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Hugo Sánchez Marcó 2 Goles y Nadie lo Publicó

[música] No era la primera vez, era la vez número 347. Sacó las dos velas de su bolso, una blanca, una roja, las encendió con el mechero que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. El ritual de siempre, la oración silenciosa, el momento en que Hugo Sánchez, el pentapichichi, se convertía simplemente en Hugo, el niño de Ciudad de México, que aprendió a volar porque no tenía otra forma de escapar. Otra vez con tus velas.

 La voz de Michel rompió el silencio. Hugo no se volvió otra vez. Llevas años haciendo lo mismo. ¿Alguna vez te han fallado? Hugo sonríó sin ganas. Las velas nunca fallan. El que falla soy yo. Mell sentó a su lado. El centrocampista español era uno de los pocos que entendía algo de lo que pasaba dentro de la cabeza del mexicano.

 No todo, [música] nadie entendía todo. Pero algo, hoy es el Zaragoza, dijo [música] Mitel. Un partido más, tres puntos más. Un partido más, repitió Hugo. Las palabras sonaban vacías. Afuera. El Bernabéu comenzaba a llenarse. El murmullo de la multitud se filtraba por las paredes como [música] el zumbido de un enjambre lejano.

 Hugo cerró los ojos. Podía imaginar cada rostro en esas gradas. Los padres que traían a sus hijos para ver al mexicano volar. Los viejos que comparaban cada movimiento suyo con Di Stefano y Puscas. Los jóvenes que solo querían ver goles. Siempre goles. ¿En qué piensas? Preguntó Mell. En nada.

 ¿Mientes? [música] Hugo abrió los ojos. Las llamas de las velas temblaban. Pienso en que nadie recuerda los partidos normales. Pienso en que hoy marcaré, ganaremos y mañana los periódicos hablarán de otra cosa. Pienso en que llevo 5 años siendo el mejor y cada mañana me despierto sintiendo que no he hecho nada. Michel no respondió.

[música] No había respuesta para eso. El resto del equipo fue llegando. Betragueño con su sonrisa de niño bueno, Sanchiz con su seriedad de capitán. Chendo con sus bromas que nadie encontraba graciosas, pero que todos celebraban porque rompían la tensión, Hugo los observaba como si estuviera fuera de su propio [música] cuerpo.

“Señores, la voz del entrenador cortó las conversaciones. Hoy es un partido de liga. El Zaragoza viene a encerrarse. Van a poner el autobús. Nuestra obligación es no cometer errores.” Hugo escuchaba sin escuchar. Conocía el discurso de memoria. Ganar, ganar, ganar. [música] Como si ganar fuera lo único que importaba.

 Como si ganar llenara el vacío que sentía cada noche cuando volvía a su apartamento y se sentaba solo frente al televisor apagado. Hugo, el entrenador lo miraba directamente. Hoy te necesito concentrado. Sé que el Zaragoza no es el Barcelona, pero necesito tus goles igual que siempre. Los tendrás, respondió Hugo. Su voz sonaba automática.

 El túnel del Bernabéu olía a humedad y a historia. Hugo caminaba al frente de la fila como siempre. Sus tacos resonaban contra el hormigón con un ritmo que conocía mejor que los latidos de su propio corazón. Tap, tap, tap. Cada paso era un segundo menos de espera. Cada paso era un metro más cerca del césped que lo había convertido en leyenda.

 Cada paso era también un recordatorio de que las leyendas no descansan. Las leyendas no tienen días libres. Las leyendas no pueden permitirse ser simplemente humanas. La luz del estadio lo golpeó como una bofetada cuando salió del túnel. 80,000 personas de pie. El rugido ensordecedor que hacía vibrar hasta los huesos, los flashes de las cámaras creando constelaciones efímeras en las gradas.

 Hugo levantó la mano derecha en un saludo automático. La multitud respondió con más gritos, pero él ya no los oía realmente. ¿Listo? preguntó Butragueño a su lado. Siempre estoy listo. Era mentira. Nunca estaba listo. Cada partido era una nueva prueba. Cada partido era demostrar otra vez que merecía estar ahí. El Zaragoza se alineó en su mitad del campo.

 11 hombres vestidos de azul con la determinación de quienes saben que van a sufrir, pero no piensan rendirse. Hugo los estudió con la mirada fría de un depredador. Conocía a cada uno. Sabía cuál era lento en el giro. Sabía cuál perdía la concentración después del minuto 60. [música] El árbitro pitó. El balón comenzó a rodar.

Los primeros 20 minutos fueron exactamente lo que el entrenador había predicho. El Zaragoza plantó 11 hombres detrás del balón. Cada ataque del Madrid moría en una muralla de camisetas azules. Hugo recibía el balón y tres defensas lo rodeaban antes de que pudiera girarse. “¡Paencia!”, gritaba el entrenador desde la banda.

 Hugo odiaba esa palabra. Paciencia era lo que pedían los que no tenían que estar ahí [música] arriba, sudando, luchando, recibiendo patadas en los tobillos mientras la multitud comenzaba a impacientarse. Pero el gol llegó como siempre llegaba. Minuto 23. Gordillo recibió en la banda izquierda y levantó la cabeza.

 Hugo ya estaba corriendo, no hacia el balón, hacia el espacio que sabía que se abriría en dos segundos. El central del Zaragoza dio un paso hacia Gordillo. Solo un paso, pero ese paso fue suficiente. El centro llegó raso. Hugo apareció entre los dos defensas como un fantasma. Un toque, solo uno. El balón besó la red antes de que el portero pudiera mover las manos. Gol.

 Hugo no saltó, no corrió hacia la banda, [música] simplemente levantó el puño derecho y caminó de vuelta al centro del campo. ¿Qué pasa?, preguntó Sanchez cuando pasó a su lado. No celebras. Es un gol, respondió Hugo. Nada más, pero era mucho más que un gol. Era el gol número 234 de su carrera en España. Era el gol que mantenía al Madrid en la pelea por la Liga.

 Era el gol que nadie recordaría mañana porque mañana habría otros goles, otros partidos, otras noticias más importantes. El Bernabéu aplaudió durante 30 segundos. Luego el murmullo volvió a la normalidad como si nada hubiera pasado, como si meter goles fuera simplemente lo que Hugo Sánchez hacía, lo que se esperaba de él, lo [música] mínimo, uno más.

 Se dijo a sí mismo mientras el Zaragoza sacaba de centro. Solo necesitan uno más. Pero en el fondo sabía la verdad, que podía marcar dos, tres, cinco goles [música] y al día siguiente alguien preguntaría por qué no había marcado seis. El partido continuaba, el reloj seguía avanzando y Hugo Sánchez seguía haciendo lo único que sabía hacer, esperando que algún día fuera suficiente.

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