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EL MILLONARIO SE ENAMORÓ DE LA EMPLEADA — SIN SABER COMO TERMINARÍA

 Para personas como Elena, el mundo era un campo minado donde un paso en falso significaba la ruina absoluta. Elena tenía 23 años y llevaba puesto el uniforme reglamentario del servicio. Un vestido azul claro, perfectamente planchado, un delantal blanco inmaculado y una pequeña cofia que le recogía el cabello oscuro.

 Su trabajo no consistía simplemente en limpiar o servir. Su verdadero trabajo, el más difícil de todos, era ser invisible. En ese mundo de poder y opulencia, el personal de servicio no tenía rostro, ni voz, ni opiniones. Eran fantasmas que mantenían en funcionamiento la maquinaria de la riqueza ajena. Esa mañana el sol entraba a raudales por los inmensos ventanales de la sala principal, iluminando las paredes en tonos neutros y los muebles de diseñador que costaban más de lo que Elena ganaría en toda su vida.

 Ella pasaba un paño de microfibra sobre la mesa de centro de cristal, asegurándose de no dejar ni la más mínima huella dactilar. Sus movimientos eran mecánicos, precisos, entrenados para no perturbar el silencio sepulcral de la casa. “Señorita Elena”, susurró una voz ronca y amable a sus espaldas. Elena se giró y sus hombros se relajaron instantáneamente.

Era don Tomás, el jardinero principal de la propiedad, un hombre de 60 y tantos años, con la piel curtida por décadas bajo el sol implacable y las manos callosas manchadas de tierra y sabia. Tomás era la única persona en aquella inmensa propiedad que la miraba a los ojos cuando le hablaba. Buenos días, don Tomás”, respondió ella, regalándole una sonrisa genuina, una que rara vez mostraba dentro de esas paredes.

 “Le traje esto”, dijo el anciano, extendiendo una mano temblorosa para ofrecerle una pequeña gardenia blanca recién cortada. “Las podé esta mañana. Sé que a su abuela le gustan mucho las flores blancas. ¿Cómo sigue de salud la señora?” Elena tomó la flor con delicadeza. sintiendo un nudo familiar formándose en su garganta.

 La gardenia olía a lluvia y a tierra limpia, un contraste brutal con el olor a desinfectante industrial y perfume caro que impregnaba la mansión. Está igual, don Tomás. Los medicamentos son caros, pero por eso estoy aquí, para asegurarme de que no le falte nada. Gracias por la flor, de verdad es usted amable.

 Usted es una buena muchacha, Elena. No deje que este lugar ni las personas que lo pisan le endurezcan el corazón. Aquí hay mucho dinero, pero muy poca alma. Tenga cuidado hoy. Escuché que la señorita Valeria viene de visita. El solo nombre de Valeria hizo que la temperatura de la habitación pareciera descender 10 grados.

 Valeria Santoro no era solo la prometida no oficial de Alejandro, era la sociaitaria de una de las firmas de inversión más agresivas del país. Si Alejandro era el poder tranquilo y calculador, Valeria era un huracán de arrogancia y desprecio. 10 minutos después de que Tomás se retirara a los jardines, el sonido inconfundible de unos tacones de aguja golpeando el mármol resonó en el pasillo principal.

Era un sonido rítmico, afilado, como el de un verdugo acercándose al cadalzo. Elena enderezó la postura y se colocó en una esquina de la inmensa sala de estar, pegada a la pared, con las manos entrelazadas sobre el delantal blanco. Bajó la mirada al suelo, adoptando la postura de su misión que el protocolo exigía.

 Valeria entró en la sala como si estuviera invadiendo un territorio enemigo que ya había conquistado. Llevaba un vestido rojo ajustado, elegante, pero agresivo, que contrastaba violentamente con la paleta de colores neutros de la mansión. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros y sus ojos, de un verde gélido, escaneaban el lugar buscando defectos.

Detrás de ella caminaba su asistente personal, una joven que cargaba tres carpetas pesadas y parecía al borde del colapso nervioso. Esto es inaceptable. Fue lo primero que dijo Valeria, su voz llenando el espacio con un tono agudo y autoritario. El aire acondicionado está a 22 gr, le dije explícitamente a la jefa de llaves que lo quería a 20.

 Es que nadie en esta casa de incompetentes sabe seguir una simple instrucción numérica. Valeria se detuvo en el centro de la sala y su mirada letal recayó sobre Elena, que permanecía inmóvil en la esquina. La mujer de vestido rojo la escrutó de arriba a abajo, deteniéndose en los zapatos negros y planos de la joven, y luego subiendo hasta la pequeña cofia en su cabeza.

 Una sonrisa torcida, desprovista de cualquier calidez, se dibujó en los labios de Valeria. “Tú”, dijo Valeria, señalándola con un dedo adornado con un anillo de diamantes que destellaba bajo la luz del sol. “Sirvienta, ¿cómo te llamas?” Elena, señora, respondió ella, manteniendo la voz nivelada, sin atreverse a levantar la vista del suelo.

 Elena, repitió Valeria saboreando el nombre como si fuera un chiste malo. Dime, Elena, ¿te pagan por estar parada ahí respirando mi aire o tienes alguna función útil en esta casa? Tráeme un café expreso oscuro, sin azúcar y asegúrate de que la taza esté caliente antes de servirlo. No quiero que el cambio térmico arruine el sabor.

Muévete. Elena asintió en silencio. Sí, señora. Caminó rápidamente hacia la cocina, sintiendo la mirada punzante de Valeria clavada en su espalda. Mientras preparaba el café en la costosa máquina italiana, las manos de Elena temblaban levemente. No era miedo, era rabia. Una rabia fría y antigua que llevaba meses intentando domesticar.

 Cada fibra de su ser le gritaba que agarrara esa taza hirviendo y la estrellara contra la pared. Pero la imagen del rostro cansado de su abuela, conectada a un tanque de oxígeno en un pequeño apartamento al otro lado de la ciudad fue suficiente para calmarla. No puedes perder este trabajo. Aún no. Se repitió a sí misma como un mantra.

 Aún no has encontrado lo que viniste a buscar. Colocó la taza de porcelana blanca sobre un plato de plata, añadió una pequeña cuchara y caminó de regreso a la sala de estar. Al entrar notó que la dinámica de la habitación había cambiado. Alejandro había bajado de su estudio. Alejandro de la Vega era un hombre imponente de unos 40 años, con el cabello oscuro salpicado de elegantes canas plateadas que le daban un aire de distinción incuestionable.

 Llevaba un traje oscuro cortado a la medida, sin corbata, con los primeros botones de la camisa blanca abiertos. Emanaba a una autoridad natural, una confianza que no necesitaba gritar para hacerse notar. A diferencia de Valeria, Alejandro rara vez alzaba la voz, pero cuando hablaba todos escuchaban. Valeria estaba de pie junto a él, hablándole sobre unas acciones en la bolsa de valores, gesticulando con vehemencia.

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