplaudieran. Y Pedro Infante, que en ese momento tenía 28 años y no creía en su propio talento, se quedó parado en el centro del foro sin saber qué hacer con los aplausos. [música] Fue como una inyección, diría Sara años después.

Fue como ver a alguien despertar. Pero Ismael Rodríguez ya había visto algo más esa mañana. Había visto que Pedro no actuaba. Pedro sentía y en el cine de cualquier época esa diferencia lo cambia todo. Un actor que actúa da al público lo que espera. Un actor que siente da al público lo que necesita. Ismael entendió eso en ese foro con esa primera toma.

Y desde ese momento su relación con Pedro dejó de ser solo la de un director y su protagonista se convirtió en algo más difícil de nombrar. La relación de dos hombres que encuentran en el otro lo que les falta para ser completos. Ismael tenía la visión, Pedro tenía el alma. Los tres García fue un éxito. No el tipo de éxito que llena páginas de periódico, el tipo de éxito más duradero, el que construye público fiel, el que hace que la gente vuelva al cine la semana siguiente porque quiere sentir otra vez lo que sintió la primera vez. Pedro

llegó puntual a cada llamado durante el resto del rodaje. Le había prometido a Sara que no volvería a llegar tarde y cumplió su promesa. Y cada 10 de mayo, hasta el día de su muerte fue a la casa de Sara García con un ramo de rosas y su mariachi para cantarle las mañanitas. Nunca faltó una sola vez.

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