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Gustavo Petro ENFRENTA al HOMBRE que GOBERNÓ Colombia desde las SOMBRAS — Todo cambió en minutos

 Un reino construido sobre 347 asesinatos y décadas de terror. Cuéntanos, desde qué país nos estás viendo esta historia que marcó un antes y un después en Colombia. Escribe en los comentarios don Eduardo Villareal Mendoza controlaba un imperio de 500,000 hectáreas que se extendía por tres departamentos de Colombia.

 A los 72 años, con su cabello plateado peinado impecablemente hacia atrás y atrás, y un traje italiano que costaba más que el salario anual de un campesino, había visto pasar a ocho presidentes. A todos los había dominado, unos financiados, otros chantajeados, otros simplemente intimidad por su vasta red de poder.

 Su filosofía era simple y la repetía a menudo en sus círculos privados. Los presidentes duran 4 años, pero la tierra es eterna. Ningún gobierno se había atrevido a tocarlo. Sus abogados, los más caros y astutos del país, llegaban hasta la Corte Suprema. 20 congresistas le debían favores políticos directos y se rumoreaba que tenía en su nómina a generales y jueces.

 Era, en todos los sentidos de la palabra intocable. Pero don Eduardo cometió un error fatal. No contó con que llegaría Gustavo Petro, un presidente que no necesitaba su dinero, no temía sus amenazas y había dedicado los últimos 3 años, incluso desde antes de ser elegido, a una meticulosa investigación sobre cómo se construyó realmente su imperio.

En abril de 2024, el Foro Nacional de Agricultura reunió a 600 personas en Bogotá. Don Eduardo llegó tarde, como siempre con una comitiva de cuatro hombres, no para escuchar, sino para ser visto. Su misión demostrarle a Petro y a todo el país quién mandaba realmente en Colombia. Petro expuso durante 45 minutos con una calma metódica, proyectando gráficos y mapas satelitales.

 En Colombia, el 81% de las tierras está en manos de solo el 1% de los grandes propietarios. Es como un puñado de gigantes que acaparan el campo de millones de hormigas. 3 millones de familias campesinas no tienen donde sembrar. Esto no es solo una estadística, es la raíz de nuestra violencia. Don Eduardo escuchaba con irritación creciente, jugueteando con un pesado anillo de oro en su dedo meñique.

 Cada palabra del presidente era un ataque directo a su legado, a su poder, a su misma existencia. Para él, la charla de Petro no era sobre justicia social, era una declaración de guerra contra su imperio. Cuando Petro abrió el espacio para preguntas, don Eduardo se levantó sin esperar turno con una autoridad que silenció a todos.

 Ni siquiera necesitó que le acercaran un micrófono. “Presidente Petro, su voz de barítono resonó en el auditorio cargada de desdén. ¿Quién conoce mejor este país? usted que lleva apenas dos años en el poder o yo que llevo 50 años construyéndolo. Don Eduardo caminó lentamente hacia el centro del pasillo, no como un invitado en un foro, sino como el dueño del lugar.

 Sus botas de cuero repujado marcaban un ritmo firme sobre el suelo alfombrado. Mire, señor presidente, yo llevo 50 años creando empleo donde solo había maleza. He producido alimentos para esta nación cuando otros solo hablaban. He pagado miles de millones en impuestos que su gobierno y los anteriores han malgastado. Hizo una pausa dramática, asegurándose de tener la atención de todos.

 Su voz se elevaba desafiante, poderosa. He construido carreteras con mi propio dinero, levantado escuelas donde el estado nunca llegó, financiado hospitales que se caían a pedazos. Esas medio millón de tierras no aparecieron de la nada, generan riqueza. Se giró levemente hacia el público, donde algunos terratenientes asentían en aprobación.

 Por eso, con todo el respeto que se merece su investidura, pero con ninguno hacia sus ideas, le digo que usted no sabe con quién está hablando, señor presidente. Yo soy quien decide el destino de este país. El silencio fue abrumador. 600 personas contenían la respiración. Los guardaespaldas del presidente se tensaron, listos para intervenir.

 “Don Eduardo”, dijo Petro con una voz sorprendentemente serena, bajando del estrado y caminando hacia él, un gesto que nadie esperaba. En una cosa tiene razón, es cierto que lleva 50 años en este país y que ha construido un imperio. Don Eduardo esbozó una sonrisa satisfecha, casi paternalista. Creía que había intimidado al presidente, que lo había forzado a reconocer su poder.

Pensó que había ganado. “Pero hay algo que usted no sabe, don Eduardo.” Continuó Petro, deteniéndose a solo unos metros frente a él, mirándolo directamente a los ojos. Y es que yo llevo 3 años investigando exactamente cómo construyó ese imperio. El rostro de don Eduardo cambió, la sonrisa se congeló y se convirtió en una mueca de confusión y alarma.

Petro, sin romper el contacto visual, se agachó y abrió su maletín. Sacó un grueso expediente encuadernado en azul. Aquí, don Eduardo, está la verdadera historia de su imperio, la contabilidad que usted nunca quiso que se conociera. Levantó el primer documento, una escritura notarial amarillenta. 1973, usted compró su primera finca, la esmeralda, de 2000 hectáreas en Córdoba.

Precio de compra 50.000 pesos. ¿Sabe cuál era el valor real de mercado en ese momento? 2 millones de pesos. Don Eduardo palideció visiblemente. El color huyó de su rostro. ¿Sabe por qué la compró tan barata? ¿Componen placement? Preguntó Petro, dejando que la pregunta flotara en el aire por un instante, porque tres semanas antes de su compra, los paramilitares habían masacrado a 47 campesinos en la vereda vecina.

 El terror era el verdadero agente inmobiliario. Las familias huyeron aterrorizadas y usted llegó como un salvador a comprar sus tierras por una vigésima parte de su valor. Un murmullo de horror e indignación recorrió la sala. Los periodistas tecleaban frenéticamente. 1978, continuó Petro implacable, sacando otro documento.

 Finca El Paraíso, 15,000 hectáreas en Urabá. El mismo método. Primero llega la violencia, después llega usted con contratos firmados bajo amenaza. Sacó una fotocopia ampliada de un cheque. 1985, el pago al alcalde de Montería de la época, 500,000 pesos para declarar como valdías las tierras de una cooperativa campesina que llevaba 20 años produciendo allí.

 Aquí está su firma, don Eduardo, inconfundible. La sala estaba en un silencio sepulcral, roto solo por los sollozos ahogados de una mujer mayor sentada en la primera fila. 1990, Petro sacó ahora recibos bancarios de una cuenta en Panamá. Usted financió directamente a los paramilitares 200 millones de pesos mensuales sin falta durante 3 años a las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá.

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