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Héroe de Guerra Contaba MONEDAS para Comprar Pan|lo que Hizo Nino Bravo Después lo Dejó ATÓNITO

 Pero para entender lo que hizo Nino Bravo ese día, primero necesitas saber quién era ese hombre que contaba monedas, porque cuando lo sepas, lo que ocurrió después va a pesarte de una manera completamente diferente. España, en los años 70 todavía no sabía cómo tratar a los hombres que habían dado todo por ella.

 Las pensiones eran miserables, en muchos casos inexistentes, [música] hombres invisibles que habían sido héroes y que ahora intentaban llegar a fin de mes con una dignidad que nadie les había pedido, pero que ellos se negaban a abandonar. Y Andrés era exactamente ese hombre. Le llamaremos Andrés porque su familia pidió que su nombre real no se hiciera público.

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 Pero todo lo demás, cada detalle de lo que ocurrió ese día, está documentado en el testimonio de la mujer que lo presenció desde el otro lado del mostrador. Andrés tenía 72 años y había combatido siendo un muchacho de 18, con las botas dos tallas más grandes que su pie y un fusil que pesaba más que él y había sobrevivido a cosas que nunca contó a nadie, ni a su mujer, ni a sus hijos.

Porque ese era el pacto que tenían los hombres de su generación con sus propios recuerdos. Lo que pasó en la guerra se quedaba en la guerra. Después de la guerra, Andrés volvió a Valencia, se casó, tuvo tres hijos y trabajó en una fábrica de azulejos durante 27 años seguidos sin faltar un solo día. 27 años, madrugando antes del amanecer, volviendo a casa con las manos llenas de polvo blanco, cenando lo que había y acostándose temprano para poder levantarse de nuevo al día siguiente.

Cuando la fábrica cerró, Andrés tenía 59 años, demasiado viejo para que alguien quisiera contratarle de nuevo y demasiado joven para rendirse, pero su mujer murió 2 años después de un infarto. Rápido, dijo el médico como si eso fuera un consuelo. Y Andrés se quedó solo en un piso pequeño en el barrio de Ruzafa con una pensión de veterano que no llegaba a las 3000 pesetas al mes.

3000 pesetas en 1971. Eso era lo que costaba sobrevivir, no vivir, sobrevivir. Aquel martes de noviembre, Andrés había salido de casa con lo que tenía en el bolsillo izquierdo del abrigo, 47 pesetas que había contado antes de salir, que había vuelto a contar en la calle y que estaba contando por tercera vez sobre el mostrador de aquella pequeña tienda del barrio, donde había pedido pan, un cuarto de kilo de arroz y una lata pequeña de sardinas.

 La dueña Carmen le conocía desde hacía años, conocía su historia y conocía su orgullo, y por eso no decía nada mientras él contaba las monedas en silencio, porque sabía que lo peor que podía hacer en ese momento era ofrecerle ayuda delante de todo el mundo. Andrés apartó la lata de sardinas porque no llegaba, la empujó con un solo dedo hacia el lado del mostrador, despacio, sin levantar [música] la vista, con esa clase de movimiento que hacen las personas que llevan demasiado tiempo acostumbradas a quedarse sin cosas. Lo que Andrés no sabía mientras

contaba esas monedas por tercera vez es que la puerta de aquella tienda estaba a punto de abrirse. Carmen iba a decir algo, pero no le dio tiempo porque la puerta de la tienda se abrió y el frío de noviembre entró con él. La puerta se había abierto y el hombre que entró no era simplemente una estrella de la canción española en el mejor momento de su carrera.

 Era alguien que había visto antes esa escena, que la había vivido desde el otro lado, que sabía exactamente lo que costaba apartar una lata de sardinas de un mostrador con un suelo dedo. Porque Luis Manuel Ferryopis, antes de ser Nino Bravo, antes de los escenarios y los discos de oro y las multitudes que lloraban cuando abría la boca, había sido un niño de Burjasot que conocía el peso específico de no tener suficiente.

 Para entender por qué Nino Bravo hizo lo que hizo en los siguientes 30 segundos, necesita saber lo que había visto de niño en Burjasot. Burjasot era en los años 50 un pueblo trabajador pegado a Valencia, donde la gente madrugaba mucho y presumía poco. No era un lugar de miseria extrema, sino algo más difícil de nombrar.

 Era un lugar donde la dignidad se mantenía a base de esfuerzo constante y donde el lujo más grande que podía tener una familia era llegar al domingo con la nevera no del todo vacía. Luis Manuel nació el 3 de agosto de 1944, el cuarto de cinco hermanos. Su padre Manuel Ferry trabajaba en lo que había y su madre Amalia Yopis hacía lo que podían hacer las madres de aquella generación, que era multiplicarlo poco hasta convertirlo en suficiente.

 Luis Manuel creció en esa España donde los niños aprendían muy pronto que las cosas no llegaban solas, donde el pan de cada día era exactamente eso, el pan de cada día, algo que no estaba garantizado, sino que se ganaba. Pero dentro de esa casa pequeña de Burjasot había algo que no faltaba nunca y ese algo era la música.

 Su padre cantaba no en escenarios ni para nadie, solo para la casa, pero cantaba con una voz que llenaba las habitaciones de una manera que Luis Manuel no supo explicar con palabras hasta muchos años después. Una voz que convertía las tardes difíciles en algo más llevadero y que le enseñó, sin pretenderlo, que hay cosas que no cuestan dinero y que, sin embargo, lo valen todo.

 A los 14 años, Luis Manuel ya cantaba en las fiestas del pueblo. No porque alguien le hubiera dicho que tenía una voz extraordinaria, sino porque cantar era lo más natural del mundo para un chico que había crecido escuchando a su padre. Y a los 17 empezó a actuar en locales pequeños de Valencia, cobrando casi nada, pero sintiendo que cuando abría la boca algo en la sala cambiaba.

 Pero el camino entre aquel adolescente de Burjasot y el hombre que llenaba teatros en toda España no fue rápido ni sencillo, porque hubo años de incertidumbre, años en que la carrera musical terminaba de despegar y en que la pregunta de si aquello iba a funcionar algún día pesaba más que cualquier otra cosa.

 Años en que Luis Manuel veía como su familia seguía ajustándose el cinturón mientras él perseguía algo que todavía no tenía nombre claro y esos años no los olvidó nunca. Y eso es lo más importante de todo lo que te estoy contando ahora mismo. En noviembre de 1971, Nino Bravo era ya una figura consagrada de la música española.

 Ese año había publicado uno de sus discos más importantes. Sus canciones sonaban en todas las radios y su nombre aparecía en los carteles de los teatros más grandes del país. Pero llegar no le había cambiado de la manera en que cambia a algunas personas, porque no había desarrollado esa capa que desarrollan ciertos artistas cuando el éxito llega.

esa distancia cómoda entre lo que uno fue y lo que uno es ahora, esa capacidad de mirar hacia otro lado cuando la realidad se pone incómoda, porque uno ya no tiene por qué mirarla si no quiere. Nino Bravo seguía siendo en lo más profundo el chico de Burjasot. Y el chico de Burjasot, cuando entraba en una tienda y veía a un hombre mayor contando monedas sobre un mostrador, con esa clase de concentración silenciosa que solo tienen las personas que no pueden permitirse el error, no veía a un desconocido. Veía a su padre, veía a los

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