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Él No Sabía que era JOSE JOSE — el Maestro Italiano Desafió al Cantante Equivocado

 Aquella noche, el teatro estaba lleno de diplomáticos, críticos, aristócratas, empresarios, periodistas y amantes de la ópera que habían pagado fortunas por asistir. En una fila discreta, sin escolta, sin estridencias, vestido con un traje sobrio y oscuro. Estaba sentado José José. Había llegado a España pocos días antes para cumplir con varios compromisos artísticos.

 Venía de una etapa intensa, marcada por giras, grabaciones, entrevistas y el peso cada vez mayor de una fama que no dejaba espacio para el descanso verdadero. Aún así, cuando podía, buscaba refugio en aquello que había amado desde antes de ser ídolo. La música en su forma más exigente. Había querido asistir como espectador sin anunciarse, solo para escuchar, aprender y recordar esa disciplina de la voz que siempre había respetado profundamente.

Muchos en América Latina lo reconocían al instante. En España también comenzaban a hacerlo. Pero en aquel ambiente de rigidez académica, algunos apenas lo miraron dos veces. Vieron a un hombre elegante, de presencia serena, quizá un cantante conocido, quizá un visitante distinguido. No imaginaron que esa figura silenciosa cargaba ya una historia de escenarios conquistados, de noches enteras sostenidas por una voz capaz de desgarrar a cualquiera y de una sensibilidad tan fina que convertía cada canción en una confesión. Mientras la

función avanzaba, José José escuchó en silencio la ejecución de Beyori. Era impecable. La orquesta obedecía cada gesto con precisión absoluta. No había una nota fuera de lugar, ni un compás desordenado. Todo era grande, exacto, majestuoso. Y sin embargo, a José le pareció que en medio de tanta perfección faltaba algo, esa herida humana que vuelve inolvidable una interpretación.

A su lado, una mujer mayor murmuró a su esposo sin apartar la vista del escenario. Dirige como los dioses, pero trata a los demás como si no fueran nadie. El hombre asintió con resignación. Espere al final. Siempre hace lo mismo. Escoge a alguien del público y lo pone en ridículo. Dice que es una lección para los ignorantes.

 José no comentó nada. bajó la mirada al programa, respiró hondo y siguió escuchando. Cuando el último acorde de la obra retumbó en la sala, el público estalló en aplausos. Beyori recibió la ovación con la cabeza en alto, satisfecho, casi altivo, dio un paso al frente, levantó una mano para exigir silencio y todo el teatro obedeció.

 Señoras y señores, dijo con voz grave, perfectamente modulada, vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que se confunde popularidad con grandeza y emoción con arte. Tiempos en los que cualquiera que sepa entonar una melodía cree poder llamarse artista. Un murmullo incómodo recorrió la sala. Quienes conocían sus hábitos entendieron de inmediato lo que venía.

 Por eso, continuo, me gusta cerrar algunas noches con una pequeña demostración. Una prueba sencilla, una forma de recordar que la verdadera música exige formación, disciplina y una elevación que el éxito comercial jamás podrá comprar. Sus ojos empezaron a recorrer el público con calma cruel.

 No buscaban a alguien al azar, buscaban una víctima. Entonces se detuvieron. Usted, dijo señalando directo hacia una fila media. El caballero mexicano. Sí, usted tenga la amabilidad de subir al escenario. Hubo un sobresalto colectivo. Varias personas giraron de inmediato. Algunas ya lo habían reconocido. Otras tardaron apenas un segundo más. No puede ser.

 Es José José. José. José. Sí. Eh, el cantante. El rumor creció como una ola contenida. Beyori desde el escenario notó el movimiento, pero interpretó mal el motivo. Sonrió con la arrogancia de quien se sabe dueño del momento. José José levantó la vista despacio. No había enojo en su rostro, tampoco miedo, solo una calma extraña, casi triste, como si en vez de sentirse atacado, sintiera compasión por el hombre que acababa de señalarlo sin saber a quién tenía enfrente. Se puso de pie con elegancia.

natural. Abrochó su saco, caminó hacia el pasillo. Mientras avanzaba, los susurros se multiplicaron. Esto va a ser histórico. Beyori no tiene idea de quién es. Claro que sabe quién es. No, si lo supiera, no lo habría llamado así. José subió las escaleras laterales del escenario sin ningún gesto de espectáculo.

No hizo una entrada teatral, no buscó aplausos, no levantó el mentón, caminó con la serenidad de quien lleva demasiado tiempo viviendo bajo la mirada del mundo como para necesitar demostrar algo. Cuando llegó al centro, Beyori lo recibió con una sonrisa condescendiente. “Bienvenido”, dijo exagerando la cortesía.

Dígame, ¿usted canas baladas románticas tan celebradas en la radio, verdad? José José lo miró con amabilidad. Canto lo que me nace del alma. Algunos en la audiencia soltaron una respiración nerviosa. Bellori sonríó convencido de que tenía el control. Perfecto. Entonces será interesante. Esta noche podría regalarnos una comparación útil entre la emoción fácil y el verdadero dominio vocal. José guardó silencio.

 “Su nombre”, preguntó Beyori. “José.” El director arqueó apenas las cejas. La frase cayó pesada. José lo sostuvo con la mirada un instante. Luego preguntó con una tranquilidad que desarmó a varios. “¿Puedo escoger libremente?” Desde luego, respondió Beyori. “Será un honor escuchar hasta donde puede llegar.” José asintió.

 El silencio en la sala se volvió absoluto. Por primera vez, Beyori notó algo extraño. No estaba viendo a un hombre acorralado. Estaba viendo a alguien completamente dueño de sí mismo. José dio unos pasos hacia el centro del escenario. No parecía un invitado accidental. Parecía alguien que por un momento había regresado a su verdadera casa.

 Observó el teatro, los palcos, la cúpula, el telón. La orquesta, el público expectante. Después cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos ya no era el visitante discreto de una fila intermedia. Era José José, no la celebridad, no el ídolo, no el hombre perseguido por titulares, excesos, amores imposibles y noches interminables. Era la voz.

 El triste [música] dijo la respuesta recorrió la sala con un estremecimiento inmediato. Algunos quedaron perplejos. Esperaban que intentara impresionar con un área, con algo académico, con una muestra técnica destinada a entrar en el terreno de Bellori. Pero José eligió otra cosa. Eligió la canción que lo había marcado para siempre.

 Eligió el lugar exacto donde la técnica y la herida se vuelven inseparables. Eligió una verdad que ningún director podía reducir a simple entretenimiento. Un pianista de apoyo, aún sentado junto al escenario, buscó de inmediato la tonalidad. Beyori estuvo a punto de interrumpir, pero algo en el rostro de José lo detuvo.

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