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Hugo Sánchez: El Silencio Final

 4 años antes, cuando lo despidieron de la selección nacional, fue un escándalo. Titulares, debates, programas enteros dedicados a analizar su fracaso. Pero ahora en 2012 su salida de Pachuca no generó ni una sola portada, ni un solo debate, ni una sola mención en los noticieros deportivos, porque la verdad más dura que Hugo Sánchez había aprendido en estos años era esta.

 Hay algo peor que ser odiado, ser ignorado. Hugo encendió el auto, salió del estacionamiento, tomó la carretera de regreso a la ciudad de México y durante todo el camino pensó en algo que nunca creyó posible, ya no importó. No para los medios, no para los clubes, no para la gente. La radio del auto estaba encendida, un programa deportivo.

 Hablaban del América, del Cruz Azul, de los jugadores jóvenes, de los técnicos extranjeros que estaban llegando a México. Nadie mencionó a Hugo Sánchez, nadie dijo, “Hoy se va una leyenda.” Nadie. Hugo cambió de estación, otra emisora deportiva. Hablaban de la Liga de España, del Barcelona, del Real Madrid, nada sobre él.

 Cambió de estación otra vez y otra y otra. En ninguna dijeron su nombre. Apagó la radio y el silencio llenó el auto. Ese silencio pesado, ese silencio que dice más que 1000 palabras. Llegó a su casa dos horas después, estacionó, bajó. Su esposa estaba en la sala. ¿Cómo te fue? Ya está, respondió Hugo. Ya no soy técnico de Pachuca. Ella asintió.

 Lo sabía. No preguntó más. Hugo subió a su estudio, cerró la puerta, se sentó frente al escritorio, miró la pared, ahí estaban las fotos de siempre: Real Madrid, Pumas, la selección, pero ahora esas fotos le parecían de otra persona, de alguien que existió hace mucho tiempo, de alguien que ya no era. abrió su laptop, entró a internet, buscó noticias sobre su salida de Pachuca, encontró una nota pequeña en un portal deportivo menor.

 El título decía Hugo Sánchez deja Pachuca por malos resultados. Tres párrafos sin entrevista, sin análisis, sin contexto, como si estuvieran reportando el resultado de un partido cualquiera. Hugo cerró la laptop, se recostó en la silla y recordó cómo era antes. Recordó cuando cada palabra suya era noticia, cuando cada gesto generaba debate, cuando los periodistas esperaban horas para hacerle una pregunta.

 Recordó el Bernabéu gritando su nombre. recordó el Azteca poniéndose de pie. Recordó las portadas, los titulares, la gloria. Pero ahora, en 2012, su salida de un club como Pachuca no merecía ni siquiera una llamada de un periodista y eso dolía más que cualquier derrota. Porque Hugo había aprendido algo brutal en estos años.

 El fútbol no te olvida poco a poco, te olvida de golpe. Un día eres noticia, al siguiente ya no existes. Se levantó, caminó hacia la ventana, miró afuera. La Ciudad de México seguía su ritmo. Autos, gente, vida, todo seguía. Como si nada, como si Hugo Sánchez nunca hubiera existido. Tocaron la puerta. Su hijo entró.

 Papá, ¿estás bien? Hugo no respondió de inmediato, se quedó mirando por la ventana. Luego dijo algo que nunca pensó que diría. “Ya nadie me recuerda.” Su hijo se acercó, puso la mano en su hombro. “Yo sí te recuerdo, papá.” Hugo asintió, pero ambos sabían que eso no era suficiente, porque Hugo no había construido su vida para ser recordado solo por su familia.

 La había construido para ser inmortal. Y ahora, sentado en esa habitación, viendo como el mundo seguía sin él, Hugo Sánchez entendió algo devastador. La inmortalidad no existe, solo existen los recuerdos. Y los recuerdos se desvanecen uno por uno hasta que no queda nada. Esa noche Hugo no pudo dormir. Se quedó despierto mirando el techo, pensando en cómo había llegado hasta aquí, en cómo todo se había desmoronado tan rápido.

 A las 3 de la mañana se levantó, bajó a la sala, encendió la televisión, canal deportivo, repeticiones de partidos. Ana vio a técnicos jóvenes hablando de táctica, vio a jugadores celebrando goles, vio a comentaristas debatiendo sobre el futuro del fútbol mexicano. Nadie mencionó el pasado. Nadie mencionó a las leyendas.

Nadie mencionó a Hugo Sánchez. Apagó la televisión, se quedó sentado en la oscuridad y por primera vez en su vida, Hugo se preguntó, “¿Valió la pena? ¿Valió la pena sacrificar tanto? ¿Valió la pena dejar a su familia por concentraciones interminables? ¿Valió la pena soportar la presión, las críticas, el odio? ¿Valió la pena ser Hugo Sánchez? Porque ahora, sentado solo en esa sala oscura, la respuesta no era tan clara. Al día siguiente salió a caminar.

Necesitaba aire. Necesitaba pensar en otra cosa. De pasó frente a un puesto de periódicos, se detuvo. Las portadas hablaban del clásico América Guadalajara, de fichajes, de resultados internacionales. Buscó su nombre en algún titular, nada. Ni una mención, ni un análisis de su salida de Pachuca, ni un artículo sobre lo que vendría para él, nada.

 Compró un periódico, lo abrió, revisó la sección deportiva completa. En la página 7 encontró una nota pequeña, cuatro líneas. Hugo Sánchez y Pachuca terminan relación laboral. El club agradece sus servicios y le desea éxito en futuros proyectos. Cuatro líneas. Para un hombre que había sido portada durante décadas, Hugo dobló el periódico, lo dejó en el puesto, no lo compró, siguió caminando, llegó a un parque, se sentó en una banca, niños jugando fútbol.

 Como siempre, uno de ellos llevaba una camiseta del Real Madrid. Número siete, Cristiano Ronaldo. Hugo lo vio correr, driblar, disparar. El niño gritó cuando la pelota entró. Sus amigos lo abrazaron y en ese momento Hugo entendió algo doloroso. Para esos niños él no existía. Ellos no sabían quién era Hugo Sánchez.

 No sabían de sus cinco pichichis, no sabían de sus 38 goles. No sabían de sus saltos mortales en el Bernabéu. Para ellos, Hugo Sánchez era solo un nombre viejo que tal vez sus abuelos mencionaban. Pero no era su héroe, no era su leyenda, era solo un fantasma del pasado. Hugo se levantó de la banca, caminó de regreso a su casa, entró, subió a su estudio, abrió el cajón donde guardaba sus medallas, sus trofeos pequeños, sus recuerdos personales. Lo sacó uno por uno.

 El primer Balón de Oro que ganó en México, la medalla de campeón con Pumas, la camiseta firmada por sus compañeros del Real Madrid, una foto con el rey de España, los puso sobre el escritorio y sintió algo extraño. Ya no sentía orgullo, sentía nostalgia. Nostalgia por algo que ya no existía, por un tiempo que nunca volvería, por un Hugo Sánchez que el mundo había olvidado.

 Su teléfono sonó. Era un número desconocido. Contestó Hugo Sánchez. Sí, habla de Radio Fórmula. Queríamos saber si tiene algún comentario sobre su salida de Pachuca. Hugo hizo una pausa. Por fin alguien preguntaba, pero ya era demasiado tarde. No tengo comentarios, respondió. ¿Está seguro? ¿Podríamos hacer una entrevista rápida? 5 minutos.

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