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FERNANDO COLUNGA: los AMANTES prohibidos y el asqueroso PACTO SECRETO de Televisa

 Y entre todos los [música] casos que ilustran cómo funcionó ese sistema, hay uno que me parece fascinante, precisamente porque es el más silencioso, el más hermético, el más difícil de entender desde afuera. Hablo de Fernando Colunga, el hombre que durante más de dos décadas fue [música] la cara más visible del galán de Televisa, que cobró lo que muy pocos actores en la historia [música] de la televisora cobraron y que un día simplemente se fue sin escándalo, sin comunicado, sin entrevista.

 explicativa sin la guerra pública que el sistema [música] casi siempre generaba cuando una figura de ese tamaño intentaba salirse, solo se fue. Y eso en el contexto del sistema que vamos a explorar hoy, es una anomalía enorme. Es casi un milagro. ¿Por qué alguien en la cima de ese sistema simplemente lo abandona? ¿Y cómo lo hace sin que el sistema lo destruya en el proceso? Para responder eso, primero tienes que entender cómo se construyó ese sistema.

Porque no fue accidental, fue el proyecto deliberado de un hombre que quería controlar no solo lo que México veía, sino como México sentía [música] y como México soñaba. Suscríbete y activa la campanita antes de que sigas lo que viene, el mecanismo real detrás de las exclusividades, los vetos, [música] el poder absoluto de un solo hombre sobre miles de carreras, la historia del actor que mejor supo navegar ese sistema sin que el sistema lo consumiera es algo que rara vez se cuenta completo y en orden.

Hoy sí, para entender Televisa hay que entender primero a Emilio Azcarragamilmo. Y para entender a Emilio Azcárraga Milmo, hay que olvidarte de la imagen del empresario elegante que aparecía en las fotos oficiales. Ese era el envoltorio. Lo que había dentro era algo considerablemente más complicado, considerablemente más interesante y dependiendo de a quién le preguntes, [música] considerablemente más aterrador.

 El tigre. Así le decían. Y no era un apodo de cariño, ni tampoco era una metáfora [música] vacía. Según Valentín Pimstein, uno de los productores históricos de la televisora y uno de los hombres que más tiempo pasó dentro de esa maquinaria, el apodo describía algo muy específico sobre la naturaleza del poder [música] que ejercía.

 Cuando te abraza, te saca sangre. Es decir, el afecto de ese hombre tenía precio, la protección que ofrecía tenía precio, el favor que concedía tenía precio. Y quien no quisiera pagar ese precio o quien no entendiera las reglas del juego o quien en un momento de ingenuidad o de orgullo creyera que podía moverse fuera de esas reglas sin consecuencias, acababa fuera, a veces literalmente fuera del país.

Azcárraga Milmo tomó el control de Televisa en una época en que la televisión mexicana aún estaba encontrando su forma. Aún estaba descubriendo qué podía hacer y qué clase de poder podía ejercer. Y lo que hizo fue algo que ningún empresario de medios en México había intentado con esa ambición ni con esa sistematicidad, construir no solo un canal de televisión, sino un ecosistema [música] completo de entretenimiento, cultura popular y, en muchos sentidos, control ideológico.

 Para finales del siglo XX, Televisa no solo hacía telenovelas, controlaba el deporte, una parte importante de la industria musical, [música] las variedades, los noticieros, los programas infantiles. en la práctica el filtro por el que pasaba una porción enorme de la vida cultural mexicana. Sí, sí, sí. Querías existir en la cultura popular de ese país, prácticamente tenías que pasar por ese filtro.

 Y en el centro de todo ese ecosistema estaban las telenovelas, porque las telenovelas eran el producto más rentable, el más exportable, el que generaba más ingresos y el que tenía más impacto emocional en la sociedad. [música] No lo digo yo, lo documentaron los periodistas Andrew Paxman y Claudia Fernández en su libro El tigre, que sigue siendo la investigación más completa sobre Azcárraga y su empresa.

 El melodrama fue el producto que generó más ingresos y que tuvo mayor impacto en la sociedad mexicana. No las noticias, [música] no el fútbol, no los programas de concursos, el melodrama, la telenovela con sus villanas despiadadas, sus galanes perfectos, sus pobres que terminan siendo ricos. y sus ricos que aprenden lo que de verdad [música] importa.

 ¿Y qué necesitas para hacer melodrama en escala industrial? Necesitas actores, necesitas caras reconocibles, voces que la gente identifique, figuras en las que el público deposite su afecto, su deseo, sus emociones cotidianas. [música] Y si quieres que ese producto sea tuyo y solo tuyo, que ningún competidor pueda usarlo, que ningún proyecto externo diluya la imagen que tú construiste con años de inversión y pantalla, que ninguna aparición en la televisora rival reste valor a tu marca, necesitas controlar a esas figuras de una forma que va bastante más allá del contrato

laboral convencional. Para eso inventaron el sistema de exclusividades y este sistema fue durante décadas [música] uno de los elementos más poderosos, más rentables y menos [música] comprendidos de toda la industria televisiva mexicana. El contrato de exclusividad con Televisa no era, du en esencia un contrato de trabajo normal, era otra cosa, era un pacto de pertenencia, un acuerdo que en el papel se veía como un beneficio económico generoso y que en la práctica era una de las cadenas más sofisticadas que una empresa puede construir

alrededor de un ser humano. El mecanismo básico funcionaba así. Televisa te pagaba una cantidad mensual fija, completamente independiente de si estabas grabando o no. Independiente de si estabas en pantalla activamente o descansando entre proyectos, a cambio de que fueras exclusivamente de la empresa, no podías aparecer en producciones de TV Azteca, no podías dar entrevistas a medios considerados hostiles sin autorización previa de la empresa.

 No podías participar en eventos públicos [música] que pudieran dañar tu imagen. Según la definición de la propia televisora, Stie, que era la que decidía unilateralmente qué dañaba la imagen y qué no. No podías en la práctica existir profesionalmente fuera del perímetro que la empresa te dibujaba.

 Tu carrera, tu nombre y tu cara eran tuyos en teoría y de la empresa en la [música] práctica. Los montos variaban enormemente y esa variación en sí misma era parte del sistema de poder. No todos los contratos [música] eran iguales y esa desigualdad creaba jerarquías muy claras dentro del elenco.

 Había actores con contratos de apenas unos miles de pesos al mes, suficiente para generar dependencia económica, pero no para crear verdadera seguridad. Y había figuras que estaban en otra dimensión completamente diferente. Alfredo Adame, por ejemplo, reveló en una entrevista que hacía 1994. Su contrato de exclusividad superaba los 700,000 pes mensuales, a lo que había que sumar entre 300,000 y 400,000 pesos adicionales por cada producción en la que participara, llevando sus ingresos totales a más de 1 millón de pesos al mes en aquella época. Y Adame dice haber

sido el cuarto contrato más lucrativo de la televisora en ese momento. [música] Después de Verónica Castro, Lucía Méndez y Humberto Zurita. Cuarto, con más de un millón al [música] mes. Eso te da una idea de lo que podían estar cobrando las figuras en los primeros tres lugares. Y Fernando Colunga, según reportes que circularon cuando se habló de su eventual salida de la empresa, Colunga llegó a cobrar en los últimos años de su exclusividad alrededor de 2 millones de pesos mensuales [música] solo por el contrato base. Solo por ser

exclusivo. No por grabar. No por aparecer en pantalla, [música] que no por hacer nada en particular. solo por no trabajar para nadie más. Hay otras versiones que sitúan su compensación en cifras en dólares y se habla de montos muy significativos al mes, aunque esos números específicos son más difíciles de verificar con precisión.

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