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Humberto Zurita

Un dolor tan hondo que ni siquiera las cámaras más intrépidas lograron captar en su totalidad. Hoy por primera vez abriremos esa puerta que él mantuvo cerrada con tanto cuidado. Prepárate porque lo que estás a punto de descubrir no es solo la historia de un ídolo de la televisión, sino el testimonio crudo y conmovedor de un ser humano que tocó el fondo del abismo.

 Y contra todo pronóstico encontró la manera de volver a respirar. Esta es la verdadera historia de Humberto Surita, la que nunca contó en entrevistas, la que sus hijos protegieron con celo y la que hoy finalmente sale a la luz. El 26 de febrero de 2019, el mundo del espectáculo mexicano se detuvo por un instante.

 Christian Bach, la mujer que había sido el gran amor de Humberto Zita durante casi cuatro décadas. La actriz argentina que conquistó México con su belleza nórdica y su talento inigualable falleció en absoluto silencio. No hubo comunicado oficial inmediato, no hubo fotos de funeral, no hubo lágrimas públicas, solo un vacío que se instaló en la casa de los lirios, esa mansión que ellos mismos diseñaron como refugio de su amor y que de pronto se convirtió en mausoleo.

Humberto Zita, el hombre que había enfrentado a los villanos más crueles en la ficción. que había dirigido producciones millonarias y que había sido ovasionado en los teatros más importantes de América Latina, se quedó completamente solo frente al ataúdrado de su esposa. ni siquiera pudo despedirse mirando su rostro por última vez, porque el cáncer de páncreas que se la llevó en apenas meses, había sido tan agresivo que los médicos recomendaron no abrir el féretro.

 Sebastián Zurita, el hijo mayor, recuerda ese día como si el tiempo se hubiera detenido en un fotograma roto. Entró a la sala donde su padre permanecía inmóvil, sentado en un sillón de cuero que Cristian había elegido personalmente años atrás. Humberto no lloraba. Sus ojos estaban fijos en un punto invisible, como si estuviera esperando que ella regresara en cualquier momento con esa sonrisa pícara que siempre desarmaba cualquier discusión.

Sebastián se acercó, le tocó el hombro y por primera vez en su vida vio a su padre quebrarse por completo. No fue un llanto común, fue algo mucho más profundo, algo animal, algo que salía desde las entrañas. Humberto Zuría se dobló sobre sí mismo, abrazándose el estómago como si le hubieran arrancado una parte vital del cuerpo y comenzó a gritar su nombre una y otra vez.

 Cristi, Cristi, por favor, no me dejes. No puedes irte a Sakei. Sebastián, que siempre había visto a su padre como un titán inquebrantable, se derrumbó también. Padre e hijo se abrazaron en el suelo llorando como dos niños perdidos. Mientras Emiliano, el menor, observaba desde la puerta sin poder moverse, con el rostro desencajado.

Durante semanas, Humberto no pudo dormir en su cama. se instaló en el sofá del estudio donde Cristian solía leer sus guiones, envuelto en una de sus batas de seda que aún conservaba su perfume. Cada noche a las 3 de la madrugada se levantaba y caminaba por la casa hablando solo, como si ella aún estuviera allí.

recorría el pasillo donde colgaban las fotos de sus viajes. Se detenía frente al retrato de su boda en 196. Tocaba con ternura la imagen de Cristian embarazada de Sebastián y volvía a derrumbarse. Los empleados de la casa, que llevaban décadas con la familia contaban en voz baja que escuchaban sus soyosos atravesando las paredes, que lo veían sentado en la cocina a las 5 de la mañana, mirando fijamente la taza de té que ella nunca volvería a preparar.

 El hombre que había producido algunas de las telenovelas más exitosas de México, ya no podía ni siquiera contestar el teléfono. La tristeza no era solo por la muerte en sí, aunque esa ya era devastadora. Era por todo lo que se llevaron esos meses de enfermedad silenciosa. Christian Bag había decidido enfrentar el cáncer sin decirle a nadie.

 ni siquiera a sus hijos. Hasta que fue demasiado tarde. Humberto se enteró cuando ella ya estaba en etapa terminal. Durante semanas enteras él había estado grabando en exteriores, creyendo que su esposa solo tenía una gripe persistente. Cuando regresó y la vio tan delgada, tan pálida, tan frágil. entendió todo de golpe.

 Ella le pidió que no dijera nada, que no convirtiera su enfermedad en un circo mediático, que la dejara morir con dignidad. Y él, que siempre había respetado cada decisión de esa mujer fuerte e independiente, aceptó, pero ese silencio le costó caro. Se culpaba día y noche por no haber estado más presente, por no haber insistido, por no haberla obligado a tratarse antes, si tan solo hubiera cancelado esa novela.

repetía una y otra vez, golpeándose la cabeza contra la pared. Los hijos veían como su padre se consumía. Sebastián intentó sacarlo de la casa, llevarlo a caminar, a comer, a cualquier cosa que rompiera la rutina del duelo. Pero Humberto, Humberto se negaba. Su mundo se había reducido a cuatro paredes y a los recuerdos.

 Perdió más de 15 kg en dos meses. Su cabello, siempre perfectamente peinado, se volvió gris casi de la noche a la mañana. Los ojos, aquellos ojos intensos que habían enamorado a México entero, se hundieron en dos cuencas oscuras que parecían pozos sin fondo. Los médicos le recetaron antidepresivos, pero él los tiraba a la basura.

Ninguna pastilla va devolverme a mi Cristi”, decía con una voz ronca que ya no parecía la suya. Una noche, tres meses después del funeral, Sebastián encontró a su padre en el jardín, sentado bajo el árbol de limón que Cristian había plantado cuando se mudaron a esa casa. Estaba descalso en pijama con una botella de tequila a medio terminar.

Llovía torrencialmente, pero Humberto no se movía. Sebastián corrió hacia él, lo abrazó y entre lágrimas le suplicó que entrara. Fue entonces cuando Humberto pronunció la frase que su hijo nunca olvidaría. Se elevó mi alma, Sebastián. Cristian no solo se murió, se llevó mi alma con ella.

 Esa noche, por primera vez, Humberto habló durante horas. Contó cómo se habían conocido en 1982 en el set de bodas de odio, como ella lo había rechazado las primeras semanas porque estaba comprometida. Cómo él la esperó pacientemente hasta que ella se dio cuenta de que lo que sentía era mucho más grande que cualquier compromiso previo.

 Contó sobre la noche en que le propuso matrimonio en un restaurante en Acapulco, como ella lloró de emoción y le dijo que nunca había sentido algo tan puro. contó sobre el nacimiento de sus hijos, sobre los viajes, sobre las peleas tontas y las reconciliaciones apasionadas. Y lloró, lloró como nunca lo había hecho delante de nadie.

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