Era una costumbre que nadie le había visto hacer en la ciudad, solo en este tramo, solo en esta carretera, siempre disminuía la velocidad aquí. No lo explicaba, no era necesario. Entonces los vio. Primero pensó que eran dos árboles, dos manchas oscuras al costado del camino, donde la vegetación rala dejaba paso a una franja de tierra seca.
Luego la mancha de la derecha se movió y próspero entrecerró los ojos y frenó sin pensarlo y los vio de verdad por primera vez. Un hombre y una mujer de entre 70 y 80 años caminando despacio sobre el acotamiento. Él con el brazo extendido sosteniéndola a ella, ella con una bolsa de tela colgada del hombro izquierdo.
La bolsa tenía letras bordadas en hilo café. Próspero necesitó 3 segundos para leerlas desde el carro. La encarnación apagó el motor. El calor entró de golpe, como siempre entra el calor cuando uno se detiene en campo abierto, sin avisar, sin gradaciones, como si hubiera estado esperando justo afuera de la ventana.
Próspero bajó de la camioneta y cerró la puerta con cuidado, no de golpe, y caminó hacia el acotamiento con las manos metidas en las bolsas del pantalón. El hombre lo vio venir y se detuvo. Tenía la cara quemada de años y años de sol, los ojos achicados por la costumbre de mirar la luz directa y sostenía a la mujer con una firmeza que contrastaba con lo tembloroso que se le veía el brazo.
No dijo nada, solo miró a próspero con la tranquilidad específica de quien ya no tiene mucho que perder. La mujer tampoco habló. Tenía el cabello completamente blanco, recogido en una trenza corta que le caía sobre el hombro derecho. Los zapatos que traía puestos eran de los que ya no se venden, negros con la suela cocida a mano, gastados en la punta hasta casi mostrar el dedo.
Cargaba la bolsa de la encarnación como si dentro hubiera algo frágil. ¿A dónde van?, preguntó próspero. El hombre tardó un momento. ¿A dónde se pueda llegar? Dijo. Próspero los miró. Los miró de verdad con esa forma de mirar que tiene la gente que aprendió a leer el campo antes de aprender a leer las palabras.
Vio el polvo en los tobillos de los dos. vio la mancha oscura en la rodilla del pantalón del hombre donde se había caído en algún momento del camino. Vio que la mujer respiraba un poco más rápido de lo que debería respirar alguien parado sin moverse. “Súbanse”, dijo. No fue una pregunta. El hombre abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.
No queremos molestar, dijo. Ya me molestaron dijo próspero. Súbanse. Se llamaban Dagoberto y Consuelo Mireles. Y habían caminado desde las 9 de la mañana. Próspero lo supo cuando la mujer, Consuelo, lo dijo desde el asiento de atrás con una voz que no era de queja, sino de reporte, como quien da información técnica sobre algo que ya pasó y no puede cambiar.
habían salido de la hacienda a las 8:30, les habían dado hasta las 8 para recoger sus cosas, así que en realidad habían salido con 30 minutos de retraso y el señor Peralta ya estaba impaciente desde las 8:5. “¿Qué hacienda?”, preguntó próspero. Consuelo señaló la bolsa que había colocado entre los dos en el asiento de atrás.
La encarnación, dijo, 42 años llevábamos ahí. Próspero no dijo nada, puso la mirada en el camino. El señor Peralta nos explicó que ya no era necesario seguir con nosotros. Continuó Consuelo con esa misma voz de reporte, que la hacienda iba a cambiar de dirección, que a nuestra edad ya merecíamos descansar. Dagoberto en el asiento del copiloto tenía las manos apoyadas en los muslos y miraba por la ventanilla sin pestañear.
Desde que subió al carro no había vuelto a hablar. El retrato de la foto seguía en el asiento entre él y la puerta. Y en algún momento Dagoberto lo había mirado solo una vez sin decir nada. ¿Tienen a dónde ir? Preguntó próspero. Nuestra nieta está en Guadalajara. dijo Consuelo. La paloma 8 años tiene. Le dijimos que nos esperara.
Le dijeron que venían caminando. Silencio. No, dijo Consuelo. Próspero asintió. Cambió la velocidad. Siguió manejando. La Ram dejó el camino de terracería y tomó la carretera federal hacia Guadalajara. Y el sol fue pasándose del parabrisas a la luneta trasera a medida que cambiaban de dirección y por un momento largo nadie habló y el único sonido fue el motor de la camioneta y el viento que entraba por la ventanilla de Dagoberto, que seguía sin decir nada, que seguía mirando el campo como si estuviera buscando algo que se le había
quedado ahí. Consuelo habló sin que nadie le preguntara. 42 años, repitió. Dagoberto entró de mozo cuando tenía 28. Yo entré de cocinera a los 26. Criamos a tres generaciones de esa familia. Próspero apretó el volante con la mano derecha, un nudillo, luego el siguiente, luego volvió a soltar. “¿Y el señor Peralta, ¿cuánto tiempo lleva en la hacienda?”, preguntó. 11 años.
dijo Consuelo, desde que el patrón se enfermó. ¿Qué patrón? El señor Ernesto. Ernesto Villanueva. El silencio que siguió fue de otro tipo. Dagoberto giró la cabeza muy despacio y miró a Próspero de perfil. Lo estudió un momento con esa paciencia específica de los viejos que ya han visto demasiadas cosas, como para apresurarse a concluir nada.
Luego volvió a mirar por la ventanilla. No dijo nada. Consuelo tampoco. Próspero siguió manejando con los dos pulgares en el volante, como siempre hacía en este tramo, como siempre había hecho desde que tenía 18 años y se fue de esa hacienda sin mirar atrás y sin prometerle nada a nadie. El retrato de la foto estaba entre Dagoberto y la puerta.
Era la foto de un hombre y una mujer, jóvenes, tomada hace muchos años en un estudio fotográfico. La mujer tenía una trenza. El hombre tenía los ojos achicados de quien está acostumbrado a mirar el sol de frente. Nadie lo mencionó. El hotel en Guadalajara se llamaba Las Camelias y tenía tres estrellas y un lobby con plantas de plástico y una recepcionista que miraba la pantalla de su computadora con la dedicación de alguien que está viendo algo que no tiene nada que ver con el trabajo.
Próspero, pagó dos noches por adelantado. En efectivo, sin decir por qué, pagaba dos noches si ellos solo necesitaban una. Y la cena, preguntó Consuelo desde atrás de él, con esa voz que no cambiaba de tono, ni hacia arriba ni hacia abajo. ¿Cuánto le debemos por la cena? Nada, dijo próspero. No somos de recibir regalos. Yo tampoco soy de darlos, dijo próspero.
Mañana hablamos. Estaba a punto de salir del lobby cuando escuchó una voz a sus espaldas. Oiga, joven, joven del sombrero. Próspero no traía sombrero. Se dio vuelta de todas formas. Era un hombre de unos 65 años con el bigote cano y una camisa de cuadros desabotonada hasta el tercer botón que lo miraba con la confianza absoluta de quien nunca ha tenido vergüenza de nada en su vida.
Traía un sombrero en la mano apretado contra el pecho como si fuera un salvavidas. “Usted es el que valet”, preguntó el hombre. “No”, dijo próspero. “Ah, el hombre lo estudió un momento. Y cobra lo mismo. Abundió”, dijo Consuelo desde el mostrador con una paciencia muy específica. “Ese no es el ballet, no.” El hombre abundió, giró hacia consuelo.
¿Y qué hace aquí parado entonces? Lo mismo que usted, dijo próspero, nada que sea su negocio. Abundio reflexionó sobre esto unos tres segundos. Asintió como si fuera una respuesta razonable. Se puso el sombrero y se fue hacia el elevador tarareando algo que no tenía melodía reconocible. Próspero salió del hotel.
Afuera en la calle se detuvo un momento con la llave de la camioneta en la mano. El sol de Guadalajara era diferente al de la carretera, más blanco, más duro, sin la suavidad polvosa del campo. apretó la llave una vez, luego subió a la RAM, colocó el retrato de vuelta en el panel exactamente donde siempre había estado, y se quedó sentado 3 minutos sin encender el motor.
No pensó en nada en particular o pensó en todo al mismo tiempo, que es lo mismo. Próspero, no durmió en el hotel. Se quedó en la camioneta en el estacionamiento de Las Camelias, con el asiento reclinado 2 cm hacia atrás y los ojos abiertos, mirando el techo tapizado. A las 11 de la noche, el estacionamiento estaba vacío, salvo por un suru gris del año, y una camioneta de redilas con la caja llena de tambos azules.
A las 12 seguía igual. A la 1 de la mañana pasó un perro flaco sin apurarse a ningún lado. Próspero escuchó sus propias respiraciones contarlas sin querer. Había un departamento en Guadalajara, en la colonia americana, con una cama de matrimonio que él pagaba y nadie más usaba. Tenía piso de madera y ventanas que daban a un árbol de jacaranda que en temporada llenaba todo de morado.
Era un buen departamento. Costaba 16,000 pesos al mes y próspero dormía ahí en promedio seis noches al año. Las otras 300 y pico noches dormía donde podía. Esta noche podía y no fue. Lo de la empresa lo había construido solo, sin un peso de la familia, sin el apellido Villanueva en ningún papel visible.
Se llamaba Grupo Vértice y facturaba 280 millones de pesos anuales en logística agrícola, transporte refrigerado, almacenamiento, distribución regional hacia nueve estados. Lo había empezado a los 23 años con un camión rentado y un contrato de 3 meses que nadie más quería porque el cliente pagaba a 90 días. A los 23 años, Próspero ya sabía que la gente que tiene dinero nunca hace las cosas que nadie más quiere hacer.
Eso fue lo único que su padre le enseñó sin querer enseñárselo, siendo exactamente el tipo de persona que no hacía las cosas que nadie más quería hacer. Ernesto Villanueva había sido un hombre ordenado, puntual, correcto en el sentido más estrecho de la palabra. Tenía la hacienda porque la había heredado, la administraba porque era lo que se hacía y tenía un hijo porque también era lo que se hacía.
Cuando próspero cumplió 18 años y le dijo que no iba a quedarse a heredar nada, que no quería ninguna hacienda, que tenía otras ideas. Ernesto lo miró desde el otro lado del escritorio de Caoba, escritorio de 3 m de largo avaluado en 70,000 pesos según la factura que próspero vio una vez sin querer, y le dijo, “Entonces ya no tienes nada que hacer aquí, no con rabia, con la misma neutralidad con que hubiera dicho que iba a llover.
” Próspero, recogió lo que cabía en una mochila, salió por la puerta principal de la encarnación, tomó el camino de terracería hacia la carretera federal. Siempre disminuía la velocidad en ese tramo. No lo explicaba. No era necesario. A las 6 de la mañana se lavó la cara en el baño del lobby con el agua fría que salía sin avisar y pidió un café en la pequeña cafetería del hotel que no habría hasta las 7.
pero cuya encargada, una mujer de unos 40 años, con cara de haber visto todo lo que hay que ver, le abrió de todos modos sin preguntarle nada. A las 7:15 tocó a la puerta de la habitación 214. abrió consuelo. Estaba vestida, peinada, con la trenza recogida y los zapatos puestos como si hubiera estado esperando que tocaran desde hace rato.
Detrás de ella, Dagoberto estaba sentado en el borde de la cama con las manos juntas sobre los muslos. La bolsa de la encarnación estaba en el suelo junto a la puerta, ya lista. “Durmieron?”, preguntó próspero. Algo dijo Consuelo. Próspero miró a Dagoberto. Dagoberto lo miró de vuelta. Era la primera vez en toda la noche anterior que se miraban de frente y con luz suficiente para verse bien.
Dagoberto tenía los ojos oscuros y muy quietos, el tipo de ojos que no se apresuran, el tipo de ojos que han esperado cosas muchos años y ya saben que apurarse no cambia nada. ¿Cuánto tiempo llevan en la encarnación?, preguntó próspero. 42 años, dijo Consuelo. Ya me lo dijo ayer. Es que 42 años no se dice en una sola vez, dijo Consuelo. Próspero asintió.
Se sentó en la silla junto a la ventana sin que lo invitaran. La ventana daba al estacionamiento y desde ahí podía ver la RAM negra, exactamente donde la había dejado. “Cuéntenme del señor Peralta”, dijo. Evaristo Peralta había llegado a la encarnación 11 años atrás, cuando Ernesto Villanueva tuvo el primer episodio cardíaco y los médicos le recomendaron reducir sus actividades de administración.
era cuñado de Ernesto por parte de una hermana que había muerto joven, lo cual lo convertía en familia sin serlo realmente, y tenía una forma de sonreír con toda la cara que hacía que la gente se sintiera durante los primeros 5 minutos absolutamente segura de él. Y después de los 5 minutos preguntó próspero. Consuelo tardó un momento.
Después de los cinco minutos seguía sonriendo igual. Dijo eso era lo raro. Evaristo había modernizado la hacienda según sus propias palabras. Había contratado personal nuevo, había renegociado contratos de arrendamiento con ejidatarios vecinos, sumando 120 haectáreas adicionales a las 400 que ya tenía la encarnación para un total de hacienda con un valor de mercado estimado en 34 millones de pesos.
Había hecho crecer el negocio de cría de ganado Charolés, cuyo ato actual rondaba las 800 cabezas. Todo eso Evaristo se lo había atribuido a sí mismo. Y el señor Ernesto preguntó próspero. El señor Ernesto lleva 3 años sin salir de su cuarto, dijo Consuelo. Lo dijo sin dramatismo, como un hecho. El médico viene los martes, a veces viene el miércoles y el martes llovió.
Próspero miró sus manos. ¿Por qué los corrió Peralta? Preguntó. 42 años. ¿Por qué ahora? Consuelo y Dagoberto se miraron. Fue una mirada larga del tipo de mirada que no necesita palabras porque lleva 4ent y tantos años de práctica. Fue Dagoberto quien habló la primera vez desde la tarde anterior. Porque sabe lo que hay en la bolsa dijo.
Señaló la bolsa de la encarnación en el suelo junto a la puerta. Próspero la miró. ¿Qué hay en la bolsa?, preguntó. Todavía no lo sabemos bien”, dijo Dagoberto. “Solo que Peralta nos la pidió tres veces y las tres veces le dijimos que era nuestra ropa y es su ropa también”, dijo Dagoberto. La nieta llegó a mediodía. Paloma Mireles tenía 8 años.
El cabello cortado a la altura de los hombros con un fleco recto que le llegaba a las cejas y una mochila de dinosaurios verdes que llevaba en los dos hombros, aunque el trayecto desde el taxi hasta el lobby era de 10 m. Entró corriendo, vio a sus abuelos sentados en los sillones del lobby, se detuvo en seco a 3 m de distancia.
Los estudió un momento con los ojos muy abiertos y entonces fue directo a abrazar a Consuelo por la cintura sin decir nada. Consuelo le acarició el cabello. Dagoberto puso una mano en la espalda de la niña. Nadie habló por un momento. Próspero estaba de pie junto a la ventana del lobby y fingió revisar el teléfono.
Luego Paloma se separó de consuelo, miró a Próspero y dijo, “¿Usted los trajo?” “Sí”, dijo Próspero. ¿Por qué? Porque estaban caminando en una carretera con 35 gr. Paloma consideró esto. Y si no hubieran estado caminando en una carretera, preguntó. No estarían aquí, dijo próspero. Y si usted no hubiera pasado, tampoco estarían aquí.
Paloma asintió despacio, como si estuviera guardando esa información en un lugar específico. Entonces fue suerte, dijo. O costumbre, dijo próspero. Paloma lo miró sin entender del todo. No preguntó qué quería decir. Agarró la mano de su abuela y se sentaron los tres en los sillones del lobby. Y Consuelo le explicó algo en voz baja.
Y Dagoberto miraba por la ventana hacia el estacionamiento y Próspero seguía junto a la ventana con el teléfono en la mano y la pantalla apagada. Fue Abundio quien arruinó el silencio. Apareció desde el elevador con su camisa de cuadros y su sombrero y una expresión de hombre que acaba de tomar una decisión importante.
Se dirigió directo hacia donde estaban los mireles y se detuvo frente a Dagoberto con los brazos cruzados. Usted es el señor de la hacienda, dijo Abundio. Trabajé en una hacienda dijo Dagoberto. Eso es lo mismo. No es lo mismo. Abundio reflexionó. Yo fui vecino de la encarnación 30 años, dijo. Mis borregos se metían seguido.
Usted siempre me los regresaba sin cobrarme nada. Dagoberto lo miró. Me acuerdo de sus borregos. dijo, “Todos se acuerdan de mis borregos”, dijo Abundio con una dignidad absoluta. “Son famosos en la región”, hizo una pausa. “El señor Peralta me los cobró la última vez, 2000 pesos.” Eso es demasiado, dijo Dagoberto.
Eso es un abuso, dijo Abundio. Por eso sé que ese hombre es mala persona. Quien cobra 2000 pesos por dos borregos que no más fueron a pasear, no tiene corazón. Se puso el sombrero. No más venía a decirle que me da gusto verlo bien, señor. Miró a consuelo. A usted también, señora.
Su mole verde era el mejor del municipio y se fue hacia la salida del hotel con el mismo paso resuelto con que había llegado. Consuelo se limpió algo de la mejilla con el dorso de la mano. Paloma miró a próspero. “¿Ese señor es amigo de usted?”, preguntó. “No”, dijo próspero. “¿Y por qué lo deja hablar así?” Porque dijo algo verdadero, dijo próspero.
La gente que dice cosas verdaderas puede hablar el tiempo que quiera. Paloma volvió a guardar eso en su lugar específico. Afuera, el sol de la 1 de la tarde caía sobre el estacionamiento de las camelias y la Ram negra brillaba más de lo que debería brillar una camioneta que había pasado la noche estacionada en campo abierto. El retrato estaba en el panel, en su lugar, boca arriba.
El hombre y la mujer jóvenes miraban hacia adelante. La mujer tenía una trenza. Próspero llegó a la encarnación a las 3 de la tarde del día siguiente. No avisó. No había nada que avisar. La hacienda era de la familia Villanueva desde 1943. y próspero Villanueva seguía siendo un Villanueva, aunque nadie lo hubiera visto por ahí en 16 años, aunque su nombre no apareciera en ningún papel visible, aunque Evaristo Peralta hubiera redecorando el despacho principal con sus propias cosas y colgado en la pared un cuadro que no era de la familia,
próspero bajó de la Ram y cerró la puerta sin apresurarse. El portón principal de la encarnación era de hierro forjado negro con las iniciales EB entrelazadas en el centro. Esas iniciales no eran las de Ernesto Villanueva. Las de Ernesto eran una sola e con una bqueña abajo. Estas eran distintas.
Dos letras del mismo tamaño, del mismo peso, como si los dos nombres tuvieran la misma importancia. Próspero las miró 3 segundos. tocó el timbre. El hombre que abrió no era peralta, era un trabajador joven de unos 25 años con botas y sombrero y una radio colgada en el cinturón que crepitó dos veces mientras abría la reja.
Miró a Próspero, miró la Ram negra, volvió a mirar a Próspero. ¿En qué le puedo ayudar? Vengo a ver al señor Peralta, dijo Próspero. Tiene cita. No, el señor Peralta no recibe sin cita. El señor Peralta va a recibirme”, dijo próspero. “Dígale que está aquí, próspero Villanueva.” El trabajador no cambió la expresión, sacó la radio del cinturón y se alejó tres pasos hablando en voz baja.
Próspero esperó con las manos en las bolsas del pantalón, mirando el portón de hierro, mirando las iniciales e la radio crepitó. El trabajador volvió. Pase”, dijo Evaristo Peralta estaba de pie en el corredor principal cuando próspero cruzó el patio de la hacienda. Lo vio venir desde lejos y no se movió. Y eso ya decía algo.
Un hombre que tiene algo que esconder se apresura a ir al encuentro, a tomar el control del espacio antes de que el otro lo haga. Peralta no se apuró. Se quedó donde estaba con los brazos cruzados y una sonrisa que ocupaba toda la cara. La misma sonrisa de siempre, la que no cambiaba ni después de los 5 minutos. Próspero dijo como si la palabra fuera un cumplido.
¿Cuánto tiempo? 16 años, dijo próspero. 16 años. Peralta sacudió la cabeza con algo parecido a la nostalgia. La hacienda te ha extrañado. La hacienda no extraña a nadie, dijo próspero. Las tierras no sienten. Peralta soltó una carcajada breve y amistosa, del tipo de carcajada que no tiene nada de gracioso por dentro. Igual que tu padre, dijo, directo al grano.
Ven, pasa. Te invito un café. No vine a tomar café, dijo próspero. ¿A qué viniste entonces? A ver los documentos de la propiedad. La sonrisa de Peralta no se movió. Eso era lo raro. Como había dicho Consuelo, seguía igual. Pero algo detrás de los ojos se acomodó de una forma distinta, muy despacio, como cuando una cerradura gira un milímetro antes de abrirse o de cerrarse y todavía no sabes cuál de las dos.
Los documentos de la propiedad, repitió Peralta, las escrituras, los contratos de arrendamiento con los ejidatarios, el estado financiero del ato ganadero, dijo próspero, “todo lo que corresponde a la encarnación como patrimonio villanueva. Esos documentos están bajo resguardo legal”, dijo Peralta. “Hay un fideicomiso activo desde que tu padre enfermó. Lo sé, dijo Próspero.
Quiero verlos de todas formas. Peralta lo estudió un momento, luego extendió el brazo hacia el corredor con un gesto amplio y hospitalario. Como quieras, dijo, “vamos al despacho.” El despacho olía diferente. Próspero, no lo hubiera podido decir exactamente a qué olía antes, pero sí sabía que esto no era ese olor.
Antes solía a madera vieja y a algo que podría haber sido tabaco de pipa, aunque su padre nunca fumó en pipa. Un olor específico de papeles y tiempo acumulado que próspero asociaba con ese cuarto desde que tenía 6 años y entraba a buscar a su padre. Y su padre levantaba la vista del escritorio y le señalaba la silla frente a él sin sonreír, porque Ernesto Villanueva no sonreía en el despacho.
Ahora olía a un perfume caro que próspero no reconocía. El cuadro en la pared era un paisaje marino. En Jalisco, a 800 km del mar más cercano, Próspero se sentó en la silla frente al escritorio sin que lo invitaran. Peralta se sentó del otro lado, abrió una gaveta y empezó a sacar carpetas con la eficiencia de quien tiene esos documentos muy bien organizados, demasiado bien organizados, del tipo de organización que viene de haberlos revisado muchas veces recientemente.
Las escrituras originales de la encarnación, dijo Peralta poniendo una carpeta sobre el escritorio. 520 hectáreas registradas a nombre de Ernesto Villanueva Alcántara. Otra carpeta. Los contratos de arrendamiento con los tres ejidos vecinos renovados el año pasado. Otra. El Estado Financiero de LO.
812 cabezas charolis valuadas al precio actual en aproximadamente 9,600,000os. Próspero abrió la primera carpeta, Peralta lo dejó leer, se recargó en su silla y cruzó los brazos y siguió sonriendo. Y eso también decía algo. La gente que no tiene nada que ocultar no sonríe mientras alguien revisa sus documentos. Simplemente espera. Próspero pasó las páginas de espacio.
Las escrituras eran legítimas. El nombre era el correcto. Las firmas eran las que debían ser. Los contratos de arrendamiento también estaban en orden, aunque las condiciones eran notablemente favorables para la encarnación y notablemente desfavorables para los ejidatarios, que habían firmado renovaciones por 10 años a tarifas que no habían subido en cuatro.
Cerró la carpeta. ¿Dónde está la escritura de donación del 87?, preguntó. La sonrisa de Peralta no cambió. ¿Qué escritura? La de 87, repitió próspero. Hay una donación de tierra registrada ese año, 40 haáreas. No hay ninguna donación, dijo Peralta. Revisa las Escrituras. Todo está ahí. No está, dijo Próspero. Entonces, no existe, dijo Peralta.
Se miraron. Próspero cerró todas las carpetas y las empujó suavemente hacia el centro del escritorio. No dijo nada más. Se levantó de la silla, se abotonó el saco y miró el cuadro marino en la pared un momento. “¿Cuánto costó ese cuadro?”, preguntó. Peralta parpadeó. Era la primera pregunta que no esperaba. “No recuerdo”, dijo.
“Lo pagó la hacienda”, dijo próspero. No era una pregunta. Peralta no respondió. Próspero asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía, y salió del despacho por el corredor principal hacia el patio y cruzó el patio hacia el portón de hierro con las iniciales EB. Y el trabajador joven le abrió sin decir nada y próspero subió a la Ram y la encendió.
En el espejo retrovisor, Veralta estaba de pie en el corredor mirándolo salir. Seguía sonriendo. Eso era exactamente lo que próspero necesitaba ver. Esa noche llamó a su abogado Rutilio Peña, que contestó al segundo timbre, porque Rutilio Peña siempre contestaba al segundo timbre sin importar la hora ni el día de la semana, que era una de las razones por las que próspero le pagaba lo que le pagaba.
Necesito que busques una escritura de donación”, dijo próspero. Jalisco, 1987, predio registrado como la encarnación, municipio de Arandas, 40 haáreas. El donante sería Ernesto Villanueva Alcántara. “¿El nombre del donatario?”, preguntó Rutilio. Próspero tardó un segundo. Todavía no lo sé, dijo. Pero existe. Alguien cree que sí, dijo próspero, y alguien más cree que no.
Búscala en el registro público. Mañana a primera hora dijo Rutilio. Esta noche, dijo próspero. Rutilio no respondió durante exactamente 4 segundos. Esta noche, confirmó. Próspero colgó. Estaba en el estacionamiento de las Camelias, en la Ram con el motor apagado. La noche de Guadalajara era tibia y ruidosa y olía a gorditas de chicharrón del puesto de la esquina. Próspero, tenía hambre.
Hacía 16 horas que no comía nada que no fuera un café del hotel. Bajó de la camioneta, fue al puesto, pidió tres gorditas y las comió de pie en la banqueta, mirando los autos pasar. La cuarta se la guardó en la bolsa del saco. Por si acaso, a las 11 de la noche pasó frente a la habitación 214. Había luz por debajo de la puerta.
No tocó. Siguió caminando hasta la máquina de hielo al final del pasillo. Llenó un vaso de plástico, se recargó en la pared y escuchó. Del otro lado de la puerta no se escuchaba nada. Silencio de gente que no duerme, pero tampoco habla. El tipo de silencio que conoce todo el peso de lo que pasó ese día y lo está cargando cada uno por su lado, en su mitad de la cama, mirando al techo.
Próspero conocía ese silencio. Lo había practicado muchas noches. Tiró el vaso de plástico, volvió al estacionamiento, reclinó el asiento de la Ram 2 cm hacia atrás y cerró los ojos. El retrato estaba en el panel. El hombre y la mujer jóvenes miraban hacia adelante. Ella tenía una trenza. Rutilio llamó a las 6:48 de la mañana.
Próspero ya estaba despierto. Llevaba despierto desde las 5. Sentado en el asiento de la Ram, con la ventanilla abierta y el frío húmedo de Guadalajara entrándole por el cuello. Contestó al primer timbre. La encontré, dijo Rutilio. Próspero no dijo nada. Esperó. Escritura de donación. 19 de marzo de 1987. 40 del predio registrado como La Encarnación.
Municipio de Arandas, Jalisco. Donante Ernesto Villanueva Alcántara. Donatarios Dagoberto Mireles Fuentes y María Consuelo Vargas de Mireles. El silencio que siguió duró 4 segundos. Está registrada en el registro público preguntó próspero. En el registro de la propiedad de Arandas, tomo 42, folio 116. Dijo Rutilio.
Firma notarial, sellos, todo en forma. Nunca fue impugnada, nunca fue cancelada. Y en los documentos actuales de la hacienda no aparece, dijo Rutilio, lo que me mandaste anoche de las Escrituras vigentes. No hay ninguna mención. Es como si esas 40 nunca se hubieran desprendido del predio principal. Porque Peralta nunca actualizó el registro”, dijo próspero.
O porque sabía que existía y decidió que era más fácil que nadie lo supiera dijo Rutilio. Próspero, miró el techo tapizado de la RAM. ¿Qué valor tienen esas 40 haectáreas hoy? A precio de mercado agrícola en Arandas, dijo Rutilio, y escuchó el ruido de Teclas entre 2,600 y 3 millones de pesos. Depende del estado del terreno, más lo que se haya producido en esas hectáreas en los últimos 11 años, dijo Próspero.
Más eso, confirmó Rutilio, lo cual convierte esto en un asunto penal, además de civil, si se demuestra que Peralta sabía de la existencia de la donación y la ocultó deliberadamente, ¿cuánto tiempo necesitas para armar el expediente? con los documentos del registro público y lo que ya tengo en 48 horas. Tienes 24, dijo próspero.
Son 24, dijo Rutilio, sin protestar porque era Rutilio. Próspero colgó. Afuera, el sol apenas empezaba a calentar los adoquines del estacionamiento de Las Camelias. Un camión de reparto frenó en la calle con un chirrido largo. Alguien en algún piso del hotel encendió una televisión. Próspero se quedó sentado 3 minutos sin moverse.
Luego bajó de la camioneta y fue a buscar dos cafés a la cafetería del lobby. Evaristo Peralta hizo su movimiento a las 10 de la mañana. Próspero lo supo por Rutilio, que lo supo por un contacto en la notaría de Arandas, que lo llamó para preguntarle si era normal que el señor Peralta llegara con tanta urgencia a solicitar una actualización de escrituras a nombre de un tercero.
El tercero se llamaba Constructora Arco del Norte Scb. ¿Qué quiere registrar? ¿Quiere? preguntó próspero. “Un contrato de compraventa de 40 haectáreas del predio La encarnación”, dijo Rutilio, supuestamente vendidas por el fideicomiso Villanueva a constructora Arco del Norte por un precio de 700,000 pesos. 700,000 pesos, repitió Próspero, por 3 millones de hectáreas que valen entre dos y 3 millones, dijo Rutilio.
Está intentando formalizarlas antes de que alguien más las reclame. Dijo próspero, y las está vendiendo baratas porque necesita que el papel exista hoy, no mañana. El notario puede demorar el trámite”, dijo Rutilio. “Es una irregularidad que vale la pena revisar”, le diría. “Dile que la revise”, dijo próspero.
Con calma, toda la calma que necesite. Colgó. Estaba en el pasillo del segundo piso de Las Camelias, frente a la habitación 214. Tocó. Consuelo, abrió. Detrás de ella, Paloma estaba sentada en la cama con una hoja de papel y unos colores de madera. dibujando algo que desde la puerta parecía una casa con techo rojo.
Dagoberto no estaba en el cuarto. ¿Dónde está don Dagoberto?, preguntó próspero. En el jardín del hotel, dijo Consuelo. Sale a sentarse al sol cada mañana. Dice que si no lo hace le duele la espalda. Puedo pasar. Consuelo se hizo a un lado. Próspero entró y se sentó en la silla junto a la ventana. La bolsa de la encarnación seguía en el mismo lugar, en el suelo, junto a la puerta.
Doña Consuelo, dijo, necesito preguntarle algo. Pregúntele. ¿Alguna vez el señor Ernesto, el patrón, les mencionó algo sobre un papel, una donación, un regalo de tierras? Consuelo se sentó en el borde de la cama junto a Paloma. La niña siguió coloreando sin levantar la vista, pero próspero notó que el lápiz se movía más despacio.
“Una vez”, dijo Consuelo, “cuando cumplimos 30 años en la hacienda. Fue una cena. El señor Ernesto no era de fiestas, pero esa noche hizo una excepción. nos dijo que la hacienda no sería lo que era sin nosotros y que algún día íbamos a entender que eso no era solo una frase. Solo eso. Solo eso dijo Consuelo.
Dagoberto le preguntó qué quería decir. El señor Ernesto se levantó de la mesa y dijo, “Buenas noches.” Y nunca más habló del tema. Nunca más. Próspero asintió. Hay una escritura, dijo del 87, su esposo y usted son los dueños legales de 40 heectáreas de la encarnación. El señor Ernesto las donó a su nombre hace 38 años. Consuelo no dijo nada.
Paloma levantó la vista del papel. Eso quiere decir que la hacienda es de mis abuelitos, preguntó. Una parte, dijo próspero. ¿Y el señor Peralta lo sabe? Sí, por eso los corrió. Próspero miró a la niña. Tenía el lápiz rojo en la mano y los ojos muy abiertos, del tipo de ojos que no están haciendo una pregunta, sino confirmando algo que ya sospechaban.
Sí, dijo próspero. Paloma asintió y volvió a colorear. Consuelo tenía las manos juntas en el regazo. No se movían. Miraba un punto fijo en el suelo entre sus zapatos. negros gastados y su respiración era exactamente igual que siempre, ni más rápida ni más lenta, como si lo que acababa de escuchar fuera demasiado grande para que el cuerpo lo procesara de una sola vez y hubiera decidido no procesarlo todavía.
Y Dagoberto, dijo al fin, hay que decirle a Dagoberto, “Sí”, dijo próspero, “va querer ir a la hacienda. Lo sé. No puedo detenerlo cuando quiere ir a algún lado. No tiene que detenerlo, dijo próspero. Pero todavía no, todavía faltan cosas. Lo que faltó llegó a las 3 de la tarde en forma de un hombre con corbata y portafolio de cuero que tocó la puerta de la habitación 214 y se presentó como licenciado Bretón, representante legal del fideicomiso Villanueva.
Próspero, no estaba en el cuarto cuando llegó, estaba en el pasillo y lo vio entrar y esperó afuera. La conversación duró 19 minutos. Cuando el licenciado Bretón salió, próspero lo esperaba recargado en la pared del pasillo con los brazos cruzados. Bretón lo vio y se detuvo. ¿Usted es?, preguntó. Próspero Villanueva, dijo Próspero. Bretón parpadeó, se reacomodó el portafolio bajo el brazo.
El señor Peralta no me dijo que usted estaba involucrado en este asunto, dijo. El señor Peralta no sabe muchas cosas, dijo próspero. ¿Qué firmaron? Es un acto voluntario de los señores mireles dijo Bretón con la voz de quien recita algo que aprendió para esta situación específica. una carta de no reclamación sobre cualquier derecho que pudieran tener sobre el predio la encarnación firmada libremente.
Les explicó qué era lo que estaban renunciando? Bretón no respondió. ¿Les leyó la escritura del 87? Preguntó próspero. Les explicó que tenían derechos sobre 40 haáreas valuadas en 3 millones de pesos. o simplemente llegó con un papel y una pluma y esperó a que firmaran. El licenciado Bretón miró el pasillo hacia los dos lados. Fue una conversación, dijo.
Don Dagoberto firmó. Ambos firmaron. próspero se separó de la pared. “Ese documento no vale nada”, dijo, “y lo sabe. Una carta de no reclamación firmada sin información completa sobre los derechos que se están renunciando es nula de pleno derecho.” Hizo una pausa y el notario que la certifique va a tener un problema.
Bretón abrió la boca. Buenas tardes, licenciado”, dijo próspero. Bretón cerró la boca, apretó el portafolio y caminó rápido hacia el elevador. Próspero volvió a la habitación. Consuelo estaba en el borde de la cama con las manos en el regazo, igual que antes. Dagoberto estaba junto a la ventana, de pie, mirando el estacionamiento.
La bolsa de la encarnación ya no estaba en el suelo junto a la puerta, estaba sobre la cama abierta. Consuelo había estado buscando algo dentro. Firmaron un papel, dijo próspero. Nos dijo que era para protegernos, dijo Consuelo. Los protegía a ellos. Dagoberto seguía mirando por la ventana. Tenía las manos atrás juntas y los hombros un poco más caídos que antes.
Cuando habló, lo hizo sin darse vuelta. Firmé sin leer, dijo, “Soy tonto, ¿no es verdad?”, dijo próspero. “Firmé sin leer, repitió Dagoberto. A mi edad, con lo que sé, firmé sin leer. Soy tonto.” Nadie respondió. Paloma, que había estado quieta en su rincón de la cama con los colores de madera, se levantó y fue a pararse junto a Dagoberto.
Le tomó la mano. Dagoberto la miró hacia abajo. “Tú no eres tonto, abuelo”, dijo Paloma. “Ese señor sí mintió muy bien.” Dagoberto apretó la mano de la niña, no dijo nada. Afuera, en el estacionamiento de las camelias, la Ram negra estaba donde siempre. En el panel, el retrato del hombre y la mujer jóvenes miraba hacia adelante.
Próspero, lo miró desde la ventana. En la bolsa de la encarnación abierta sobre la cama había ropa doblada, un rosario de madera, una caja de medicamentos para la presión y, en el fondo, entre las telas, el borde amarillento de un sobre viejo que consuelo había sacado a medias y vuelto a meter sin terminar de abrirlo. Nadie lo mencionó.
Dagoberto no salió al jardín esa mañana. Consuelo lo dijo sin explicación desde el umbral de la habitación, cuando próspero tocó a las 7:15 como los días anteriores, que Dagoberto no había salido al jardín, que Dagoberto seguía en la cama, que Dagoberto había pasado la noche removiéndose de un lado al otro y que a las 4 de la mañana ella lo había escuchado en el baño un rato largo y cuando salió no dijo nada y se recostó boca arriba.
iba con los ojos abiertos mirando el techo. “Fue al médico”, preguntó próspero. “No quiere médico, dijo Consuelo. Y usted, yo quiero que vaya al médico, dijo Consuelo, pero no soy yo quien decide.” Próspero asintió. Puedo pasar. Consuelo se hizo a un lado. Dagoberto estaba recostado con la cabeza apoyada en la almohada y una frasada doblada hasta la cintura, aunque el cuarto no estaba frío.
tenía los ojos abiertos y miraba hacia el techo con esa quietud que no es descanso, sino agotamiento, cuando el cuerpo ya no tiene fuerzas ni para moverse, pero la cabeza sigue funcionando a toda velocidad, rumeando lo mismo y otra vez, sin llegar a ningún lado nuevo. Próspero tomó la silla de la ventana y la colocó junto a la cama y se sentó.
No dijo nada. Dagoberto tampoco. Afuera, en el jardín del hotel, un jardinero pasaba un rastrillo por la grava con un sonido parejo y lento que entraba por la ventana entreabierta. Paloma dormía todavía en la cama individual junto a la pared con la mochila de dinosaurios en el suelo y los colores de madera esparcidos sobre la mesita de noche.
Pasaron varios minutos así. Fue Dagoberto quien habló. Primero, 42 años, dijo, lo dijo al techo, no a próspero. Entré de mozo, barría los corrales, acarreaba agua, cortaba leña. Me enseñaron a errar en esa hacienda, me enseñaron a ordeñar. Aprendí a leer ahí en la cocina con los libros viejos que la señora Villanueva no quería tirar.
Próspero escuchó. Enterré a tres perros en ese terreno. Continuó Dagoberto. Mi primer perro Carbón, que murió atropellado en el camino de entrada. El segundo se llamaba igual, también Carbón, que murió de viejo. El tercero no tuvo nombre porque llegó ya muy enfermo y duró dos semanas, pero lo enterré igual. Hizo una pausa.
Consuelo parió a nuestra hija ahí. en el cuarto que nos dieron junto a la bodega de herramienta. La partera llegó tarde y Consuelo la tuvo sola, casi consolo yo ahí que no sabía nada. Otra pausa. La niña nació bien. ¿Dónde está su hija ahora? Preguntó próspero. En Monterrey, dijo Dagoberto. Tiene su vida.
Lo dijo sin amargura, con la misma neutralidad de reporte que tenía Consuelo. La paloma es su hija. Viene en vacaciones. Es buena niña. Es muy buena niña, dijo próspero. Dagoberto cerró los ojos un momento. Los volvió a abrir. Firmé ese papel, dijo. Ese papel no vale, dijo próspero. Firmé sin leer. Ya lo sé. Yo no soy hombre de firmar sin leer”, dijo Dagoberto.
Y en esa frase había algo que no era vergüenza, sino algo más hondo, más antiguo, el tipo de herida que no duele en la piel, sino en el lugar donde uno guarda la idea de quién es. 42 años sin firmar nada que no entendiera. Y ahora, ¿qué más importaba? Firmé. Próspero no respondió de inmediato. Miró sus manos. Los nudillos, la cicatriz vieja en el dedo índice derecho de cuando se cortó con un alambre de púas a los 12 años en ese mismo rancho, en ese mismo camino de terracería, mucho antes de que nadie supiera que iba a irse y no volver.
“Yo salí de esa hacienda a los 18 años”, dijo próspero, sin decirle nada a nadie, sin despedirme, sin mirar atrás. hizo una pausa, 16 años sin pisar ese terreno. Y cuando vi su nombre en esa escritura, entendí por qué mi padre nunca me dijo que existía. Porque si me lo decía, yo le preguntaba quiénes eran ustedes.
Y si me explicaba quiénes eran ustedes, me tenía que explicar otras cosas. Dagoberto giró la cabeza muy despacio y lo miró de frente por primera vez esa mañana. Usted es el hijo”, dijo. “Sí”, dijo próspero. Dagoberto lo miró largo rato. “Lo vi nacer”, dijo al fin. Su mamá tuvo el parto en la hacienda también. “Usted llegó tres semanas antes de tiempo y el médico tardó.” Hizo una pausa.
Carbón el primero, estuvo aullando toda esa noche. Los perros saben. Próspero no dijo nada. Dagoberto cerró los ojos. A las 10 de la mañana, Dagoberto se levantó, se vistió, se peinó con el peine negro que sacó de la bolsa de la encarnación y le dijo a Consuelo que quería bajar al jardín. Consuelo lo miró. Dijiste que no querías, dijo.
Cambié de opinión, dijo Dagoberto. Consuelo no discutió. Bajaron los tres, Consuelo, Dagoberto, Paloma con su mochila de dinosaurios, y se sentaron en la sillas de metal del jardín de las camelias, que era un jardín modesto con bugambilias en la barda y dos naranjos en maceta, que probablemente nunca habían dado naranjas.
El sol de las 10 era todavía tolerable. Dagoberto cerró los ojos y lo recibió en la cara. Próspero se quedó de pie junto a la puerta del jardín con el teléfono en la mano. Rutilio había mandado tres mensajes desde las 9. El notario en Arandas había demorado el trámite de Peralta alegando documentación incompleta, lo cual le compraba tiempo.
Pero Peralta ya había contactado a otro notario en Guadalajara. La carta de no reclamación firmada por Dagoberto estaba siendo revisada por el equipo de Rutilio. La nulidad era probable, pero no garantizada, sin una declaración expresa de los firmantes, de que no habían sido informados de sus derechos. Próspero miró a Dagoberto en la silla del jardín con la cara al sol.
guardó el teléfono. Fue entonces que apareció Abundio. Salió de la puerta del hotel con su camisa de cuadros y su sombrero, cargando una bolsa de plástico del mercado que tintineaba con lo que probablemente eran latas, y se detuvo en seco cuando vio a los mireles en el jardín. Señora Consuelo”, dijo como si encontrarla ahí fuera la cosa más sorprendente del mundo, aunque llevaban tres días en el mismo hotel.

Qué bueno que la veo. Traigo chile de agua del mercado medrano de los buenos, no de los que venden en el supermercado, que ya no saben a nada. Abundio, dijo Consuelo con su voz de siempre. Buenos días. ¿Está bien el Sr. Dagoberto? preguntó Abundio mirando a Dagoberto con la franqueza total de quien nunca aprendió a fingir que no ve lo que está viendo.
Se le ve cansado. Estoy bien, dijo Dagoberto sin abrir los ojos. Qué bueno, Abundio reflexionó un momento. Porque yo cuando estoy mal me veo igualito, por eso pregunto luego, sin cambiar el tono. Oiga, señor Dagoberto, si era suya esa franja de maguellera que colindaba con mi terreno al oriente. Dagoberto abrió un ojo. Sí, dijo.
Lo que me imaginé. Abundio asintió con gravedad. Peralta la barbechó el año pasado. Dijo que era terreno improductivo de la hacienda. Metió una retroexcavadora un martes. Pausa. Yo le dije que esa tierra no era de él. Me dijo que me metiera en mis asuntos. Otra pausa. Mis borregos también son mis asuntos y ya sabe cómo me fue. Nadie dijo nada.
Nomás lo digo, dijo Abundio. Se acomodó el sombrero por si sirve de algo, y se fue hacia la salida del hotel con su bolsa de chiles que tintineaba. Paloma lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Luego miró a próspero. Ese señor siempre dice cosas importantes sin saber que son importantes. Dijo, “La mayoría de la gente importante funciona así.
dijo próspero. Paloma guardó eso en su lugar. A las 2 de la tarde, Dagoberto tuvo el episodio. No fue dramático. Eso era lo más pesado. Que no fue dramático. Estaba sentado en el jardín. Todavía había pedido un agua de Jamaica que se había tomado despacio. Y Consuelo le estaba contando algo sobre la hija en Monterrey cuando Dagoberto dejó de responder, no se cayó, no se sacudió, simplemente dejó de responder con la mirada fija en los naranjos en maceta.
Y cuando Consuelo le puso la mano en el brazo, él giró muy despacio y la miró como si estuviera calculando de dónde venía ese contacto. “Dagoberto”, dijo Consuelo. “Aquí estoy”, dijo él, pero tardó. Próspero ya estaba marcando cuando Consuelo levantó la vista hacia él. El médico llegó en 40 minutos. Era un hombre joven con maletín negro que revisó a Dagoberto con calma, le tomó la presión, le hizo seguir su dedo con los ojos, le preguntó la fecha, el nombre del presidente, cómo se llamaba la niña que estaba a su lado. Paloma, dijo
Dagoberto sin dudar. Y ese señor de allá?, preguntó el médico señalando a Próspero. Dagoberto lo miró un momento. Es el hijo del patrón, dijo. Pero no se lo digan a él porque no le gusta que le digan así. El médico anotó algo y le explicó a consuelo en voz baja. Presión alta, probable estrés agudo.
Necesitaba descanso y los medicamentos ajustados. Nada irreversible, nada que no se pudiera manejar. Consuelo escuchó todo con las manos juntas en el regazo. Cuando el médico se fue, Próspero se quedó de pie en el jardín sin saber bien qué hacer con las manos. Paloma se acercó y se paró frente a él. ¿Usted va a ayudarlos?, preguntó.
Era la misma pregunta que le había hecho el primer día, casi con las mismas palabras, pero esta vez no era curiosidad, era otra cosa. Era el tipo de pregunta que solo hacen los niños, que ya saben la respuesta, pero necesitan escuchar la dicha en voz alta por alguien grande. Próspero la miró, no respondió. Paloma esperó exactamente 5 segundos.
Luego asintió como si el silencio también fuera una respuesta, y fue a sentarse junto a su abuelo. Próspero, salió al pasillo del hotel. Se recargó en la pared fría. Contó hasta tres. No era el frío. A las 4 de la tarde recibió el mensaje de voz de natividad. Duraba 3 segundos. No era su abuela, no era su madre, no era nada que pudiera nombrarse fácilmente.
Natividad Villanueva era la hermana mayor de su padre, 81 años, que vivía en la hacienda desde siempre, que nunca se había casado, que había presidido cada comida familiar con el silencio específico de quien sabe demasiado y decide no usar ese saber como arma. 3 segundos. Solo dijo, “Ya sé que estás ahí, próspero. Ya era hora.” Y cortó.
Próspero escuchó el mensaje una vez, lo escuchó otra vez, lo escuchó una tercera vez con el teléfono pegado a la oreja y los ojos cerrados en el pasillo del segundo piso de las camelias. Luego lo guardó en el bolsillo y fue a la cafetería a pedir dos tazas de café y subió con las dos tazas a la habitación 214 y tocó.
Y cuando Consuelo abrió, le pasó una, sin decir nada, y se sentó en la silla junto a la ventana y miró el estacionamiento donde estaba la Ram negra. El retrato estaba en el panel, lo había estado todo el tiempo. El sobre lo encontró Paloma. No fue buscándolo, fue buscando su lápiz azul que había rodado desde la mesita de noche hasta quedar debajo de la bolsa de la encarnación.
Y cuando metió la mano por debajo de la tela para agarrarlo, sus dedos tocaron papel. Papel grueso, distinto al de su cuaderno, del tipo de papel que cruje cuando lo doblas, porque lleva mucho tiempo doblado. Lo sacó. Era un sobre tamaño carta de papel manila sin nombre escrito afuera. Estaba cerrado con una tira de cinta adhesiva que había perdido casi todo su pegamento y se despegaba sola por las orillas.
La tira llevaba muchos años ahí. El papel del sobre estaba amarillento en los bordes y tenía una mancha pequeña en la esquina inferior derecha del color del café o del tiempo, que son casi lo mismo. Paloma lo miró un momento, luego se levantó y fue a donde estaba su abuela. Abuela, dijo, “esto es tuyo.” Consuelo tomó el sobre, lo volteó, lo volteó de nuevo.
Sus manos se quedaron quietas sobre él. ¿Dónde estaba? Preguntó. En la bolsa, dijo Paloma. Muy abajo. Consuelo no dijo nada más. Miró el sobre con una expresión que Paloma no supo nombrar, pero que reconoció. Era la misma que ponía su mamá cuando encontraba algo que había estado buscando mucho tiempo sin saber exactamente qué era.
“¿Lo abro?”, preguntó Paloma. No, dijo Consuelo. Se levantó, fue a la ventana, luego volvió a la cama, luego fue otra vez a la ventana, no abrió el sobre, lo sostuvo con las dos manos como si tuviera un peso diferente al que mostraba su tamaño. Cuando Próspero tocó la puerta media hora después, Consuelo abrió con el sobre todavía en la mano.
Lo pusieron sobre la cama entre los cuatro. Consuelo, Dagoberto, que estaba sentado ya, paloma de rodillas en su lado de la cama, próspero en la silla de la ventana acercada hasta quedar junto al colchón, y nadie lo abrió durante un momento, que fue más largo de lo que debería haber sido para un sobre de papel manila.
¿Lo sabían?, preguntó próspero. No, dijo Consuelo. Lo encontré hace muchos años metido entre las sábanas del ropero. Lo guardé porque el señor Ernesto era muy cuidadoso con sus papeles y no quería que se perdiera. Nunca lo abrí porque no era mío. Ahora puede ser suyo, dijo próspero. Consuelo miró a Dagoberto.
Dagoberto asintió una vez. Consuelo abrió el sobre. Adentro había tres hojas. Las primeras dos eran papel membretado de una notaría de arandas. Notaría número cuatro lic Abundancio Ferrer Montoya. Se leía en el encabezado con tipografía de máquina de escribir llenas de texto en columnas apretadas con sellos y firmas al final. La tercera era una hoja manuscrita con la letra cuadrada y vertical de alguien que aprendió a escribir con método, que llenaba el papel por ambos lados.
Próspero, tomó las dos hojas membretadas, las leyó, las leyó de nuevo, luego las dejó sobre la cama sin decir nada y tomó la hoja manuscrita y la leyó también, y esta vez tardó más, no porque las palabras fueran difíciles, sino porque eran el tipo de palabras que hay que leer despacio para entender que son reales y no algo que uno está imaginando.
¿Qué dice?, preguntó Dagoberto. Próspero dobló con cuidado la hoja manuscrita y la dejó sobre las otras dos. Las primeras dos hojas son la escritura de donación, dijo. Las mismas que Rutilio encontró en el registro público, 40 haáreas a nombre de los dos firmadas en el 87. Y la carta, preguntó consuelo.
Próspero miró la hoja manuscrita. Es de mi padre. dijo, “Nadie habló. Está dirigida a ustedes dos”, continuó. Dice que lleva años queriendo decirles algo en persona y que no ha podido, que no sabe cómo hacerlo, que nunca aprendió a decir las cosas importantes mirando a la cara. Dice que la hacienda no sería lo que es sin ellos. hizo una pausa.
Dice que Dagoberto le enseñó a errar a los 16 años porque él se quedó viendo desde la barda y Dagoberto lo llamó sin pedirle permiso a nadie. Dagoberto apretó los labios. Dice que Consuelo le llevaba el desayuno al despacho sin que él lo pidiera todos los días durante 40 años y que hay días que eso fue lo único bueno que le pasó.
Otra pausa. Dice que las 40 hectáreas son una deuda, no un regalo, que no alcanza, que nunca van a alcanzar, pero que es lo que tiene. Consuelo se mordió el labio. Contó hasta tres. No lloró. Paloma miraba a su abuela con los ojos muy abiertos y las manos quietas sobre los muslos.
y no dijo nada porque había entendido sin que nadie le explicara que este era un momento en que el silencio era más correcto que cualquier palabra. Próspero, dejó las tres hojas en el sobre. Le entregó el sobre a consuelo. Esto cambia todo. Dijo. La escritura original firmada por mi padre y certificada en notaría. Más el registro en el público de la propiedad anula cualquier carta de no reclamación que Peralta les haya hecho firmar.
No hay juez que sostenga eso frente a documentos de este tipo. Y Peralta, preguntó Dagoberto. Peralta intentó vender tierra que no era suya a una empresa constructora dijo próspero. Eso tiene nombre en el código penal. Dagoberto asintió. miró sus manos y el señor Ernesto dijo, “Él sabe lo que está pasando.” Próspero tardó en responder.
No dijo, “Mi padre lleva 3 años sin salir de su cuarto. No sé cuánto entiende de lo que pasa afuera. Entonces hay que decirle”, dijo Dagoberto. “¿Para qué?” “Porque se lo merece saber.” dijo Dagoberto. Hizo algo bueno hace 38 años y nunca supo si llegó a algún lado. Pausa. La gente necesita saber si lo que hizo llegó a algún lado. Próspero miró a Dagoberto.
Luego miró el sobre en las manos de Consuelo. Luego miró por la ventana hacia el estacionamiento. El retrato estaba en el panel de la RAM. El hombre y la mujer jóvenes, la trenza, los ojos que miraban hacia delante con la paciencia de quien ha esperado mucho tiempo. Fue la primera vez que próspero los miró de verdad, no como un objeto en el tablero, no como algo que había estado ahí desde siempre sin que él lo pusiera ni lo quitara.
los miró como se mira a alguien que está en el cuarto. El hombre del retrato tenía los ojos oscuros y muy quietos. Próspero, se levantó de la silla. “Voy a llamar a Rutilio”, dijo. Rutilio escuchó todo sin interrumpir. Cuando Próspero terminó, hubo una pausa de 4 segundos. “¿El sobre tiene fecha?”, preguntó Rutilio. La carta es del 2001, dijo Próspero.
La escritura es del 87. La escritura es la que importa jurídicamente, dijo Rutilio. La carta es contexto, pero con la escritura original y el registro en el público de la propiedad, la carta de no reclamación que firmaron los señores mireles vale exactamente lo mismo que si la hubieran escrito en una servilleta.
Pausa. Próspero. Con esto podemos ir al juez mañana. No mañana, dijo próspero. ¿Por qué? Porque Peralta todavía no sabe que tenemos el sobre. Dijo próspero. Y quiero que cuando se entere sea en el momento en que ya no pueda hacer nada. Rutilio procesó esto. ¿Cuánto tiempo necesitas? 36 horas. dijo próspero.
“¿Qué vas a hacer en 36 horas?” “Ir a ver a mi padre”, dijo próspero. El silencio de rutilio duró más que los anteriores. “De acuerdo”, dijo. Al fin. Próspero colgó. Estaba en el pasillo del segundo piso de las camelias. La puerta de la habitación 214 estaba entreabierta y desde ahí llegaba la voz de paloma preguntándole algo a Consuelo y la voz de Consuelo respondiendo en voz baja y el silencio específico de Dagoberto, que no necesitaba hablar para estar presente.
Próspero bajó al estacionamiento, subió a la RAM, agarró el retrato del panel, lo sostuvo con las dos manos y lo miró de cerca, de la forma en que nunca lo había mirado. El hombre y la mujer, jóvenes en un estudio fotográfico con fondo neutro, los dos con ropa de domingo, los dos mirando hacia la cámara con esa seriedad con que la gente se fotografiaba antes de que fotografiarse fuera algo ordinario.
La mujer tenía una trenza, los mismos ojos de consuelo, las mismas manos, el mismo ángulo de la cabeza cuando escucha algo importante. próspero lo volvió a colocar en el panel en su lugar donde siempre había estado, desde el día en que lo encontró en el cajón del escritorio de su departamento en la colonia americana, sin recordar cuándo había llegado ahí, y lo puso en el panel de la Ram sin preguntarse por qué, y lo había dejado ahí 16 meses sin preguntarse por qué tampoco.
Ahora sabía por qué. Encendió el motor. Había una carretera que llevaba de Guadalajara a Arandas. Él sabía exactamente dónde bajar la velocidad. Ernesto Villanueva estaba sentado en el sillón junto a la ventana cuando Próspero entró al cuarto, no en la cama, en el sillón, con una cobija doblada sobre las piernas y un libro abierto en el regazo que llevaba probablemente varios días en la misma página.
Era más delgado de lo que próspero recordaba. O quizás siempre había sido así de delgado y a los 18 años uno no mira a su padre con esa atención. Tenía el cabello completamente blanco y las manos sobre el libro con esa quietud específica de los cuerpos que han aprendido a economizar cada movimiento. Levantó la vista cuando próspero entró.
No dijo nada. próspero tampoco. Cerró la puerta detrás de él y tomó la silla del escritorio, que seguía siendo el mismo escritorio de Caoba de 3 m de largo, y la acercó frente al sillón y se sentó. Entre los dos había metro y medio de distancia y 16 años de silencio. Y ninguna de las dos cosas era fácil de acortar, pero el metro y medio era el que se podía hacer algo al respecto.
“Vine a decirte algo”, dijo próspero. “Ya sé”, dijo Ernesto. Su voz era más baja que antes, no por debilidad, sino por costumbre, como alguien que ha estado hablando poco y el volumen se ajusta solo. Natividad te dijo. Natividad me dice todo, dijo Ernesto. Es lo único que no ha cambiado en esta casa. Próspero miró sus manos.
Los mireles dijo, “¿Cómo están?” Dagoberto tuvo un episodio de presión. Está mejor. Consuelo hizo una pausa. Consuelo está como siempre. Ernesto asintió. Encontraron el sobre, dijo próspero. Ernesto cerró el libro. Lo cerró despacio, con cuidado, como se cierra algo que tiene valor, aunque no lo parezca. Lo leyeron. Sí, Dagoberto.
Yo se lo leí en voz alta. Dijo próspero. Los dos escucharon. Ernesto miró por la ventana. La ventana de su cuarto daba al patio trasero de la hacienda, donde había un laurel viejo que daba sombra a media mañana y nada más el resto del día. El laurel seguía ahí. Algunas cosas no se mueven, aunque todo lo demás cambie.
¿Qué dijo Dagoberto?, Se preguntó Ernesto, que la gente necesita saber si lo que hizo llegó a algún lado. Ernesto no respondió, pero algo en la forma en que sostenía el libro cambió. Los dedos se relajaron un milímetro, solo un milímetro. Suficiente. Evaristo. Dijo próspero. Ya sé lo que hizo Evaristo. Dijo Ernesto. ¿Desde cuándo? Desde hace tiempo, una pausa.
No tenía fuerzas para detenerlo. Ahora hay fuerzas, dijo Próspero. Ernesto lo miró de frente. Era la primera vez desde que Próspero había entrado al cuarto, que se miraban de verdad, sin que ninguno de los dos mirara hacia otro lado. “¿Tuyas o mías?”, preguntó Ernesto. Próspero tardó un momento. Las que hagan falta, dijo.
Rutilio llegó a la encarnación al día siguiente a las 9 de la mañana con dos asistentes y un maletín que pesaba lo que pesa la ley cuando está de tu lado. Próspero lo esperaba en el portón de hierro con las iniciales Eve, que esa mañana brillaban menos que de costumbre bajo un cielo nublado que olía a lluvia que todavía no caía.
Evaristo Peralta los recibió en el corredor principal con la sonrisa de siempre. Duró exactamente hasta que Rutilio abrió el maletín. Presentamos ante usted”, dijo Rutilio, con la voz plana y eficiente, “de quien ha hecho esto muchas veces y no necesita dramatismo para ser demoledor.” La escritura de donación del 19 de marzo de 1987, registrada en el tomo 42, folio 116 del registro público de la propiedad de Arandas, mediante la cual el señor Ernesto Villanueva Alcántara donó 40 del predio la encarnación a los señores
Dagoberto Mireles Fuentes y María Consuelo Vargas de Mireles. donación que nunca fue impugnada, nunca fue cancelada y que por tanto confiere a los señores mireles derechos plenos sobre dicho predio. Peralta miró los documentos, siguió sonriendo, pero los ojos eran distintos. Esa escritura, dijo Peralta, fue otorgada cuando el señor Ernesto no estaba en plenas facultades mentales.
Es impugnable. El señor Ernesto estaba en plenas facultades en 1987, dijo Rutilio, lo cual puede verificarse en los registros médicos que adjuntamos. Sacó otra carpeta. Adicionalmente presentamos la carta de no reclamación que usted hizo firmar a los señores mireles, misma que es nula de pleno derecho por haber sido obtenida mediante omisión de información sobre los derechos. que se estaban renunciando.
El licenciado Bretón puede dar fe de las circunstancias en que fue firmada. La sonrisa de Peralta se redujo 2 mm. Y finalmente continuó Rutilio, sacando la última carpeta con la misma cadencia que un hombre que pone una carta sobre la mesa y sabe que nadie puede cubrirla. Presentamos la denuncia ante el Ministerio Público por el delito de fraude equiparado en relación con el intento de venta de las 40 haectáreas de los señores Mireles a la empresa constructora Arco del Norte SCB, a un precio notoriamente inferior al de
mercado y sin autorización de los legítimos propietarios. Peralta abrió la boca, la cerró detrás de Rutilio, en el corredor que daba al patio, tres trabajadores de la hacienda habían dejado lo que estaban haciendo y miraban. Uno de ellos era el joven de la radio que había abierto el portón el día que próspero llegó por primera vez.
Otro era un hombre mayor con sombrero que Próspero no reconoció, pero que reconoció a Próspero, porque cuando sus miradas se cruzaron, el hombre se quitó el sombrero. Evaristo dijo próspero desde donde estaba, sin levantar la voz. Hay una camioneta afuera. El licenciado Rutilio va a necesitar el despacho para revisar los documentos de administración de los últimos 11 años.
Te agradecería que te hicieras a un lado. Peralta lo miró. La sonrisa ya no estaba. Lo que había debajo de la sonrisa tampoco era rabia ni desesperación. Era algo más pequeño, más blando. El tipo de expresión que tiene la gente cuando entiende que el suelo que creía sólido no lo era y nunca lo fue, y que el tiempo que pasaron parados sobre él no les pertenecía.
No puedes sacarme”, dijo Peralta. “Tengo derechos sobre esta administración. Hay un fideicomiso. El fideicomiso tiene un titular”, dijo próspero. “El titular acaba de revocar tu administración. Pausa. Por escrito firmado, con fecha de ayer.” Peralta miró a Rutilio. Rutilio sacó un documento más del maletín y lo colocó sobre la carpeta del corredor sin decir nada.
Peralta no lo recogió, dio tres pasos hacia atrás, se detuvo, miró el corredor, el patio, el laurel del fondo que asomaba por encima del muro. Miró el cuadro marino en la pared del despacho que se veía desde donde estaba. Luego caminó hacia la puerta principal sin decir nada más. Los trabajadores en el corredor lo dejaron pasar.
Ninguno se movió para abrirle. Ninguno se movió para detenerlo. La puerta de hierro con las iniciales EB se cerró desde afuera con un sonido que no fue portazo, sino algo más preciso, el sonido de algo que ya no tiene peso. Natividad estaba en la cocina cuando próspero entró. 81 años, el cabello recogido, el delantal puesto, aunque no estaba cocinando nada, de pie frente a la ventana de la cocina, que daba al huerto de la hacienda con los brazos cruzados y una expresión de quien lleva mucho tiempo esperando que alguien venga
a decirle que ya pasó lo que tenía que pasar. Próspero se detuvo en el umbral. Natividad no se dio vuelta. “Ya se fue”, preguntó. Ya se fue, dijo próspero. Natividad asintió una vez. Siguió mirando el huerto. Tu padre quiere comer en el comedor. Dijo. Dijo que hoy quiere comer en el comedor.
Próspero miró la cocina. La misma cocina de siempre, las mismas baldosas, el mismo olor a leña, aunque hacía años que no usaban leña, el mismo reloj de pared que siempre había marcado 5 minutos adelantado, y nadie nunca había corregido, porque a nadie le había parecido importante corregirlo. “¿Qué quiere comer?”, preguntó próspero.
“Lo de siempre”, dijo Natividad. “¿Qué es lo de siempre?” Pregúntale a él”, dijo Natividad. Y siguió mirando el huerto. Próspero estuvo a punto de salir, se detuvo en el umbral. “Tía, dijo, “¿Qué? Gracias por el mensaje.” Natividad no respondió, pero descruzó los brazos. Eso era suficiente.
Paloma llegó a la hacienda esa tarde con Consuelo y Dagoberto en la Ram Negra. Y cuando el portón se abrió y la camioneta entró al patio, Paloma bajó antes de que Próspero apagara el motor y se quedó parada en el centro del patio, mirando hacia todos lados, con los ojos muy abiertos. “Aquí vivían, preguntó. Aquí vivimos, dijo Dagoberto desde el asiento de atrás.
” Paloma dio una vuelta completa sobre sus talones, mirando los arcos del corredor, el laurel del patio trasero que asomaba por encima del muro, las macetas de geranios en las ventanas. Es grande, dijo. Se hace pequeño con los años, dijo Consuelo. ¿Cómo que uno se acostumbra? Dijo Consuelo. Y lo que uno conoce ya no parece grande, solo parece casa.
Paloma reflexionó sobre eso. Entonces, nunca había estado en su casa. Dijo, “Solo en hoteles.” Nadie respondió. El trabajador mayor con sombrero que había reconocido a próspero en el corredor esa mañana, se acercó a Dagoberto cuando bajó de la camioneta y le extendió la mano. Dagoberto la tomó. El trabajador le dijo algo en voz muy baja que próspero no alcanzó a escuchar y Dagoberto asintió. Y eso fue todo.
En el corredor, la pared donde había colgado el cuadro marino tenía ahora solo el clavo y el rectángulo más claro de la pintura donde el cuadro había estado. Rutilio se lo había llevado como evidencia que daba el clavo y el espacio. La cena en el comedor fue un miércoles. No fue planeada con mucha anticipación.
Natividad simplemente avisó esa tarde desde la cocina que había frijoles de olla y arroz rojo y pollo en adobo y que si alguien no quería comer, que lo dijera antes para no calentar de más. Nadie dijo que no quería comer. Se sentaron seis en la mesa del comedor que había sido diseñada para 12. Ernesto en la cabecera, Natividad a su derecha, Dagoberto y Consuelo uno frente al otro en el centro, Paloma junto a Consuelo, próspero al final opuesto de la mesa.
Entre Ernesto y Próspero había cuatro sillas vacías, nadie las mencionó. Ernesto había bajado al comedor por primera vez en tres años, caminando despacio con la mano apoyada en el marco de la puerta primero, luego en la pared del pasillo, luego en el respaldo de su silla. Se sentó con la misma parsimonia de quien sabe que el cuerpo tiene sus propios tiempos y protestar contra ellos no sirve de nada.
Cuando vio a Dagoberto ya sentado al otro lado de la mesa, se detuvo. Dagoberto lo miró. Los dos hombres se miraron durante un momento que no fue incómodo, sino exactamente del tamaño que tenía que ser, el tamaño de 38 años de una deuda que nunca se dijo en voz alta y que de alguna manera ambos habían cargado en silencio, cada uno en su mitad del mundo. Ernesto se sentó.
Dagoberto dijo, “Señor”, dijo Dagoberto. Ernesto dijo Ernesto. Dagoberto parpadeó. Ernesto repitió como si probara el peso de la palabra. Natividad sirvió los frijoles sin decir nada. consuelo le quitó el cucharón antes de que llegara a la silla de paloma y sirvió ella misma con la misma eficiencia de quien ha servido miles de comidas y no necesita pensar para hacerlo bien.
Usted no cambia, le dijo Ernesto a Consuelo. Usted sí, dijo Consuelo. Ernesto soltó algo que podría haber sido una risa si hubiera tenido más aire. 42 años y sigue siendo igual de directa”, dijo. 42 años y usted sigue esperando que cambie, dijo Consuelo. Paloma miraba a Ernesto con esa atención total de los niños cuando encuentran a alguien que no encaja en ninguna categoría conocida.
“¿Usted es el señor Ernesto?”, preguntó. “Sí”, dijo Ernesto. “Mi abuelo le enseñó a errar. Tu abuelo me enseñó muchas cosas, dijo Ernesto. Y usted a él, Ernesto pensó. A leer dijo al fin. Las letras ya las sabía, pero yo le presté los libros. Paloma procesó esto. Entonces están a mano dijo. El comedor quedó en silencio un momento.
Luego Natividad, que nunca se reía de nada en público, soltó un sonido breve y seco que no era exactamente una risa. Pero se le parecía bastante y se llevó la cuchara a la boca para disimular. Después de la cena, Próspero salió al patio. La noche de Arandas era fría y limpia, del tipo de noche que no tiene contaminación lumínica y deja ver las estrellas de una manera que en la ciudad se olvida que es posible.
El laurel del patio trasero era una mancha oscura contra el cielo. Las bugambilias en la barda olían a tierra húmeda porque había llovido un poco a media tarde, justo lo suficiente para asentar el polvo sin enlodar los caminos. Próspero se recargó en el muro del corredor con los brazos cruzados y miró el patio.
Conocía cada piedra de ese patio. Las conocía con los pies de haberlas cruzado miles de veces de niño, de madrugada cuando se levantaba antes que todos, de tarde cuando volvía del campo con los pantalones llenos de tierra y Consuelo lo mandaba a bañarse antes de entrar a la cocina. Consuelo siempre lo mandaba a bañarse y él siempre obedecía, aunque afuera dijera que no le daba la gana.
Escuchó pasos detrás de él. era dagoberto, caminaba despacio con esa firmeza pausada que era la firma de todo lo que hacía, y se colocó junto a próspero, recargado en el mismo muro, mirando también el patio, los dos callados, las dos respiraciones haciendo pequeñas nubes en el frío de la noche. Dagoberto habló primero.
¿Usted se queda?, preguntó. No, dijo próspero. Dagoberto asintió como si lo hubiera sabido. Vuelve. Próspero tardó. No lo sé, dijo. Está bien, dijo Dagoberto. Las cosas no siempre necesitan decidirse todas de una vez. Próspero lo miró de perfil. Dagoberto seguía mirando el patio con los ojos quietos y oscuros, la misma paciencia de siempre, la misma capacidad de estar en un lugar sin necesitar que ese lugar le diera algo.
Don Dagoberto, dijo próspero, “dígame el retrato que traía en la camioneta. La foto.” Dagoberto no respondió de inmediato. “La vi”, dijo al fin. “Desde el primer día. Desde el primer día. ¿Por qué no dijo nada? Dagoberto pensó un momento. Porque usted tampoco dijo nada, dijo.
Y si usted la cargaba sin saber bien por qué, no era mi lugar quitársela ni explicársela. Pausa. Las cosas se encuentran su momento. Próspero miró el patio. ¿De dónde salió esa foto?, preguntó. Nos la tomaron cuando cumplimos un año en la hacienda. dijo Dagoberto. El señor Ernesto nos mandó al estudio en el pueblo. Dijo que era una costumbre de la hacienda con el personal nuevo.
Nunca supimos si era verdad o si lo inventó. Una pausa pequeña. Nos dio dos copias. Una nos la quedamos nosotros. La otra se la dio a su hijo. A usted. Tenía usted como 4 años. Próspero no dijo nada. El laurel del patio se movió un poco con el viento, sin ruido. “No me acuerdo”, dijo próspero. “Por eso la guardó”, dijo Dagoberto.
“Las cosas que uno no recuerda son las que más cuida.” La mañana siguiente, Próspero bajó la Ram al camino de terracería que rodeaba las tierras de la hacienda. Rutilio había tramitado todo lo necesario. Las 40 hectáreas de los mireles estaban marcadas en los registros con su nombre correcto. La denuncia contra Peralta avanzaba en el Ministerio Público.
La administración de la encarnación pasaba a una gestoría externa mientras Ernesto decidía qué hacer con ella. Había mucho que ordenar todavía. Habría meses de papeles y reuniones y decisiones que nadie podría tomar deprisa, pero esa mañana lo urgente estaba hecho. Próspero, manejó despacio por el camino de terracería, con las ventanillas abiertas y el frío de las 7 de la mañana entrándole por los antebrazos.
El campo de Jalisco en esa hora tenía una luz que no era exactamente dorada ni exactamente blanca, sino algo intermedio que no tiene nombre y que solo existe en ese intervalo entre que el sol sale y que el día se establece como lo que va a hacer. Llegó al tramo, el tramo donde siempre bajaba la velocidad. lo bajó.
No por costumbre esta vez, o sí por costumbre, pero una costumbre que ahora tenía nombre y tenía cara y tenía los ojos oscuros y quietos de un hombre sentado en el patio de una hacienda mirando el laurel en la noche. Manejó muy despacio por ese tramo. Lo cruzó. Siguió. Paloma lo estaba esperando en el portón cuando volvió.
Estaba sentada en el escalón de piedra junto al portón de hierro con la mochila de dinosaurios en los dos hombros, aunque no iba a ningún lado. Y cuando vio la RAM doblar hacia la entrada, se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones con las dos manos. Próspero apagó el motor y bajó. ¿A dónde fue?, preguntó Paloma. A dar la vuelta”, dijo próspero. “Solo solo.
” Paloma lo miró. “¿Va a volver a visitarnos?”, preguntó. Próspero la miró a ella. 8 años. El fleco recto hasta las cejas, la mochila de dinosaurios, los ojos que no pedían permiso para preguntar lo que querían preguntar. “¿Ustedes se van a quedar aquí?”, preguntó mi abuela. Dice que esto es su casa.
dijo Paloma, que 42 años de casa no se cambian por nada, hizo una pausa. Yo creo que tiene razón. Yo también, dijo Próspero. Entonces, vuelve. Próspero miró el portón de hierro. Las iniciales EB ya no estaban. Rutilio había tramitado desde el día anterior el cambio y esa mañana temprano habían soldado las iniciales originales en el centro del herraje.
Una e con una v pequeña abajo, igual que siempre, igual que antes. Sí, dijo próspero. Paloma asintió con la seriedad de quien acaba de recibir una promesa que piensa cobrar. ¿Cuándo? Cuando pueda. Dijo próspero. Eso es lo mismo que no saber. dijo Paloma. Sí, dijo Próspero, pero esta vez es diferente. Paloma lo estudió un momento, luego se dio la vuelta y entró a la hacienda sin decir más, con la mochila de dinosaurios rebotando en su espalda y los pies levantando pequeñas nubes de polvo en el adoquín del patio.
próspero, subió a la Ram, tomó el retrato del panel, lo sostuvo un momento, el hombre y la mujer jóvenes en su ropa de domingo, mirando hacia adelante con esa seriedad que no era tristeza, sino atención. La atención de dos personas que saben que lo que están haciendo en ese momento va a durar. lo colocó de vuelta en su lugar donde siempre había estado.
Encendió el motor, tomó el camino de terracería hacia la carretera federal. El sol de las 8 de la mañana caía de lado sobre los potreros y la milpa y el mesquite y todo lo que crece en Jalisco cuando nadie lo está mirando, pero crece de todas formas. En el comedor de la hacienda, Consuelo ya estaba sirviendo el desayuno. Dagoberto tenía la cara al sol.
Natividad miraba el huerto. Ernesto Villanueva en su sillón junto a la ventana tenía el libro abierto en otra página. Próspero tomó la carretera. No bajó la velocidad en el tramo. Esta vez no necesitó. Yeah.