Posted in

Gilberto Santa Rosa

Prepárate porque lo que estás a punto de descubrir te va a romper el corazón y al mismo tiempo te va a recordar por qué amamos tanto a este gigante de nuestra música. Hay dolores que no se gritan, se guardan. Hay heridas que no sangran hacia afuera, sino que se pudren lentamente en lo más profundo del alma. Para Gilberto Santa Rosa, la herida más grande no fue una traición amorosa, no fue una enfermedad, no fue siquiera la muerte física de alguien querido.

Su herida más profunda fue ver como todo aquello, por lo que había sacrificado su juventud, su salud y hasta su propia voz, se desmoronaba frente a sus ojos como un castillo de naipes en medio de un huracán. Corría el año 2008 y el mundo de la salsa parecía haberle dado la espalda al que una vez había sido su rey indiscutible.

Todo comenzó con una serie de decisiones artísticas que en su momento parecieron valientes, pero que el público no entendió. Gilberto quiso renovarse, quiso experimentar confusiones, con sonidos más contemporáneos, con arreglos que incorporaban elementos del reggaetón y del pop latino que entonces empezaban a dominar las radios.

Quería demostrar que la salsa podía seguir siendo joven, que no estaba condenada a ser un género de museo. Grabó un disco que para él era una obra maestra, pero que para muchos de sus seguidores más puristas fue una traición imperdonable. Las críticas fueron feroces. Lo acusaron de venderse, de abandonar sus raíces, de dejar de ser el caballero para convertirse en uno más del montón.

Los conciertos, que antes se llenaban en minutos, empezaron a tener butacas vacías. Las emisoras que solían poner sus canciones cada hora ahora pasaban semanas sin mencionarlo. Pero el golpe más duro no vino del público ni de los críticos, vino de dentro de su propia casa. Su hermano mayor, Ramón Santa Rosa, el hombre que había sido su confidente desde la infancia, el que lo acompañó en los primeros pasos.

cuando cantaba en fiestas de barrio en Santurce, fue quien vio a Gilberto derrumbarse como nunca antes. Ramón aún se le quiebra la voz cuando recuerda aquella noche en la casa familiar de Carolina. Gilberto había llegado de una gira que había sido un desastre. En Colombia tuvieron que suspender un concierto porque apenas había 500 personas en un recinto para 5000.

Al bajar del avión no dijo nada. Entró directamente al cuarto que todavía conserva en la casa de sus padres. Cerró la puerta y se quedó allí tres días sin salir. Ramón golpeó la puerta una, 10, 100 veces. Al tercer día, cuando por fin Gilberto abrió, lo que su hermano vio lo marcó para siempre.

El caballero de la salsa estaba sentado en el piso con la camisa arrugada, los ojos hinchados de tanto llorar y en la mano una botella de ron casi vacía. Me dijo algo que nunca olvidaré. cuenta Ramón con la voz temblorosa después. me miró y con una voz que apenas le salía, dijo, “Ramón, yo creo que ya no sirvo para esto.

Creo que se me acabó la voz, se me acabó la suerte, se me acabó todo.” En ese momento, Ramón no pudo contenerse más y rompió en llanto, abrazando a su hermano menor. Dos hombres adultos criados en la dureza del barrio, llorando como niños, porque el sueño que habían construido juntos durante más de 30 años parecía haberse convertido en cenizas.

Aquella crisis no fue solo profesional, fue existencial. Gilberto empezó a cuestionarse todo. Se miraba al espejo y no reconocía al hombre que veía. Se preguntaba si valía la pena seguir cantando, si ya nadie lo quería escuchar como antes. Hubo noches en las que despertaba sobresaltado, con la sensación de que se ahogaba, de que algo dentro de su pecho se había roto para siempre. Dejó de comer.

Bajó más de 20 libras en pocas semanas. Su madre, doña Carmen, rezaba rosarios enteros pidiéndole a la Virgen de la Providencia que le devolviera la luz a su hijo. Los médicos hablaron de depresión severa, de crisis de pánico, de un cuadro que podía terminar muy mal si no se trataba a tiempo. Y en medio de esa oscuridad absoluta, Gilberto tomó una decisión que pocos entendieron en su momento.

desapareció, canceló todos los contratos, apagó el teléfono, se encerró en una casa que tenía en Rincón, en la costa oeste de Puerto Rico, y durante casi 8 meses nadie supo nada de él. Ni su manager, ni sus músicos, ni siquiera algunos de sus hijos lograban dar con él. Solo Ramón sabía dónde estaba. Y solo Ramón era autorizado a visitarlo.

Allí, frente al mar que rugía como queriendo llevarse su dolor, Gilberto lloró todo lo que tenía que llorar. Escribió canciones que nunca ha mostrado a nadie. Quemó cuadernos enteros de letras que hablaban de derrota, de vacío, de un hombre que ya no sabía quién era sin los aplausos. Esa fue la mayor tristeza de su vida, sentirse olvidado por el público que había sido su familia durante décadas, sentirse traicionado por la música que había sido su razón de existir.

Fue tocar fondo con tanta fuerza que por un momento pareció que el caballero de la salsa nunca más volvería a ponerse el traje. El amor, ese visitante impredecible, siempre ha tenido un lugar especial en la vida de Gilberto Santa Rosa. Quienes lo conocen de cerca dicen que es un romántico incurable, de esos que todavía escriben cartas a mano y que lloran con las baladas de los años 70.

Pero también es un hombre que ha pagado caro el precio de amar intensamente en un mundo donde la fama distorsiona todo lo que toca. Su primera gran historia de amor fue con la que fuera su esposa durante casi tres décadas, con quien formó una familia hermosa y tuvo cuatro hijos que hoy son su mayor orgullo.

Se conocieron cuando él apenas empezaba a despegar con la orquesta de Tommy Olivencia y ella era una joven estudiante de administración que trabajaba en una tienda de discos en Plaza Las Américas. Fue amor a primera vista de esos que parecen sacados de una canción de Felipe Pirela. Se casaron jóvenes con la inocencia de quienes creen que el amor todo lo puede.

Y durante mucho tiempo así fue. Ella fue su refugio cuando la fama empezó a volverse asfixiante, la que le preparaba arroz con gandules después de giras agotadoras. la que le recordaba que detrás del artista había un hombre que necesitaba ser querido por quien realmente era. Pero la fama es una amante cruel que no comparte con los años, las giras interminables, las noches lejos de casa, los rumores constantes y la presión de ser el caballero.

Las 24 horas del día empezaron a hacer mella en la relación. Hubo infidelidades, discusiones que terminaban en lágrimas, reconciliaciones apasionadas que duraban lo que dura una canción. Intentaron salvarlo todo por los hijos, por los años compartidos, por el amor que todavía sentían. fueron a terapia, hicieron votos de renovación, viajaron juntos para intentar rescatar lo que habían sido, pero había heridas que ya no cerraban.

Read More