í algo era diferente esta vez el primer partido contra Arabia Saudita casi destruye todo antes de que comenzara. Argentina llegaba como uno de los favoritos al título con una racha de 36 partidos invictos y Messi había abierto el marcador de penalti en el primer tiempo.
Todo parecía bajo control. Entonces llegó el descanso y Arabia Saudita salió en la segunda parte como si no tuviera nada que perder porque exactamente eso era lo que tenía. Dos goles, derrota 2 a 1. El vestuario argentino estaba en silencio absoluto. Los jugadores contaron después que nadie hablaba.
El peso de lo que acababa de pasar era demasiado grande para procesarlo en voz alta. Fue entonces cuando Messi habló, no gritó, no señaló a nadie, nada que confíe. Obviamente es un golpe muy duro para todo, para la gente, para nosotros, porque no no no esperábamos arrancar de esta manera, pero pero que confíe que este grupo no lo va a dejar tirado y creo que ahora es un momento de de eso, de estar más unido que nunca, de demostrar que somos fuertes.
simplemente dijo que no habían llegado hasta allí para irse, así que quedaban dos partidos en el grupo y que cada uno de ellos tenía que decidir si quería estar en esa historia o no. Argentina ganó sus dos siguientes partidos del grupo. Messi marcó en ambos en octavos de final, luego en cuartos de final contra Países Bajos llegó uno de los momentos más intensos del Mundial.
Argentina ganaba 2 a0 y los holandeses empataron en el descuento. La prórroga, los penaltis, la tensión máxima. Messi no tembló, convirtió su penalti con una calma que resultaba casi sobrenatural. dado el contexto y cuando Argentina ganó la serie fue directo a encarar al cuerpo técnico holandés con una intensidad que sorprendió a todos.
Ese Messi frío y europeo del que hablaban los críticos había desaparecido. Quedaba un hombre que quería ganar con una ferocidad que se le notaba en la cara. En semifinales contra Croacia, el mejor mediocampista del torneo hasta ese momento, Luka Modric, fue prácticamente invisible. Messi desbordó al lateral croata, provocó el penalti del primer gol y luego asistió a Julián Álvarez para el tercero con un pase que atravesó a toda la defensa como si tuviera ojos en la espalda.
Argentina ganó 3 a0 y Messi había marcado o asistido en prácticamente cada momento decisivo del torneo. El 18 de diciembre de 2022, en el estadio Lusail, Argentina se enfrentó a Francia en lo que muchos ya llaman la mejor final de la historia de los mundiales. La primera parte parecía un sueño. Argentina dominó, Messi convirtió el penalti del 1 a0 y Di María puso el 2 a0 antes del descanso.
El partido parecía sentenciado, entonces llegó Mbappé. En 10 minutos, Francia pasó de estar eliminada a empatar. Penalti convertido, gol de bolea 2 a 2. Todo lo construido en 90 minutos se derrumbó en 10. La prórroga fue un combate entre dos equipos que se negaban a perder. Y fue entonces cuando Messi anotó el que pudo haber sido el gol del campeonato mundial, recogiendo un rebote dentro del área y empujando el 3 a 2 con una determinación absoluta.
Argentina estaba a 4 minutos de ser campeona del mundo. Entonces Mbappé volvió a aparecer penalti en el último minuto de la prórroga, 3 a tr a los penaltis. Y ahí en el momento de máxima presión, con el peso de toda Argentina sobre él, con su legado en juego con 35 años y sabiendo que era su último tiro en un mundial, Messi fue el primero en lanzar, sin dudarlo, sin mirar al portero, sin pensar en lo que pasaría si fallaba.
¡Gol! Cuando el árbitro pitó el final y Messi cayó de rodillas sobre el césped del Luail, no estaba celebrando, estaba liberándose. 15 años de dudas, de finales perdidas, de críticas de cargar con la comparación con Maradona. Todo eso se evaporó en ese momento. Terminó el torneo con siete goles y tres asistencias, siendo el mejor jugador del Mundial.

Marcó en la fase de grupos, en octavos, en cuartos, en semifinales y en la final. No hubo una sola fase en la que Messi no dejara su huella. A los 35 años, en su último mundial, rindió al nivel más alto de su carrera con la selección. Y lo más increíble no fueron los goles ni las asistencias, fue que nadie en ningún momento de ese torneo pudo detenerlo.
Ni Arabia Saudita después de haberlos derrotado, ni los holandes con su presión, ni los croatas con Modric, ni Francia con Mbappé, nadie, porque esta versión de Messi no jugaba solo por ganar un trofeo, jugaba por silenciar décadas de dudas. Y cuando un hombre juega con ese tipo de hambre, con ese nivel de talento y con esa experiencia acumulada, simplemente no hay forma de detenerlo.