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Ella se durmió con su currículum en el hombro del Millonario… solo leyó y sonrió, y al día siguiente

 Pero lo peor no era el cansancio físico, lo peor era el terror helado que le apretaba el pecho y le robaba el aire. Terror de haber apostado todo lo que tenía en esta entrevista. Terror de haber dejado a su familia, confiando en que ella los salvaría cuando ni siquiera podía salvarse a sí misma. terror de que al final del día tendría que llamar a su madre y decirle que había fallado, que todo ese dinero que tanto les costó juntar se había ido en un boleto de avión y un sueño estúpido que nunca debió perseguir. Apretó el currículum

entre sus manos temblorosas y sintió como el papel se arrugaba en las esquinas. Lo aló desesperadamente contra su regazo tratando de deshacer el daño, pero solo empeoró las cosas. Por supuesto que lo arruinaba. Por supuesto que ni siquiera podía sostener un maldito papel sin destruirlo.

 Las lágrimas amenazaban con desbordarse de nuevo y esta vez casi lo lograron. Se obligó a respirar profundo. 1 2 3. Como le había enseñado su abuela cuando era niña, y las crisis de pánico la dejaban paralizada en el piso. Funcionaba. Entonces tenía que funcionar ahora, pero el aire no llegaba bien a sus pulmones.

 se atoraba en algún lugar de su garganta apretada y salía en pequeños jadeos entrecortados que esperaba que nadie más pudiera escuchar. El avión estaba llenándose rápido, gente segura, gente que sabía a dónde iba y qué hacía con sus vidas, gente que probablemente volaba cada semana como si fuera lo más normal del mundo. Una mujer pasó a su lado con un perfume tan caro que a Valeria le dio vergüenza oler su propia ropa, lavada con el jabón más barato del mercado y secada al sol, porque no tenían secadora.

 Un hombre con traje que costaba más que todo lo que su familia ganaba en tres meses acomodó su maleta en el compartimiento superior sin siquiera esforzarse, como si cargar cosas caras fuera tan natural como respirar. Valeria había tenido que facturar su única maleta, una vieja y desgastada que había sido de su abuela, porque no tenía dinero para equipaje de mano extra y además no tenía nada suficientemente valioso que necesitara llevar con ella en cabina.

 solo este currículum, esta hoja de papel que resumía 26 años de luchar contra todo, de estudiar bajo la luz de una vela cuando cortaban la electricidad, de trabajar tres empleos simultáneamente para pagar una carrera que todos en su pueblo decían que era pérdida de tiempo, de sacrificar cada momento de felicidad por un futuro mejor que ahora parecía tan lejano como las estrellas.

 Asiento 12 B pasillo. Se dejó caer en el lugar, sintiendo como el asiento de tela áspera se hundía bajo su peso. No era cómodo, pero tampoco importaba. Nada de esto importaba si no conseguía esa entrevista, si no lograba impresionar a quién fuera que la recibiera, si no convertía estos últimos 300 pesos que le quedaban en algo más que un boleto de regreso a la vergüenza y el fracaso.

300es. Eso era todo lo que tenía entre ella. y quedarse varada en una ciudad que no conocía, sin dinero para comer, sin dinero para un lugar donde dormir, sin dinero para volver a casa. Había hecho los cálculos 100 veces en su cabeza. Si tomaba el metro en lugar de taxi, podría ahorrar 150. Si no comía nada en todo el día, podría guardar otros 100.

 Eso le dejaría 50 pesos de margen para emergencias. 50 miserables pesos que tenían que cubrir cualquier cosa que saliera mal porque no había más. No había un centavo extra, no había nadie a quien llamar para pedir ayuda. Su estómago gruñó tan fuerte que la mujer, en la fila de adelante volteó a verla.

 Valeria sintió como el calor le subía a las mejillas y bajó la mirada al currículum, pretendiendo que estaba concentrada en leer algo importante, pero las letras se movían frente a sus ojos, se desdibujaban y se volvían a formar en patrones que ya no tenían sentido. Parpadeó fuerte tratando de enfocar. No podía quedarse dormida. Si se quedaba dormida, podría babear o roncar o hacer algo humillante que la gente recordaría.

 Podrían tomarle fotos y subirlas a internet. Podrían reírse de ella como se habían reído toda su vida cada vez que intentaba hacer algo más que la chica pobre del pueblo, que no sabía cuál era su lugar. No aquí, no ahora. tenía que mantenerse despierta y alerta y presentable porque esta era su oportunidad y no podía arruinarla por algo tan estúpido como el cansancio.

Alguien se sentó en el asiento de al lado, asiento 12 junto a la ventana. Valeria apenas levantó la vista, demasiado concentrada en mantener los ojos abiertos y las lágrimas contenidas. Era un hombre, eso era todo lo que registró. traje oscuro, camisa clara, el olor a colonia cara que ya estaba empezando a reconocer como el aroma de la gente que tenía dinero.

 Probablemente era otro ejecutivo yendo a otra reunión importante donde tomarían decisiones que afectarían vidas como la suya sin siquiera pensarlo dos veces. No le habló, no la miró, solo se acomodó en su asiento y sacó su teléfono. Bien, perfecto. No tenía energía para conversaciones educadas con extraños que nunca la recordarían.

 El avión empezó a moverse lentamente hacia la pista y Valeria sintió como su corazón se aceleraba. Era real. Estaba pasando. En dos horas estaría en la Ciudad de México. En 3 horas estaría en esa entrevista. En 4 horas sabría si había valido la pena apostar todo o si acababa de cometer el error más grande de su vida.

 Las manos le temblaban otra vez y las apretó contra el currículum tratando de ocultarlo. La voz del capitán llenó la cabina con instrucciones sobre cinturones de seguridad y salidas de emergencia, pero Valeria apenas escuchaba. Su mente estaba muy lejos. De vuelta en su casa, donde su madre probablemente estaba despierta preocupándose, donde su padre fingía no estar asustado por los gastos médicos que seguían acumulándose, donde su hermana menor la había abrazado tan fuerte esa mañana susurrando, “Vas a lograrlo. Sé que vas a lograrlo.

” Y Valeria había querido creerle, pero no podía. No cuando había tantas formas en que todo podía salir mal. El avión aceleró en la pista y el ruido de los motores se volvió ensordecedor. Valeria cerró los ojos por un segundo, solo un segundo, y sintió como el estómago se le hundía cuando las ruedas dejaron el suelo. Volar. Estaba volando.

 Era la segunda vez en su vida que subía a un avión. La primera había sido hacía 5 años cuando ganó una beca para un curso en otra ciudad y el viaje venía incluido. Esa vez había estado emocionada, nerviosa, pero esperanzada. Esta vez solo sentía miedo. Miedo de estar cometiendo un error terrible. Miedo de haber gastado dinero que no tenía en algo que no iba a funcionar.

Miedo de decepcionar a todos los que confiaban en ella. Abrió los ojos y volvió a mirar el currículum. Valeria Mendoza García, 26 años, licenciada en administración de empresas, experiencia laboral en tres puestos diferentes, todos mal pagados, pero que le habían enseñado a sobrevivir, a hacer más con menos, a sonreír, aunque por dentro estuviera rompiéndose.

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